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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Dios quiere permanecer en nosotros y que nosotros permanezcamos en Él, cultivando una fe formada y lúcida y una vida cristiana plena y llena de fraternidad.
Homilía nde3018a, predicada en 20200108, con 5 min. y 39 seg. 
Transcripción:
El verbo permanecer, permanecer, es uno de los verbos más importantes en las enseñanzas propias del apóstol San Juan. Tanto en su Evangelio como en sus cartas, el verbo permanecer tiene una importancia capital. Permanecer, si lo piensas bien, significa que Dios no ha llegado a nosotros solo como un toque, como una especie de visita a la manera de un cometa que nos ha visitado y se va. Dios quiere permanecer en nosotros y quiere que nosotros permanezcamos en Él.
¿Qué es lo contrario de permanecer? Pues, alguien dirá: Lo contrario de permanecer es no permanecer. Qué fácil, mira, lo contrario de permanecer es quedarse en el simple entusiasmo. El simple entusiasmo es contrario a permanecer, si tú te entusiasmaste por Dios, te entusiasmaste por Cristo, porque hiciste, qué sé yo, un buen retiro espiritual. Aquí en Colombia, por ejemplo, se han vuelto muy conocidos, muy famosos, los retiros de Emaús. Entonces, hiciste tu retiro de Emaús, sientes que Dios está vivo, que verdaderamente resucitó, sientes que algo muy especial ha llegado a tu vida.
Pero ¿qué pasa si no permaneces? Si no permaneces, lo que empezó bien se frustra. Incluso hay un pasaje del Evangelio donde Cristo muestra el peligro de no permanecer, lo dice mediante la comparación de un demonio. Dice: «Cuando un demonio sale de una persona, trata de encontrar descanso y como no lo encuentra, busca a otros siete demonios peores para volver a donde estaba». Mediante esa imagen se puede entender que cuando nosotros empezamos bien, pero luego no permanecemos, incluso nuestra condición puede llegar a ser peor de lo que estábamos, por no permanecer.
Otro problema por el que uno no llega a permanecer es porque uno se desanima, se cansa, se decepciona, se desanima porque ve problemas en las comunidades, se decepciona porque ve pecado en los líderes, tal vez en nosotros, los sacerdotes, nosotros, se decepcionan, se deprime, se desilusiona y entonces abandona lo que había empezado bien. Fíjate que eso también significa no permanecer. Y ¿qué es lo que quiere el Señor? El Señor quiere que nosotros sí permanezcamos. Y hay dos claves que nos da la primera lectura de hoy de la primera carta de San Juan. La primera es el amor fraterno, el amor propio de la comunidad, ya sea en la parroquia, ya sea en el grupo de oración, ya sea en un cenáculo, ya sea en alguna comunidad laical o religiosa. En ese amor fraterno es realmente posible permanecer.
Pero luego nos dice otra cosa también. Nos dice que para permanecer es necesario confesar que Jesucristo es el Hijo de Dios. Confesar a Jesucristo como Hijo de Dios. Mira cómo no hay una oposición entre la ortopraxis y la ortodoxia. Ortopraxis es obrar correctamente amándonos unos a otros. Ortodoxia es creer lo que nos dieron los apóstoles una fe recta y correcta. Esa fe recta y correcta es la ortodoxia, es permanecer en la fe verdadera. Y la lectura de hoy nos impide oponer esas dos, yo no puedo oponer la fe firme, la doctrina clara y la evangelización robusta y la praxis santa. Yo no puedo oponerlas porque la Biblia no las opone.
Entonces, la clave ¿cuál es? La clave es cultivar ortodoxia y ortopraxis, una fe formada, lúcida y, por otra parte, una vida cristiana plena y llena de fraternidad. Esa es la manera de permanecer para que nuestro cristianismo no sea simple entusiasmo y para que ninguna decepción o cansancio nos aparte del Dios que nos ha dado vida nueva.

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