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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Homilía o012005a, predicada en 20100112, con 29 min. y 6 seg. 
Transcripción:
Hermanos, les invito a que reflexionemos juntos en la primera lectura de hoy. Ayer empezamos a oír la historia del profeta Samuel, un gran profeta realmente. Con él se abre el tiempo de los reyes. A Samuel le correspondió ungir al primer rey que se llamaba Saúl, y después de que Dios descartó a Saúl, Samuel ungió también al segundo y más famoso de todos los reyes del Antiguo Testamento, el rey David. Samuel fue un gran profeta, pero quién hubiera conocido su familia no hubiera imaginado lo que iba a salir de ahí. La lectura de ayer nos contaba que esa familia de Samuel era un poco extraña. Elcana tenía dos esposas, Feniná y Ana, Feniná tenía varios hijos, Ana no tenía ninguno. Y estas dos mujeres no solamente eran rivales conviviendo bajo un mismo techo. Una situación absurda, por supuesto, sino que además Feniná despreciaba a Ana, se burlaba de ella porque Ana era estéril. Ana fue la mamá de Samuel y la historia de cómo Ana recibe ese hijo, ese Samuel es lo que hemos oído en la primera lectura de hoy, tomada del Capítulo Primero del Primer Libro de Samuel. Ana se da cuenta que no puede encontrar, no puede esperar comprensión de la gente que le rodea. Por supuesto, nada puede esperar de esa señora enemiga que vive ahí en la misma casa. Y cuando ella está triste, pues resulta que el esposo Elcana, pues le sale con una frase que uno no sabe si tomarla por tonta o por inmadura, Elcana le dice no te valgo yo más que diez hijos. Donde se ve que este hombre no podía entender lo que estaba viviendo y lo que estaba sufriendo Ana. Ana se queda sin quién la escuche, sin quien la entienda, sin quien la comprenda. No encuentra un oído, ni un corazón abierto en esta tierra. Entonces busca el oído de Dios, busca el corazón de Dios, lo busca a través de la oración. La oración es la búsqueda del oído de Dios. La oración es una excursión hacia el corazón de Dios. A través de la oración, buscamos precisamente encontrarnos con ese Dios que está más allá de lo que la gente pueda decir, pensar, opinar, criticar o no entender. De aquí podemos aprender una lección que ya no tiene solamente que ver con Ana. Es lo que decimos con la expresión situación límite. Podemos decir que Ana había llegado a una situación límite. Una de esas situaciones en las cuales las personas se desesperan, hacen una locura, se suicidan, se trastornan de la cabeza. Uno de esos momentos en la vida que es como un callejón sin salida. Ana había llegado a ese momento en el cual lo único que tenía delante era un muro impenetrable de incomprensión. Es una situación límite. Es el momento en el que ella siente que no puede más. Es el momento en el que siente que ha llegado hasta el límite de sus fuerzas. Y es tan hermoso, mis hermanos, darnos cuenta en la Sagrada Escritura que cuando el ser humano está llegando a ese límite de sus fuerzas, también está llegando al umbral de Dios. La puerta de Dios no está lejos de la puerta de nuestro límite, y a veces lo que se necesita para que una persona se encuentre con Dios es que llegue a su límite. Por eso a veces utilizamos la expresión tocar fondo. Muchas personas viven desentendidas de Dios cuando pasan por una situación realmente crítica, cuando llegan a una situación límite. Entonces como que algo se rompe dentro de ellos, pero eso que se rompe también le abre paso al torrente bienhechor del amor divino. Podemos decir que cuando a uno ya se le acaban los planes, cuando uno ya no sabe qué más decir, cuando ya no sabe qué más pensar, ahí es cuando mejor puede encontrarse con los pensamientos de Dios y con los planes de Dios. Y en ese sentido, suele suceder que el límite de nuestras fuerzas es el comienzo de la experiencia de la fuerza de Dios. El límite de nuestros planes es el comienzo de la experiencia de los planes de Dios. El límite de nuestras razones y argumentos se convierte en el comienzo de la experiencia, de los argumentos y de las razones que Dios tiene. ¡Qué maravilla para nosotros tener esa clase de experiencia! Aunque por supuesto, cuando uno está metido en el torbellino no ve claro nada. Pasado el tiempo, sin embargo, uno puede decir lo que dice el salmo, estuvo bien. Estuvo bien el sufrir así aprendí tus justos mandamientos. Una vez que pasa la tormenta, una vez que pasa el dolor, una vez que se revientan los planes de uno, pero aparecen los planes de Dios, Uno experimenta lo mismo que nos dijo la primera lectura sobre esta mujer, Ana ¿Qué fue lo que oímos ahí? Oímos que esta mujer se fue por su camino, dice ella. Después de rezar y después de hablar con el sacerdote, dice aquí el texto se fue por su camino, comió y ya no parecía la de antes. Es decir, es como pasar por un paraje estrecho, complicado, pero al salir al otro lado la experiencia que se tiene es de un descanso. Uno ha alcanzado un nuevo horizonte, ya uno tiene una mirada diferente, ya uno encuentra las cosas de otro modo. Los ojos han cambiado y también las circunstancias han cambiado. Dios, nuestro Dios, no solamente nos cambia por dentro, dándonos un nuevo entendimiento, un nuevo corazón, sino que también cambia por fuera las cosas, y eso también le sucedió a Ana. Elcana se unió a su esposa Ana y dice, Aquí el Señor se acordó de ella y del fruto de esa unión fue precisamente que vino al mundo el gran profeta Samuel. Entonces vamos aprendiendo el valor que tienen las situaciones límite. Pero hay que tener mucho cuidado porque ya dijimos antes, en una situación límite las personas también hacen locuras o se vuelven locas. En una situación límite, la gente también considera la posibilidad del suicidio. En una situación límite, las personas reniegan de su fe. Así que la enseñanza que de modo más directo podemos aplicar a nuestra vida, es cuando las paredes se vayan juntando, cuando sintamos que estamos llegando al límite, cuando nos veamos en un callejón sin salida, cuando nos parece que ya no hay nada más que se pueda hacer, que ya no hay otro plan, que ya no hay otra idea, que ya no hay otra salida. En ese momento lo más importante es seguir el ejemplo de Ana. Ella no se encerró en la desesperación, no se castigó con el suicidio, no perdió la cabeza, sino que abrió su corazón a Dios y a través de la oración encontró la puerta que estaba abierta, es decir, el momento en el que uno no puede perder la fe. Es el momento en el que la vida le está diciendo ¿Para qué? ¿Para qué sigues creyendo? Pues cuanto más duro sea el lenguaje de la vida preguntándote para qué sigues creyendo, más necesario es que te aferres a esa fe que será la única que te lleve luego al paraje abierto, soleado y descansado. Ana atravesó por esa puerta angosta de la que nos habla también Jesucristo en el Evangelio. Ana pasó por ese lugar estrecho, por esa experiencia espantosa, pero salió al otro lado. Se mantuvo agarrada a un hilo, a una cuerda, la cuerda de la fe. Ana se mantuvo en la fe, se agarró a la fe y a través de esa fe fue capaz de superar el momento difícil y fue capaz de lograr lo que parecía imposible. ¡Qué gran lección nos deja esta mujer! Hay otra lección que encontramos en ella. El sacerdote que estaba en ese lugar en Silo. Silo era ese lugar. El sacerdote que estaba allá se llamaba Elí. Este sacerdote. No era que tuviera un gran don de discernimiento. Cuando Ana estaba orando, sus palabras casi no podían oírse, porque ya ella no le estaba hablando a los hombres. A ella no le interesaba ser oída por los hombres, porque al fin y al cabo, la gente había mostrado que no la iba a entender. Por eso Ana estaba orando, pero solo se veía que se movían sus labios. Eli, con un don de discernimiento supremamente pobre o inexistente, le dice a Ana ¿Hasta cuándo te va a durar la borrachera? Es un comentario totalmente falto de caridad. Es un juicio apresurado y equivocado y es la muestra de la distancia que hay entre este sacerdote Elí y la mirada de Dios. Lamentablemente, este Elí vivía el sacerdocio de una manera sumamente mediocre y sumamente distante del Señor y sus hijos. Sus hijos eran un desastre, sus hijos ya no solamente eran distantes de Dios, sino que obraban como verdaderos enemigos de Dios. Pero esa es otra historia. Recordemos que estamos hablando, por supuesto, de los sacerdotes del Antiguo Testamento, esto es, muchos siglos antes de Jesucristo. Y estos sacerdotes eran sacerdotes no por vocación, sino que simplemente los que nacían en la tribu de Leví ya eran, por eso mismo sacerdotes. Es decir, el sacerdocio en el Antiguo Testamento no era un sacerdocio como vocación, como llamado, sino era simplemente el hecho de pertenecer a una familia. Si eres varón y naciste en la tribu de Leví, ya tienes un encargo sacerdotal. En el fondo, no es tan extraño que muchos de estos levitas del Antiguo Testamento vivieran con tanta mediocridad. El sacerdocio no era algo que estuviera cercano a su corazón, era algo que simplemente lo habían recibido por el hecho de haber nacido en determinada familia. Bueno, pero Eli hace ese juicio equivocado y apresurado de Ana. ¿Hasta cuándo te va a durar la borrachera? Es un comentario desprovisto de toda compasión y es un comentario cruel, tonto, ridículo. Pero ese comentario sirve para algo muy importante. Sirve para que examinemos esa palabra borrachera, embriaguez. Porque resulta que hay muchas embriagueces. Existe la embriaguez del licor, que era lo que pensaba Eli que estaba sucediendo. Quizás porque el ladrón juzga por su condición. Existe la embriaguez del licor, pero también existe otra embriaguez que era la que estaba viviendo Ana, que es la embriaguez del dolor. Existe la embriaguez del licor, pero existe también la embriaguez del dolor. Y existe también una tercera embriaguez, una embriaguez que hará su aparición en varios lugares de la Biblia, pero que podemos sobre todo encontrar en el cántico de Ana. Ana cuando recibe respuesta de Dios. Ana cuando recibe el don de la maternidad no como algo que la naturaleza le hubiera debido a ella, sino algo que Dios le regaló a ella. Cuando eso le sucede a Ana, entonces ella prorrumpe en cánticos de alabanza y de gozo, y experimenta otra embriaguez. La embriaguez del gozo, la embriaguez del amor. Estas tres embriagueces nos permiten, hermanos, aprender muchas cosas. Repito, hay tres embriagueces la embriaguez del licor, la embriaguez del dolor y la embriaguez del amor. La embriaguez del amor en Dios. La embriaguez, podemos llamarla del espíritu, pero dejémosla embriaguez del amor para que haga rima con dolor y con licor. Tres Embriagueces. Y resulta que el corazón humano siempre busca algo de qué embriagarse. Es decir, el ser humano necesita algún tipo de embriaguez. ¿Por qué? Porque resulta que la vida humana, cuando se vive únicamente como una faena. Es decir, ahora tengo que hacer esto, ahora tengo que producir esto, ahora tengo que comprar esto. Ya me cansé voy a dormir, mañana tengo que trabajar esto, tengo que hacer esto. Vivir la vida bajo el signo de tengo que. Es insoportable. Porque ese tengo que. Ese debo es tratarse a sí mismo como si uno fuera una máquina. Por eso pasa que mucha gente, después de toda una semana de trabajar como máquinas, van a la taberna, van al bar, van a la tienda y se llenan de cerveza. ¿Por qué buscan esa cerveza? Claro, son adictos, son alcohólicos, algunos o muchos de ellos. Pero si escarbamos un poco más profundamente en esa cerveza, en ese licor. Lo que están buscando es dejar por un momento la cuadrícula implacable del deber, lo que debo hacer, lo que es lógico, que haga lo que tengo que hacer. Uno se cansa de esa cuadrícula y uno necesita despegarse de ahí y necesita sentir que está vivo. Uno necesita sentir que uno existe no solamente para cumplir con requisitos, pagar servicios, adquirir bienes. Uno presiente en algún lugar del corazón que ha venido a esta tierra para algo más que todo eso. Y eso es lo que la gente busca en las embriagueces del licor. Aunque hay otro tipo de cosas que son parecidas al licor con mucha frecuencia el placer, por ejemplo, el placer sexual es otra especie de embriaguez. Es como una manera de dejar un momento el terreno de las obligaciones y los deberes y todo eso. Y es como sentir que la vida vale por sí misma, que uno puede existir por sí mismo. Es decir, que la existencia no hay que justificarla cada día, cada hora y a cada momento. Es como buscar una experiencia de gratuidad. ¿Pero qué pasa? Que la embriaguez del licor y todos sus parientes, como por ejemplo la droga o el sexo irresponsable, todos esos terminan produciendo muerte. Por ejemplo, el sexo irresponsable va a producir abortos, el licor va a destruir el hígado y va a destruir el hogar, y así sucesivamente. La droga va a destruir tu salud y tu cerebro. Entonces vemos que la sola embriaguez de las cosas de este mundo no va a ser suficiente. Ahí no está una verdadera respuesta a esa nostalgia de infinito, a ese deseo de descanso pleno, a ese anhelo de libertad que está detrás del consumo del licor o de cosas parecidas. Entonces, como hay tres embriagueces, existe también la embriaguez, que es la embriaguez del dolor. Yo creo que algunas personas sufren de esa embriaguez. Yo creo que algunos casos de depresión son en realidad embriaguez de dolor, porque el dolor también tiene su propia capacidad de volvernos adictos. El dolor también lo vuelve adicto a uno. Uno se vuelve adicto al dolor. Cuando uno entra en el plan de ser víctima, pobrecito yo. Ay, pobrecito yo, como he sufrido, pobrecita yo. Yo sí que he sufrido y en el pobretear hace uno toda la vida, hay también una adicción. Uno se vuelve adicto a la autocompasión porque la autocompasión es una especie de caricia. Es como acariciarse el corazón. Eso tiene algo incluso de morboso. Es como un acariciarse uno solo. Entonces, en el dolor también hay una adicción. Hay personas que se solazan diciendo: Es que yo soy de malas, la vida no me dio oportunidades. Nací pobre, feo, ignorante y después empeoré. Es decir, uno entra como en una especie de depresión. Yo no sirvo para nada, yo no hago nada, yo no logro nada. Y aparentemente esa es una situación muy triste. Y claro que lo es, pero también le reporta a la persona que se trata a sí misma de ese modo, una especie de cobija emocional. Uno se arropa en esa cobija, pobrecita, yo que nunca tuve oportunidades, nadie me quiso, nadie me entendió. Pobrecita yo. Y en el fondo de eso también hay una caricia. En el fondo de eso también hay una especie de búsqueda extraña de un placer también extraño. Obviamente, la embriaguez del dolor, si uno no va más allá del dolor, es una cosa que destruye. Finalmente lleva al suicidio. Se dice, por ejemplo, que los indígenas del imperio Inca, los que inventaron, por ejemplo, este instrumento que se llama la quena. Ese instrumento musical tiene el sonido más nostálgico del mundo entero. Uno oye una quena y es como oír un lamento. Y estos indígenas incas, se ponían a tocar esa quena y entraban en una depresión profunda y tocaban la quena y se deprimía más y más. Tocaban la quena y con el último aliento tocaban el último poquito de quena y se suicidaban. La tristeza. Cuando uno se deja llevar de la tristeza y la tristeza y la tristeza y la autocompasión, termina arruinando la vida, incluso suicidándose. O sea que los placeres de este mundo, que es la embriaguez del licor, pues nos lleva finalmente a la destrucción. La tristeza, es decir, el dolor, cuando uno se embriaga de dolor, también lleva a la destrucción. Pero hay una embriaguez que es la embriaguez del amor divino, que es la embriaguez de la victoria de Dios. Es la embriaguez que experimenta Ana en donde la experimenta. En el capítulo segundo del primer libro de Samuel. Si usted quiere ver cómo es una persona embriagada en Dios, una persona llena de gozo por la victoria del Señor, vaya a la Biblia, Capítulo Primero del Primer Libro de Samuel, Capítulo Segundo. Capítulo Segundo del Primer libro de Samuel. Mi corazón se regocija por el Señor. Mi poder se exalta por Dios. Es parecido. Es exactamente lo que hemos escuchado en el salmo de hoy. Mi boca se ríe de mis enemigos, porque gozo con tu salvación. Se rompen los arcos de los valientes, los cobardes se ciñen de valor. Los hartos se contratan por el pan mientras los hambrientos engordan. El Señor da la muerte y la vida hunde en el abismo y levanta, da la pobreza y la riqueza humilla y enaltece. Esta mujer en ese cántico está embriagada, pero ya no embriagada de dolor, como parecía en el santuario de Silo. No está embriagada tampoco del licor, como creyó equivocadamente el sacerdote Elí, está embriagada del espíritu de amor, está embriagada del Señor. O sea que otra cosa que aprendemos en la misa de hoy es que hay que tener cuidado con las embriagueces, porque embriagarse todo el mundo necesita embriagarse. Pero si usted se embriaga a base de cerveza y más cerveza y más cerveza, va a acabar su casa, su plata, su familia, su hígado. Si usted se embriaga solamente de dolor, usted se pondrá una cobijita, pobrecito yo como es sufrido, a mí sí que me tocó duro y allá se entrará en la autocompasión. Se mete así en una cárcel chiquitica que se llama autocompasión y ahí se asfixia. Es decir, que el mensaje que también está en estas lecturas de hoy es hay que saber embriagarse y para eso tenemos que pedir el Espíritu de Dios. Enséñame a embriagarme, Señor, que no sea la embriaguez del placer que termina volviéndome egoísta, monstruoso, que convierte a los demás seres humanos en objetos para ser usados, que no sea la embriaguez del dolor que me vuelve soberbio, que me vuelve oscuro, melancólico y finalmente me lleva a la muerte. Embriágame tu señor, así como embriagaste a Ana. Embriágame, tu Señor, embriágame de tu espíritu, que cuando yo llegué a la situación límite, yo abra mi corazón, Señor, para recibir el poder de tu Espíritu, y que sea la embriaguez de tu Espíritu la que me sostenga, la que me llene de gozo. Porque hay algo maravilloso. La embriaguez del licor mata, la embriaguez del dolor mata. En cambio la embriaguez del Señor da vida, vivifica, levanta la embriaguez del Señor. Dame, Señor, tu santa embriaguez. Dame, Señor, la alegría en tus justos mandamientos y en el derroche de gracia que nos diste en Cristo. Danos, Señor, la abundancia infinita de tu amor, de tu paciencia, de tu ternura. Danos, Señor, la embriaguez dulce de tu unción, de la unción de tu Espíritu. Danos, Señor, danos la santa embriaguez. Y claro, cuando uno ha recibido la santa embriaguez del Espíritu Santo, entonces quedan rotas las cadenas que lo amarraban a la embriaguez del licor y a la embriaguez del dolor. Esto es lo que muchas veces escucha uno y en ese sentido es un mensaje muy importante. Esto es lo que uno muchas veces escucha en los testimonios en las iglesias protestantes. Ellos sí que toman en serio este tema. Cuántas veces sale una persona y agarra ese micrófono y dice: Yo era una persona borracha, estaba acabando con mi esposa, con mis hijos, con mi familia. Mi vida era una ruina y yo vivía prisionero de ese vicio, pero el Señor me liberó, el Señor me sacó adelante. Es decir, esa persona aprendió la embriaguez de Dios y la embriaguez del Espíritu lo rescató de la embriaguez del licor. Esa es la experiencia que tenemos que tener nosotros. Por supuesto, no hay que salirse de la Iglesia para tener esa experiencia. La solución no es salirse de la Iglesia Católica, sino entrarse al corazón de Dios. Eso es lo que tenemos que hacer. Pidamos, hermanos, la santa embriaguez del Espíritu para que en los momentos de dificultad en los callejones sin salida, nuestro hilo maravilloso que se llama la fe, nos conduzca al nuevo horizonte al amanecer de la gracia de Dios en nuestras vidas. Amén.

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