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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Tiempos litúrgicos.
Homilía o011002a, predicada en 20100111, con 11 min. y 41 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos. Iniciamos el tiempo llamado ordinario. Es el tiempo durante el año. En nuestra liturgia, en la Iglesia Católica tenemos unos tiempos que a veces se llaman tiempos fuertes. Por ejemplo, la Navidad que acabamos de terminar en su celebración. Pero la Navidad estaba preparada por otro tiempo, que era el tiempo del Adviento. Por allá a fines de noviembre del año pasado. Ahí tenemos dos tiempos fuertes, dos tiempos litúrgicos que tienen un énfasis particular el Adviento y la Navidad. El énfasis en ese caso es el misterio de la encarnación, lo que anhelamos, lo que admiramos, lo que celebramos en Adviento y Navidad, es la espera gozosa y la celebración jubilosa de aquella frase que es una realidad: El Verbo de Dios se encarnó y se hizo hombre y acampó entre nosotros, y hemos visto su gloria. Y efectivamente, hemos visto la gloria de Dios brillando en Jesucristo. Esa manifestación de la belleza de Dios, de la bondad de Dios, es lo que se dice en la palabra Epifanía. Y por eso el tiempo de Navidad termina con la celebración de la Epifanía, o de, mejor dicho, de las epifanías de Dios, Dios que se manifestó a los magos venidos de Oriente, los que llamamos los Reyes Magos. Dios que se manifiesta en el milagro de las bodas de Caná. El primer signo, el primer milagro que hizo Cristo. Dios que se manifiesta en el bautismo. Allá donde Cristo escucha la voz del Padre y el Espíritu Santo se deja ver como una paloma. Esos son dos tiempos litúrgicos que van como en pareja, Adviento y Navidad son una mirada intensa, una mirada amorosa al misterio de la Encarnación. Y cómo se ha manifestado Dios en nuestra carne. Hay otros dos tiempos litúrgicos que también van en pareja, son la Cuaresma y la Pascua. En unas cuantas semanas tendremos el Miércoles de Ceniza. Un día que los católicos identificamos muy fácilmente el día en que tiene su comienzo la Cuaresma, y seguramente porque lo habremos oído más de una vez, conocemos el significado de esa palabra. La Cuaresma alude a cuarenta días en los cuales acompañamos a Jesús en el desierto y en los cuales también nos preparamos para otra gran celebración. Así como el Adviento sirve de preparación para la Navidad, así también la Cuaresma sirve de preparación para la Pascua. Pero la Cuaresma misma termina en la cumbre más alta que tiene nuestra liturgia. Esa es la Semana Santa y dentro de la Semana Santa el pico más elevado es una celebración que tenemos por la noche. Una celebración larga, profunda, bella, que tiene los ecos de todo lo que puede alegrar al corazón de un cristiano, esa es la Vigilia Pascual. No tenemos en la Iglesia Católica nada más importante. No tenemos nada más bello, no tenemos nada más grande que la Vigilia Pascual. Ahí recordamos, celebramos el hecho que es la raíz misma de nuestra fe. Cristo venció al pecado, a Satanás y a la muerte. Cristo resucitó, se levantó glorioso del sepulcro. La vigilia pascual sirve así como de bisagra, de gozne entre la Cuaresma y la Pascua. De modo que toda esa preparación en el silencio, la meditación, la penitencia, que son actividades propias de la Cuaresma, toda esa fuerza contenida explota en un jubiloso aleluya en Pascua. Y tenemos después cincuenta días en los cuales contemplamos a este Cristo glorioso y miramos también cómo de la resurrección de Cristo y de la efusión del Espíritu Santo ha nacido la Iglesia entera, es decir, nosotros como cristianos. Así que esos otros dos tiempos litúrgicos también van en pareja, la Cuaresma y la Pascua. O sea que llevamos dos parejas, una más pequeña de Adviento y Navidad. Otra más extensa Cuaresma y Pascua. La Cuaresma y la Pascua suman un poco más de tres meses, porque son como cuarenta días de Cuaresma, más algunos domingos y luego cincuenta días de Pascua que llevan hasta la gran fiesta de Pentecostés. O sea que entre Cuaresma y Pascua es algo así como tres meses. Luego, el Adviento tiene tres semanas y media o cuatro semanas y el tiempo de Navidad es relativamente corto, son como unas doce semanas, un poco más, un poco menos. O sea que se va y como mes y medio por decir algo. Eso quiere decir que entre Adviento y Navidad y Cuaresma y Pascua tenemos un total como de unos cuatro meses y medio de los doce meses que tiene un año. Entonces, ¿Qué pasa en los demás meses? ¿Qué pasa en las demás semanas? Pues mira, en Adviento y Navidad estamos celebrando a Jesucristo en el misterio de su encarnación. Y en Cuaresma y Pascua estamos celebrando a Jesucristo como vencedor del pecado y de la muerte por su resurrección, por supuesto. Entonces, en ambos casos estamos mirando a Jesús. Estamos mirando a nuestro líder y salvador. Lo estamos contemplando en un aspecto de su misterio. En el caso de Adviento y Navidad, como ya he dicho, el énfasis está en la encarnación y la manifestación de Dios en nuestra carne. En el caso de Cuaresma y Pascua, el énfasis está en Cristo como aquel que aniquila el poder del pecado y nos hace partícipes de su victoria a través del don del Espíritu Santo. Son los dos grandes misterios de la vida de Cristo. Fíjate que uno va como al principio de su encarnación y nacimiento, y el otro va hacia el final, que es su muerte dolorosa en la cruz y su victoria sobre el frío del sepulcro. Pero luego está toda la vida de Cristo. Entonces eso es lo que nosotros miramos durante el tiempo ordinario, lo que hacemos en el tiempo ordinario, es decir, en las restantes treinta y tres o treinta y cuatro semanas del año. Lo que hacemos es mirar a Jesús, pero no concentrándonos en un misterio específico como la encarnación o la resurrección. Sino mirándole en su caminar, en su ministerio sobre esta tierra. Lo que hacemos es mirarlo predicando, orando, exorcizando, sanando y a través de sus milagros, a través del poder de sus palabras, a través de la dulzura de su piedad y misericordia, nos vamos dejando alimentar. Otra comparación que me gusta hacer es aquella del Sol y la Tierra. Así como la tierra da vueltas alrededor del sol, así nosotros a lo largo del año vamos dándole la vuelta a Jesucristo, mirándolo en distintos momentos y circunstancias. ¿Cómo es él enfrentando la necesidad humana? ¿Cómo es él, aliviando nuestros dolores, quitando nuestra ignorancia, apartando de nosotros a nuestro enemigo, el demonio? De ese modo, nuestra Madre, la Iglesia, ha dispuesto que estos distintos tiempos litúrgicos sean como un alimento permanente. Si uno asiste con frecuencia a la Santa Misa, el alimento que recibe es jugoso, sustancioso, intensamente nutritivo para el corazón. En cada lectura vamos encontrando otro aspecto de la vida de Cristo. Vamos mirando un poco más cómo es él, cuáles son sus sentimientos, cuáles son sus prioridades, cómo elige él. Y así vamos aprendiendo un poco por ósmosis, vamos aprendiendo, vamos bebiendo de él, vamos recibiendo de él su propio estilo para que nosotros también seamos como él. No hace mucho, al final del tiempo de Navidad, decía la primera carta de Juan: Así como es él, así somos nosotros en este mundo. Y ese es el ideal precisamente de la vida cristiana. Con estas palabras les invito entonces a que hagamos un propósito hermoso para este año asistir con más frecuencia a la Santa Misa. Existe un deber básico de todo cristiano, que es la Misa del domingo, pero no nos contentemos con lo mínimo. Vamos a asistir, hagamos ese propósito, vamos a asistir con más frecuencia y sobre todo, con más atención a la Santa Misa, para que nuestros ojos vayan quedando bañados en la luz de Jesucristo y para que nosotros mismos seamos transformados según su corazón y su pensamiento.

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