Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El origen de un profeta.

Homilía o013002a, predicada en 19980114, con 22 min. y 21 seg.

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Transcripción:

Hay un canto muy hermoso que dice: La noche es tiempo de salvación. Y efectivamente, si nosotros buscamos la obra de Dios en las noches, ¿cuánto encontramos? Si no fue de noche, si fue durante el sueño cuando Dios, de Adán, formó a Eva, como mostrando en el misterio de ese descanso, el misterio de la unión y complementariedad de la distinción e igual dignidad entre el hombre y la mujer. De noche, la columna de fuego guía al pueblo de Israel. De noche, sucede este encuentro entre Dios y el niño Samuel. De noche, la resurrección y el nacimiento del Señor de noche también.

Yo creo que Dios ama la noche, así como ama el desierto, pues de la misma manera que en el desierto, donde no hay nada, se percibe más la fuerza de Dios que saca vida de la nada. Así también en la noche, cuando las fuerzas se agotan, cuando los sentidos se rinden, cuando la comprensión no avanza, cuando los peligros parecen más grandes, en ese tiempo, de noche, Dios hace resplandecer, hace brillar más su obra. Y por eso, de noche le habla a José, el esposo de la Virgen, y por eso también en sueños le habla a tantos, como al patriarca Jacob. Sí, la noche es tiempo de salvación, así como el desierto es lugar de revelación, la noche es tiempo de salvación.

Y por eso, pertenece a la piedad cristiana, desde los primeros siglos, el orar de noche, mientras que otros descansan rendidos de su trabajo, mientras que otros olvidan en unas copas, en ebriedades o placeres, en fiestas de toda clase, la dureza de la vida, de noche nos unimos a Cristo, que también santificó la noche con su oración, especialmente con esa noche de Getsemaní y con esa noche que Él mismo hizo, cuando se estaba muriendo, porque esa fue una noche que Él hizo, Él oscureció la tierra, Él hizo la noche. De manera que, así como Adán dormido dio origen a Eva, así también Cristo, dormido en la noche de su muerte, le dio origen a su esposa, la Iglesia.

Sí, la noche es bella. Y de noche nos encontramos al niño Samuel y al anciano Elí. Todo este pasaje del capítulo tercero del libro primero de Samuel está hecho para que meditemos en estos dos, miremos en qué se parecen y en qué se diferencian y descubramos ahí la obra de Dios, en una noche singular. Ambos se encuentran cerca de Dios, ambos están al servicio de Dios. Elí, un sacerdote anciano. Samuel, un joven profeta, ambos al servicio de Dios. Pero aquí empiezan las diferencias. Elí ya no puede casi ver, Elí se ha ido quedando ciego con los años.

¿Crees tú que esa ceguera era simplemente debilidad de los ojos de su cara? No, Elí se iba quedando ciego, se había vuelto incapaz de ver, no solo con los ojos de su cuerpo, se había vuelto incapaz de ver también los pecados de su propia familia. Efectivamente, el mensaje que le da Dios a este niño Samuel, ese mensaje que aparece en este capítulo tercero y que no lo hemos leído aquí en la liturgia, pero que está desde luego en nuestras Biblias, ese mensaje es terrible.

El primer oráculo que tiene que decir el niño Samuel es, precisamente un oráculo contra la familia del sacerdote Elí, porque los hijos de este sacerdote Elí, aprovechan los bienes del Señor, explotan al pueblo, son transgresores, irrespetuosos y cínicos de la ley. Y Elí, el papá de ellos, no ve, no ve nada, no se da cuenta de nada. De manera que Elí no sólo era ciego de los ojos de la cara, no es simplemente que no pudiera ver la luz del sol, es que ya no podía ver tampoco los caminos del Señor, es que no sabía ver la voluntad de Dios, es que no sabía ver las heridas y los pecados del pueblo, empezando porque no sabía ver los pecados de sus hijos.

¿Tú te acuerdas del sacerdote Elí? Elí obró con una dureza espantosa con Ana. Ana estaba orando en la casa de Dios y Ana movía sus labios suplicando. Y Elí empieza por insultarla: ¿Hasta cuando ese vino? La trata de borracha, la insulta y Ana tiene que explicarse, y se explica con humildad y le dice al sacerdote Elí: No, yo no estoy ebria de vino, lo que sucede es que estoy embriagada de dolor. Bueno, ¿has visto cómo ha obrado Elí con esa pobre mujer? Le ha caído con todo el peso de su autoridad sacerdotal, la ha regañado con fuerza a Ana, que era inocente. Pero a sus propios hijos que son culpables, a esos sí no les ve las faltas.

¡Qué peligrosa es la ceguera en los sacerdotes! Qué peligro esa ceguera que hace que no se pueda descubrir la inocencia en unos y la culpa en otros, porque con frecuencia esto lleva a que se maltrate la inocencia de los pequeños y se deje pasar la culpa de los poderosos. Elí, pues, estaba sin luz en sus ojos. Pero el pasaje nos dice algo más, no es solo que le faltara luz a los ojos de Elí, es que no había casi luz en la casa de Dios. Y mira como dice: «En aquel tiempo era rara la Palabra del Señor, era rara la Palabra del Señor». Así como era raro que Elí acertara, Elí no tenía luz en sus ojos, porque era rara la Palabra del Señor.

Allí donde escasea la Palabra de Dios, la mirada se vuelve confusa, se nubla, se vuelve borrosa y llamamos bien al mal y mal al bien, juzgamos según nuestro torpe criterio. «Era rara la Palabra del Señor». Y dice: «No eran corrientes las visiones». Elí estaba acostado en su habitación y nos dice aquí el texto: «No estaba aún apagada la lámpara de Dios», poca luz en los ojos de Elí y poca luz en la casa de Dios. Pero aquí empiezan los contrastes. Nos dice el texto: «Elí estaba acostado». Samuel también estaba acostado. Elí dormía en su habitación. Samuel estaba acostado en el santuario del Señor.

La habitación de Samuel es la habitación de Dios, la habitación de Elí es simplemente la habitación de Elí. Elí duerme en su habitación, Samuel no tiene habitación, Samuel no tiene casa, solo tiene la casa de Dios. Y por eso va a llegar la luz a través de Samuel y no a través de Elí, porque es que Elí tenía su propia habitación y aquí hago yo una alegoría, tenía sus propios intereses y los intereses suyos eran los de sus hijos, y los intereses suyos eran los de sus cosas, él tenía sus intereses, ese era Elí, tenía su habitación. En cambio, Samuel no tenía su habitación.

En esto se parece a nuestro bendito patriarca Santo Domingo, que tantas veces pasaba la noche en el templo. Como un nuevo Samuel, Santo Domingo dormía en el templo junto al arca del Señor. Elí dormía en su habitación porque tenía sus intereses, Samuel dormía en la casa del Señor porque no tenía nada, porque solamente tenía al Señor, y la luz va a venir de ahí. Entonces, una voz que llama a Samuel y responde Samuel: «Aquí estoy». Si Hemos dicho que Samuel estaba en la casa del Señor, hemos dicho que de alguna manera tenía como ese desprendimiento de todas las cosas, aquello a lo que aspira precisamente el voto de pobreza.

Y aquí le encontramos no solo pobre, sino también obediente. ¿Cuánto se asemeja en esto, Samuel a Jesucristo? Porque Jesús fue ese verdadero Samuel que no tenía otra casa que la casa de Dios, no tenía más intereses que los intereses del Padre, en nada tenía que ocuparse, sino en las obras de su Papá Dios, verdaderamente pobre Jesucristo y verdaderamente obediente Jesucristo. A la voz de Dios, Samuel responde: «Aquí estoy». Puesto que no tiene intereses propios, está dispuesto a obedecer. Fue corriendo a donde estaba Elí y renovó su obediencia al sacerdote.

Aquí pregunto yo: ¿Es que Samuel no se daba cuenta de lo que estaba haciendo Elí? Tenía que darse cuenta, todo el mundo sabía lo mal que estaba viviendo la familia de Elí, todo el mundo sabía que Elí se hacía el de la vista gorda, que no solo era incapaz de ver con sus ojos del cuerpo, sino que tampoco quería ver los pecados de su familia. Samuel sabía eso y, sin embargo, Samuel no se rebela contra el sacerdote. Hemos descubierto tres cosas maravillosas de Samuel. Tiene el espíritu de pobreza, bienaventurados los pobres. Tiene espíritu de pobreza porque su casa ¿cuál casa? Él no tiene más casa que la casa de Dios.

Además, tiene el espíritu de la obediencia. ¿Su voluntad? Él no tiene más voluntad que la voluntad de Dios. Es pobre, es obediente. ¿Te das cuenta cómo se forma un profeta, te das cuenta a quiénes le habla Dios? Es pobre, es obediente, pero hay algo más, es fiel al sacerdote, es fiel a la Iglesia. Samuel hubiera podido decir: Me está llamando Dios. Claro, por fin me llama Dios, porque esa porquería de sacerdote que tenemos no sirve de nada. Pero esta es la diferencia entre un santo y un hereje. El hereje, como le sucedió a aquel Pedro Valdés que dio origen a los valdenses en tiempo de Santo Domingo.

El hereje tal vez tiene muchas virtudes, pero es incapaz de reconocer la voz de Dios en la Iglesia, es incapaz de creer que Dios siga obrando con esos sacerdotes pecadores. Tercera virtud de Samuel: reconoce a Dios en la Iglesia. ¿Es que no sabía Samuel de los pecados de Elí? Sí, lo sabía. Claro que tenía que darse cuenta. Los jóvenes son o somos muy críticos. Samuel se daba cuenta, pero acude al sacerdote, va a donde Elí, no niega su pertenencia a la Iglesia. Y en esto también se me parece a mí, a Santo Domingo de Guzmán.

¿Acaso no conocía a Santo Domingo cuántos pecados, cuántas iniquidades tenían aquellos curas y obispos de su tiempo? Sí, y, sin embargo, una y otra vez le vemos postrado, pidiendo humildemente la bendición del sacerdote o del obispo. Aquí estoy, le dice a Elí. Elí, responde: No te he llamado. Vuelve a acostarte, vuelve a acostarte, vuelve a tu descanso. Elí lo manda a descansar, pero Dios lo vuelve a levantar del descanso. Otra virtud del profeta, el profeta no puede determinar cuándo es su descanso, descansará cuando Dios quiera. Así lo vemos también en Jesucristo.

Jesucristo trabaja agotadoramente, pero si hay que levantarse temprano a orar, ahí le vemos en medio del campo, bebiendo de las fuentes del Padre Celestial. Samuel no tendrá otro descanso que el que le dé Dios. Elí le dice: Descansa y Dios le vuelve a decir: Levántate. No es tiempo de descanso, es tiempo de labor. Vuelve Samuel donde Elí y le dice: Aquí estoy porque me has llamado. Y Elí vuelve a decirle que descanse. Por tercera vez le llama el Señor. Y entonces, atención, es el pecador Elí, no el virtuoso Samuel, sino el pecador Elí, que es sacerdote, el que reconoce la voz de Dios.

¿A ti no te parece misterioso esto? No es Samuel, que era el inocente y el virtuoso, quizás el santo, no es Samuel, sino es Elí el que reconoce que es Dios el que está obrando ahí. Y esto es bien importante, muy importante, porque esto nos hace ver como, aún a pesar de las limitaciones que indudablemente tiene la Iglesia, el discernimiento último lo tiene quien tiene la autoridad de Dios en la Iglesia. Y esto también nos muestra cómo no son ciertamente los pecados personales de los sacerdotes o de los de los obispos, los que les van a quitar la autoridad que Dios les ha dado.

Es Elí el que discierne. Elí, que no podía ver por sus propias fuerzas, gracias a las voces que Dios le da a Samuel, llega a escuchar, llega a ver, llega a discernir y se da cuenta de que es el Señor el que está llamando. «Anda a acostarte y si te llama alguien responde: Habla, Señor, que tu siervo escucha». El Señor se presentó y lo llamó Samuel, Samuel. Dios que llama al ser humano. Otro misterio. ¿Por qué Dios llama a Samuel, es que Dios no podía hacer justicia en la casa de Elí por su propia cuenta, Dios, que lo puede todo, no podía enderezar la casa de Elí sin necesidad de Samuel?

Claro que podía, pero Dios ama obrar por causas segundas. Dios ama obrar a través de seres humanos, a través de un jovencito inexperto como Samuel, a través de un anciano pecador negligente como Elí. Y Dios, sin embargo, obra a través de esas personas. Santo Tomás de Aquino se pregunta ¿Por qué Dios hace eso? ¿Por qué Dios no resuelve los problemas él mismo? ¿Por qué Dios a veces parece necesitar la ayuda de abogados, de médicos, de psicólogos, de psiquiatras? ¿Por qué no resuelve Dios todo él mismo?

Y Santo Tomas hace esta comparación: Si el dueño de una finca tiene que hacerlo todo, es pobre. Si el dueño de una finca cuida su finca a través de administradores y jornaleros, ese es el verdaderamente potentado. Dios manifiesta su gloria y su santidad y su poder obrando a través de todo el ejército de causas segundas, incluso las que no saben que están sirviendo a Dios. Así Dios habla más de su Majestad, de su misericordia, de su sabiduría y de su poder. Nos hemos encontrado con el origen de un profeta. De pronto, de pronto, renace en nosotros eso que hubo mucho en la casa de Israel, hubo gente que se preguntó: ¿Será que es posible formarse para profeta?

Hubo comunidad de profetas, por ejemplo, los que rodearon a Eliseo. Gente que estudió para profeta. El don de profecía, desde luego, solo lo da el Señor. Pero parece que en algún sentido sí se puede pensar en una escuela de profetas. Varias veces he mencionado a Santo Domingo de Guzmán, a mí me parece que Santo Domingo miró la Orden de Predicadores como una escuela de profetas, como un camino en la profecía. Y ¿qué se necesita para eso? Ser pobre, que significa aquí, no tener otra casa, sino la casa de Dios. Ser obediente, que significa responder como Samuel: Aquí estoy, Señor. Aquí estoy, volverse disponible.

¿Qué más se necesita? Se necesita no tener más descansos que los que Dios diga, estar siempre dispuestos a la labor. Y ¿qué más se necesita? Saber que Dios obrará a través de su Iglesia y que desprenderme de la Iglesia, desprenderme del sacerdote, desprenderme del pastor, es como cercenarme yo, que apenas soy una ramita, cercenarme del árbol, pronto me voy a secar y solo voy a servir para el fuego.

Hermosa conclusión la que trae el pasaje. Samuel crecía, crecía, Elí se debilitaba. Samuel crecía, Dios estaba con él, y ninguna de sus palabras dejó de cumplirse, porque no eran las suyas, eran las palabras de Dios. Así como Dios, así como Samuel no tenía más intereses que los intereses de Dios, así Dios le concedió que todas sus palabras fueran Palabras de Dios. Esto es grande, esto es bello. El que quiere tener en su corazón los intereses de Dios, logra tener en su boca la Palabra de Dios.

En cambio, el que revuelve con sus intereses, el que revuelve y tiene su propia habitación, ese se confunde a veces acierta, como vemos hoy acertar a Elí. Otras veces se equivoca como el mismo Elí se equivocó, por ejemplo, juzgando de Ana, o se equivocó dos veces con Samuel. Llenarse de los intereses de Dios, crecer como Samuel, tener en nosotros la Palabra del Señor para que Israel, para que el pueblo de Dios se alegre y se alimente de las fuentes vivas, de las fuentes de la verdad, de la paz y de la justicia.

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