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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Leemos la Primera Carta de San Juan en el tiempo de Navidad para recordar que nuestra fe no termina en las ideas sino que se dirige a la persona misma de Cristo.

Homilía nde3020a, predicada en 20210106, con 8 min. y 19 seg.

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Transcripción:

Es provechoso, a veces, mis hermanos, preguntarse por qué leemos lo que leemos en cada tiempo del año. Nos hemos dado cuenta que en la primera lectura de la Misa, durante estos días, nos ha venido acompañando la primera carta de San Juan. Es un poco más difícil saber por qué aparecen estos textos del Evangelio, ayer teníamos la multiplicación de los panes y hoy el encuentro de Cristo con sus discípulos que va hacia ellos caminando sobre el lago. Mirando un poco el contexto, nos damos cuenta de qué se trata.

Después de la fiesta de la solemnidad de la Epifanía del Señor, los Evangelios se refieren a escenas, momentos en que los apóstoles descubrieron: Hay algo grande, hay alguien grande que está entre nosotros. Dicho de otra manera, estos pasajes del Evangelio son otras epifanías. De modo que tuvimos el domingo pasado la Epifanía y cada uno de estos pasajes es como un eco de esa epifanía, es decir, un momento en que los apóstoles descubrieron, en la humilde humanidad de Jesucristo, la grandeza de un Dios que se está revelando.

Hoy, por ejemplo, el texto del Evangelio termina diciendo: «En el colmo del estupor estaban. No habían comprendido lo de los panes». Ese estupor, esa especie de admiración llevada al último grado, muestra que estaban frente a una manifestación única de Dios en la carne de nuestro Señor Jesucristo, estaban ante una epifanía. No se nos olvide que para los hebreos el agua solamente podía ser dominada por Dios. Así nos dice el libro del Génesis, que solo Dios fue el que separó las aguas superiores y las aguas inferiores, y luego en las aguas inferiores separó lo que Dios llamó tierra firme, es Dios el que tiene poder sobre las aguas.

En el libro de Job también se habla de cómo Dios argumenta a Job y le dice, argumenta con Job y le dice: ¿Quién le puso un límite a las aguas? Y dijo: Aquí se romperá la arrogancia de tus olas. Es una pregunta retórica que solamente tiene como respuesta, Dios. De tal manera que al presentarse Cristo caminando sobre el agua, realmente ellos están sobrepasados y están abrumados por la majestad del que está a su lado, sin que deje de ser uno como ellos, en el sentido de que también tiene carne y huesos como ellos tienen. O sea, es una epifanía.

Con respecto a la primera lectura, durante estos días hemos estado con la primera carta de Juan, porque toda esta primera carta, que vamos a tener hasta el final del tiempo litúrgico de Navidad, es una especie de meditación sobre la encarnación del Señor. Según dicen los estudiosos, los exégetas sobre la primera carta de Juan, el motivo principal por el que se escribe esta carta es porque había como una contaminación en la fe, que se iba regando por algunos sectores de aquellas comunidades cristianas, lo que hoy sería Turquía, lo que era Asia Menor en ese tiempo. Y ¿en qué consistía esta contaminación? Era básicamente ver a Jesucristo como otro maestro que tiene una enseñanza, una enseñanza, un conocimiento, eso se dice en griego gnosis.

Entonces, el gnosticismo pone la esperanza de la humanidad, pone la felicidad del ser humano básicamente en tener claves, en tener conocimiento, en tener sabiduría. Decía este gran teólogo, Von Balthasar, que la gnosis es siempre la gran tentación que está al lado del cristianismo, incluso dice que es una amenaza mucho mayor que las imperfecciones morales y mucho mayor que las sectas. La gnosis es la gran tentación del cristiano. Y ¿la gnosis por qué es peligrosa? Porque la gnosis elimina la encarnación y elimina la Pasión de Cristo. Para un gnóstico, lo que interesa no es si su maestro murió de un resfriado, murió de un accidente o murió mártir. Lo que interesa es que dejó unas palabras, dejó unas enseñanzas que son útiles y que son comparables a otras enseñanzas de otros maestros.

Entonces, la primera carta de Juan quiere mostrar que Cristo no es simplemente un maestro, por supuesto que es un maestro, lo llamamos incluso el Divino Maestro, pero no es solamente un Maestro, sino que su encarnación es presencia verdadera de Dios entre nosotros. Por eso empieza la primera carta de Juan diciendo: Lo que hemos visto, lo que hemos oído, lo que hemos tocado. Porque la Palabra se hizo visible entre nosotros. Nosotros la conocemos porque es una Palabra que se ha hecho presente en carne humana, es el libro de la Biblia que más se insiste en la Encarnación. Por eso, se lee este libro en el tiempo de Navidad, que por supuesto, celebra la presencia de Dios en nuestra carne humana.

Y por eso también, la primera carta de Juan dice que el gran criterio de discernimiento sobre quien es cristiano o quien está en contra de Cristo es, fundamentalmente, la encarnación. El que diga que Jesús es el Cristo, el que diga que Dios se ha hecho presente entre nosotros, ese es verdaderamente cristiano. Y luego, esa encarnación de alguna manera se prolonga en nosotros. Es la frase más audaz, tal vez, que tiene esa primera carta y que aparece en el texto de hoy: Dice él que así como es él, así tenemos que ser nosotros en este mundo. Es decir, que en nosotros, gracias a su amor, gracias a su gracia, diríamos nosotros, con ese término teológico tan importante, gracias a la gracia, nosotros, de alguna manera, somos presencia continuada de ese Dios encarnado.

Seguimos entonces esta celebración dando gracias a Dios por el misterio de su amor entre nosotros y pidiéndole también que abra nuestros ojos para que sepamos encontrarlo, para que tengamos también nosotros las epifanías que necesita nuestro corazón, le reconozcamos y le adoremos.

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