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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Aprendiendo lo que NO se debe hacer con la vocación
Homilía o012013a, predicada en 20200114, con 22 min. y 34 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, soy un ferviente convencido de la presencia de la providencia de Dios, como decíamos en la homilía de ayer. Y una expresión de esa providencia está en la liturgia en esta ocasión. Les invito a que vayamos a la primera lectura tomada del Primer Libro de Samuel. Recordemos que el Primer Libro de Samuel nos muestra una transición. La transición entre el tiempo de los Jueces y el tiempo de los Reyes. Pero esa transición va acompañada con otra, el surgimiento de lo que podemos llamar el movimiento profético. De manera que Samuel, el personaje que le da nombre a este libro, es al mismo tiempo algo así como el último de los Jueces y el primero de los profetas en el tiempo de los Reyes de Israel y de Judá. Es una transición. Seguramente recordamos que fue a este profeta, a Samuel, a quien el pueblo le pidió, Danos un rey. Eso va a aparecer varios capítulos después de lo que estamos leyendo, pero esta información nos ayuda a tener el contexto. Así que, por una parte, el tiempo de los jueces que eran líderes ocasionales, carismáticos, temporales. Ese tiempo va terminando y va a surgir una nueva institución que son los reyes. Pero los reyes van a estar acompañados siempre por el ministerio de los profetas. Uno puede recordar varios reyes que tuvieron a su lado profetas. Así, por ejemplo, en el profeta Isaías Capítulo Siete, leemos que el rey Ajaz o Acaz, dicen otros, tuvo como contemporáneo al profeta Isaías en el reino del norte, el rey Ajab tuvo como contemporáneo al profeta Elías. En la época del destierro, los dos últimos reyes de Judá, es decir, Joaquín y Sedecías, tuvieron como compañeros a los profetas Jeremías y Ezequiel. Hoy ese paralelismo entre los reyes y los profetas. Pero una pregunta queda ¿Qué va a suceder con esa otra institución venerable que viene de la ley de Moisés? Es decir, el sacerdocio y la lectura de hoy nos ayuda a responder esa pregunta. De hecho, esta lectura y este contexto del Capítulo Primero del primer libro de Samuel nos ayuda a descubrir la realidad del sacerdocio a estas alturas. Aquí nos encontramos en el siglo once antes de Cristo. Tenemos efectivamente a un sacerdote que se llama Elí, el sacerdocio es hereditario. En el Antiguo Testamento, Elí tiene dos hijos que por el solo hecho de ser varones y descendientes suyos son también sacerdotes. Esos dos hijos se llaman Ofni y Finees, los nombres de ellos aparecieron en la primera lectura de la misa de ayer. Si uno lee un poco más, porque la liturgia no cubre todo el texto, si uno lee un poco más, cómo era la vida de estos sacerdotes, uno puede aprender muchas cosas. Uno puede aprender como por reflejo. Quiero decir, uno puede ver los defectos graves, las situaciones graves en las que estaban estos sacerdotes y a partir de eso que ellos hacían. Uno puede tener una mirada de examen y de conversión sobre su propia vida como sacerdote. ¿Cuál era la situación? Elí era sacerdote en un santuario. El santuario de Siló, la ciudad de Jerusalén. No tenía la importancia que tendría después, porque es que la ciudad de Jerusalén fue conquistada por el rey David. Y resulta que Samuel aquí todavía no ha nacido, y Samuel es el que elige al primer rey que se llama Saúl. Y después de Saúl vendrá David. O sea que David falta todavía, falta tiempo para David y falta tiempo para que Jerusalén exista, y falta tiempo para que el templo de Jerusalén exista. De manera que los sacrificios en honor de Yahvé se hacían en santuarios, concretamente aquí en el santuario de Siló. Pero la ley de Moisés estaba plenamente vigente, ni más faltaba. Entonces Elí, el sacerdote, ofrece sacrificios en el santuario de Siló, y allí también están sus hijos, que también son sacerdotes Ofni y Finees. Con todo ese contexto, miremos un poco cómo vivían ellos su sacerdocio. La Biblia nos dice que Ofni y Finees fueron entrando en una desobediencia permanente a la ley de Moisés. Por ejemplo, en la ley de Moisés había unas normas pedagógicas sobre qué era lo que el sacerdote podía o no podía comer de los sacrificios. Las llamó normas pedagógicas porque su propósito era limitar, controlar la tentación de codicia, de avidez que podía tener el sacerdote, en la ley de Moisés estipulaba qué partes de la víctima ofrecida en sacrificio podía comer el sacerdote. Por ejemplo, una cosa que está muy clara en la ley de Moisés es que todo lo que tiene que ver con la grasa del animal se ofrece a Dios, se quema en honor de Dios. Esa grasita que es la que sirve, por ejemplo, cuando se trata de un marrano, que obviamente no es el caso aquí, pero es la que sirve para hacer los chicharrones, esa grasita que muchas veces le da un sabor especial a la carne, resulta deseable para muchas personas. Pero la ley de Moisés decía no, esa grasa no se la coman. Usted puede ser muy sacerdote, pero usted no se coma la grasa, la grasa se quema en honor de Dios. Usted puede comer de la carne y de ciertas partes de la carne. Entonces había esas restricciones en la ley de Moisés. Pero estos hijos del sacerdote Elí, que también eran sacerdotes ya dije Ofni y Finees, empezaron a saltarse esa norma, a pasar por encima de esa norma. De modo que la gente les decía. La gente conocía la ley. La gente le decía ¡Ey, esa parte no es para usted! Y ellos se burlaban de la gente y se burlaban de la ley de Moisés. Y agarraban el trozo de carne que les parecía más jugoso, más sabroso. Segundo problema, estos dos hijos sacerdotes, Ofni y Finees no solamente abusaban de la ley, sino que también empezaron a abusar de la gente. Entonces, cuando llegaban a ofrecer sacrificios sobre todo, por supuesto, en el caso de las mujeres, entonces ellos ponían condiciones para los sacrificios y muchas veces terminaban abusando de las mujeres, teniendo relaciones con ellas, prácticamente violándolas. Eso nos enseña el primer libro de Samuel. Y el tercer problema, que aparece en esta descripción de la vida sacerdotal de aquella época siglo Once antes de Cristo. Es que Eli, el papá, que era también el formador de sus hijos, en cuanto papá y en cuanto encargado del santuario, Eli llegó a un punto en el que ya no los corregía. Porque la gente iba a quejarse donde Eli, y Eli ya no corregía, ya no corregía, ya los dejaba hacer. Esa historia va a acabar muy mal. No vamos a contar aquí todo el relato, pero finalmente Ofni y Finees mueren en combate contra los filisteos. El arca de Dios es tomada por los filisteos y cuando le dan esa noticia Eli, él de la impresión se cae, se resbala de su silla, se golpea la nuca y se mata. O sea que los tres personajes que he mencionado los dos hijos Ofni y Finees y el sacerdote Elí, mueren de mala muerte. Pero lo que nosotros podemos hacer es aprender. Podemos aprender de estos personajes. Podemos aprender, ¿Cómo se va desafinando? ¿Cómo se va destemplando el sacerdocio? Porque hay un orden en estos problemas y en estos errores y caídas hay un orden. Y yo pienso en lo de desafinar y miro la guitarra que tenemos aquí. Y todos sabemos lo terriblemente mal que suena una guitarra desafinada, pero esta, está muy bien. Entonces el sacerdocio se va desafinando, el sacerdocio se va destemplando y normalmente el orden en el que sucede ese destemple, ese desafine del sacerdocio, es exactamente el que nos muestra el primer libro de Samuel. O sea, la vida nuestra se va desafinando, así como lo cuenta el primer libro de Samuel. Primero, uno se va descuidando en muchas cosas que tienen que ver con la liturgia y con el servicio sacerdotal como tal. Segundo, el mismo que ha abusado de la liturgia y que ha abusado de la ley de la Iglesia, fácilmente termina teniendo un comportamiento abusivo con las personas y después de abusar de la liturgia es fácil caer en abusar de las personas que se acercan buscando a Dios. Y tercero, cuando ya el problema se vuelve muy grave, las mismas autoridades de la Iglesia, a veces incluso nuestros obispos, se cansan de estar luchando, de estar peleando y ya no corrigen, ya dejan hacer como Elí dejó hacer. Entonces hay como una escalera preocupante descendente, y es bueno tenerla clara, tener clara esa escalera, porque repito, eso que pasó en ese tiempo también pasa en el nuestro. La buena noticia es, que así como se puede perder el fervor y el centro de nuestra vocación, así también hay posibilidad de recuperarlo. La vocación sacerdotal se destempla empezando por la oración y la liturgia y después de que nos descuidamos, que a todos nos ha pasado en la oración y la liturgia. Fácilmente maltratamos a las personas, descuidamos el rebaño del Señor o incluso abusamos de la gente, especialmente de los más pequeños, de los más vulnerables. Lo que hablábamos del comportamiento predatorio y después de que hemos llegado a ese punto y después de que esa manera de obrar se generaliza, entonces ya nuestros mismos pastores pueden entrar en una especie de negligencia, en una especie de complicidad tácita. Así se baja. Pero por esa misma escalera se puede subir. Y repito, esa es la buena noticia. ¿Cómo se puede subir? Se puede subir, si empezamos por recuperar una oración viva, una oración viva ante nuestro Señor. Para muchos sacerdotes, incluyéndome, una oración sencilla dicha con amor, como aquella que todos conocemos. Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí. Una oración sencilla, repetida con fervor, con humildad, puede ser el comienzo de la recuperación de nuestra vocación. Hay que empezar por la oración y por la liturgia. Si hemos sido descuidados, que repito, a muchos nos ha pasado. Pues el paso que hay que dar entonces es recogernos un poco más. Recuerda el texto que nos enseñó este hombre aquí representado, San Carlos Borromeo. Si usted mira el oficio de lecturas de la fiesta de él, que es el cuatro de noviembre, él tiene una exhortación a los sacerdotes siendo obispo, hace una exhortación a los sacerdotes y entonces él habla ahí sobre cómo uno puede mejorar su preparación para los sacramentos, para vivirlos mejor. Entonces, dice él, a veces uno se queja de que tiene muchas distracciones y él dice, Bueno pero ¿Cómo te estás preparando para vivir los sacramentos? A veces es difícil, pero intentar comenzar es algo que Dios aprecia y Dios no dejará de tendernos su mano si nosotros la levantamos. Recuerde usted que Pedro, cuando se estaba hundiendo en el lago, levantó su mano al Señor y lo llamó. Y Cristo le dio la mano, a pesar de que era Pedro el que se había equivocado por su falta de fe. Cristo no lo dejó hundir. Cristo le dio la mano. Entonces, la primera mano que hay que levantar hacia Cristo para no dejarnos hundir es mejorar nuestra oración desde lo profundo del corazón y sobre todo desde ese, querer vivir nuestra liturgia, dar pasos, dar pasos, en nuestras últimas charlas. Vamos a hablar sobre esos pasos. Por ejemplo, tome una frase que a usted le guste. Tome una frase de un salmo, apréndasela, repítala, vuélvase amigo de esos textos. Que esos textos de los Salmos, por ejemplo, en la liturgia, no sean sus enemigos ni su carga, sino que sean sus aliados. Y a medida que usted va encontrando más textos que le llegan al corazón, usted va teniendo más puertas para salir al encuentro de Cristo. Entonces el sacerdote se pierde, es lo que nos muestra el primer libro de Samuel, cuando descuida la liturgia, luego maltrata a la gente y se aprovecha de ella y luego no deja que lo corrijan. El sacerdote restaura su vocación, si empieza por mejorar su oración con humildad, con perseverancia, hace lo que puede y después empieza a tratar mejor a la gente. Ahí también entra este hombre, Carlos Borromeo, él dice que la manera correcta de tratar a las personas es siempre recordar con qué sangre fueron adquiridos para el rebaño de Cristo, sea hombre o mujer, niño o niña, anciano, enfermo, pobre o rico. El ver a la persona que se nos acerca y ver le costó sangre a Cristo. Eso ya le da a usted una actitud sacerdotal. La doctora de Siena, Santa Catalina, decía que nosotros, sacerdotes, somos ante todo administradores de la sangre de Cristo. Entonces, al recordar el precio sublime que fue pagado por cada hombre, por cada mujer, por cada jovencito, por cada jovencita, ya eso hace que tú te acerques a las personas con mirada de pastor, con mirada de sacerdote y ya eso evita muchos males. Males como por ejemplo maltratar a la gente o querer aprovecharse de ella. Cuanto más claro tenemos el valor de la sangre que fue derramada por cada uno de nuestros feligreses, más transparente y luminosa será nuestra mirada sacerdotal hacia ellos. Y por supuesto, a medida que vamos mejorando en esa liturgia, en esa oración y en ese trato pastoral, también la Iglesia va mejorando en sus pastores. No me cabe duda que de en medio de ustedes el Señor escogerá también en su momento cuáles son las personas que tienen que pastorearnos, prelados y superiores y obispos. Seguramente saldrán entre ustedes o entre quienes oigan estas palabras. Y eso, mis hermanos, eso va a ser una bendición si usted ha hecho este camino. Porque si usted ha hecho este camino de apreciar la oración, la liturgia y el trato pastoral, cuando usted reciba si es voluntad de Dios, cuando usted reciba un encargo de pastor, usted también tendrá el celo para ayudar a otros a que también vivan el ministerio de una manera limpia, de una manera honesta, de una manera bella. Son lecciones, lecciones que nos deja el primer libro de Samuel. Lamentablemente, Ofni y Finees y Elí acabaron muy mal. Nuestro final no tiene que ser ese. Podemos aprender de ellos y podemos emprender un camino diferente y así nos lo conceda el Señor. Amén.

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