|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La lógica de la escasez es que "si yo doy pierdo". Con Cristo ese pensamiento mezquino logra superarse.
Homilía nde3024a, predicada en 20260107, con 17 min. y 50 seg. 
Transcripción:
Hermanos queridos, como comentábamos hace poco, hay una lógica en las lecturas de esta semana que, podemos decir que es una semana de epifanía. En la primera lectura continuamos escuchando textos de la primera carta de San Juan, porque esa primera carta de San Juan es como una meditación bíblica muy profunda sobre el misterio de la Encarnación. Mientras tanto, los Evangelios nos van presentando distintas escenas que proclaman la divinidad de Jesucristo, por ejemplo, hoy nos encontramos con Cristo que camina sobre las aguas. En la Biblia, las aguas representan aquello que es caótico y que nadie puede dominar, es decir, nadie sino solo Dios.
Así, por ejemplo, en el libro de Job encontramos que, como una prueba de quién es Dios, es Dios mismo el que le dice a este hombre, a Job, le dice: ¿Quién le ha puesto un límite a las aguas? Y también las aguas aparecen bajo el señorío exclusivo de Dios, en el libro del Génesis, en la creación. Porque el Espíritu de Dios se cierne sobre las aguas, porque las aguas son manera de castigo y manera de crear un universo nuevo en el episodio del diluvio. También las aguas son la prueba definitiva de que solo Dios es Dios, cuando los israelitas están en el desierto. Y así podríamos citar otros textos.
De manera que el caminar de Jesús sobre las aguas es una proclamación de la realidad divina de nuestro Señor. O como decimos en el Credo, que Él verdaderamente es Dios de Dios y es luz de luz. Por eso tenemos ese pasaje del Evangelio. Y si ustedes tienen la oportunidad de asistir a la Santa Misa durante esta semana, ustedes verán que cada texto del Evangelio es como una fotografía, como una escena que nos ayuda a asomarnos al misterio bellísimo de la divinidad de nuestro Señor Jesucristo.
Digamos algo sobre la primera lectura de hoy. Esa primera lectura, como ya dije, está tomada de la primera carta de Juan, en este caso del capítulo cuarto. Hay dos ideas importantísimas en ese pasaje, son los versículos del 11 al 18. El primer punto importante es la relación que hay entre el amor a Dios y el amor al prójimo. El segundo punto importante, lo podemos llamar, el criterio de discernimiento sobre el amor, que traducido en una pregunta significa ¿cómo sabemos que un amor es amor de verdad? Entonces, hablemos de la relación entre el amor a Dios y el amor al prójimo.
Observemos que no es una relación tan sencilla. No es tan fácil, porque cuando uno descubre a Dios espontáneamente siente ese amor hacia Él, porque es grande, porque es santo, es poderoso y, sobre todo, porque es bueno y es generoso. Amar a Dios en ese sentido no es tan difícil. En cambio, amar al prójimo no es difícil si la persona a la que vamos a amar nos cae bien, no es difícil amar a los amigos, no es difícil amar a las personas que nos gustan por su modo de ser o por su belleza o por lo que sea. No es difícil amar a los que son de nuestra propia sangre, salvo que haya dificultades en las familias.
Pero en cambio, sí es difícil amar a personas que son totalmente desconocidas y todavía es más difícil amar a aquellas personas que, lejos de inspirarnos dulzura o ternura, lo que nos inspiran es desconfianza o nos traen a la mente recuerdos desagradables. ¿Cómo se puede amar a esas personas? Esa es la pregunta que nos responde la primera lectura de hoy. Primero, plantea las cosas en términos como de un deber. Esta traducción dice: «Si Dios nos ha amado tanto, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros». Ahí aparece como un deber, algo así como si nos dijeran: Has recibido mucho, mucho eso que has recibido, pues también lo tienes que dar a otros. Así como tú quieres recibir, así es bueno que tú des. Esa es como una primera aproximación.
Pero luego el texto nos ayuda a profundizar un poco más, porque nos muestra que el amor de Dios es en primer lugar abundante, abundantísimo. En segundo lugar, es transformador. Y, en tercer lugar, es activo. Amor abundantísimo, transformador y activo. Y estas tres características del amor de Dios son las que nos capacitan, es más, nos empujan a amar al prójimo, veamos cómo sucede. Primero está el hecho de que el amor de Dios es abundantísimo. Y esto es importante porque la mayor parte de nosotros hemos vivido quizás una gran parte de nuestra existencia bajo la lógica de la escasez. La lógica de la escasez es que, si yo doy, pierdo. Y por eso somos mezquinos, por eso damos poquito y por eso amamos poquito, porque sentimos que cuando damos perdemos.
Pero ¿cuándo tiene uno esa lógica de la escasez? Uno tiene esa lógica, precisamente porque el depósito de amor es muy pequeñito. Por hacer una comparación muy infantil, imagínate una persona que está en una crisis económica y le queda poquito dinero y llega un amigo de él que está también en necesidad y le dice: ¿me pudieras prestar algo? Estoy pasándola muy mal. Pero el que tiene poquito lo piensa mucho y finalmente cuando suelta algo es mínimo. Así somos nosotros con el amor, porque nuestra experiencia de amor es muy escasa, porque recibimos muy poco y entonces, estamos bajo la lógica de la escasez.
Esa lógica de la escasez la rompe Dios cuando nos ama de manera sobreabundante, de manera abundantísima. Por ejemplo, yo recuerdo a una santa doctora de la Iglesia, Catalina de Siena, que le decía con una gran exclamación le decía a Cristo, como ebria de amor, le decía: Tú me haces enloquecer. La persona que se siente sobreabundantemente amada, rompe esa lógica de la escasez y entonces ya no tiene ese impulso de mezquindad y de guardar lo poquito, lo poquito, porque ahora tiene muchísimo, muchísimo. Eso es lo que hace Dios con nosotros y nosotros hemos sido amados de manera sobreabundante, especialmente en Cristo y, sobre todo, en la Pasión de Cristo.
Ese amor no solo es abundante, sino que es transformante, quiere decir que es un amor que nos cambia interiormente. Esto ya estaba anunciado en el Antiguo Testamento, un amor que llega hasta lo más profundo de nosotros, hasta hacer de nosotros criaturas nuevas. Creo que uno de los pasajes donde más se nota esa capacidad transformante del amor divino está en el capítulo número 19 de San Lucas, donde se cuenta la historia de un hombre que era auténtico adorador del dinero, él se llamaba Zaqueo, era jefe de recaudadores de impuestos, había amasado una fortuna explotando a su prójimo, exprimiendo hasta el límite, especialmente a los más pobres. Su corazón era seco y duro, su mirada implacable y su codicia imposible de saciar.
Pero cuando Cristo, con su amor sobreabundante, llega a la casa de Zaqueo, no es solamente que Zaqueo se siente amado, sino que se siente transformado. Zaqueo exclama: Voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres. Es otro Zaqueo, se ha convertido en otra persona. Voy a dar la mitad de lo mío a los pobres. Si defraudé a alguien, y por supuesto que había defraudado a mucha gente y había estafado a mucha gente y se había aprovechado de mucha gente. Mira lo que dice: Si defraudé a alguien, voy a darle cuatro veces. Este es un saqueo que ya piensa de un modo distinto, ha sido transformado por el amor. También nosotros, si recibimos ese amor, seremos transformados.
Es impresionante, por ejemplo, el testimonio de un hombre como Esteban, el primer mártir, ese que celebrábamos el 26 de diciembre. San Esteban, protomártir, tenía tantísimo amor y había sido transformado de tal manera que ya él pensaba y amaba como Jesús. Esto es tan cierto que cuando lo estaban apedreando lo estaban matando a piedra, la oración de él no era reclamando venganza ni simplemente quejándose de su suerte. La oración de Esteban era: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. ¿Cómo puede una persona hacer esa oración precisamente por los que lo están matando con toda crueldad en ese mismo instante?
Es que el corazón de Esteban había sido transformado. Podemos decir que ya no era Esteban, era Cristo. Ya no era el corazón de Esteban, era el corazón de Cristo amando en Esteban. El amor de Dios nos transforma y ese amor permanece activo en nosotros. ¿Qué queremos decir con esto? Que el Espíritu Santo no se queda quieto. El Espíritu Santo no es como un diamante que con ser bello está muerto. Y ¿qué hacemos con los diamantes o con otras joyas? Los metemos en cajas fuertes y utilizamos toda clase de cerrojos y seguridades. El amor de Dios no es así, el amor de Dios es como un torrente, un torrente que quiere salirse de ti para llegar a otros.
Y ¿cuál es el motivo de esa efusión de amor? ¿Cuál es el motivo? El motivo es que mi prójimo también es imagen de Dios. Entonces, más allá de si me cae bien, me cae mal, me ha hecho algo, me hirió, me lastimó, más allá de todo eso, yo lo que veo en mi prójimo es una historia de Dios. Dios está escribiendo algo en esa persona, porque cada uno de nosotros, hermanos, cada uno es una historia que Dios está escribiendo. Pero no lo sabemos o no nos damos cuenta y por eso, cada uno de nosotros a veces vive metido, como decimos popularmente, en su propio cuento. Pero cuando llega el amor de Dios que tanto nos ilumina, empezamos a mirar a las otras personas y las miramos como historias inconclusas, incompletas, muchas veces historias heridas, historias lastimadas.
Eso fue lo que le pasó a Cristo cuando lo estaban crucificando, dijo Cristo: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». Esa manera de hablar de Cristo muestra que Él veía en sus propios verdugos, Él veía una historia malograda, dañada. Haz de cuenta, qué sentirías tú si ves, por ejemplo, que en tu jardín está naciendo una rosa muy, pero muy bonita. Pero, de repente, llega una plaga y esa rosa que apenas empezaba a abrirse, empieza a llenarse, qué sé yo, por decir algo de gusanos. Y tú sientes pesar porque se va a perder esa belleza, porque ese aroma se va a arruinar. Eso es lo que siente el cristiano que está lleno de Dios.
Mira, incluso a la persona que le ha hecho daño, mira incluso al enemigo y lo ve como una rosa malograda, como una rosa a la que le cayó una plaga. Y su única preocupación es cómo pudiera yo quitar esos gusanos que son los pecados. No se queda simplemente pensando qué fea que está esa vida, qué fea que está esa cara, qué feo que está ese corazón, qué feo lo que me hizo esa persona. Todo eso pierde toda la importancia, porque el amor de Dios, el amor de Dios, es lo que ahora importa. La historia que Dios está construyendo es lo único que importa y de esa manera el amor de Dios nos lleva al amor al prójimo.
Hermanos, Dios ha de permitir, si es su voluntad, que en otra ocasión comentemos sobre el otro punto que sale también de esta lectura, sobre el criterio del verdadero amor. Pero esencialmente ese criterio es: si tú dices que amas, vive como vivió Jesús, obra como obró Jesús, piensa como pensó Jesús. No te quedes solo diciendo: Yo soy un buen católico, yo tengo mucho amor, yo soy un buen amigo de Dios. Que se te note y que se te note en que tú amas como Jesús y que tú vives como Jesús.
Sigamos, hermanos queridos, nuestra celebración eucarística con la convicción profunda de que Dios es capaz de transformarnos. Y si acaso sentimos, que es posible que algunos sintamos, que nuestros corazones son duros, recordemos la promesa que Dios hizo a través del profeta Ezequiel. Dios dijo a través de Ezequiel: «Les voy a arrancar ese corazón de piedra y les voy a dar un corazón de carne». Quizás muchos de nosotros necesitamos esa operación quirúrgica, necesitamos ser así, transformados, para empezar a conocer en su dimensión el amor que Dios nos ha tenido y para poder amar como Él nos ha amado. Así sea.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|