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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Celebramos el amor único del Corazón de la Virgen, consuelo humano único de Cristo en la Cruz, y expresión de su completa donación por nosotros.
Homilía nsdo015a, predicada en 20180915, con 14 min. y 11 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos, esta fiesta litúrgica nos deja un poco perplejos por el nombre que tiene. Da la impresión de que estamos celebrando el dolor y eso suena contradictorio. Pero la verdad es que nosotros, cristianos, celebramos el amor. Cuando el amor es grande y cuando es limpio, y cuando es verdadero, tarde o temprano pasa también por el dolor. Efectivamente, un amor grande, puro y verdadero tiene que enfrentarse con la indiferencia. Tiene que enfrentarse con los muchos ídolos que pueblan el corazón humano. Y por supuesto, en esa confrontación va a haber dolor. Por algo ya decía el libro Eclesiástico: Si vas a servir al Señor, prepárate para la prueba. Y no en vano está en las palabras de San Pablo en la primera carta a los Corintios, Capítulo Trece. El amor lo soporta todo. Sobrarían esas palabras si no fuera cierto que el amor siempre es vecino del dolor.
Pero hay amores que se achican con el dolor. Hay amores que se acobardan y huyen con el dolor. Yo he conocido el caso de parejas en las que una enfermedad incurable ha producido el abandono del cónyuge sano. Hay un caso muy doloroso que pude conocer. Matrimonio más o menos joven. Y resulta que la señora, la mujer es diagnosticada con una artritis deformante, un caso raro de artritis deformante que se le dispara a ella sobre los treinta y dos, treinta y tres años de edad. Por supuesto, esto altera por completo la vida de esa familia. Todo se daña, incluyendo la relación entre ellos. Este era un hombre que tenía mucha admiración por el cuerpo de su mujer y la deseaba mucho. Pero a medida que esta mujer no solo se iba deformando, sino también debilitando y sufriendo grandes dolores, también la vida íntima entre ellos se alteró. Y entonces este hombre no estaba dispuesto a esa clase de vida y buscó y buscó la manera de separarse y dejarla a ella enferma allá. Yo me voy. Ella está enferma y yo me voy. Esa es la característica de un amor pequeño.
El amor pequeño huye. El amor pequeño es cobarde, pero el amor grande permanece. El amor grande vence y el amor grande es el amor de Cristo en la cruz. Por eso nosotros en la Semana Santa, celebramos el amor grande. Vemos a Cristo padecer, lo vemos padecer de una manera horrorosa. Pero ese padecimiento no es la meta última de nuestros ojos, sino que más allá de ese padecimiento, lo que vemos es el amor. Un amor que, como dice la misma Escritura, llegó hasta el extremo. Amor hasta el extremo. Algo parecido, proporcionalmente lo que tenemos en la fiesta de hoy. Nosotros miramos en esta memoria litúrgica la Virgen Santísima y vemos el dolor que padeció y la manera como padeció, la manera como se asoció a su Hijo en la cruz. Y nos damos cuenta que hay mucho que admirar en el amor que ella tiene. Ese es el primer punto de reflexión en esta ocasión. Estamos celebrando el amor. Estamos celebrando un amor que se sobrepone a todo dolor y celebramos ese amor y esa victoria la celebramos en el cuerpo, en el corazón de María Santísima.
Segundo punto. Démonos cuenta que el texto, que fue leído muy breve, dice Junto a la cruz estaba su madre. Había otras personas, algunas de las cuales son nombradas en el texto que oímos. Pero quiero destacar la presencia de María ¿Por qué? Nosotros decimos en el Credo que Cristo, por nosotros y por nuestra salvación, bajó del cielo. Se encarnó de María la Virgen, padeció por nosotros y por nuestra salvación. De modo tal que si Cristo está presente en nuestra tierra, y si Cristo padece en la cruz la razón de su presencia y la razón de su padecimiento es solamente una, nuestra salvación, concretamente la victoria del pecado. Como dice el mismo Cristo en el Capítulo Doce de San Juan. Dice ahora va a ser echado fuera el príncipe de este mundo. Podemos decir que la cruz es la gran absolución, y podemos decir que la cruz es el gran exorcismo.
Con esta claridad les invito hermanos a que contemplemos a Cristo mientras va camino del Calvario o en el momento mismo de la cruz. Todo lo que ve Cristo, todo lo que ve en sus ojos, tiene que ver con el sufrimiento que Él está padeciendo. Se puede decir que Cristo, mientras va camino del Calvario, puede ver en cada uno de esos rostros una causa de su propio dolor, dolor aceptado por amor. Es evidente que cada uno de nosotros con nuestros pecados es en cierto sentido, una causa concomitante de la presencia de Cristo y del dolor de Cristo. O sea que Cristo, camino de la cruz, en cada persona que ve, en cada cara que ve, ve una razón de su propio dolor y ve una razón de su propio combate. No la mira con amargura, pero indudablemente reconoce ahí una causa de su dolor. Causa de su dolor es el pecado del mundo y causa de su dolor son por supuesto sus verdugos. O sea que todo lo que Cristo ve con sus ojos camino del Calvario y todo lo que Cristo ve levantado en la cruz, todo, absolutamente todo es causa de su dolor. Causa de su dolor son sus verdugos. Causa de su dolor son los pecados del mundo. O sea que lo que ven los ojos de Cristo son verdugos y redimidos. Verdugos y redimidos por todas partes. Verdugos a los que Él ama, tratando de ganar para el Padre, redimidos a los que Él ama y quiere rescatar con el precio de su sangre. Eso es todo lo que Cristo ve, verdugos y redimidos, verdugos y salvados por el pecado. En ese sentido, cada uno de ellos es una causa de su dolor.
O sea que todo lo que ve Cristo desde la cruz es un océano. Un océano inmenso del dolor humano, un océano inmenso de la causa de su propio dolor. Pero hay una isla en ese océano. Hay una persona que no es causa de su dolor. Hay una persona que es alivio de su dolor. Hay una persona que es soporte de su dolor. Una poesía muy bonita, un himno para esta fiesta de Nuestra Señora de los Dolores. Llama a la Virgen Santísima, Sudario de los Dolores de Cristo. Sudario es el nombre que tiene una pieza de tela que sirve para aliviar el sudor y metafóricamente el dolor, la angustia, el padecer de alguien. En medio de ese océano de dolores y en medio de ese océano donde todo es causa de su propio dolor, hay una sola persona, una sola, que es realmente alivio para el alma de Cristo. Una sola persona que es como la expresión del consuelo de Papá Dios en ese momento. Una sola persona donde los ojos de Cristo pueden reposar y pueden encontrar algo de paz entre tanta tormenta y tanto tormento. Y esos ojos en los que pueden reposar los ojos de Cristo son los ojos de María. Y ese corazón que es el único islote de paz en un océano de dolores, es el Corazón de María. Y ese abrazo, el único abrazo que no se puede dar, pero que está ofrecido en la mirada de la Santa Señora, solo está en ella.
Es tan hermoso y es tan conmovedor pensar esto que estamos diciendo que solo ella es alivio, solo ella es descanso para Cristo. Esto es parte de un misterio muy grande que la teología ha llamado Corredención. Porque María está asociada, completamente asociada a Cristo. María está participando del dolor de Cristo. María está del lado de Cristo, y Cristo la siente a ella, particularmente a ella, de su lado, completamente de su lado. Eso no se puede decir de ninguna otra persona. Ninguno de los que estaba ahí alrededor podía cumplir esa misma función. Por eso hay algo absolutamente único en María al pie de la cruz, y es absolutamente único. Es lo que se describe con la palabra corredentora. La manera poética de recordarlo es la que ya te dije en el océano de Dolores. Solo María fue una isla. Una isla de consuelo, una isla de reposo. Una pequeña isla de paz en medio de tantísima tortura, tantísimo dolor.
Y pasamos así a la tercera y última parte de esta reflexión. Jesucristo solo tenía ese islote de paz. Jesucristo tenía solo ese pedacito, ese pedacito en todo el universo, solo ese pedacito. El corazón de María era descanso para Él. Pero hasta dónde llega el amor de Jesús. Hasta de ese pedacito se desprende y lo entrega. Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre. Ahí es donde uno se queda espantado, asombrado, sin palabras. Cuando uno acaba de ver que la única paz de Cristo en la cruz es el corazón de María, y uno ve a Cristo entregar esa única paz al discípulo amado. Uno dice entonces, cuánto nos ama Jesús. Es un regalo demasiado precioso. Y yo les invito, hermanos queridos, yo les invito a que hoy recibamos, con máxima humildad y con máximo agradecimiento, recibamos el regalo que nos da Jesús. Recibamos hoy a María así.
Mira lo que dice el Evangelio. El discípulo la recibió como suya. Me encanta esta traducción. Otras traducciones dicen: La recibió en su casa. No, señor, no dice el texto griego, no dice en su casa. El texto griego dice Eis ta idia. Qué significa en lo que es propio suyo, en sus cosas o como dice esta hermosa traducción, la recibió como suya. Así, hay que recibir hoy a María, porque en el momento del más espantoso dolor, mi Señor Jesucristo tuvo todavía amor suficiente para desprenderse hasta de eso con tal de regalarlo todo por nuestra salvación. O sea que hoy es un día para admirar el amor de ella, de la Virgen. Pero es un día para saber que por encima de toda admiración está el amor del Hijo de Dios que llegó hasta ese extremo. O sea que este es un día para admirar el amor. Y este es un día para sentirnos amados y ahí cerramos. Sentirnos amados, amados por Jesús, de una manera incomprensible, infinita. Y amados por María, de una manera pura, dulce, perfumada, certera, indudable, permanente. Damos gracias a Jesús. Damos gracias a María y con gran humildad y lo mejor, pureza de nuestro corazón, seguimos la Celebración de los Divinos Misterios.

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