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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Homilía o012004a, predicada en 20100112, con 9 min. y 16 seg.

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Transcripción:

Bueno, mis hermanos. Estamos escuchando los comienzos del Evangelio según San Marcos. El día de ayer encontrábamos a Jesús llamando a sus primeros discípulos. Estos fueron dos parejas de hermanos, Pedro y su hermano Andrés, Juan y su hermano Santiago tenían el oficio de pescadores. Y como oímos el día de ayer, Jesús les hace esta invitación, Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. Así que desde el principio, la predicación de Jesús está ligada a la conformación de una pequeña comunidad. Esa pequeña comunidad será la semilla del nuevo pueblo de Dios.

Sabemos que ese grupo de discípulos crecerá, y entre todo ese número, Jesús va a elegir a doce en memoria de los doce hijos que tuvo Jacob. Así como las doce tribus de Israel nacieron, de los doce hijos de Jacob, según aparece en el Génesis, así también Jesús, con estos doce apóstoles, va a dar comienzo al nuevo Israel. Los doce hijos de Jacob dan origen a Israel, y los doce apóstoles de Cristo dan origen al nuevo Israel en el antiguo Israel. La manera como crece el pueblo es a través de la carne y la sangre. Son los hijos y los hijos de los hijos a través del deseo de varón, como lo llama el evangelista Juan. Irá creciendo el pueblo de Israel, eso fue en el Antiguo Testamento. Pero en el Nuevo Testamento no se trata de la carne y la sangre. Se trata de la predicación del Evangelio y se trata de la semilla de la Palabra a la cual se responde con la fe.

De manera que cuando Jesús está predicando y está formando esta pequeña comunidad de apóstoles, está dando comienzo al nuevo pueblo de Dios. Tenemos que mirar estas lecturas de estos días del año, lo que llamamos el tiempo ordinario. Tenemos que mirarlas como los orígenes del pueblo de Dios, del nuevo pueblo de la Alianza. Esos somos nosotros. Hundimos nuestras raíces en la fe de Abraham, Isaac y Jacob. Pero a nosotros nos ha correspondido vivir en aquello que la Biblia llama la plenitud de los tiempos, el cumplimiento de las promesas. Nosotros ya no somos engendrados por la carne y la sangre.

No nacemos así para el pueblo de Dios, sino que nacemos con esta nueva semilla de la cual dijo el apóstol San Pedro es la semilla incorruptible, es la semilla de la predicación del Evangelio. Es la semilla del amor nuevo del cielo, el que trajo Jesús. Con todo esto, mis hermanos, les estoy invitando a que miremos en el Evangelio la historia de nuestros propios orígenes. Al escuchar estos relatos, como el de ayer o el de hoy, tenemos que encontrar. Tenemos que reconocer nuestro propio origen, nuestro comienzo. Ahí hemos empezado nosotros de esa semilla vigorosa de la cual decía la gente.

Esta es una enseñanza nueva, con autoridad, una enseñanza con poder. Poder ¿Para qué? ¿Cuál es el poder que tiene esta semilla incorruptible? La que ha dado origen al nuevo pueblo de Dios. Poder para, ante todo, iluminar nuestras vidas. Y también poder, para alejar toda influencia de las tinieblas. El poder que brilla en esta semilla nueva, la que trae Jesús, la que no viene del deseo de la carne y la sangre, sino del amor compasivo y eficaz de Dios. Esa semilla nueva es capaz de echar fuera todo poder, toda influencia de las tinieblas. Es lo que encontramos en la lectura de hoy.

Ahí donde se levanta Dios, se dispersan sus enemigos, decía el Salmo. Y eso es lo que encontramos en la predicación de Jesucristo. Llega Jesucristo y huyen aterrorizadas las tinieblas. Llega la palabra de Cristo, y la confusión, la ignorancia y la mentira están en retirada. Llega la presencia de Cristo y la enfermedad, el dolor, tienen que humillarse ante la presencia del Hijo de Dios y responder a su mandato. Mis hermanos, descubramos en Cristo nuestro origen. Descubramos en su Palabra poderosa aquel que puede cambiar nuestra historia, aquel que puede alejar de nosotros todo aquello que hasta ahora nos ha afligido.

Es tan hermoso ver en los comienzos del Evangelio cómo Jesucristo se enfrenta con nuestros enemigos y los vence. Cristo se enfrenta contra la ignorancia, sobre todo ignorancia del plan de Dios, ignorancia de la bondad de Dios. Cristo se enfrenta contra esa ignorancia y la vence. Revelándonos el verdadero rostro del Padre. Cristo vence nuestra ignorancia y nos llena de luz. Cristo se enfrenta, contra nuestras dolencias, contra nuestras enfermedades, nuestra parálisis, nuestra ceguera, y Cristo vence. Cristo se enfrenta contra el demonio que mantiene su imperio en los rincones oscuros del corazón humano. Cristo se enfrenta contra el demonio y lo vence. Cristo se enfrenta contra la muerte y la vence. Es decir, descubramos en Jesucristo a nuestro general victorioso.

Descubramos en su semilla, descubramos en su Palabra, descubramos en su presencia el poder que necesitamos para alejar de nosotros todo aquello que nos doblega, todo aquello que nos troncha, todo aquello que nos frustra, todo aquello que impide que se cumpla la voluntad de Dios en nosotros. Todo eso ha sido atacado, sitiado y vencido por el Hijo de Dios. ¡Bendito el Nazareno! ¡Bendito Jesucristo! Que con su poder, que con la potencia de su Palabra se enfrenta con nuestros enemigos y los vence. ¡Bendito sea Jesucristo!

Sigamos esta celebración. Vamos a recibir a este Cristo que en cuerpo y sangre, alma y divinidad se hace presente en el sacrificio eucarístico. Vamos a recibir a este Cristo, vamos a recibir esa semilla que no muere, vamos a recibir esa vida incorruptible, esa vida eterna que está en Él. Cada vez que comulgamos santamente, estamos recibiendo esa semilla incorruptible. Estamos recibiendo un poder que es más grande que todos los poderes de esta tierra, un poder que supera a nuestros enemigos. Cristo se ha declarado en favor nuestro y en Él tenemos victoria. Amén.

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