Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El Espíritu Santo que nos sana, transforma y renueva quiere acompañarnos y quedarse para siempre en nuestra vida.

Homilía o013008a, predicada en 20160113, con 5 min. y 18 seg.

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Transcripción:

El Evangelio del día de hoy está tomado de San Marcos en el capítulo primero. Y lo que encontramos es una escena cargada de ternura, de hermosura y de poder. Encontramos a Jesucristo volcado completamente, otorgando bendición, sanación, salud, consuelo, curación a un pueblo que ha sufrido tanto. Es una escena que tiene que conmovernos, muy particularmente en este año de la misericordia que ha decretado el Papa Francisco.

Esa actitud de Cristo de absoluto olvido de sí mismo, esa actitud de darse a los demás, esa actitud de sanar y de proteger, y de bendecir y de restaurar lo que está dañado en los demás, es una muestra de una caridad sublime, es la muestra del amor de Dios llegado a esta tierra y es también definitivamente el camino que debe seguir la Iglesia. Esta, sin duda, es la primera lección que nos deja ese texto del capítulo primero de San Marcos.

Y antes de pasar a otro punto de meditación, cordialmente les invito, centrémonos otra vez, quizás cerremos nuestros ojos. Miremos, miremos a Jesús, Jesús mirémosle. Miremos la actitud de sus ojos, su sonrisa, su abrazo, miremos ese bendito instrumento unido a la divinidad. Así llama Santo Tomás de Aquino al cuerpo físico de Cristo, instrumento plena y perfectamente unido a la divinidad. Y miremos cómo esas manos sanan, como esa palabra levanta, como esa mirada renueva la esperanza, como esa sonrisa consuela.

Alegrémonos en el misterio de ese amor compasivo y tan eficaz. Demos gracias a Dios por esa ternura. Acojamos también nosotros, quizás tenemos heridas, quizás hay cosas en nosotros que nos han marcado. Hay cosas en nosotros que nos han herido profundamente, también nosotros tenemos que ir donde este médico divino. También nosotros tenemos que aprender a descansar en su regazo, descubrir en Él, la fuente bendita donde todos nuestros males se alejan y todos nuestros bienes llegan.

Pero hay un punto más que meditar. Al día siguiente le dice el apóstol Pedro: «Todo el mundo te busca». Y la respuesta de Cristo, y te estoy hablando del Cristo compasivo, la respuesta de Cristo es: «Vámonos, porque también debo anunciar en otros lugares». Esto puede sonar un poco paradójico, el mismo amor que le trajo, le lleva. El mismo amor que lo acerca a nosotros, también un día tiene que llevarlo quizás lejos de nosotros. Pero es que hay una alternativa y es que ese amor, ese amor que lo ungió a Él, nos unja también a nosotros.

La humanidad de Cristo como tal, necesariamente tenía que realizar esa tarea que implica moverse, que implica llegar a otros sitios, que implica visitar otros pueblos. Sí, la humanidad de Cristo tenía que hacer eso, pero el mismo amor que llegó a Cristo y que lo ungió, ese mismo Espíritu que hace las maravillas y prodigios, ese es el mismo Espíritu que también nosotros hemos recibido en el bautismo. Y ese espíritu sí que ha llegado a nosotros para no irse. La humanidad de Cristo tenía que irse, como lo comentará el evangelista Juan, en boca del mismo Cristo: «Os conviene que yo me vaya».

La humanidad de Cristo tenía que irse, pero el amor de Cristo no. Y por eso, la verdadera y plena sanación no es solamente que las heridas de nuestro pasado sean sanadas. La verdadera curación es que la misma unción que nos ha curado, es la unción que nos acompaña, que se queda con nosotros. Por eso Cristo decía: «Os conviene que yo me vaya, porque vendrá el Paráclito». Y ese Espíritu Santo, ese Espíritu que sana, ese Espíritu que transforma y renueva, ese ya no se va, ese quiere quedarse para siempre en nuestra vida. Bendito Jesús y bendito Espíritu de Amor, que hacen maravillas y prodigios.

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