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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo empieza a predicar cuando el anuncio de conversión de Juan queda silenciado por la cárcel.
Homilía o011004a, predicada en 20140113, con 5 min. y 30 seg. 
Transcripción:
Tuvimos ayer la hermosa fiesta del Bautismo del Señor. Con la fiesta del Bautismo de Cristo, se cierra el ciclo de Navidad y hoy nos encontramos abriendo un nuevo Tiempo litúrgico que se llama el Tiempo ordinario. La razón de este nombre es porque lleva un orden. Ordo en latín quiere decir orden, y de ahí viene la palabra ordinario en el sentido de aquél que lleva un orden.
El Tiempo ordinario es el tiempo que de una manera ordenada va siguiendo el ministerio de Cristo. Es decir, lo que Él hizo, lo que Él dijo, cómo vivió y cómo padeció, qué impacto tuvo Él en aquella gente y qué quiere hacer en nuestra vida. Ese es el objetivo del Tiempo ordinario, cumplir el mandato que escuchábamos ayer en la fiesta del Bautismo del Señor.
Ayer nos decía la primera lectura Mirad a mi siervo. El siervo de Dios por excelencia es Jesucristo, porque Él es el que cumple plenamente la voluntad del Padre. Mirad a mi siervo, quiere decir contemplar a Cristo, poner en Él nuestros anhelos, aprender de Él y llevar a la práctica en nuestra vida. De eso se trata en el Tiempo ordinario.
El Tiempo ordinario tiene dos secciones durante el año civil. La primera sección, que es la que estamos empezando ahora, va entre Navidad y Cuaresma, es decir, entre la fiesta del Bautismo del Señor y el Miércoles de Ceniza, que es la celebración que inaugura la Cuaresma. Esa es la primera porción del tiempo ordinario. Luego entonces vendrá ese tiempo santo de conversión que es la Cuaresma. Luego vendrá el tiempo gozoso de la Pascua hasta Pentecostés. Y luego desde Pentecostés hasta el primer domingo de Adviento del año siguiente. Hacia finales de noviembre o comienzos de diciembre. Allá encontraremos la segunda porción del tiempo ordinario.
¿Qué hacemos? Lo repito una vez más. Miramos a Jesucristo. Le vemos en sus acciones. Le escuchamos en sus palabras. Aprendemos de su corazón. Recibimos el beneficio de su bendición. ¿Para qué? Para nosotros ser discípulos formados, discípulos conscientes de los bienes que Él ha querido traernos.
Hoy, por ejemplo, iniciamos esa secuencia, ese seguimiento del ministerio de Cristo, guiados por el Evangelio según San Marcos en el capítulo primero. Terminada la escena del Bautismo de Cristo y de las tentaciones, nos cuenta San Marcos cómo Jesús empieza a predicar. Y hay tres cosas que destacar aquí.
Primera ¿Cuál es, llamémoslo así, el campanazo? ¿Cuál es el detonante? ¿Cuál es la señal que Cristo toma como indicación de que debe empezar su misión? Segundo, ¿cuál es el anuncio fundamental que hace? Y tercero, ¿cuál es la primera o una de las primeras acciones que toma el detonante? La señal que pone en marcha el ministerio público de Cristo. No es el Bautismo en sí mismo, no es el desierto en sí mismo. Es el hecho de que quieren silenciar a Juan, lo encarcelan, su voz queda amordazada. El anuncio de conversión y de la presencia de Dios parece eclipsado. Cristo no tolera esto y sabiendo lo que le espera a Juan y lo que luego vendrá para Él, inicia su misión.
¿Cuál es el anuncio fundamental? que Dios reina, eso es lo que quiere decir el anuncio del Reino de Dios. Es el anuncio de que Dios reina. Él es el Rey. Y ¿cuál es la primera o de las primeras acciones que realiza? Llamar discípulos. Porque el Evangelio no es un encuentro en solitario, es un encuentro personal con la gracia divina, pero no es un encuentro en solitario. Es un encuentro que siempre se realiza, se acrecienta y alcanza su plenitud en una comunidad. Y por eso Cristo llama a los primeros discípulos. Vamos así, iniciando nuestro recorrido, vamos así reconociendo a nuestro Maestro.

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