Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Sanando nuestros cuerpos, Cristo muestra qué quiere hacer en nuestras vidas.

Homilía o013006a, predicada en 20140115, con 4 min. y 48 seg.

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Transcripción:

Seguimos con nuestra reflexión del Evangelio de Marcos, porque lo propio del Tiempo Ordinario es acompañar a Jesucristo, acompañarlo en su misión, en su predicación, en sus largas noches de plegaria, en su caridad intensa y perseverante que busca a la oveja perdida, para eso es el Tiempo Ordinario. Y las lecturas de entre semana llevan por supuesto, un orden.

Empezamos, como se nota, con el Evangelio según San Marcos. Después de unas semanas, buscaremos aquellos textos de San Mateo que son propios de Mateo, es decir, que no se han leído ya en el Evangelio de Marcos. Y después de otras semanas, tendremos textos de San Lucas hasta llegar al final del Tiempo Ordinario. Ese es el orden de la lectura. Marcos, que nos presenta sobre todo a Jesús en acción. Mateo, que nos enseña a profundizar en los discursos, en las palabras de Cristo. Y finalmente Lucas, que nos invita a entrar en el corazón del Señor, a descubrir sus afectos más profundos, que son al mismo tiempo, afectos humanos y divinos.

Estamos en el capítulo primero de San Marcos entonces, y encontramos a Jesús en otra de sus dimensiones. Ayer se destacaba Cristo Maestro y Cristo exorcista, hoy podríamos hablar de Cristo Médico. Y es importante esta labor de Cristo, no solamente porque nos deja ver su corazón que se compadece, sino que nos obliga, en cierto sentido, a ver nuestras propias heridas, nuestras propias enfermedades. Porque, así como la persona que está enferma en su cuerpo, no puede trabajar bien, no puede disfrutar la vida, muchas veces no puede compartir, por lo menos, con el mismo gozo al lado de su familia o de sus amigos.

Así también, desde el punto de vista espiritual, nuestras enfermedades de tal manera nos frenan, que nos impiden servir a los demás, que nos encierran, que nos paralizan de modo tal, que casi cada una de las enfermedades que conocemos desde el punto de vista corporal se puede aplicar también desde el punto de vista espiritual. Así como hay una ceguera corporal, hay una ceguera del Espíritu que nos hace incapaces de reconocer las obras de Dios e incapaces de ver las necesidades de los hermanos. Así como hay una parálisis de las piernas, así también existe una parálisis espiritual que impide ponerse en movimiento, que impide ponerse en pie, metafóricamente hablando, para darle la gloria a Dios en medio de la asamblea.

Esa parálisis nos impide también salir a proclamar la grandeza del amor de Dios. Entonces, hay también esa parálisis. Y así como hay una sordera en el cuerpo, así también hay una sordera a la voz de la conciencia. Quién va a negar que en nuestra época mucha gente, muchísima, está en un avanzado estado de sordera frente a la ley de Dios, frente a la Palabra de Dios. Por eso, la conclusión que tenemos que sacar está ya en el texto que oímos hoy. Dice el evangelista Marcos: «Toda la población se agolpaba a las puertas de la casa donde estaba Jesús».

La casa donde está Jesús se llama la Iglesia. Y toda la población, todo el pueblo tiene que ir, tiene que acudir, tiene que ser parte de esta comunión de fe y de salvación que es la Iglesia, sin excepción. Hemos de acudir a la casa de Jesús, porque sin excepción, necesitamos de su poder, necesitamos de su amor.

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