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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Escuchar, creer y convertirse
Homilía o011008a, predicada en 20200113, con 10 min. y 5 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos. Es notable la providencia de Dios para con nosotros. Como sabemos, estas son las lecturas propias del día. No las hemos seleccionado en particular, pero qué bien llegan a nuestros oídos cuando estamos iniciando nuestro retiro espiritual. Muy especialmente el Evangelio. Esas palabras creo que adquieren un significado, una resonancia especial hoy para nosotros.
Decíamos en la introducción, en la charla introductoria, que hemos venido al retiro, entre otras cosas, para oír con mayor detenimiento el llamado del Señor. Y aquí lo tenemos en la liturgia. Jesús les dijo y hoy nos está diciendo Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. La respuesta generosa sin tardanza, de aquellos primeros discípulos, los hermanos Simón y Andrés y los otros hermanos Santiago y Juan. Esa respuesta generosa yo creo que nos invita también a nosotros a que le digamos al Señor que queremos ir con Él. También nosotros estamos llamados a responderle de esa manera.
Observemos, hermanos, que, como dice San Pablo en el capítulo número trece de la primera Carta a los Corintios, el amor no lleva cuentas. Y casi siempre en ese pasaje de San Pablo. Uno puede pensar en las cuentas de lo que le han hecho, de lo que ha sucedido, de lo que tiene que ver con el pasado. Pero la verdad es que el amor tampoco hace muchas cuentas sobre el futuro.
Cuando María Santísima recibe el anuncio del ángel y acepta ser la Madre del Verbo encarnado, ella no podía imaginarse todo lo que venía. Simplemente dijo Sí. No hizo cuentas. Lo mismo podemos decir de estos apóstoles el día de hoy. Ellos tampoco hicieron cuentas. No podían hacerlas. No podían imaginarse que de los que estaban en esta escena, tres iban a morir mártires con muerte dolorosa. Eso no podía ni imaginarlo. Pero dieron un sí como el que da un cheque en blanco como el que dice voy contigo, suceda lo que suceda.
Esa es la invitación que el Espíritu Santo nos hace también a nosotros. Pero atención, esa invitación se soporta en un trípode. Así como la cámara que estábamos utilizando tiene sus tres patas, hay un trípode que soporta la generosidad y que hace posible la respuesta inmediata.
Ese trípode tiene que ver con la primera parte del Evangelio de hoy. Nos dice aquí Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Se ha cumplido el plazo. Está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Nueva. Esos son los verbos que tienen que ver con Cristo. Pero qué sucede en quienes reciben a Cristo. Ahí es donde se da el trípode. Hay que escuchar, hay que creer y hay que convertirse. Esos serán los tres verbos que harán posible nuestra respuesta diligente, generosa al Señor que nos vuelve a llamar.
Nosotros no éramos dignos del llamado de Cristo hace diez años, o veinte, o treinta o más años. No éramos dignos, ni tampoco somos dignos ahora. Pero no nos preocupa eso. No nos preocupa nuestra indignidad. En la medida en que tampoco hacemos cuentas de ella, no vamos a compararnos con el Señor, no vamos a comparar sus fuerzas con las nuestras, no vamos a hacer el recuento de nuestros recursos o de nuestras virtudes para decirle en nombre de estas virtudes que tengo, te voy a decir si. Nosotros nos apoyamos más bien en el trípode ya mencionado. Escuchar, creer y convertirse.
Hay un vínculo muy profundo, hermanos queridos, entre esos tres verbos. El creer es imposible sin el escuchar. Por algo nos dice San Pablo en el capítulo décimo de la Carta a los Romanos. La fe viene de escuchar. Entonces, ese primer acto de escucha se perfecciona cuando se llega a la fe. Pero luego el mismo Pablo nos dice que la fe se convierte en obediencia. Y dice que el Evangelio nos quiere llevar a la obediencia de la fe. Esa obediencia está sobre todo en lo que nos dice el capítulo tercero del libro del Apocalipsis. El Señor proclama Estoy a la puerta y llamo. El que quiera me abre su puerta, entraré y cenaré con él, y él conmigo. De modo que si el Señor nos anuncia su visita, que es la proclamación y es lo que nosotros escuchamos. Al recibir ese mensaje, al abrirle la puerta y al dejar que sea Señor de nuestras vidas, estamos haciendo posible la conversión.
Los tres pasos, los tres verbos están ahí. Primero escuchar su voz que se acerca, luego abrir la puerta que es creer y luego convertirse, que es darle un puesto, un puesto de honor en la casa de nuestro corazón. ¿Por qué esa es la conversión? Porque ese es el momento, hermanos, en que ya no luchamos solos. Nosotros, creo que todos hemos experimentado muchas veces el fracaso, que uno quiere cambiar en algo y no lo logra, que uno quiere salir de una mala costumbre, mal hábito o vicio y no lo logra, que uno quiere avanzar por la virtud y no lo logra. No lo logramos porque tal vez hace falta que Jesús sea el que esté reinando ahí dentro de nosotros, de manera que le podamos decir a esos pecados que tenemos, le podamos decir bueno, ahora ya no estoy solo, ahora el que va a pelear contra ti pecado, es el mismo Cristo.
Y ese pecado que nos ha vencido muchas veces no va a poder contra Cristo. Y ahí es donde se da la victoria. Nosotros seguimos siendo débiles. El Espíritu es diligente, pero la carne es débil, nos advierte Cristo en San Mateo. Nosotros seguiremos siendo débiles, pero estando, el fuerte, el poderoso de Israel dentro de nosotros. Entonces sí es posible decirle pelea tú contra los que me pelean, guerrea contra los que me hacen guerra, como dice el Salmo. Y entonces Cristo toma como suya esa batalla que nosotros habíamos perdido. Y ahí es cuando se da la victoria y ahí es cuando se complementa la conversión.
Así que mis hermanos, lo que tenemos en este texto es todo un programa de vida, todo un programa de reforma de nuestra vida. No hagamos tantas cuentas, no hagamos cuentas de los riesgos, no hagamos cuentas de nuestra dignidad. Si hay que hacer alguna cuenta, hagamos cuenta de cuán poderoso es Él. Hagamos cuenta de cuán paciente es Él. Y sobre todo, hagamos cuentas de cuánto nos ha amado Él.
Sobre esa base le abriremos la puerta. Él entrará, cenará con nosotros y lo que había sido en otro tiempo derrota, empieza a convertirse en verdadera victoria. Así nos lo conceda el Señor por su bondad. Sigamos esta celebración con ese convencimiento profundo y no se nos olviden los tres verbos que sin duda nos van a orientar y ayudar en todo este retiro. Escuchar, creer y convertirse.

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