Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Descubrir cuáles son nuestras ebriedades para decidirnos a embriagarnos sólo del Espíritu de Dios.

Homilía o012002a, predicada en 19980113, con 21 min. y 58 seg.

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Transcripción:

Hemos empezado, en este año, para leer el primer libro de Samuel y la historia del comienzo de este primer libro es la historia de una esterilidad vencida. Esta es, ya una buena noticia para nosotros, porque venciendo esa esterilidad, Dios mostró que es más fuerte que la muerte, que el desierto, que el absurdo, que la nada. Todas estas palabras, muerte, desierto, absurdo, soledad sin sentido, nada muerte. Estas palabras son vecinas y todas ellas tomadas de nuestra vida corriente o tomadas de la filosofía, muestran lo que siente el corazón humano cuando se estrella con sus propios límites, cuando no encuentra una salida. Tal vez hoy no habría muchas mujeres que se preocuparan por lo que preocupaba a Ana. Ana sufría muchísimo porque era estéril.

Hoy hay muchas mujeres que buscan ser estériles. Mujeres casadas y no casadas que hasta tal punto rechazan la idea de los hijos y ven en ellos un estorbo que llegan incluso a eliminarlos si son concebidos. Ana no tendría hoy muchas seguidoras en ese sentido. Pero aun así tiene muchas seguidoras y muchos seguidores en otro sentido. Y es que esta familia de palabras, absurdo, sin sentido, muerte, nada. Estas palabras con las que queremos interpretar el término bíblico esterilidad. Estas palabras sí aparecen y reaparecen generación tras generación. Esta es una enseñanza, entonces, y una buena noticia y un consuelo para nosotros. Dios vence la esterilidad, Dios abre puertas, Dios sacó agua de la roca. Cuando el pasaje aquel de Masai de Meriba, la roca seca es estéril, la roca reseca es muerte.

De esa roca Dios saca agua de vida. Ana es estéril como esa roca, y de ella Dios saca vida. Un río de vida. De hecho, este profeta Samuel es bien importante, como sabemos en la historia del Antiguo Testamento. A Él le corresponde abrir, inaugurar toda una etapa del pueblo de Dios, la etapa de los reyes. Es Él quien unge a Saúl y sobre todo, es Él el que reconoce, el que llama y el que unge al rey David, que es precisamente el modelo de la realización del plan de Dios para todo el Antiguo Testamento. Tanto que se esperaba que fuera un descendiente de David, un hijo de David, el que pudiera cumplir plenamente las promesas del Señor. Samuel es grande. Samuel es el hijo de Ana, pero Ana era estéril.

Hay otra reflexión que podemos hacernos. Yo llamaría a este pasaje primer libro de Samuel, Capítulo Primero, Versículos del diecinueve al veinte. Lo llamaría el pasaje de las tres embriagueces o de las tres ebriedades. Efectivamente, uno puede emborracharse de tres maneras. Y el comentario desatinado, temerario, ridículo del sacerdote Elí, sirve precisamente para que aparezcan las tres embriagueces las tres ebriedades. A ver, Ana está ebria de dolor, está agobiada, aturdida por el dolor y por eso obra como obraría, tal vez un borracho no se fija en el mundo exterior, habla solo con ella misma. Mueve los labios, pero no le interesa que se oigan sus palabras.

Está embriagada de dolor, el sacerdote Elí cree que ella está embriagada de vino y sin ponerse a averiguar qué ha sucedido. Empieza por recriminarla. Un mal juicio, un juicio temerario, pero sirve para que veamos el contraste entre emborracharse de dolor y emborracharse de vino. Hay otro pasaje en el Nuevo Testamento, en el que también creyeron que algunos estaban ebrios, que estaban embriagados de vino. Lo encontramos en los Hechos de los Apóstoles el día de Pentecostés. Aquellos discípulos que recibieron como lenguas de fuego el Espíritu Santo, se pusieron a profetizar y anunciar las maravillas de Dios.

Y los que estaban ahí cerca, y que habían acudido por ese ruido tempestuoso en la casa, los que estaban ahí cerca empezaron a decir: Están ebrios, están llenos de mosto. Pero en ese caso ellos no estaban ebrios de vino, tampoco estaban ebrios de dolor. En ese caso estaban ebrios del gozo del Espíritu Santo. Lo hermoso de este pasaje del primer libro de Samuel es que ahí aparecen las tres ebriedades. Ana, que está colmada, embriagada de dolor, que parece que estuviera embriagada de vino y que termina estando embriagada de gozo. Son tres modos de estar borracho. Son tres modos de estar ebrio. La embriaguez del dolor, la embriaguez del vino, la embriaguez del Espíritu.

No soy yo el primero que compara la embriaguez del vino y la embriaguez del Espíritu. San Pablo recomienda en algún lugar del Nuevo Testamento. No os emborracheis de vino, colmados del Espíritu Santo. Además, las bebidas alcohólicas son llamadas bebidas espirituosas. Y dice San Pablo también que todos nosotros hemos participado de un mismo pan y hemos bebido de un mismo Espíritu. Donde se ve que el Espíritu tiene su propia embriaguez, el Espíritu Santo. Nos dice, Hemos bebido de la misma sangre del Señor, sino dice: Hemos bebido de un mismo Espíritu.

Aquí queda sugerido, solamente sugerido, un tema bellísimo. Sabemos que Cristo está enteramente presente en la Hostia Consagrada, y Cristo está enteramente presente en el vino consagrado de la Eucaristía. ¿Pero hay o no hay una diferencia entre estas dos especies? Sí la hay, de alguna manera. El cuerpo del Señor alude a su encarnación, a su sacrificio, a la oblación. La sangre del Señor alude a su Espíritu, a su amor, a su fuego. Claro, no puede darse el Espíritu de Jesucristo sin la obra que ese Espíritu hizo en Jesucristo, que fue en primer lugar la encarnación.

Por eso, si comulgamos solo con la sangre del Señor, desde luego que es lo mismo que si comulgamos con la sangre y con el cuerpo y comulgamos solo con el cuerpo. Es lo mismo que si comulgamos con el cuerpo y con la sangre. Pero lo que quiero decir es que aunque esté Cristo enteramente presente en las dos especies del sacramento eucarístico, cada una de esas especies tiene su propia manera de declarar el misterio de Cristo la hostia. El pan declara la encarnación, la oblación y el sacrificio, la ofrenda. El vino, en cambio, declara la alegría, el fuego, el amor, el Espíritu. Hermoso sería meditar más sobre ese pan y ese vino santos. Pero nosotros volvemos a nuestro tema de las tres embriagueces. Aquí Ana pasa por las tres embriagueces. Es decir, pasa por la embriaguez del dolor, pasa por la embriaguez del gozo y se le juzga como embriagada de vino.

Lo interesante es que Ana de hecho, no tomó vino. Es decir, Ana pasó de la embriaguez del dolor a la embriaguez del espíritu sin pasar por la embriaguez del vino. ¿Qué representa la embriaguez del vino? Representa todo aquello que nosotros nos inventamos para enajenarnos, para olvidarnos de nuestro dolor, para no mirar nuestra tragedia. Por ejemplo, el licor mismo, el licor mismo, es una manera de hacer eso. Una persona que se siente miserable se emborracha para alegrar su corazón. Fíjate, esa persona en realidad pasa de una borrachera a otra, de la borrachera, de su dolor a la borrachera del vino.

Lo grave es que la borrachera del vino produce luego la secuela de ser un enguayabado y un alcohólico que también da tristeza. Y entonces así este pobre vivirá de una borrachera en otra, porque pasará de la borrachera de la tristeza a la del vino y del vino a la tristeza, y de la tristeza al vino. Esta es una cadena de una manera simpática. Decía eso un chiste, aquel alcohólico que bebía para olvidar, para olvidar que era un pobre borracho. Es una cadena, la tristeza la intentamos quitar con el vino. Intentamos quitar la borrachera de la tristeza con la borrachera del vino. Pero esto no engendra sino cadenas. Estas son las cadenas de los vicios.

No es la embriaguez del vino la que me va a librar de la embriaguez, de la tristeza. No es porque la embriaguez del vino forma una cadena. Cuando termina el efecto del vino, entonces queda una tristeza más grave, queda una tristeza peor. Aun así, lo hizo bien. Ana no buscó el vino, no buscó el vino. Ana buscó al Señor, buscó el espíritu del Señor y embriagarse del Señor. Ana quiso embriagarse de Dios y Dios le respondió Y por eso ella dice: Mi corazón se regocija en el Señor, mi poder se exalta por Dios, mi boca se ríe de mis enemigos, porque gozo con tu salvación. O sea que el mensaje que hay detrás de estas tres embriagueces parece que es este. Cuando te llega en momentos de tribulación, puedes escoger entre dos cálices. Tú puedes escoger el cáliz del vino o puedes escoger el cáliz del Espíritu. Son dos embriagueces distintas.

El cáliz del vino es buscar, yo mi propio consuelo. Buscar un escape, algo que me haga sentir que mi problema no existe. Ese es el cáliz de la ebriedad con vino. Pero existe también el cáliz del Espíritu, el cáliz de la sangre de Cristo, el cáliz de la Pascua del Señor, el cáliz de los que oran como Ana. El mundo los juzgará como juzgó a los apóstoles y los creyó borrachos, como juzgó a la misma Ana y la creyó borracha. El mundo nos dirá que estamos ebrios y que somos fanáticos. Eso puede decir el mundo.

Pero nosotros hemos encontrado un cáliz distinto en el momento de la tristeza. Hay que saber que cáliz escoge uno. Si es el cáliz del escapismo, si es el cáliz de los vicios, si es el cáliz de mi fantasía o es el cáliz de la realidad de Dios. Ana escogió el cáliz de la realidad de Dios. Ana le creyó a Dios. Ana creyó mientras estaba ebria de tristeza, repleta de tristeza, creyó que Dios podía repletar la completarla con su alegría, con su gozo le creyó al cáliz de Dios y rechazó el vino.

Mira cómo se describe a sí misma, soy una mujer acongojada, no he bebido vino ni cosa embriagante. No me he escapado, no me he escapado. He preferido el cáliz de Dios, he preferido su amor, he preferido su espíritu. No he bebido vino ni cosa embriagante, sino que me estoy desahogando ante el Señor. No juzgues a tu sierva como una mala mujer. Hasta ahora, sólo por pena y pesadumbre he hablado. No estoy borracha de vino, estoy llena de dolor, pero también llena de oración.

Cada uno de nosotros tiene su propia manera de escaparse. Tal vez alguien que oiga estas palabras dirá. ¡Ah, sí!, Muy buena esa predicación para que la oigan todos esos pobres borrachitos que por el mundo andan. Tal vez tu problema no sea el vino. Tal vez no buscas el vino para embriagarte, pero hay tantas maneras de decir mentiras, hay tantas maneras de huir, hay tantas maneras de crear mundos de fantasía en nuestra cabeza. Hay tantas alegrías falsas, que cuando terminan nos dejan más solos y nos dejan más tristes de lo que estábamos. Por eso creo que esta lectura es también una invitación para que, nosotros descubramos cuál es nuestro vino, qué cosas son las que nosotros buscamos, cuáles son nuestros refugios inútiles, nuestros escapes estériles, las mentiras que nos decimos, ¿Cuáles son?

Si Ana hubiera estado ebria de vino, nunca hubiera sido fecunda. En su borrachera hubiera podido soñar que tenía diez hijos. Pero si hubiera despertado tan seca y sola como al principio, ella no se embriagó con vino, se embriagó de Dios y de oración, y Dios miró la realidad de ella, y a ella en la realidad que tenía, le dio, le concedió la fecundidad, la sacó del absurdo, la sacó del sinsentido, la sacó de la nada. Hay que conocerse a sí mismo, es tarea de cada uno de nosotros. ¿Cuáles son mis huidas? ¿Cómo me escapo yo? Cada uno pregúnteselo. Yo pienso que los vicios que se enseñan en nuestra vida, como por ejemplo decir mentiras.

Como los vicios de droga, de sexo, de alcohol, hay también una embriaguez del poder, hay una embriaguez de la pereza. El perezoso obra como dicen que hace el avestruz que supuestamente esconde la cabeza en la tierra para no ver el peligro y cree que así desaparece el peligro. Algo parecido a veces hace el perezoso, se imagina que no pensando en los problemas, los problemas desaparecerán, esa es una ebriedad. Y yo creo que se puede pensar en los pecados como borracheras, como ebriedades. Qué son los pecados sino, huidas del mundo de Dios. Huimos de la realidad y del plan de Dios. Y nos escondemos detrás de un altar de poder o detrás de nuestra negligencia.

Y creemos que con no pensar las cosas de alguna manera se van a arreglar. ¡Que, no! Lo que no hagas tú y es tu tarea, no se va a hacer. Hay una parte que es trabajo tuyo. Esa no se va a hacer si no la haces tú. Y lo mismo podríamos decir de muchos otros vicios. Dejar la embriaguez, dejar el vino. Por esta razón ahora lo comprendemos. Los nazoreos, no necesariamente nazarenos. Nazarenos es de Nazaret. Nazareo o Nazir, era una forma de consagrarse a Dios. Los nazoreos en Israel no bebían vino. Por esta razón, como diciendo: Yo no me embriago de cosa alguna de esta tierra. Solo Dios es mi ebriedad, solo su Espíritu es mi gozo, solo su fuerza es mi fuerza y mi gozo y mi esperanza.

Vamos a comulgar, estamos celebrando la Eucaristía. Se prepara vino, vino nuestro en este cáliz, pero Dios lo transforma en el vino suyo. El vino nuestro serviría para emborracharse y para olvidar. El vino de Dios sirve para embriagarse de su amor y de su Espíritu, y para transformar la vida que este vino nuevo de todo su fruto y toda su gracia en nuestras vidas.

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