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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El amor verdadero debe tener rostro de cruz, debe estar ungido por el Espíritu Santo, trae una paz profunda porque no tiene que derribar la conciencia, enceguecer la razón y no se esconde del juicio de Dios y está sellado por la gratuidad del Espíritu y del sacrificio de Cristo.
Homilía nde3021a, predicada en 20220105, con 5 min. y 30 seg. 
Transcripción:
Este es el tiempo litúrgico de Navidad y nosotros seguimos hablando del amor. Al fin y al cabo, la presencia de Dios en nuestra tierra, especialmente en la amable ternura de ese niño, de ese niño Dios, qué es sino una especie de beso, de ternura de Dios para nuestra humanidad agobiada y doliente. Seguimos hablando del amor y seguimos apoyándonos en la primera carta de San Juan que nos acompaña estos días. Todos estos textos están tomados de la primera carta de Juan.
Hoy, por ejemplo, vamos a hablar de las señales del amor. El amor es una palabra que esta primera carta de Juan toma muy, pero muy seriamente. Hoy hay una gran superficialidad en el lenguaje del amor, una gran superficialidad. Yo personalmente creo que es muy hermoso poder decirle a aquella persona que es tan importante para ti, de tu familia o de tu comunidad, alguien que es muy importante para ti, poder decirle, te amo. Es algo muy importante, pero por favor no lo digas de cualquier manera, ni a cualquier persona, ni en cualquier momento, ni por cualquier motivo. Son palabras que debemos administrarlas con prudencia, con sabiduría, con respeto y, sobre todo, con verdad, con verdad.
Bueno, por eso necesitamos las señales del amor y el texto de la primera carta de Juan el día de hoy nos da cuatro señales. Primera, nosotros, que hemos sido amados por Dios, reconocemos a Cristo como Salvador. Eso quiere decir que en el diccionario de nuestra alma, la palabra amor nos remite inmediatamente a la salvación de Cristo, al sacrificio de Cristo, a la manera de ser de Cristo, al amor de Cristo, eso es lo primero, eso es lo primero. Perdónenme que repita tanto, pero amar no es cualquier cosa. En el diccionario de tu alma, amor tiene que tener perfil de cruz, rostro de cruz, cruz de Cristo.
Segundo, dice la carta: «Nos ha dado de su Espíritu». Es decir, la gracia, la presencia, la fuerza, la unción del Espíritu. Nosotros, mira, nosotros no amamos solo con nuestras fuerzas, cuando tú le digas a una persona: Te amo, lo hermoso es que esa persona pueda percibir que no es solamente tu corazón, o tu deseo, o tu gusto, sino que es también Dios amando a esa persona a través de ti. Ese es el verdadero: Te amo. Y ¿quién puede hacer esa maravilla? El Espíritu Santo de Dios.
Bueno, en tercer lugar, hay una paz profunda. Mientras que el amor según el mundo, es una pasión, un volcán, una erupción que descontrola, que hace estallar los moldes de la moral. El amor cristiano tiene un sello de serenidad, porque no tiene que derribar a la conciencia, porque no tiene que enceguecer a la razón. Hay una paz profunda, dice: Tenemos paz frente al juicio de Dios. Si el amor tuyo lo tienes que esconder de la mirada de Dios, como Adán y Eva escondiéndose en los árboles del jardín, eso no lo llames amor. Llámalo otra cosa, llámalo deseo. Di, te deseo. Bueno, dilo, dilo, sé sincero. Pero amor, ay, amor es otra cosa, amor es una palabra demasiado preciosa.
Y, por último, dice: «Aquí nos amamos unos a otros». Y lo más hermoso de esa expresión es que el amor cristiano no depende simplemente de quien me cae bien, quien me ha hecho bien, quien me mira bien, quien me conviene. No, el amor, el amor es otra cosa. El amor está sellado por la gratuidad del Espíritu, por la gratuidad del sacrificio de Cristo, como ya se dijo. Señales del amor, señales que no debemos dejar perder. Utilízalas como diagnóstico, lo que no pase por ahí, lo que no sirva, eso no es amor, no te dejes engañar. Dios te bendiga y seguimos en Navidad. Así que Feliz Navidad todavía.

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