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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Hay un bien que puede nacer del sufrimiento. Y hay también muchos que sufren, pero su dolor sólo será iluminado por aquellos, como María, que han bebido del misterio de la Cruz de Jesús.
Homilía nsdo006a, predicada en 20110915, con 10 min. y 50 seg. 
Transcripción:
Hermanos. La memoria litúrgica de la Virgen María, en el misterio de su dolor, nos invita a hacer dos o tres meditaciones, la primera de ellas sobre el bien que pueda traer el sufrimiento. Es una paradoja. Es una pregunta extraña ¿si puede salir algo bueno de lo malo? Es evidente que el sufrir en sí mismo no es un bien. Pero también es evidente que del sufrimiento a veces salen cosas muy buenas, como lo recuerda aquel salmo que dice: Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus justos mandamientos. Además, la experiencia cotidiana nos muestra que cuando una persona no ha tenido obstáculos en la vida, cuando todo le ha sido dado fácilmente en abundancia y según su capricho. Esa persona normalmente tiene un temperamento egoísta, una manera de ser superficial y un modo cruel y más bien despótico de tratar a los demás. La Biblia nos muestra varios ejemplos de personas que fueron echadas a perder, precisamente porque parece que les hizo falta algo de dificultad, algo de sufrimiento. En el Antiguo Testamento, tal vez el caso más elocuente sea el de Roboam, el hijo de Salomón. Este muchacho, habiendo sido criado y habiendo crecido en medio de privilegios y placeres, solo piensa en sí mismo. Es totalmente insensible a las dificultades crecientes que el pueblo tiene para pagar sus impuestos. A él lo único que le interesa es seguir el mismo tren de vida lleno de lujos y comodidades. Su inconsciencia, sin embargo, trae una consecuencia espantosa. El pueblo de Dios se divide y ya sabemos que fue en el reinado de este mimado de la vida, de este Roboam, cuando se dividieron el Reino del Sur, y el Reino del Norte. El reino del norte llamado Israel y el reino del Sur llamado Judá. Si lo miramos bien, incluso el Génesis parece advertirnos del peligro que se esconde cuando todo es sencillamente placentero y delicioso, porque delicioso y placentero era el paraíso y sin embargo, traía en su seno ese peligro escondido, esa serpiente que finalmente logró una victoria, no una victoria perfecta, pero sí una victoria muy grande sobre la raza humana, ahí en un lugar de comodidad, en un lugar sin sufrimiento. Y esto nos lleva a interpretar aquel ángel que Dios puso para impedir el retorno al Paraíso. Mirar a ese ángel no como un acto de la rabia de Dios, no como un desquite o venganza de Dios para impedir que el hombre disfrute del paraíso. Ese ángel con la espada de fuego, ese ángel que no deja volver al Paraíso. Es un ángel que está advirtiendo a todos, y no solamente a Adán y Eva, que el camino de la salvación no puede ser el paraíso, porque ahí, en medio de la comodidad, se echan a perder las mejores fuerzas y los mejores ideales del ser humano. Entendiendo por estos ejemplos que la falta de sufrimiento puede echar a perder a una persona, pues eso nos hace suponer que una cierta dosis de esfuerzo, de obstáculo, de contradicción, de tentación, es necesaria para el ser humano. Es ahí, en el campo de batalla. Es ahí, en medio de la dificultad, cuando surgen los sentimientos más vigorosos, los más nobles, las mejores estrategias. Pensemos en los grandes hombres según la mentalidad del mundo, y veremos que si ellos fueron grandes fue porque vencieron grandes obstáculos. Un hombre como Julio César, por decir algo, no podría ser el que fue si no hubiera vencido tantas veces, con tanta inteligencia, con tanta destreza. A los galos y a tantos otros enemigos, precisamente porque las dificultades eran grandes, pudo manifestarse e incluso pudo crecer lo que tenía dentro este gran general. Eso mismo podemos decir, y con más razón cuando pensamos en los mártires de nuestra Iglesia o en todos aquellos que se han entregado con una generosidad sin límites, llevando muchas veces las fuerzas humanas hasta el extremo. Cuando pensamos en las penitencias y oraciones continuas de Domingo o en los desvelos de Tomás de Aquino, cuando miramos con cuánto vigor, con cuánta valentía Jacinto de Polonia o Francisco Coll vencen las dificultades que les rodearon. Descubrimos que si hay algo bueno en ese sufrimiento y que no solamente sirve para revelar la bondad que ya tiene un corazón, sino incluso para hacerla crecer. Convencida de estos bienes del sufrimiento, dice Santa Teresa de Jesús que en esos dolores o en esos sufrimientos hay realmente una bendición. Su hermano de comunidad, San Juan de la Cruz, es famoso por los elogios que hace y por el amor desbordado que tiene hacia el misterio del dolor, hacia el misterio de la cruz. Quizás muchos de nosotros estamos muy crudos, estamos muy inmaduros y quizás todavía seguimos suspirando por paraísos. Quizás estamos muy distantes de la madurez espiritual de un Juan de la Cruz que escogió ese nombre no porque sonara bonito, sino porque se había enamorado apasionadamente del misterio de comunión con Cristo, que sucede cuando las cosas parecen salir mal. En nuestra propia orden dominicana, tenemos a nuestra querida Catalina de Siena que cuando todo le salía bien, se quejaba ante Dios y le decía ¿Qué es lo que pasa? ¿Qué es lo que estoy haciendo mal para que todo me salga bien? Se ve que era una persona tan convencida de los bienes que trae el misterio de la cruz, que ya se sentía incómoda en que todo saliera demasiado bien. ¿Qué podemos pedir nosotros con respecto a este misterio? Que Dios nos eduque, que nos dé su Espíritu. Definitivamente, lo que muchas veces abunda en nosotros de espíritu comodón y mundano tiene que ver con esa falta de espíritu, con esa falta de abnegación, con esa falta de penitencia. Y yo creo que nosotros en este caso me refiero a los religiosos, nosotros deberíamos entender esto mucho más, porque finalmente nuestros votos son una participación amorosa del misterio de la cruz. Pretender vivir los votos sin ninguna renuncia, sin ninguna abnegación, sin nunca decirse: No, es ridículo, es imposible. La verdadera vivencia de los votos será siempre una lucha. Pero si esa lucha está iluminada por la cruz del Señor, realmente adquiere una nobleza, una belleza que nos invita a seguir en el combate, aunque muchas veces hayamos sido derrotados. En esta fiesta en que tanto podemos aprender del sufrimiento, también tenemos que pedir al Señor un corazón realmente compasivo. Cuando vemos a María en ese trance tan espantoso, en ese dolor inexpresable junto a la cruz, nuestra mente tiene que abrazar con afectó también a tantos hombres y mujeres, pero especialmente digo yo, mujeres que tienen que pasar por muchísimas humillaciones, por terribles tormentos. Tantas que hoy, hoy por la noche, una vez más se dormirán con los ojos llorosos porque sus hijos secuestrados aún no aparecen. Tantas mujeres que se sienten violentadas en sus derechos porque sus cuerpos han sido prostituidos. Tantas mujeres que hoy por la noche, una vez más, experimentarán la llaga en su conciencia de un aborto cometido hace muchos años, seguramente por la sugerencia cómoda de algún irresponsable que así quiso quitarse un problema, dejando para siempre herida la conciencia, el alma de una mujer. Así que este día de Nuestra Señora de los Dolores tiene que ser también un día para asomarnos a ese misterio de dolor, para asomarnos a todas aquellas a las vidas de todas aquellas que de algún modo participan del Misterio de la Virgen Santísima. Aunque ellas mismas no lo puedan saber, y aunque quizás no tengan la luz para reconocer el sentido de su dolor. Pidamos al Señor por los hombres y mujeres de nuestro tiempo que sufren de manera más terrible, las mamás que ven morir de hambre a sus hijos en Somalia, las que tienen sus hijos desaparecidos o secuestrados, las que tienen sus hijos enfermos y los ven crucificados en esta misma ciudad. Hay mujeres que sin duda alguna en clínicas y hospitales ven a sus pequeñitos morirse por un sida, por un cáncer y están como la dolorosa, sufriendo ese misterio que esas personas puedan recibir un poco del consuelo que solo sabrá darles el Corazón Inmaculado de María y que nosotros, por nuestra parte, aprendamos algo de esta escuela de sufrimiento unido a Cristo y sepamos también predicarlo y compartirlo con nuestros hermanos.

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