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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Una homilía sobre cómo mejorar nuestras homilías
Homilía o013012a, predicada en 20200115, con 25 min. y 56 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos, no cabe duda que una de las responsabilidades más bellas que tiene el sacerdocio es la predicación. Piense usted, cuántos millones de peruanos cada semana se acercan a la Iglesia. Y son fundamentalmente los sacerdotes, somos los sacerdotes los que tenemos la responsabilidad, pero también el derecho de compartir un mensaje con esos millones de personas. Eso quiere decir que, como Iglesia, tenemos una posibilidad absolutamente maravillosa, una posibilidad que mucha gente quisiera tener.
Recordando un chiste flojo. Si se le dijera a una gran empresa como Coca-Cola o una de esas, le voy a dar ocho o diez, quince millones de personas cada semana para que usted les hable, inmediatamente agarrarían esa oferta. Eso es lo que nosotros tenemos. La predicación es una oportunidad absolutamente magnífica. Y la verdad es que, si la sabemos aprovechar, podemos hacer mucho bien. No es todo el ministerio sacerdotal, pero es una parte importante. Hay muchas discusiones sobre la homilía, lo que yo estoy haciendo ahora mismo es una homilía.
Algunos dicen que las homilías no deben ser muy largas, otros dicen que no deben ser pesadas, otros dicen que no deben ser tan profundas o tan teóricas. Casi siempre se habla de la homilía para decir lo que no debe ser. Mi experiencia, ya que el Señor me ha llamado a una comunidad que se llama Orden de Predicadores, ese es el nombre oficial de nosotros, los dominicos. Y ya que he tenido ocasión de prestar un servicio misionero en tantas partes, mi experiencia es que la gente no sufre tanto por la longitud de la homilía, más bien, más que la cantidad de palabras, lo que suele preocuparles es la calidad de lo que les ofrezcamos.
Y por eso, yo creo que uno no debe esforzarse tanto. Hay que tener cuidado del tiempo, pero la principal preocupación, repito, no es la cantidad, es la calidad de lo que vayamos a decir. Cuando una persona siente que está recibiendo un alimento de calidad para su vida, esa persona realmente no se preocupa tanto por otros factores.
De hecho, y aunque las comparaciones son odiosas, fíjese usted que en muchos de esos cultos protestantes la gente está horas y no parece que les angustie, en parte, por factores muy externos y superficiales, pero en parte también, porque suelen recibir predicación que les sirve, que pueden aplicar a su vida, que los acerca a la Palabra de Dios. Así que en este momento de nuestro retiro es bueno comentar esos aspectos de la homilía y qué mejor que hacerlo en una homilía.
El segundo punto que quiero comentar sobre la homilía tiene que ver con cómo aplicar la Palabra de Dios. Y aquí vamos a recordar unas cuantas cosas muy básicas. La Palabra de Dios tiene un sentido literal y tiene un sentido espiritual. El sentido literal básicamente nos va a contar unos hechos, en la mayoría de los casos, la Biblia tiene ante todo narraciones más que descripciones o teorías. El sentido literal es el sentido que tienen las palabras como suenan, pero sobre la base del sentido literal, que siempre hay que conocer, se construye lo que la Iglesia ha llamado, desde el tiempo de los padres, el sentido espiritual.
Y el sentido espiritual ¿qué es? Es la expresión de la riqueza de la Palabra. En otros términos, es el fruto que esa palabra puede dar en la comunidad de varias maneras. Por ejemplo, sentido espiritual es cuando se toma una enseñanza sobre cómo hemos de vivir. Y esa enseñanza entonces, la aplicamos a nuestra vida. Por ejemplo, si estamos con el texto del buen samaritano, una aplicación moral podría ser, cuántas veces, mis hermanos, evitamos al que está sufriendo porque nos resulta incómodo o porque interrumpe nuestra agenda o nuestros planes.
La persona, el sacerdote, el diácono, el predicador que habla de esa manera está tomando el sentido literal y lo está aplicando a un comportamiento, una manera de obrar, una acción. Esa es una de las ramas del sentido espiritual. Entonces, no nos confundamos, hay sentido literal y sentido espiritual, pero el sentido espiritual tiene ramas y una de esas ramas es la aplicación moral. Cuando yo tomo la parábola del buen samaritano y la aplico como una corrección al espíritu de indiferencia que hay en nuestro tiempo, lo que estoy haciendo es una aplicación moral que es parte del sentido espiritual.
La parábola como tal no dice: Luchen en contra de la indiferencia. No, no lo dice literalmente, no lo dice. Pero esa riqueza yo la puedo aplicar a mi vida y la puedo aplicar a la vida de mi comunidad, eso se llama una aplicación moral y es una de las tres ramas del sentido espiritual. Cuando una persona todo el tiempo hace aplicaciones morales, también cansa, porque es como si todo el tiempo estuviera regañando o corrigiendo. Y ahí es cuando se habla de una interpretación moralizante de la Sagrada Escritura. Por eso, el sentido espiritual no es solamente el sentido moral, la aplicación moral.
Hay otros dos sentidos espirituales. ¿Cuáles son? Mire, hay un sentido espiritual que es el que mira a la realización plena de la Palabra de Dios en el futuro, podríamos decir, en la realidad escatológica a la que todos estamos llamados. Así, por ejemplo, yo tomo la parábola del buen samaritano, y en esa parábola del buen samaritano yo veo que hay un hombre compasivo que se agachó para servir al que estaba caído y lo llevó a una posada. Y entonces, yo pienso en el desenlace de la historia humana.
Y mire esta interpretación que es bonita, la parábola no nos dice qué sucedió cuando el buen samaritano volvió, te acuerdas que prometió volver, le dijo al de la posada: «Cuando yo vuelva, te pago lo que haga falta». Entonces, yo puedo hacer una interpretación de tipo escatológico, es decir, puedo tomar ese texto y darle una lectura espiritual. Y puedo decir, mis hermanos, ese hombre caído representa la humanidad en el pecado, esa posada es la Iglesia y, por supuesto, el buen samaritano es Cristo, y estamos esperando a que Él vuelva. Qué bonito, eso se llama una interpretación espiritual.
¿Por qué las llamamos espirituales, esas interpretaciones? Por una parte, porque no están literalmente en el Evangelio. El Evangelio no dice: Este texto se refiere al retorno de Cristo. El texto no lo dice literalmente, pero el Espíritu Santo, que es el que nos conduce a la verdad completa, ese Espíritu Santo sí nos ayuda a descubrir estos otros sentidos. Entonces, los sentidos espirituales son los sentidos que el Espíritu Santo le da a la Iglesia, para que pueda obtener el mayor fruto o provecho de los textos. Entonces, fíjate cómo yo puedo tomar la parábola del buen samaritano, y puedo ver en esa parábola el sentido literal, el auxilio que un hombre le prestó a otro que estaba caído.
Puedo ver el sentido moral. Hermanos queridos, cuidado con la indiferencia, esa fue una aplicación moral, que es uno de los tres sentidos espirituales. Puedo hacer una aplicación escatológica. Entonces les digo a mis oyentes, les digo a mis feligreses: Tengan en cuenta que seguimos esperando a Jesús. Tengan en cuenta que en esa posada donde estamos reponiendo nuestras fuerzas, en ese lugar, también nosotros estamos aguardando el retorno del buen samaritano que es Jesucristo.
¿Qué es lo bonito de la aplicación moral? Que es muy concreta. Lo bonito de la aplicación moral es que la gente inmediatamente la ve cercana a su vida. Pero si todo el tiempo estamos con la aplicación moral, nos volvemos cansones, nos volvemos demasiado regañones. Entonces, hay que saber matizar la parte moral con otros sentidos espirituales. Por ejemplo, algo que está faltando mucho hoy en la Iglesia es esa interpretación escatológica, esa mirada al final, esa mirada en la esperanza. Porque hay que destacar, mis hermanos, que la fe cristiana no es únicamente para mejorar el mundo. La fe cristiana es camino hacia la patria eterna.
Y eso es parte del mensaje y es muy importante destacarlo, porque los logros que nosotros consigamos únicamente para esta tierra, son demasiado pequeños en comparación del tamaño del amor que Cristo nos ha tenido. Entonces, ahí tienes sentido literal y tienes el sentido espiritual en la rama moral y en la rama escatológica. Pero hay otra rama, porque hemos dicho que son tres las ramas del sentido espiritual. Esa otra rama se llama la rama alegórica. ¿A qué llamamos alegoría? La alegoría es la que hace comparaciones entre textos de una parte y de otra.
Por ejemplo, cuando nosotros miramos lo que sucedía en el culto del Antiguo Testamento y lo comparamos con el sacrificio de Cristo. Esa es una interpretación alegórica. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que yo estoy facilitando la comprensión de un texto del Antiguo Testamento o de un texto anterior por medio de un texto posterior. La misma Biblia nos da muchas señales de esta manera de leer la Escritura. Usted se da cuenta, por ejemplo, que en los Evangelios hay una gran cantidad de alusiones a textos de los profetas.
Así leemos en el Evangelio de Juan la siguiente frase, que cuando llegó el soldado para romper las piernas de los que estaban crucificados con Cristo, rompió las piernas del que estaba a la izquierda y del que estaba a la derecha. Pero al ver que Cristo estaba ya muerto, lo que hizo fue penetrar su espada, penetrar con su espada el costado del Señor. Y el evangelista comenta: «Así se cumplió lo que dice la Escritura: No le quebrarán ningún hueso». ¿A qué se refiere ese texto de no le quebrarán ningún hueso? Se refiere a la Pascua, era una prescripción que Moisés había hecho para la Pascua.
Por allá la altura del capítulo, qué sé yo, 14, 15 del Éxodo. En esos capítulos del Éxodo, ahí se habla de cómo se debe celebrar la Pascua y Moisés había dicho: No le quiebre ningún hueso al cordero pascual. Qué es lo que está haciendo el evangelista Juan cuando dice: A Cristo no le quebraron ningún hueso, ¿qué está diciendo? Ese es el verdadero cordero. Esa lectura que conecta unos pasajes con otros y esa lectura que ayuda a mirar comparaciones también con lo que sucede en la realidad actual, esa lectura se llama alegórica.
Entonces, fíjate toda la riqueza, toda la riqueza que podemos encontrar en la lectura de la Palabra de Dios, porque podemos encontrar el sentido literal que es el primero. Luego, podemos encontrar los sentidos espirituales, que son tres. Puedo encontrar el sentido espiritual en una tónica moral, ayudando a que la gente mejore su vida. Puedo tener el sentido espiritual en una tónica escatológica, alimentando la esperanza y mostrando que el desenlace del Evangelio llega al final. O puedo también hacer una interpretación en sentido espiritual de tipo alegórico, relacionando unos textos con otros.
Cuando un sacerdote, diácono, predicador, catequista, misionero, todos los que dirigimos la Palabra de Dios al pueblo, pero muy especialmente el sacerdote, por lo que decíamos al principio con la homilía. Cuando el sacerdote se prepara en este tipo de predicación y se prepara en este manejo de los distintos sentidos de la Escritura, su predicación se vuelve rica, se vuelve nutritiva y la gente la recibe no solamente con agrado, sino también con provecho. Porque el sacerdote que hace la lectura literal, por ejemplo, dando el contexto histórico y todo esto, está dándole una enseñanza muy útil a la gente y los está acercando a la Biblia.
El que hace la interpretación moral está ayudando a que la gente vea la cercanía de la palabra con su propia historia. El que hace la lectura espiritual de tipo escatológico está levantando la esperanza de la gente y la está invitando a una vida más santa, una vida que mire más allá de lo inmediato y del beneficio o el peligro próximo. La persona que hace una lectura de tipo alegórico hace que el oyente entre en la Palabra de Dios, entre en la Sagrada Escritura y se sienta en casa dentro de la Biblia. Eso es lo que podemos tener con esta riqueza de las interpretaciones. Es importante entonces, que nosotros cultivemos el don de la predicación.
Dicen en mi país, en algunas regiones, nadie nació aprendido. Todos podemos mejorar y usted puede mejorar el don que tiene. Tal vez usted se siente corto, tal vez usted se siente muy preparado, todos podemos mejorar, todos podemos hacerlo mejor. Bueno, vamos a cerrar estas reflexiones con una pequeña interpretación alegórica, alegórica y moral de la primera lectura de hoy, para que usted vea cómo funciona la alegoría. Hagámoslo aquí con este texto que es del capítulo tercero del primer libro de Samuel.
Dice aquí: «El pequeño Samuel servía en el templo. Las palabras del Señor eran raras», dice acá. Ahí empieza la interpretación alegórica. Mire lo que yo voy a hacer en este momento, o sea, lo que usted está viendo en este momento, es a este servidor tratando de hacer una predicción a partir de esto en clave alegórica, para que usted vea cómo se puede hacer y seguramente lo intente cuando le toque. Y lo hará seguramente muy bien, lo hará mejor. Mire lo que dice aquí: Las palabras del Señor eran raras, eran escasas, la palabra se había vuelto escasa.
Entonces, uno como predicador puede relacionar eso que se ha dicho ahí, lo puede relacionar con lo que uno ve en su propio entorno. Esa comparación empieza a hacer la alegoría. Entonces, uno dice: Mire, en el tiempo de Samuel la Palabra de Dios se había vuelto escasa. Hermanos, eso es lo que nos está pasando hoy. Hoy muchas personas se han apartado, tal vez del Señor, no quieren oír de Dios, están entretenidos en muchas cosas, la voz de Dios se apaga. Y entonces, usted lo puede relacionar con otros temas, incluso con algunos temas de actualidad, cosas que están sucediendo ahora.
Por ejemplo, hay un debate sobre la eutanasia en varios países de Europa y una de las cosas que se ha pedido en esos países, que se ha exigido es: que en los debates sobre la eutanasia no pueden entrar sacerdotes católicos. Es decir, de entrada, se ha excluido al sacerdote por ser sacerdote. ¿Qué quiere decir eso, mis hermanos? Que nos hemos apartado de la Palabra del Señor y no queremos oírle. Y eso fue lo que sucedió en la primera lectura. Por eso, la Palabra de Dios era escasa. ¿Qué estoy haciendo? Tomando el texto y conectándolo con una realidad actual.
Dice aquí: «Estaba Elí acostado en su habitación. Se le iba apagando la vista y casi no podía ver». Claramente, mis hermanos, tenemos el declive de un modelo antiguo que ya no da más. Ese modelo antiguo está representado por Elí, que ya no ve y, de hecho, Elí ni siquiera se enteraba, ya no quería enterarse de los pecados de sus hijos, como hablábamos en la homilía de ayer. Elí representa ese declive lo que está terminando. Y ¿qué sucede con Samuel? ¿Quién es Samuel? Es un muchachito, es un jovencito. Samuel representa el mundo nuevo que está brotando, que está comenzando, que está amaneciendo.
Preguntémonos, hermanos, ¿qué es lo que está muriendo? Y ¿qué es lo que está naciendo en nuestra época? ¿Qué estoy haciendo yo con esa manera de preguntar? Alegoría. Estoy tomando esta lectura y estoy llevando a la gente a que se pregunte cómo se relaciona esa Palabra con lo que estamos viviendo. Pero dice: «Aún ardía la lámpara de Dios». Hermanos queridos, esto también se cumple en nuestro tiempo. La lámpara de Dios sigue ardiendo, porque siempre hay personas que conservan la fe y siempre es posible encontrar amor y siempre es posible encontrar un resto fiel. Si se da cuenta cómo va siendo uno la comparación.
Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios, era de noche. Y de noche Samuel estaba cerca del arca del Señor. Hermanos queridos, podemos decir que las tinieblas han llegado a muchos hogares, podemos decir que nuestra sociedad parece haber escogido las tinieblas, cuando se está legislando en tantos lugares por el libre consumo de la droga, cuando en algunos países se dice que un adolescente puede abortar sin siquiera avisar a los papás, ¿qué significa eso, sino que estamos en tinieblas?
Y ¿dónde estará nuestro refugio, hermanos? Estará como lo encontró Samuel, cerca del arca del Señor. Aunque sea de noche, nosotros podemos encontrar nuestro descanso y nuestro refugio cerca del arca. Esa lectura que yo estoy haciendo se llama una lectura alegórica, voy haciendo comparación y voy mirando cómo el texto se puede ir conectando. Bueno, pero resumamos y terminemos. Al final ¿qué resulta? Que Dios lo llamó muchas veces a Samuel, como Dios nos está llamando también a nosotros.
Porque Dios quiere que nosotros seamos parte de la solución, porque Dios no se dedicó solamente a lamentarse por el pecado de los pecadores, sino que en todas las generaciones está llamando voces con sus voces, está llamando a algunos para que sean parte de la respuesta. Y ahora yo digo hermanos, queremos ser como ese Elí cansado, ciego y desentendido, o queremos ser como Samuel, parte de la respuesta al Señor, parte generosa de la respuesta a Dios, ser parte de ese mundo nuevo que Dios quiere también que se realice. Estoy seguro, hermanos, que nosotros queremos seguir las huellas de Samuel.
Y por eso es importante que nosotros le digamos al Señor, como le dijo Samuel: «Habla Señor, que tu siervo te escucha». Esas deben ser nuestras palabras. Fíjate cómo lo que yo intenté hacer aquí en vivo y en directo, es como una especie de alegoría, porque voy haciendo comparación con textos de la Escritura, con la realidad del mundo presente y al final, ¿en qué acabé? Al final acabé en una pequeña aplicación moral, no de regaño, sino de invitación. ¿Cuál es la invitación? Sé tú el Samuel de hoy. Sé tú el que en medio de la noche no maldice la noche, sino que escucha la voz de Dios y abre un tiempo nuevo. Eso estamos llamados a ser.
Bueno, mis hermanos, esto quería compartirles para que nos animemos en ese servicio de las homilías. Si nosotros nos preparamos con oración, con lectura, si oímos también predicación, le aseguro que todos podemos mejorar mucho en el servicio que prestamos al pueblo de Dios.

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