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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Lecciones que pueden aprenderse de un sacerdote indigno y de una madre llena de oración.
Homilía o012008a, predicada en 20140114, con 13 min. y 22 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, dirijamos nuestra atención brevemente a la primera lectura de hoy. Estamos empezando el año no solamente el año civil, sino el año litúrgico o particularmente el llamado tiempo ordinario. El año litúrgico empieza con Adviento y luego viene Navidad. El tiempo de Navidad termina con la fiesta del bautismo del Señor, que fue el domingo pasado. Ahora estamos en el tiempo ordinario. Por eso utilizamos estas vestiduras de color verde, que es el propio del tiempo ordinario. La primera lectura en los años pares como es este, empieza con la historia de Samuel. La primera lectura de entre semana para el tiempo ordinario empieza con Samuel. Y la razón es que vamos a acompañar al pueblo de Israel durante unas buenas semanas en la historia de sus reyes, especialmente los principales o los primeros Saúl, David, Salomón. Y para tener, como un contexto para introducir esa etapa tan interesante, tan decisiva de la historia del pueblo de Dios. Es necesario ubicar a este gran profeta Samuel. Samuel fue el que tuvo que ungir al primero y al segundo de esos reyes, es decir, a Saúl y a David. Por eso estamos leyendo el primer libro de Samuel. Entró en estas explicaciones con el deseo de que siempre podamos aprovechar, disfrutar, aplicar mejor la Palabra de Dios a nuestra vida. Quizás alguien llega a misa un día como hoy y escucha una lectura del libro de Samuel y dirá Bueno, igual podría ser la carta de Santiago, o podría ser el libro de la Sabiduría. Pero en realidad la Iglesia tiene una presentación bastante amplia de la Palabra de Dios y va llevando una cierta secuencia. Eso, tomémoslo como introducción. En el texto de hoy encontramos a dos personajes, sobre todo una mujer llamada Ana y un sacerdote con el sacerdocio del Antiguo Testamento llamado Elí. Aprendamos una cosita, de Elí y otra de Ana, y que ese sea el alimento que nos da la Palabra de Dios. En esta ocasión de Elí sobre todo se puede aprender lo que no hay que hacer. Resulta que había un santuario, la razón por la que Ana hace oración en ese lugar es porque era un santuario de Dios, y Elí era sacerdote encargado de ese santuario. En el sacerdocio del Antiguo Testamento, todos los sacerdotes eran descendientes de Leví, por eso se les llamaba levitas. Y estos que eran los varones de esa tribu de Leví, por el solo hecho de haber nacido como descendientes de Leví, ya eran sacerdotes. Creo que esta es la principal diferencia entre el sacerdocio del Antiguo Testamento y lo que nosotros entendemos por sacerdocio en nuestra época después de Cristo. El sacerdocio, es decir, el orden sacerdotal, como nosotros lo entendemos, es una vocación, una vocación que algunas personas experimentan y a la cual quieren responder. Mientras que en el Antiguo Testamento no había vocación sino simplemente por el hecho de ser varón y de nacer en esa tribu, ya tenía ese oficio. Oficio sacerdotal. Bueno, Elí no era un buen sacerdote en muchos sentidos no lo era. Por supuesto, ellos eran hombres casados porque a su vez tenían que dar hijos, los cuales también iban a ser sacerdotes de esa misma tribu si eran varones. Y los hijos de Elí eran bastante corruptos, se aprovechaban de las ofrendas de la gente, de modo que lo que tenía que quemarse según el ritual, quemarse en honor de Dios, pues eso era lo que ellos tomaban para sí mismos. Eran gente sin escrúpulos en ese sentido, además bastante arrogantes y muy capaces de maltratar a la gente. Las quejas le llegaban a Eli sobre sus hijos, pero él no hacía nada. Se sentía ya muy cansado, se sentía ya muy viejo. No corregía, no corregía los que tenía que haber corregido. Pero hay otra cosa que hace más odioso a este personaje y es que los hijos, como ya se explicó, eran así arrogantes, eran violentos y Eli era débil, con los fuertes. En cambio, ya vemos cómo trata a Ana. De una vez la juzga, interpreta que ella está borracha, devuelve el vino que has bebido. Es grosero, es fuerte con los débiles, es débil con los fuertes. Seguramente debía tener algunas características buenas, no todo podían ser defectos. Pero aprendamos de estos defectos de este hombre para no repetirlos. Por supuesto. Fíjate esa característica débil con los fuertes, fuerte con los débiles. ¿Qué puedo aplicar de eso en mi propia vida? Muchas veces nos tienta esa actitud. Muchas veces, como dice el refrán, aquí en Colombia la ley es para los de abajo, la ley es para los de ruana, se dice aquí por esa manta que utilizamos, la ley es para los de abajo, es decir, si una persona es es débil, es pobre, es ignorante, le cae todo el peso de la ley. Si una persona, en cambio, es poderosa, tiene muchos abogados, muchos recursos. Parece que siempre puede salirse, siempre puede escaparse por algún lado. Yo creo que es interesante esa enseñanza. Cuando uno se apoya únicamente en sus propios recursos, cuando la fortaleza que uno tiene es únicamente la que da la naturaleza humana, uno termina siendo como Eli. La única manera de ser fuerte con los fuertes, así como Cristo, y de ser compasivo y en ese sentido, débil con los débiles por cercanía con ellos. La única manera de obrar así es tener dentro de uno la fuerza, la gracia, el Espíritu de Dios. Porque el que tiene ese Espíritu Santo sabe que al enfrentar a enemigos poderosos no los enfrenta solo y sabe que al acercarse a los que son débiles está tocando también a los que son predilectos de Dios, según aquello que dice Jesús, lo que hicisteis a uno de estos mis humildes hermanos, a mí me lo hicisteis. O sea que la única manera de superar el comportamiento de Elí que nos tienta a todos es llenarnos de esa gracia, de ese poder, de esa luz del Espíritu, para obrar con sencillez de corazón, con fortaleza, allí donde hay que hacerlo y con compasión donde se debe tener. Bueno, eso podemos aprender de él. Y ahora aprendamos algo de Ana. La oración de Ana puede parecer un poco extraña, porque Ana le pide a Dios que le dé un hijo, pero la razón por la que se lo pide es para luego entregárselo a Dios. Eso parece, como un poco raro. Y de hecho, así hizo esta mujer. Tuvo a su hijito a Samuel, lo tuvo muy breve tiempo y después apenas el niño ya podía valerse por sí mismo. Lo entregó precisamente en este mismo santuario, a pesar de que ese no debía ser el mejor de los formadores. Pero allí dejó al hijo. De todas maneras, Elí cumplió una función importante porque le enseñó a Samuel a discernir cuál era la voz de Dios, cómo encontrar la voz de Dios en una circunstancia específica. Eso vendrá pronto en las lecturas de la misa. Así que Ana tiene una oración muy extraña. Le dice a Dios: Dame un hijo y yo te lo doy. Es una petición rara, como si una persona dijera, pero esta comparación va a sonar muy ridícula. Señor, concédeme ganarme la lotería, regálame cien millones de pesos y yo entrego esos cien millones en obras de caridad. Parece un poco absurdo en una primera lectura, pero démonos cuenta, que aunque Ana entrega al hijo como efectivamente lo hizo y fue su único hijo, aunque ella se desprende del hijo, no se desprende de la bendición, es decir, ese hijo la hizo distinta a ella para siempre, que esté a su lado materialmente en la misma casa o que esté sirviendo en el santuario. No es lo más importante. Lo más importante es que ella fue transformada por el don de la maternidad. Básicamente, esa maternidad le quitó el oprobio en el contexto doméstico en que se encontraba. Pero aún en un sentido más profundo, esa maternidad le dio un sentido a su existencia, le dio un sentido a su vida. Lo que ella quiere no es tener simplemente una especie de bastón. Aquí está mi hijo, que va a ser mi bastón, luego yo envejezco y él me protege como quien dice, cuando él es niño yo lo cuido y cuando yo sea viejita, él me cuida. No es ese tipo de pacto lo que ella quiere encontrar, es la fecundidad de su propia vida, el para qué de su propia vida. Una pregunta que todos tenemos que hacernos y en el fondo su oración es esa su oración. Es la oración de quien desea encontrar para qué es bueno, para qué es fecundo, para qué vine a esta tierra. La pregunta por la fecundidad ya es una pregunta que nos toca a todos, tengamos o no tengamos hijos, materialmente hablando. La pregunta de Ana o la súplica de Ana también tiene que ser la nuestra. ¿Para qué soy fecundo? ¿Para qué estoy? ¿A qué le estoy dando vida? ¿Cuál es el bien que yo dejo? Si me voy de esta tierra que tendré que irme. ¿Cuál es el bien que yo dejo? Ana cuando supo que quedaba ese bien. De hecho, uno de los más grandes profetas llamados Samuel. Pues para eso vine a la Tierra, para hacer ese bien, puede irse en paz. Entonces esa también es una lección para nosotros. Tenemos que hacer la oración de Ana. Tenemos que preguntarnos ¿Para qué? Y tenemos que ampliar esa fecundidad de cara al pueblo. La fecundidad de Ana finalmente, fue una bendición para todo el pueblo. Así que aprendamos de estos dos. De la historia de Elí, aprendamos a pedir el don del Espíritu para no fiarnos únicamente de nuestras fuerzas, porque el que se fía únicamente de lo suyo termina siendo débil ante los fuertes, para luego envalentonarse y ser fuerte con los débiles. Y eso repugna ante Dios. Entonces necesitamos gracia y fuerza y poder del Espíritu y de Ana. Aprendamos a pedir al Señor que nos muestre con claridad cuál es nuestra fecundidad, cuál es el sentido profundo de nuestra vida en esta tierra. Amén.

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