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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Los cinco verbos principales de la vida y la misión de Cristo: orar, enseñar, curar, exorcizar y padecer.
Homilía o012010a, predicada en 20160112, con 10 min. y 1 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos. Hay un pasaje del libro de los Hechos de los Apóstoles que resume la vida de Jesucristo en esta frase: Pasó haciendo el bien. Es hermoso contemplar a Jesucristo. A eso nos invita a la Iglesia en cada Eucaristía. Cada vez que escuchamos la Palabra de Dios, el Espíritu Santo nos invita a levantar nuestro corazón y a fijar los ojos en Jesús. Porque una cosa es cierta y es que uno se va convirtiendo en aquello que contempla. Si contemplamos con frecuencia con intensidad y con amor a Jesucristo. Esa visión maravillosa va haciendo distinto nuestro corazón y nuestra vida. Así que Jesús es aquel que pasó haciendo el bien. Si luego nos preguntamos ¿Cuál era el bien que hacía Jesús o cómo lo hacía? Encontramos que su actividad consiste básicamente en los siguientes verbos. Cristo ora, con frecuencia se sumerge en profunda contemplación con el Padre y en intercesión por todos nosotros. Cristo ora. Cristo predica, enseña a las multitudes con una elocuencia, una claridad, una profundidad. Su Palabra bendita tiene cualidades que resultan inexplicables. Es comprensible para todos y sin embargo, nadie puede sondear la profundidad inalcanzable de su doctrina, es al mismo tiempo sencillo y profundo, dos cualidades que no suelen ir juntas. Casi siempre cuando una persona dice cosas demasiado fáciles de entender son cosas superficiales, y cuando dice cosas realmente profundas, resulta arduo comprenderlas. Pero Jesús, en el ministerio de su predicación, sabe unir ambas cosas, es sencillo y es profundo. ¿Qué más hace Cristo? Cristo pasa haciendo el bien a través de un ministerio intenso de curación, de sanación. Nos dice, por ejemplo, en algún lugar el evangelio de Lucas, que la gente se le echaba encima, de Él salía una fuerza dice Lucas, una fuerza que los curaba a todos. Esta fuerza maravillosa de amor que sale de Cristo va curando dolencias del cuerpo y del alma. Y estas señales son las señales de su propia misión. Según aquel pasaje que recordamos, en el que unos discípulos de Juan Bautista le hacen esta pregunta dramática ¿Eres tú el que tenía que venir o debemos buscar a otro? Y la respuesta que da Cristo está sobre todo en los milagros. Los cojos andan, los ciegos ven, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el reino de Dios. De modo que podemos describir también la vida de Cristo como un ministerio hermoso de sanación. Otro aspecto que aparece con alguna frecuencia es el que sobresale en la lectura de hoy. Cristo realiza exorcismos, expulsa al demonio, hace retroceder a las tinieblas. Este ministerio tiene enorme importancia porque a medida que la ignorancia y el pecado van entrando en las familias, van entrando en las sociedades. Da la impresión de que la garra, la pezuña asquerosa del demonio, se va afianzando y va reclamando como suyos esos terrenos. Pero cuando llega la luz del Evangelio, se ve obligada a retroceder la superstición, a retroceder la brujería a retroceder, la oscuridad propia del príncipe de las tinieblas. Otra cosa que realizó Cristo en su vida mortal y que brilla especialmente al final es el padecer, el padecimiento de Cristo, notorio por supuesto, en la cruz. Es también fundamental, porque aunque le veamos pasivo en ese padecer, Cristo está también realizando a su manera una especie de nuevo exorcismo nuevo y más universal exorcismo. Porque cuando el mal se detiene en la carne lacerada de Cristo, descarga su poder, pero también resulta derrotado. Así que estos cinco verbos nos pueden ayudar a contemplar cuál es el bien que hizo Cristo. Repito los verbos orar, enseñar, curar, exorcizar y padecer. Lo más bello de estos verbos que describen la vida santa, pura y fecunda del Hijo de Dios en esta tierra, es que esos verbos se iluminan mutuamente. Así, por ejemplo, en el pasaje de hoy empezábamos escuchando cómo Cristo enseña, pero luego encontramos al final cómo Cristo exorciza. Y es interesante y es útil relacionar ambas cosas. Podemos decir que una buena predicación es a su manera, una especie de exorcismo. No en el sentido técnico estricto de la palabra, pero sí es un exorcismo. Porque a medida que la verdad de Dios va llegando al corazón humano, el príncipe de la mentira, es decir, el demonio pierde terreno, pierde lo que creía que había ganado. A medida que la predicación se desarrolla, a medida que la predicación se despliega ante nuestra alma, vamos descubriendo de verdad quién es Dios, y así le resulta extraordinariamente difícil, hasta ser imposible para el demonio realizar sus habituales calumnias. Porque la calumnia usual del demonio es decirnos que Dios resulta imposible de obedecer, o que las promesas de Dios son falsas, o que no hay alegría para los creyentes. Pero todos estos engaños que se sintetizan en la gran mentira y la gran mentira es que uno tiene que escoger entre ser obediente o ser feliz. Todos esos engaños van cayendo a medida que el corazón se va iluminando. Por eso también aquellas personas que quieran mejorar la condición de su vida cristiana deben convencerse de que es indispensable leer la Palabra de Dios y es indispensable oír buena predicación. Y es indispensable leer buenos libros que nos eduquen, que nos formen en la fe. Cuando uno toma, por ejemplo, un buen libro, yo siempre recomiendo autores como Francisco de Sales, como Alfonso María de Ligorio y por supuesto esos doctores de la Iglesia como Catalina de Siena o como Tomás de Aquino. Tomar un libro de esos es como poner un reflector potentísimo que va a expulsar tinieblas del alma y que va a hacer que nuestro corazón se afiance en la verdadera fe. Entonces uno se da cuenta que una buena predicación, que una buena enseñanza, cumple una función parecida a la de un exorcismo. Al mismo tiempo, el exorcismo, cuando se realiza dentro de los parámetros que nos enseña la Santa Iglesia. Cuando el Ministerio de Liberación se realiza dentro de ese camino sabio que la Iglesia con dos mil años nos ha enseñado, se convierte también en una predicación. Porque a medida que se realizan esas oraciones santas, el pueblo de Dios resulta confirmado en la fe que hemos recibido de los apóstoles. Continuemos nuestra celebración eucarística con una gran alegría, sabiendo que el mismo Cristo del que ahora hablamos es el que viene a nosotros, no como un recuerdo, no como un símbolo, sino en la plenitud de su cuerpo y su alma, su sangre y su divinidad, viene a nosotros para hacer también en nosotros los mismos prodigios y maravillas que nos cuentan los Evangelios.

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