Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Estrategia del enemigo es que juntemos pecador y pecado de modo que, queriendo destruir al pecado, tratemos mal al pecador, y así perpetuemos el ciclo de la violencia.

Homilía nsdo017a, predicada en 20200915, con 28 min. y 34 seg.

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Transcripción:

Hermanos, quiero empezar recordando algo de mi familia. De niño, en la casa paterna había algunas imágenes religiosas. Como es natural, una familia católica. Había una imagen de la Sagrada Familia, había una imagen de Cristo Salvador, había algunos cristos, crucifijos y había una imagen que a la vez me atraía, pero me inquietaba. Y era la imagen precisamente de María Santísima como Madre Dolorosa. Cubierta en su manto, pero sobre todo cubierta por la angustia, por el dolor. No era una imagen agradable para un niño, pero tampoco era una imagen que me produjera miedo o rechazo. Yo podría decir me gustaba por la belleza de ella, de María, pero me inquietaba por el sufrimiento en que la encontraba. Esa es mi memoria de aquel cuadro. Y desde aquella temprana infancia, el dolor de la Virgen ha sido algo que me ha producido a la vez admiración y profunda inquietud. Con el paso del tiempo me he dado cuenta que el dolor de ella es el dolor de muchos hermanos y hermanas nuestros en nuestro pueblo, especialmente el dolor de muchas mamás, de muchas esposas y de muchas mujeres que han sido maltratadas. Con esa experiencia me he puesto delante de Dios y le he pedido que me ayude a entender la presencia de María junto a la Cruz. Lo que les voy a compartir es algo de lo que creo que el Señor me ha permitido ver, porque yo creo que esta celebración, esta liturgia, se puede hacer como a distintos niveles.

Pero hay algo que recientemente me mostró el Señor y la verdad me ha impactado tanto que siento mi deber compartirlo con ustedes. Todo empieza en la frase que dijimos al comienzo de la Santa Misa. Nosotros, cristianos católicos, no nos quedamos mirando el dolor, sino que detrás del dolor vemos el amor. Pero hay que dar todavía otro paso. Detrás del amor descubrimos la victoria. Tal vez lo que de niño no me gustaba en esa imagen de María es que la veía como si estuviera derrotada. Y resulta que este día es un día de victoria. Y ese es el mensaje que sobre todo quiero comunicar. Hoy es un día de victoria. Así como cuando se levanta la cruz, debemos decir victoria de Dios y hay un canto que dice Victoria, tú reinarás, oh cruz, tú nos salvarás. Así como cuando se levanta la cruz, hay victoria, así el dolor de María no es simplemente el doloroso, el triste espectáculo de todo lo que ella padeció. Este, repito, es un día de victoria. ¿Qué clase de victoria? Para comprenderlo, amados hermanos, hay que descubrir algo sobre las estrategias del demonio. Porque dice nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio de Juan, refiriéndose a su propia pasión, y créame que yo digo estas palabras y me corre un escalofrío, dice Jesús refiriéndose a la cruz. Ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. La cruz es el gran exorcismo, es el exorcismo cósmico y por consiguiente, la cruz es la gran victoria sobre el poder de las tinieblas.

Si María Santísima, como nos dice el Evangelio, está asociada a la cruz del Señor, es evidente que este es día de victoria también para ella. Pero entendámoslo mejor con la ayuda del Espíritu Santo. Hay dos estrategias favoritas del demonio. Una estrategia es apegarnos a los bienes de esta tierra hasta el punto de llevarnos a lo que en otras predicaciones hemos llamado la gran mentira. La gran mentira del demonio es que tienes que escoger entre ser feliz o ser obediente. Tienes que escoger. Ser feliz significa volcarte sobre las cosas de esta tierra, disfrutarlas a tu antojo y placer y desentenderte de lo que diga Dios o diga la iglesia, o diga tu conciencia, o diga incluso la razón humana. Esa es la gran mentira y es la estrategia principalísima del enemigo.

Pero hay una variante de esa gran mentira que es la que él utiliza para destruir las relaciones entre las personas. Y esta segunda mentira que está conectada con la primera. Pero no estudiemos ahora esa conexión, esta segunda mentira es la que resulta destrozada, derrotada gracias a Jesús y María. ¿En qué consiste esta segunda mentira? La segunda mentira consiste en creer que nuestros enemigos son otros seres humanos. Es decir, es la mentira que le permite al demonio ponernos a pelear unos con otros. La primera mentira del demonio se dirige a ponernos a pelear con Dios. Es decir, es lo contrario del amar a Dios sobre todas las cosas. La segunda mentira quiere ponernos a pelear entre nosotros. A ti, conmigo, a mí, contigo. A poner a pelear a los padres con los hijos, a los hijos con los padres, al esposo con la esposa y a ella con él. A poner a pelear las clases sociales ricos contra pobres, pobres contra ricos, derecha contra izquierda, izquierda contra derecha. Y mientras ellos se despedazan, el demonio se carcajea, ¡otra vez me funcionó, dice satanás! Pero hay que estudiar bien en qué consiste esta mentira para no caer en ella.

Mis hermanos, yo no me estoy inventando nada. De esta mentira nos habla la carta a los Efesios en el Capítulo Seis. San Pablo es perfectamente claro, lo dice de esta forma. Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre. Nuestra lucha es contra los poderes que ejercen su dominio en los aires. Un modo extraño de hablar para nosotros que se refiere a los ángeles caídos, a los demonios y a su estrategia del pecado. Entonces, ¿cómo funciona esta segunda mentira? Esta segunda mentira se basa en algo inteligentísimo. Porque usted debe recordar siempre que aunque el demonio perdió la amistad con Dios, el demonio no perdió su inteligencia. Y por eso es terriblemente astuto. Por ejemplo, ¿Qué querrá el demonio con una persona como yo? Una de las cosas que quiere, eso está perfectamente detectado, es ponerme en guerra con mi comunidad, con mi superior, con mi provincial, con mi obispo. Porque si yo empiezo a ver a mi Prior, a mi provincial, a mi obispo, como mi enemigo, ahí gana terreno el demonio. Ese es un ataque típico para una persona como yo. Obviamente en la familia ¿Cuál será el ataque? Pues el ataque será, ya lo dije, poner a los esposos uno contra otro, padres contra hijos, hijos contra padres, etcétera.

Pero lo maravilloso de esta fiesta de Nuestra Señora de los Dolores es que esa estrategia se puede vencer, hay que saber vencerla, se puede vencer. Y la manera sorpresiva de esa victoria es la que precisamente nos muestra María, porque la manera de la victoria no es a base de discusión, no es a base de argumentos. Claro, para una persona como yo, que se ha pasado casi toda la vida estudiando y dando clases y argumentando, pues a mí me cuesta o me ha costado mucho trabajo entender esto, pero aún una persona terca y pecadora como yo ha llegado a entenderlo. Luego usted también puede entenderlo. Entonces, ¿en qué se basa la segunda mentira? Acuérdate, la primera mentira es ponernos a pelear con Dios diciendo yo no le hago caso a Dios porque yo voy a ser feliz como se me dé la gana. Esa es la primera. La segunda mentira es la que quiere ponernos a pelear entre nosotros. ¿Y cómo funciona? Yo te voy a decir cómo funciona. Funciona de esta manera. Resulta que hay algo en el corazón humano que detesta el pecado, porque nosotros, seres humanos, no fuimos hechos para el pecado. Y nosotros, en algún lugar de nuestro corazón y conciencia, sabemos que el pecado es destructor. Entonces, ¿en qué se basa la estrategia del enemigo? En que uno cuando ve al pecador, solo piensa en el pecado. Por ejemplo, cuando veo a una persona que tiene un problema de alcoholismo y yo no veo una persona que sufre alcoholismo, sino veo simplemente un borracho, ahí estoy uniendo pecador y pecado. Cuando yo veo una persona que ha cometido un error en su afectividad, en su sexualidad, por ejemplo, ha cometido adulterio, y yo solamente veo el adúltero y su adulterio y los junto. Ahí es donde tiene su espacio la gran mentira. ¿Por qué? Porque en el momento en el que yo junto pecador y pecado, entonces, como el pecado me fastidia, entonces me fastidia el pecador, y si me fastidia el pecador, trato de rechazarlo, trato de destruirlo, trato de humillarlo, y no me doy cuenta de que estoy destruyendo al mismo tiempo pecador y pecado. Y por supuesto, esa no es la manera de acabar con el pecado.

Aquí hay que recordar otro texto importantísimo Salmo Ciento tres. Yo, como amo ese salmo, dice el Salmo Ciento tres. Él aleja de nosotros nuestros delitos, como dista el oriente del ocaso. Fíjate que desde el punto de vista de la tierra no se puede pensar en dos cosas más distantes. Como dista el Oriente, en este caso el Oriente queda allá, como está el oriente del ocaso, así Él aleja de nosotros nuestros delitos. Es decir, que Dios sabe separar perfectamente el delito y el delincuente, el pecado y el pecador. En cambio, el enemigo quiere que a nosotros todo eso se nos vuelva un nudo en la cabeza, para que con el pretexto de que queremos destruir el pecado, empecemos a destruir al pecador. Y cuando empezamos a destruir al pecador, ¿qué crees que sucede? pues que el pecador trata de defenderse de nosotros, y cuando el pecador trata de defenderse de nosotros, ya empezó el ciclo de la guerra. Es la pura estrategia del enemigo.

¿Qué tiene que ver esto con María Santísima? Si tú miras la escena de la cruz, te das cuenta que todo lo que rodeaba, casi todo lo que rodeaba a Jesús, salvo aquellas benditas y santas mujeres, y el apóstol Juan. Casi todo lo que rodeaba a Jesús era odio contra Jesús. Es decir, situémonos por un instante junto al corazón de María. Ella veía el ánimo homicida de los sumos sacerdotes. Escuchaba las burlas y blasfemias de los fariseos y los escribas. Se daba cuenta que todos los apóstoles eran unos traidores. Veía a aquellos verdugos que no tuvieron un milímetro de compasión contra su hijo. Escuchaba las críticas y los insultos, por lo menos de aquel ladrón perverso. Toda esa tormenta, como no se vio ni se verá otra igual. Toda esa tormenta de iniquidad caía en un solo impulso contra el corazón de Jesús. Toda esa tormenta. Y como bien dice San Bernardo en una bella meditación, nada podía tocar a Cristo que no atravesara el corazón de María. De manera que esa tormenta era también la tormenta que pasaba por el corazón de ella. En ese momento ¿qué era lo que quería el demonio? ¿qué era lo que le quería hacer al corazón de María? ¿qué era lo que le quería hacer? Lo que le quería hacer al corazón de María es que ella en ese momento se llenara de indignación y luego de rabia y luego de odio contra todos, contra esos asquerosos sumos sacerdotes homicidas, contra esos fariseos, contra esos hipócritas escribas, contra esos apóstoles, contra esos verdugos. Cómo ver a una persona que está torturando a tu hijo y poder distinguir al pecador que tortura y al pecado.

Pero el mismo Cristo nos dio una lección clarísima. Acuérdate de cómo Cristo, cuando estaba siendo crucificado, hizo esta oración Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. ¿Qué estaba haciendo ahí Jesús? Está clarísimo el pecado que están cometiendo, está clarísimo. Pero Jesús pide perdón para que se salven los pecadores. Entonces es aquí donde viene lo que antes te decía. Ningún argumento, ninguna razón, ningún raciocinio logra lo que vivieron, logra vencer donde vencieron Jesús y María. Ningún raciocinio. ¿Por qué? Porque cualquier raciocinio que tú hagas indudablemente te va a llevar a declarar culpables, miserables culpables a aquellos fariseos, aquellos sumos sacerdotes, aquellos escribas, aquellos apóstoles, aquellos verdugos, aquella multitud. Es decir, por más inteligente que seas y por más argumentos que quieras darte, tu veredicto siempre será. Todos son culpables y todos son desgraciados. Entonces, ¿cómo venció María? Por eso he dicho que este es un día de victoria.

¿Cómo venció María? Yo te voy a decir cómo venció María. Ella permanece ahí, junto a la cruz, primer dato importante. Su mirada está puesta en Jesucristo, segundo dato. Tercero, ella es discípula de su propio hijo. De hecho, la llamamos así primera discípula. Hasta ahí, digamos, entendemos de dónde le viene la fuerza. Pero solo hay una respuesta posible. Y esa respuesta posible es si el mal es obstinado, mi oración debe ser más obstinada. Entonces puedes escribir esta frase que te conviene. Tu oración debe ser más obstinada que el pecado y que la tentación. Hoy es el día para ver la virtud de la oración obstinada y ¿en qué consiste la oración obstinada? Es la oración que reclama perdón y bendición para la persona que yo no entiendo. Es eso exactamente. Es una oración que está emparentada con otra que hemos predicado muchas veces. Señor, cumple tu voluntad o haz tu voluntad en. Y ahí se dice el nombre de la persona. En el fondo estamos hablando de lo mismo. Toma esa oración. Créeme, por favor, hazlo. Toma esa oración y hazla muchas veces. Es que yo ya tengo muchos testimonios de personas que me han hecho caso en esto. Y el importante no soy yo, ni eso importa realmente, lo importante es esa oración. Porque esa oración viene del Padrenuestro. Si tú haces el ejercicio de decir muchas veces, usualmente son centenares de veces, yo mismo lo he hecho para situaciones mías. Tú lo puedes hacer para situaciones tuyas. Di centenares de veces: Señor, cumple tu voluntad en. Y ahí dices el nombre de esa persona. Cumple tu voluntad en. Esa oración es bendita porque con esa oración tú vences la mentira con la que el enemigo quiere que tú odies pecador y pecado a la vez.

Fíjate que cuando tú dices Señor, cumple tu voluntad en fulano o fulana, cuando tú dices esa oración, tú no estás orando por el pecado, tú estás orando por el pecador. Por eso esa oración es tan poderosa, porque ora por el pecador. Y si tú estás orando por el pecador, lo estás separando de su pecado, entonces no enredes tu cabeza con razonamientos. Ningún razonamiento podía salvar a María de las redes de odio que el demonio le echaba a cada instante, a cada paso, durante la dolorosísima pasión. Dime qué razonamiento podía utilizar ella para tratar de comprender lo que estaba aconteciendo. Pero es que ella no se fió de su cabeza. Esa fue la sublime sabiduría de María. Ella no se fió de su cabeza. Cuando uno se fía de su cabeza, ya empezó mal. Es como el que se fía de su dinero, como el que se fía de sus conocimientos, como el que se fía de su prestigio. De lo tuyo no te fíes. Acuérdate, espiritualidad de los pobres de Yahvé. No te fíes de lo tuyo. Entonces, la grandeza de la oración de María es que ella no se fía de sí misma. No sabemos, por supuesto, qué palabras dijo, porque permanece en silencio. Pero estoy seguro que la oración de ella va exactamente en la línea de la oración de su Hijo, que ya sabemos que es el Padre Nuestro. Y una de las grandezas del Padrenuestro es que precisamente separa pecador de pecado, lo separa en ti, lo separa en tu prójimo.

Resumen. Este es un día de victoria. ¿Victoria sobre quién? Sobre el demonio y sus secuaces. ¿Qué clase de victoria? Victoria Sobre la mentira, una de las grandes mentiras del enemigo. ¿En qué consiste la mentira? Consiste en que nosotros, por nuestra frágil naturaleza, tendemos a pegar pecador y pecado. Y eso lo quiere el demonio, para que nosotros, con pretexto de destruir el pecado, destruyamos a otra persona. Y al destruir a otra persona, o nos volvemos nosotros culpables o esa otra persona se defiende y se establece una guerra que es deleite para satanás. Entonces uno no puede caer en eso. Y para no caer en eso, ¿qué herramientas tenemos? Nuestra capacidad de argumentar, nuestra capacidad de dialogar. En parte puede ayudar, pero es muy poco lo que logra, porque frente al dolor, dolor, frente al serio dolor que trae el pecado, nuestros argumentos se quedan cortos, nuestras razones se quedan cortas y nuestra paciencia se queda todavía más corta.

Entonces, ¿qué es lo que sí sirve? Lo que sí sirve es seguir la línea de oración que nos mostró Jesús. La misma línea de oración que está en el Salmo Ciento tres, la misma línea de oración que nos muestra San Pablo en Efesios Seis. Y esa línea bendita de oración, ¿cuál es? esa línea de oración es Señor, cumple tu voluntad, haz tu voluntad en tal persona. Yo debo decir que esa oración, así como la acabo de pronunciar, es el mínimo del mínimo. Su oración es el mínimo del mínimo. Pero claro, si tú estás orando por una persona que tú amas, como yo amo a tantas personas, yo no digo solamente esa oración. Cuando yo oro por mis amigos, por mis amigas, por mi familia. Yo no digo solamente esas palabras de cumple tu voluntad. Como yo amo a esas personas, a tantas personas, gracias a Dios amo. Cuando yo amo a una persona y oro por ella, yo no me limito a decir solo cumple tu voluntad, sino yo le digo más cosas al Señor. Por ejemplo, le digo Señor, hoy no te olvides de bendecir a. Y ahí digo el nombre de la persona. Y son personas que a veces me decepcionan. Amigos o amigas que me decepcionan, así como yo también decepciono, por cierto. Amigos o amigas que me han decepcionado. Gente de mi familia que yo digo pero cómo están en esto, pero qué pasó, pero cómo así. En esos casos yo oro de esa manera porque amo a esas personas.

Lo que te quiero decir es que esta oración hay que decirla como mínimo Señor, cumple tu voluntad en. Pero si tú sientes que esa persona tú la puedes querer bien, si te une algún afecto a esa persona, añádele más. Señor, no dejes de bendecir a mi hija. Señor, no dejes de bendecir a mi papá. Señor, trae una bendición especial para mi esposa en este momento. Señor, bendice. Cada vez que tú haces esa oración, es como si estuvieras haciendo, me voy a inventar una palabra, es como si estuvieras haciendo un micro exorcismo. Realmente estás alejando al demonio. Es impresionante. ¿Por qué? Porque el demonio a toda costa quiere que tú asocies, asocies pecador y pecado, pecador y pecado, pecador y pecado. Eso es lo que quiere el enemigo. Que tú los asocies y que te quedes así, tan metido en pecadora y pecado, que luego te vayas con toda tu fuerza. Voy a destruir. ¿A destruir qué? Y terminas destruyendo a la gente. Por eso hay que hacer esta oración y hay que hacerla ¿comó? de manera obstinada. La primera carta de Pedro nos dice que el demonio es obstinado. Luego nosotros tenemos que ser obstinados en nuestra oración. Tenemos que ser obstinados, obstinados. Termino recordando a mi mamá mujer de oración y entre las muchas cosas que nos enseñó con su ejemplo, primero que todo, nos enseñó a ser obstinados, a que había que orar de una manera obstinada. Yo supe de intenciones que ella repitió todos los días durante años. Impresionante. Pero claro, no son oraciones para lograr su capricho, sino siempre oraciones en la línea de la voluntad de Dios. Cumple tu voluntad, haz tu voluntad. Ahí te entrego este caso, ahí te entrego este hijo, ahí te entrego esta situación, ahí te entrego este problema. Dios tenga en su gloria a mi madre, porque ella que nos llevó a mirar a María Santísima, también nos mostró con su ejemplo la manera como oraba María. Esa es la manera de vencer al enemigo.

Mira, si uno se protege de las dos mentiras, las dos terribles mentiras de satanás. La primera que ya te dije que es quiero ser feliz, no me enredo con nada, no quiero reglas. Esa es la primera mentira. Y la segunda mentira es pecador y pecado. ¡Voy a destruir! Esa es la segunda mentira. Si tú te libras de esas dos mentiras, créeme que te has quitado tanta, pero tanta carga. Has liberado tanto tu alma que el progreso se siente, la libertad se siente, la paz se siente. Esa es la libertad del Corazón de Jesús. Jesús resucitado se les presenta a los apóstoles y les dice La paz sea con ustedes. Y María bendita, bendita sea la Virgen María. Después se une en oración con los apóstoles para pedir el Espíritu Santo. La Biblia no nos dice cómo los saludaba, pero esos fueron los que abandonaron a su Hijo. Esos fueron los traidores, esos fueron los que no sirvieron para nada. Y ahí está María orando con ellos. Eso se llama un corazón libre, ese es un corazón libre. Esa es María Santísima y por eso este es un día de victoria.

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