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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Homilía o011003a, predicada en 20100111, con 29 min. y 40 seg. 
Transcripción:
Hermanos, estamos empezando el Tiempo ordinario. Es muy bueno tener una idea de cuál es el orden que llevan las lecturas durante el Tiempo ordinario. Porque a veces uno llega a la Misa y tiene la sensación de que el Padre saca por ahí un libro. En este caso un libro rojo y abre más o menos donde caiga y lee lo que salga. Y resulta que eso no es así. Nuestra Iglesia Católica tiene dos mil años de experiencia y de camino recorrido celebrando a Jesucristo. Y esa experiencia se refleja en todo lo que tenemos, los vestidos que usamos, las oraciones que decimos en la Misa, los cantos, el incienso. Cada uno de los gestos, objetos y ritos que utilizamos tiene una historia y yo creo que es parte de la vida de un buen católico saber un poco de su propia familia, de su propio hogar.
La Iglesia es la familia de Dios y así como en nuestras familias existen costumbres, entonces nosotros aprendemos cuál es el origen de esas costumbres y aprendemos también a practicarlas. Por ejemplo, en mi familia, desde hace no sé hace cuántos años, mi familia materna para estas fiestas de fin de año siempre utilizan un caldo de gallina o de pollo para la Nochebuena. Desde que me acuerdo de mí mismo, eso puede ser como unos cuarenta años. Siempre ha sido esa la tradición. Esa es la costumbre en mi casa, en otras casas tienen otras costumbres. En mi casa, en cambio, no se acostumbraba a esto que es tan popular en muchas partes de Colombia, la famosa natilla. Si me preguntan a mí, a mí casi no me gusta la natilla, por cortesía puedo comerme un pedacito, pero no es que me atraiga demasiado. No la conocí en mi hogar. Allá había otras costumbres, otros dulces, otros estilos.
La Iglesia es la familia de Dios y tiene sus propias costumbres. Por ejemplo, la primera lectura de hoy ¿de dónde salió? Salió del primer libro de Samuel. Es una historia un poco bizarra, un poco extraña para nuestros oídos. Un señor que resulta que tenía dos esposas. Una de ellas se llamaba Feniná, según esta traducción. Y la otra se llamaba Ana. Feniná y Ana. Una historia ahí rara. Un tipo con dos esposas que parece que convivían ahí las dos esposas, pero la una maltrataba y humillaba a la otra. Feniná humillaba a Ana porque Ana era la estéril.
Y uno dice y ¿para qué le leen a uno eso en la Misa? ¿cuál es el provecho de eso? Es una pregunta que uno se puede hacer. El Evangelio si parece un poco más familiar, más cercano a nosotros. El Evangelio está tomado del texto de San Marcos. Y aquí permítanme hago una anotación.
Resulta que nuestra Iglesia tiene dos maneras de leer el Evangelio. Vamos a llamarlos dos ciclos, dos esquemas, dos tablas, índices de las lecturas. Unas son las lecturas que la Iglesia reserva para los domingos y otras son las lecturas que la Iglesia tiene para los días entre semana. Hoy, por supuesto, es un día entre semana. Aquí en Colombia es festivo, pero litúrgicamente este es un día entre semana común y corriente.
Entonces, ¿cómo funcionan las lecturas de los domingos y cómo funcionan las lecturas entre semana? Hoy vamos a aprender un poquito de eso, porque es que si uno no aprende estas cosas, uno llega a la Iglesia más o menos como un bulto. Llega ahí, se sienta y oye, pero a uno le queda la impresión de que eso el Padre sacó de por allá de un depósito que tenía, sacó un libro que tiene textos de la Biblia y el Padre abrió ahí donde salió lo que cayó. Eso fue lo que leyó el padre. No señor. Las cosas tienen un orden y vamos a aprender un poquito de ese orden y un poquito de las lecturas de hoy y de cómo van a tener una continuación esas lecturas.
Por ejemplo, en el caso del Evangelio. Oímos un pasaje del capítulo primero del Evangelio según San Marcos. San Marcos tiene dieciséis capítulos y hemos oído del primer capítulo. La verdad es que durante estos días, entre semana, lo que vamos a hacer es una lectura casi seguida, casi continua, del Evangelio según San Marcos. Mire que yo no estoy inventando. La lectura de hoy fue del capítulo primero, versículos del catorce al veinte. Para los que vengan a Misa mañana o la oigan en otra Iglesia católica. Mañana martes, la lectura es el primer capítulo primero, versículos del veintiuno al veintiocho. Hoy llegó del catorce al veinte. Mañana del veintiuno al veintiocho. El miércoles el Evangelio es capítulo primero, versículos del veintinueve al treinta y nueve. Y el jueves es del cuarenta al cuarenta y cinco. Y el viernes. El viernes ya pasamos al capítulo segundo, versículos del uno al doce. Y luego el sábado, capítulo segundo, versículos del trece al diecisiete. O sea que usted ve qué es lo que estamos haciendo. Lo que estamos haciendo en las lecturas entre semana es tomar el Evangelio según San Marcos y lo vamos leyendo de a poquitos, porque este es como un vino delicioso. Esta es como una bebida exquisita y nos la vamos tomando a sorbitos deliciosos. Para que cada día tenga su Evangelio y cada Evangelio tenga su día. Cada uno de estos pasajes va a ser como la lámpara que ilumina ese día. Y así vamos leyendo pedacito a pedacito, vamos leyendo todo el Evangelio.
Así es como nuestra Madre la Iglesia hace que nosotros nos alimentemos con la Biblia. Un buen católico, que viva la Eucaristía, que ponga atención a las lecturas, va siguiendo pedazo a pedazo pasaje por pasaje, casi versículo por versículo, va siguiendo toda la vida de Cristo, va siguiendo todo el Evangelio. Esas lecturas de entre semana van siguiendo el Evangelio. Empezamos por San Marcos todos los años, todos los santos años, empezamos por San Marcos. Siempre empezamos por estas lecturas, sea año par, como es el caso ahora, o sea año impar. Siempre vamos a San Marcos, San Marcos es la clave. San Marcos va de primero. Pero San Marcos tiene sólo dieciséis capítulos, de los cuales los últimos tres se refieren a la Pasión y a la resurrección, es decir, los capítulos catorce, quince y dieciséis. Entonces nos quedan trece capítulos de San Marcos que los vamos leyendo en el Tiempo ordinario. Porque lo que corresponde a la pasión lo leemos en Semana Santa y de la Resurrección algo leemos en el tiempo pascual.
Claro, ustedes, como son oyentes inteligentes, se preguntarán inmediatamente ¿y cuando se nos acabe San Marcos, qué hacemos? Pues miren, después de que acabemos esa lectura prácticamente continua de San Marcos, vamos a empezar con San Mateo. Pero como San Mateo. El Evangelio según San Mateo tiene tantos pasajes que son prácticamente repetidos de San Marcos. Entonces, cuando empecemos con San Mateo, eso será como en la semana número nueve. Número diez. Por allá, cuando empecemos con San Mateo. Entonces, ¿qué es lo que va a suceder? Lo que va a suceder. Mire, aquí está. Aquí está. Para que yo no hable de memoria. Resulta que San Marcos llega hasta la semana número nueve, pero cuando uno empieza la semana número diez del Tiempo ordinario, vamos con San Mateo en los Evangelios. Pero lo único que oímos de San Mateo aquí en la Misa son aquellos pasajes que no repiten lo que ya se dijo en San Marcos.
Entonces, fíjate cómo entre semana vamos leyendo primero a San Marcos, después tomamos a San Mateo. A San Mateo lo vamos a oír en todos aquellos pasajes que son como propios de él. Y cuando acabemos con San Mateo, acabemos de leerlo. San Mateo tiene veintiocho capítulos, pero a partir del capítulo veintiséis empieza la pasión. Entonces son veinticinco capítulos de San Mateo, de los cuales vamos escogiendo los pasajes que son propios de él, los que no están repetidos en Marcos. Y así leemos primero lo propio de Marcos, o mejor dicho, casi todo Marcos. Después leemos lo propio de San Mateo.
Y ¿cuando se nos acabe San Mateo, qué haremos? Seguimos con San Lucas. Entonces por allá, más adelante, espero y le cuento cuando. Uno se encuentra con el Evangelio según San Lucas. Mire San Mateo llega hasta la semana veinte, incluso hasta la semana veintiuno. Pero cuando uno llega a la semana número veintidós, empieza San Lucas. Estoy hablando de los días entre semana. Entonces, fíjese, tenemos a San Marcos las primeras nueve semanas del Tiempo ordinario, luego tenemos a San Mateo de la semana diez a la veintiuna. Y luego tenemos a Lucas desde la semana veintidós hasta acabar, hasta la semana treinta y cuatro. Es decir, que un buen católico que asista con juicio a la Misa, la Misa diaria, va leyendo junto con toda la Iglesia, va leyendo todos los Evangelios de San Marcos, luego Mateo, luego Lucas. Si uno va siguiendo la Misa, por ejemplo, por la radio, por decir una emisora reina de Colombia, digamos. Si usted va siguiendo por la radio, usted va conociendo cómo aparece Jesús en San Marcos, cómo aparece Jesús en San Mateo, cómo aparece Jesús en San Lucas.
Pero como ustedes son gente atenta, tendrán dos preguntas que son las siguientes. Primera ¿Por qué empezamos por Marcos y no empezamos por Mateo? Porque cuando usted abre su Biblia allá en la casa. Usted ve que el orden en el que aparecen es Mateo, Marcos, Lucas, Juan. ¿Por qué empezamos por Marcos y no empezamos por Mateo? Pues mira, hay varias explicaciones, pero una es esta. Empezamos por San Marcos porque San Marcos es el que hace más énfasis en las obras de Cristo. A mí me gusta decir que San Marcos nos presenta a Cristo en acción. San Marcos hace énfasis en las obras de Cristo, sus milagros, su poder, sus decisiones, lo que Cristo hizo. Y es muy bueno empezar por ahí, porque lo primero que causó admiración a la gente, fue precisamente eso, que Cristo tenía una palabra poderosa y que Cristo obraba con poder. Es decir, las obras de Cristo fueron lo primero que impactó a la gente. Por eso también nosotros, en este recorrido anual que hacemos por los Evangelios, empezamos por las obras de Cristo, que es lo que más resalta en el evangelista San Marcos y después de las obras de Cristo, que van hasta la semana número nueve, entonces vienen las palabras de Cristo.
San Mateo hace énfasis en los discursos de Cristo, la predicación de Jesucristo. Si un buen católico asiste con mucha frecuencia a la Misa todos los días, o si la escucha por la radio, por ejemplo, por Reina de Colombia, este buen católico durante este principio de año va a estar mirando las obras de Cristo. Luego va a darle mucha atención a las palabras de Cristo. La enseñanza de Cristo. Y eso llega hasta la semana número veintiuno.
Y entonces llega después San Lucas. Y San Lucas, qué nos va a presentar, San Lucas nos va a presentar, podríamos decir, los sentimientos de Cristo, la vida interior de Cristo, el Corazón de Cristo. A San Lucas siempre se le ha llamado el evangelista de la humanidad de Jesucristo. Entonces, si uno es un buen católico. Y si uno va a Misa con mucha frecuencia, en un solo año, uno tiene un recorrido por las obras de Cristo, las palabras de Cristo, el corazón de Cristo, es decir, lo que hacemos a lo largo de este año y lo que hacemos todos los años en las lecturas de la Misa entre semana es conocer a Jesucristo. Aprender de Cristo, de las obras de Cristo en San Marcos, de las palabras de Cristo en San Mateo y del Corazón de Jesucristo en San Lucas. Y así Vivimos nuestro Tiempo ordinario.
Pero ahí viene la segunda pregunta que usted tenía. Y San Juan ¿qué pasa con San Juan? Pues San Juan. San Juan. No se me ponga nervioso. San Juan si se lee, pero lo leemos no en el Tiempo ordinario. Sino que lo leemos especialmente en el Tiempo pascual, sobre todo después de Semana Santa. San Juan es el que nos acompaña. San Juan Evangelista nos acompaña en la contemplación de este Cristo glorioso, de este Cristo que desde la plenitud de su victoria, ilumina nuestra vida con el discurso del Pan de vida, con aquello de nacer de nuevo y otros textos. Es maravilloso. Es decir, este es un banquete, este es un banquete, mis hermanos. Yo digo que las personas que asisten a la Misa todos los días realmente reciben una enseñanza muy profunda.
Si uno le pone atención, con solo ponerle atención a las lecturas de la Misa todos los días, ya uno tiene una visión supremamente amplia, supremamente completa sobre Jesucristo. Esa es la historia de los Evangelios. Pero ahora vamos a decir una palabra sobre la primera lectura. Porque resulta que la primera lectura, pues, obviamente es otro cuento. ¿Qué pasa con la primera lectura? Por ejemplo, hoy salió esa lectura tan rara del primer libro de Samuel. Un señor que se llamaba Elcaná tenía dos esposas, Feniná y Ana. Ya ahí empezó mal esa historia rara, una historia ahí como extraña, poco edificante. Además, el tipo vivía con las dos esposas. Además, las dos esposas peleaban. Una no hacía sino maltratar a la otra. ¿Por qué nos leen eso? Pues hombre, porque ahí hay mucha miseria humana por donde usted lo mire, mucha miseria humana. Qué es ese cuento de dos esposas, qué es ese cuento de rivalidades entre mujeres la una humillando a la otra, la otra llorando y el tal señor este, llamado Elcaná. La gran solución que se le ocurre para consolar a la estéril es la siguiente ¿No te valgo yo más que diez hijos?. Esa fue la gran idea que se le ocurrió a ese señor. Como que no conocía nada del corazón femenino, como que no se daba cuenta el dolor que puede tener una mujer que quiere ser mamá pero que es estéril. Por supuesto que el amor que se le quiere dar a los hijos es distinto del amor que se le da al esposo.
De modo que en toda esta historia, en lo que leímos hoy. Pues lo que uno ve es la miseria humana expresada en algunos personajes de los cuales parece que no se salva ni uno. Porque resulta que ellos iban a peregrinar a un lugar en Ramá, se llamaba ese lugar, Ramá. Y los que eran sacerdotes ahí eran dos hermanos llamados Ofni y Finees. Y resulta que estos dos hermanos, que eran sacerdotes, por supuesto sacerdotes de la Antigua Alianza, no como nosotros. Estos dos hermanos, a cual más corrupto, eran tipos que aceptaban soborno, eran tipos que le robaban la ofrenda a los pobres. Esos eran los sacerdotes.
O sea que el cuadro que aparece aquí es un cuadro supremamente desconsolador. El señor este de las dos esposas, las dos viejas peleando la una grita, la otra llora. El esposo no entiende. Y van donde unos sacerdotes que eran un desastre, que daban era pesar y rabia. Corruptos como ellos solos. Qué historia tan sucia, tan sórdida. Y la pregunta que uno se hace es ¿qué podrá salir con esos ingredientes tan pobres, tan sucios, humanamente, tan deficientes? Ahí es donde empieza la maravilla.
Resulta que ustedes no deben perderse el próximo capítulo. Yo debería dejarlos con la intriga para que volvieran a la Misa mañana. Pero voy a ser compasivo y les voy a contar algunos adelantos. Como dicen en la televisión. No se pierdan el próximo capítulo. En el próximo capítulo, Feniná pelea con Ana. En el próximo capítulo sucede que está Ana, que era estéril, no teniendo a quien acudir porque el pedazo de esposo que tenía no servía para nada. Ese pedazo de esposo, en primer lugar, la ponía a ella a competir con otra mujer. Y en segundo lugar, ese pedazo de esposo no la entendía a ella, que se sentía deprimida porque estaba estéril. La gran solución que le dio el pedazo esposo fue conténtese conmigo. Haga de cuenta que yo soy diez hijos. Provoca yo no sé como mechonear. No sé qué hacerle. Despierte, hombre.
Ana no tenía a quién acudir. ¿Qué hizo? Acudió a Dios. Eso es lo que va a suceder mañana. ¿Escuchará Dios la petición de Ana? ¿Qué sucederá con Ana? En la Misa de mañana el desenlace de esta apasionante historia. Lo cierto es que para no dejarlos con la intriga del todo. Finalmente. Ana queda embarazada. Y el hijo de Ana se llama Samuel. Y resulta que Samuel fue uno de los más grandes profetas del Antiguo Testamento. De Samuel se hace este elogio único. Ninguna de sus palabras dejó de cumplirse. ¡Qué maravilla! Ninguna de sus palabras dejó de cumplirse. ¡Qué gran profeta Samuel!
Y con Samuel se abre un capítulo muy importante en la historia del pueblo de Dios. Porque Samuel es el profeta al que le corresponde ungir al primer rey. Con Samuel empieza la era, el tiempo de los reyes y el tiempo de lo que nosotros llamamos los profetas. A Samuel le correspondió ungir al primer rey, el cual se llamó Saúl, pero Saúl fue descartado por Dios ¿Por qué? Hay que venir a misa. En misa le contaremos por qué Saúl fue descartado. Entonces Dios eligió a otro personaje llamado David. Hijo de un dueño de rebaños llamado Jesé. Jesé es el papá de David y ese es el rey David. Y Samuel ungió al rey David. Y David fue el rey más grande que tuvieron los israelitas. Y en el reinado de David, los israelitas sintieron el sabor del reinado mismo de Dios. Pero David cometió un horrendo crimen que no es apto para menores de dieciocho años.
Sin embargo, la Biblia lo cuenta y aquí en Misa estaremos hablando de eso, porque es que la Biblia es maravillosa. La Biblia es el retrato de nuestra humanidad, pero leído desde el querer de Dios, inserto en el plan de Dios, llevado por la voluntad de Dios. La Biblia no es un libro de cuenticos dulzones. La Biblia es la vida humana cruda y dura, como la vida suya, mi hermano, como la vida mía. La vida nuestra que a veces apesta, que a veces da pesar. Que a veces da rabia. Estas historias de la Biblia son así, un poco turbias, porque la vida humana es turbia. La vida humana es complicada. La vida humana es dolorosa. Y así como hay una Ana aquí, hay muchas Anas por el mundo y hay muchas Feninás por el mundo. Y hay muchos Elcanás por el mundo. La Biblia no se pone a describirnos por allá un mundo de pajaritos dorados. La Biblia nos ayuda a leer nuestra propia historia, con todo su barro, con todo su hedor.
Y ahí nos muestra cómo Dios puede hacer florecer su voluntad, cómo Dios puede salirse con la suya, cómo Dios en medio de toda esta porquería que a veces somos los seres humanos, logra abrir unos cauces maravillosos y aparecen profetas tan grandes como Samuel. Pero Samuel era solo la preparación de la gran promesa que Dios le hizo al rey David a través de otro profeta, el cual se llamaba Natán. Y esa profecía de Natán fue la que luego se cumplió en la persona adorable de Jesucristo.
Por eso nosotros estamos leyendo la primera lectura del primer libro de Samuel, porque con Samuel se abre un capítulo denso, apasionante, lleno de enseñanzas. El capítulo de los profetas y los reyes en la Biblia. Usted, por supuesto, puede adelantarse a las lecturas de la Misa. Si usted quiere saber todas estas historias, degustarlas, meditarlas. Vaya usted a los libros primero y segundo de Samuel. Primero y segundo de Reyes. Primero y segundo de las Crónicas. Lea esos libros, conozca la historia de esa familia espiritual que somos todos nosotros, porque todos venimos espiritualmente de estos mismos hechos.
Bueno, mis hermanos, estas son algunas explicaciones para que cuando vengamos a la Misa no nos sintamos ahí como un bulto. Aquí me sentaron. Vamos a ver con qué sale el cura hoy. Allá sacó una lectura de sabrá Dios dónde. No señor, nuestra Iglesia es bella, nuestra liturgia es hermosa y es lo más pedagógico del mundo, enseñándonos a conocer a Cristo y enseñándonos a leer nuestra historia. Esa es la moraleja de hoy. Que a través de las lecturas, nuestra Iglesia quiere que por una parte, aprendamos a leer nuestra propia historia sin cerrar los ojos cuando llegan los pasajes turbios. Pero que aprendamos a leer esa historia nuestra de cara a Dios, bajo la luz de Jesucristo, que es el único que le puede dar pleno sentido a todo el peregrinar a toda la jornada de la vida humana.
Ahora vamos a seguir nuestra Celebración Eucarística, vamos a preparar ese pan y ese vino, y fíjate lo que decimos frutos de la tierra y del trabajo del hombre. Así como hay todo un recorrido desde los campos, desde los trigales y desde los viñedos hasta llegar al altar. Así también la Biblia nos muestra que hay todo un recorrido desde la viejita, aquella antipática maldadosa llamada Feniná y la otra amargada y deprimida Ana, hasta llegar a Samuel, a Natán, a David, a Salomón, a la Virgen María, a nuestro Señor Jesucristo. Hay todo un camino. Y qué hermoso es ver con los ojos de la mente todo ese camino y entender que así como el trigo llega a ser el cuerpo de Cristo, así también nuestra historia humana tantas veces sucia, puede ser purificada, lavada y puede ser transformada por el fuego del Espíritu para ser también lenguaje de Dios. Sigamos esta celebración con ese Espíritu y pidámosle al Señor que toda nuestra historia sea inserta en su amor. Amén.

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