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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Muchas veces a lo largo de la historia lo más sagrado ha quedado en manos de mediocres y de incompetentes; pero Dios renueva sin cesar su llamado y su amor.
Homilía o013009a, predicada en 20160113, con 7 min. y 48 seg. 
Transcripción:
Hermanos, ubiquemos un poco en el tiempo los acontecimientos que nos cuenta la primera lectura de hoy. El Éxodo sucede hacia el año 1300 antes de Cristo. Después de salir de Egipto y de acuerdo con el mandato del Señor, Moisés hace construir un arca que va a ser como la señal visible de la alianza de Dios con su pueblo, esa arca de alianza acompaña el camino del pueblo y de Moisés.
Recordamos, por ejemplo, cómo Moisés entraba en la tienda donde estaba el arca y hacía largos ratos de oración, y cuando salía de ese recinto, su rostro resplandecía, tanto que los israelitas no soportaban ese brillo y Moisés tuvo que echarse un velo delante del rostro, porque era enorme la luz que salía de él. Después de ese recorrido por el desierto, entran a la tierra prometida y esto es lo que se nos cuenta de una manera gloriosa, casi poética, en el libro de Josué. Con un poco más de realismo, el libro de los Jueces nos habla de una etapa que fue más o menos larga, en la que se presentan avances y retrocesos de los israelitas frente a los filisteos.
¿De qué tiempo estamos hablando cuando llega Samuel? Pues estamos hablando de cerca del año 1100 antes de Cristo, tal vez un poco más, es decir, han pasado algo más de 200 años después del Éxodo. Y llama la atención cómo esa arca de alianza que significó tanto para Moisés y que era la luz y que era la columna que guiaba a los israelitas, ahora se encuentra bajo el cuidado de un sacerdote de pésima calidad, este hombre se llama Elí. Y hay varias señales de la mediocridad y de la decadencia de ese tiempo. El lugar donde Elí ejercía su ministerio era Siló, allá fue donde llegó esta mujer llamada Ana, según escuchábamos hace poco en las lecturas, llegó Ana allá a orar.
Y la razón por la que Siló era un lugar de peregrinación es precisamente, porque ahí estaba el Arca de la Alianza. Pero recordamos que cuando Ana estaba haciendo su oración acongojada por tantas humillaciones, Elí lanza un juicio falso contra ella, la maltrata, la trata como si fuera una mujer ebria, incluso con vulgaridad le dice: ¿Cuándo vas a devolver todo el vino que has bebido? Entonces, juzga mal de ella, se equivoca y es vulgar. Los hijos de Elí eran aún peores, estos han pasado a la historia con sus respectivos nombres: Finés y Pinjás, se llamaba el otro. Esos nombres tengo que precisarlos más, estaban los nombres de los hijos de Elí.
Y los hijos de Elí eran mucho peores, cuando se ofrecía un sacrificio a Dios, la parte que estaba reservada, según la ley de Moisés, la parte reservada para entregarla a Dios, estos se la quedaban y la gente les decía. Pero entonces maltrataban a la gente y se quejaron frente a Elí. Pero Elí, que era tan duro con una mujer como Ana, era cobarde y se quedaba corto para corregir a sus propios hijos. Eso es típico de las épocas de la Iglesia en las que la mediocridad impera, lo típico es eso ¿no? Ser duro con los débiles y ser cobarde, corto y blando con los fuertes. Y eso pasaba en tiempos de Elí.
Bueno, todo este contexto histórico nos ayuda sobre todo a crecer en la esperanza, porque eran tiempos muy malos. Fíjate toda la decadencia, desde Moisés hasta ver el arca en manos de un sacerdote tan mediocre y ya a punto de quedar esa misma arca en manos de otros todavía mucho peores, ladrones, blasfemos, maltratadores, abusadores de la gente. Pero Dios, Dios no está impasible, Dios no contempla de una manera pasiva eso que está sucediendo, sino que interviene. Y la intervención de Dios vendrá a través de este jovencito, a través de Samuel, que prácticamente es un niño, cuando Dios empieza a hablarle.
Entonces, de todo esto aprendemos varias cosas. Aprendemos que en el caminar del pueblo de Dios muchas veces se encuentra mediocridad, muchas veces se encuentra indignidad. Nosotros, por ejemplo, dominicos, hemos oído varias veces cuál era la situación del pueblo de Dios, allá a comienzos del siglo XIII, finales del siglo XII, cómo había tanta mediocridad de nuevo, en manos de y en la vida de aquellos clérigos de esa época. En la época de Santa Catalina otro tanto. En la época del siglo XVI, época en que surge un San Ignacio y que luego vendrá un San Pío V, encontramos Papas corruptos, gente degenerada que vende los mismos pueblos eclesiásticos.
Entonces, es importante darse cuenta que el pueblo de Dios va pasando por todas esas etapas. Uno tiene que saber que eso llega, pero uno tiene que saber que Dios está despierto, uno tiene que saber que Dios no se va a quedar quieto, que Dios no se queda impasible, sino que Dios quiere también decir una palabra a través de sus profetas. Y una y otra vez está enviando profetas, una y otra vez está enviando samueles. Muchas veces parecen débiles, parecen pequeños, pero la mano del Señor está con ellos. Y estos profetas tienen la misión durísima de denunciar el pecado y la mediocridad, pero, sobre todo, de anunciar la esperanza y un nuevo camino.
Así que no nos desanimemos frente a las mediocridades que, a veces, experimentamos en nosotros mismos, sino que pidamos al Señor que nos dé verdadero espíritu de profetas y que nosotros seamos parte de la solución y no simplemente parte del problema.

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