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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El poder de gracia de Cristo y el Reino de Dios.
Homilía o012001a, predicada en 19960109, con 6 min. y 20 seg. 
Transcripción:
Podemos hacernos una pregunta, con Samuel se divide la historia entre jueces y monarcas. Samuel abre la historia de la monarquía en Israel, por qué empezar, bueno, ya es una razón que él es un punto y aparte en la historia de Israel pero ¿por qué precisamente él? Hay otros momentos en Israel que también son como puntos y aparte. La razón es esta, la predicación fundamental de nuestro Señor Jesucristo en sus inicios es, se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios, convertíos y creed la Buena Noticia. Jesús en el Evangelio de Marcos que hemos empezado a escuchar en este tiempo ordinario, lo que anuncia fundamentalmente es; ha llegado el reinado de Dios, ahora Dios va a reinar. Pues bien, eso tiene su correspondencia en el Antiguo Testamento, fundamentalmente con la monarquía y específicamente nuestra atención se va a dirigir en la primera lectura de la Santa Misa durante estos días a la llegada. Nuestros ojos están buscando la llegada de David, porque en el reinado de David, el pueblo de Israel experimentó más cercanamente que nunca, tan cerca como le fue posible, experimentó qué significa el reino de Dios. De manera que el vínculo entre la primera lectura del primer libro de Samuel y el texto del evangelio es el reino de Dios. Jesús predica el reino de Dios al comienzo del Evangelio, Samuel de una manera polémica, de una manera difícil, a veces casi en contra de su propia voluntad abre la etapa de la monarquía y prepara la llegada de ese rey David y en el reinado de David tendremos una imagen, la más clara del Antiguo Testamento sobre qué significa que Dios reine. Reino de Dios, que Dios reine. Ese es el tema fundamental de estas primeras lecturas, de estas primeras semanas, del tiempo ordinario. Que Dios reine, ese es el mensaje para el cual ha sido bautizado Cristo. Cristo ha recibido la unción del Espíritu para que ya no reine el pecado, para que ya no reine el mal, para que ya no reine ni el César ni Herodes, para que ahora pueda reinar Dios. Cristo ha nacido de María Virgen. Cristo ha tenido su preparación, por así decirlo, en la vida oculta. Cristo ha crecido en obediencia a la Palabra de Dios y a sus padres, fundamentalmente para poder anunciar el verdadero Reino de Dios, ese reino que en los libros de Samuel aparece prefigurado en el reinado de David. De modo que el paralelo no es evidente si a uno no le cuentan esto yo creo que uno no lo ve, evidentemente no lo ve patentemente, pero en el fondo el paralelo que está detrás de estas lecturas es David y Jesús. El reinado de Dios presente y prefigurado en el reinado de David y el reinado de Dios anunciado y realizado en Cristo, en nuestro Mesías. Y Cristo va dando señales de ese reinado. Estas son las lecturas que estamos escuchando en estos días. Hoy, por ejemplo, aparece una señal muy clara Él enseña con autoridad.
Quisiera terminar diciendo una palabra sobre lo que realiza Cristo aquí en el Evangelio que hemos escuchado. Se trata de la expulsión de un demonio. Algunos teólogos y otros predicadores prefieren o no pronunciarse sobre el asunto del demonio o reducir todo lo demoníaco a enfermedades mentales y a problemas psiquiátricos de la época del Señor. Pues hay que decir que los santos Evangelios distinguen entre lo que es una enfermedad y lo que es una posesión. De manera que la presencia del demonio y su capacidad de afectar la vida humana es parte de la enseñanza de la Iglesia, y así lo han dicho expresamente los pontífices. Pero si aparece aquí el demonio en el Evangelio, no es para que nosotros nos asustemos, sino es para que reconozcamos en el poder con el que Cristo vence al demonio, un poder que trae efectivamente libertad para nosotros, un poder, poder de amor, un poder, poder de gracia que está por encima de todo otro poder. Si se tratara simplemente de una enfermedad psiquiátrica o de un problema neurológico, Jesús no tenía que haberle dicho cállate y sal de él, Jesús no tenía por qué hacer ese juego. Si la persona simplemente estaba sugestionada o si se trataba de un problema psiquiátrico, por qué Jesús sigue esa pantomima. Poder tenía y gracia de Dios tenía para sanarse si se trataba de una enfermedad. No tenía que haber dicho estas palabras.
Reconozcamos nosotros, junto con las personas que rodeaban al Señor, ese poder de amor, ese poder de gracia de Cristo, y que la enseñanza que Él nos da con autoridad nos haga discípulos suyos, de modo que Dios reine en nosotros y haga su obra en nosotros. Amén.

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