Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Hay dos formas de temor: uno que es mundano, que solo teme al castigo; y el otro, el santo temor de Dios, que nace del amor y la gratitud y ordena la vida y las acciones para agradar a Dios y no ofenderlo.

Homilía nde3023a, predicada en 20260107, con 6 min. y 14 seg.

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Transcripción:

Con la ayuda del Señor, hoy queremos esclarecer un pequeño misterio que rodea la palabra temor. Esto tiene que ver con la primera lectura de la misa de hoy, porque esa primera lectura dice que: «El amor echa fuera el temor». Y ¿dónde está la pregunta? Pues, la pregunta está en que uno de los 7 dones del Espíritu Santo es el don del temor de Dios. O sea que el Espíritu Santo infunde en nosotros ese don, que es el don de temor.

Pero resulta que la primera carta de Juan en el pasaje que escuchamos hoy, que es del capítulo cuarto, dice que: «El amor echa fuera el temor». Para complicar un poco más las cosas, recordemos que, precisamente, el Espíritu Santo es llamado Espíritu de amor. O sea que en la doctrina usual de los dones del Espíritu Santo estamos diciendo que el amor en persona, el amor de Dios en persona, que es el Espíritu Santo, nos concede el temor de Dios. Pero ahora este texto de la Escritura dice que el amor echa fuera el temor, ahí es donde está la pregunta. Pero si logramos entenderlo, que lo vamos a entender con la ayuda de Dios, estoy seguro que esto nos va a servir mucho.

A ver, es que hay distintas clases de temor. Hay un temor que es el que presiente el castigo y hay un temor que es de aquel que no quiere ofender. Son dos tipos de temor que casi se parecen solamente en la palabra. Y con esta explicación yo creo que puede mejorar mucho nuestra vida cristiana. Repito, hay un temor que simplemente mira al tema del castigo, es decir, me van a regañar, me van a castigar y por eso entonces, tengo que portarme bien o tengo que hacer las cosas a escondidas. Porque, no nos digamos mentiras, hay muchas personas que terminan haciendo las cosas, pero haciéndolas a escondidas. Y ese es, precisamente, el problema que tiene ese temor.

El temor que mira al juicio, como dice la primera lectura de hoy, el temor que mira al castigo, al final termina convirtiéndonos, termina volviéndonos gente hipócrita, porque el que está mirando al castigo, en realidad, sigue deseando en su corazón hacer las cosas mal, hacer las cosas torcidas, se abstiene por el castigo. Pero si logro hacer las cosas a escondidas, entonces seguiré haciendo lo que a mí me gusta y no me van a castigar. Entonces, el temor que vamos a llamar aquí el temor mundano o el temor carnal, es lo mismo, es el temor que mira solamente al castigo y es el que nos vuelve finalmente falsos, nos vuelve hipócritas, nos vuelve tramposos, traidores.

Cuando llega, por supuesto, el amor de Dios que trae orden a nuestra vida, entonces, nuestros apetitos, nuestros deseos cambian. Y cuando cambian nuestros deseos, entonces ya no tenemos necesidad de estarnos escondiendo, ya no tenemos necesidad de ponernos una careta para parecer buenos, porque resulta que ahora, ya no es que tratamos de parecer buenos, sino que, en realidad, Dios nos ha hecho buenos. Ya no tienes que parecer que eres honrado, sino que ya lo eres. Ya no tienes que parecer que eres inocente o puro, sino que ya lo eres, ya lo eres. Y ese ser, ese ser, es el que hace que ya no tengas que aparentar y, por consiguiente, ya no tienes temor del castigo. O como dice la primera lectura de hoy, ya no tienes temor del juicio, ese que es el temor mundano, ese que es el temor carnal, ese es el que tiene que desaparecer.

Pero, hay otro temor que es el que se menciona cuando se habla de los dones del Espíritu Santo y que en su forma más alta, en su forma más bella, porque es un don que también va creciendo dentro de nosotros, en su forma más bella el don del temor de Dios finalmente significa el temor de ofender a Dios. Es decir, es el deseo sincero de vivir según Dios, de estar en amistad con Él, porque es que lo amo, porque es que ha hecho tanto por mí. No es porque me vaya a castigar o no, desde luego que Dios siempre será justo, pero ese no es el tema ahí. Mi problema o mi tema no es que Dios me va o no me va a castigar, ese no es mi tema.

Mi tema es que él es bueno conmigo, que Dios ha sido tan generoso conmigo que Dios me ama tanto y a ese Dios que me ama tanto, yo no lo quiero ofender. Entonces, ahí es donde entra el don del temor de Dios, que es como una perfección del amor, ahí tenemos la explicación. En resumen, hay dos formas de temor. Hay un temor que es mundano y carnal, que mira simplemente al castigo. Y ese temor, pues, se acaba cuando ya tu vida está ordenada y ya no tienes que aparentarle nada a nadie. Y hay otro temor que es el santo temor de Dios y ese santo temor de Dios es el que hace que tu ordenes tu vida y tus acciones en aquello que es más grato a Dios, porque no quieres ofenderlo, porque lo amas mucho, porque estás tan agradecido con el Señor.

Pues, permita Dios que este tiempo litúrgico de Navidad en el que nos encontramos y que pronto llegará a su final, pues permita Dios que este tiempo nos haga crecer en el temor auténtico, en el temor verdadero, y nos aparte, nos aleje de ese temor hipócrita, ese temor mundano que en el fondo es tan egoísta y que nos predispone a ser falsos. Que sea este el tiempo para que la pureza de la luz de Dios, la pureza de la verdad de Dios, haga toda su obra en nosotros. Amén.

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