Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Las heridas de Jesús son heridas de guerra, un combate contra la raíz misma de maldad que está en el pecado, en el demonio, en las tinieblas; y junto a Él unida en oración ella, la Virgen Santa.

Homilía nsdo020a, predicada en 20230915, con 4 min. y 38 seg.

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Transcripción:

El quince de septiembre, nuestra Iglesia Católica recuerda y celebra a la Virgen María en la advocación de Nuestra Señora de los Dolores. Es una celebración extraña, ¡no! la contemplamos en medio de su sufrimiento y ese es una celebración litúrgica que es lo que celebramos cuando vemos a una persona llena de dolor. Pues es que depende. Te voy a dar un par de comparaciones que muestran por qué depende. Si tú ves a una persona herida, eso no te inspira admiración, creo yo. Te puede inspirar, tal vez compasión y sería algo muy humano y muy natural, pero no creo que te inspire admiración. Pero si tú ves que esa persona estaba en un combate, por ejemplo, contra una banda de narcotraficantes y fue un combate urbano muy difícil porque estos criminales se creían dueños ya de un territorio y fue necesario entrar en un combate con ellos y hubo heridos, pero al final se logró la victoria.

Esas heridas, esas cicatrices, ya no solo te pueden despertar compasión, sino que incluso más que eso, probablemente te van a despertar admiración, porque se enfrentó a un enemigo muy fuerte, muy, muy fuerte. Es algo que está sucediendo en muchas partes del mundo. Y bueno, tuvo la valentía de enfrentarse y además logró un buen resultado, maravilloso. Ahora bien. En el caso de la Virgen, lo mismo que en el caso de nuestro Señor Jesucristo, las heridas son heridas de guerra. Por favor, apréndete esa frase Las heridas de Cristo. Las espadas en el corazón de María. Las heridas de Cristo son heridas de guerra. Así como se oye. Solo que el combate de Cristo no era el combate únicamente contra una forma de delito o de crimen. Era un combate contra la raíz misma de maldad que está en el pecado, que está en el demonio, que está en las tinieblas. Y junto a Cristo, unida en oración. Ella, ella, la Bendita. La Virgen Santa. Ella. Cristo estaba batallando con su cuerpo destrozado.

María estaba batallando con su corazón atravesado. Cristo estaba batallando, bañado en sangre. María batallaba. Bañada en lágrimas. Cristo batallaba con su plegaria incesante. María se unía a la plegaria del Hijo. Cristo estaba levantado en la cruz y María estaba levantada y de pie junto a la cruz. Pero es la misma batalla. Eso tienes que aprendértelo, es la misma batalla. La batalla de Cristo es la batalla de María. La victoria de Cristo es la victoria de María, pero no solo de María. No se nos olvide que en el primer capítulo de la carta a los Colosenses dice hermosamente San Pablo: completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo. O sea que está también el sacrificio, el sacrificio nuestro, como María, también nosotros estamos llamados a unir nuestros dolores a los dolores de Cristo, a unir nuestra vida a la vida de Cristo. Y lo dice el mismo apóstol San Pablo Si sufrimos con él, reinaremos con él.

Y la primera en la que se cumple esto es la Santa Virgen María, la que sufrió con él y la que reina con él. Sirva esto de advertencia para aquellos que dicen: ¿Pero dónde dice la Biblia que María reina? ¿No has leído a San Pablo? Si sufrimos con él, reinaremos con él. Entonces, ¿de qué te extrañas? Pero nuestro tema central hoy es que hay heridas que causan admiración y que producen gratitud. Y así son las benditas heridas del corazón de María, la gloria para Dios.

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