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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La Virgen María al pie de la cruz soporta el dolor de ver a Dios ofendido por el pecado, su Palabra rechazada, no tener raíz profunda en Él, ver que hay placer en la crueldad, la humanidad es voluntariamente ciega, la facilidad con que rompemos la alianza con Él y ver al demonio mostrando sus garras.

Homilía nsdo016a, predicada en 20200915, con 6 min. y 17 seg.

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Transcripción:

El Quince de Septiembre nuestra Iglesia recuerda a la Santísima Virgen María en el misterio de su dolor. Hoy celebramos a Nuestra Señora de los Dolores. Por supuesto, la razón para recordar los dolores de la Virgen, además de esa elemental solidaridad con todo su sufrimiento, es porque en ese dolor brilla un amor. Lo mismo que en la cruz de Cristo, el dolor del Hijo es redentor. Así también podemos decir, el dolor de la Madre como enseña nuestra Iglesia Católica, es corredentor. Pero a veces, al mirar los dolores de la Virgen, podemos quedarnos en los aspectos, llamémoslos así, puramente naturales, que son válidos.

Piensa, por ejemplo, en lo que significa para una madre ver tan destrozado, tan torturado a su hijo. Por supuesto que esto es muy doloroso, pero hace cerca de treinta años todavía no había recibido la ordenación sacerdotal. Recibí una enseñanza que jamás olvidé, y esa enseñanza es que en la Pasión de Cristo lo más visible es el dolor físico. Sus manos, su costado, sus azotes, las espinas. Pero el dolor más profundo del Señor era invisible, en la medida en que era el dolor de su corazón, el dolor ante el pecado del mundo. Por eso, al reflexionar sobre los dolores de la Santísima Virgen María, conviene que también nosotros nos asomemos al aspecto sobrenatural, que es el más profundo y que es el más fecundo del dolor de María. Por eso hoy vamos a hablar de los siete dolores sobrenaturales que cayeron sobre el corazón de María como siete espadas. Y vamos a ver que en la victoria de ella con la gracia de Dios. Sobre esos dolores hay una preciosa lección para nosotros.

El primero, y sin duda el más grande de los dolores sobrenaturales de María, la esclava del Señor, la enamorada de Dios. El primer gran dolor es que Dios ha sido y sigue siendo ofendido. Ver que Dios es ofendido con el pecado, pecado descarado, pecado cínico, pecado arrogante, como a veces encontramos también en nuestra época. Primer dolor ver que Dios ha sido y es ofendido. Segundo dolor ver que se rechaza a la Palabra de Dios. Nadie pudo ofrecerla mejor que Jesús, pero su Palabra ha sido rechazada. La sordera a la Palabra de Dios es un dolor espantoso. Tercer dolor de María, darse cuenta de que la gente es manipulable, es decir, que nuestras raíces en Dios son tan tenues, que llega alguien y empieza a gritar crucifícalo y todos repiten crucifícalo. Es decir, la gente es manipulable, no tenemos raíz profunda en el Señor. Ese es el tercer dolor. El cuarto dolor, muy fuerte, es darse cuenta de que hay placer en la crueldad. Recuerda cómo en la Pasión de Cristo algunos se burlaban de Él. Es el placer de la crueldad. Él dice Tengo sed y le pasan vinagre. Es la crueldad. Es el morboso placer de tener absoluto poder sobre otro ser humano. Es algo terrible. El quinto dolor que hay que destacar es darnos cuenta que la humanidad es voluntariamente ciega. A mí me admira, por ejemplo, en nuestra época, cuántas oportunidades, hablemos solamente de Internet, cuántas oportunidades hay de formarse, de crecer en la fe. Cuántas predicaciones útiles, cuántos cursos, retiros. Y a veces uno ve esas predicaciones, esas conferencias. Estoy hablando de Internet. Sí, tienen una audiencia, unas miles de personas. Pero tú miras lo que tiene que ver con la diversión, con el entretenimiento. Y no son miles, son millones. Es decir, donde está el pan bueno, hay muy pocos que quieren comer. La humanidad es voluntariamente ciega.

Luego está el tema de tantos amigos que a la hora de la prueba fallan. No solamente por lo que duele humanamente que un amigo te traicione, sino porque se suponía que eran amigos de Dios. Estamos hablando de los discípulos. Es decir, que nuestra alianza con Dios la rompemos con una facilidad impresionante. Ese es el dolor de María. Y de último debemos mencionar. Seguramente no fue el menor de los dolores. Ver al demonio mostrando su garra, escuchar su asquerosa carcajada, él se muestra poderoso, se muestra fuerte. Son dolores terribles, son espadas que atravesaron el corazón de María. Pero ella, como nos dice el Evangelio de Juan, permaneció de pie junto a la cruz. Esa es María, esa es la Madre de Jesucristo, y ese es el mejor modelo de vida cristiana que podemos encontrar.

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