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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cuidado con usar el sacerdocio para buscar compensaciones
Homilía nde3017a, predicada en 20190109, con 15 min. y 51 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, la primera lectura nos recuerda que el amor es un camino, o mejor, que el amor va haciendo un camino en nosotros. Ese camino empieza por la experiencia de ser amado y ese camino tiene su plenitud en la confianza y comunión, en el trato con Dios, hasta el punto de extinguir cualquier género de miedo, cualquier género de temor. El amor hace un camino en nosotros. ¿En qué punto vamos de ese camino? Muchas veces nuestros comportamientos muestran que hay heridas, hay deficiencias, hay resentimientos, hay deudas con la vida que están en nosotros y que nos están marcando. Para que nuestra vida esté marcada por Dios es necesario que no esté marcada por otros condicionamientos. Permítanme, hermanos, con toda fraternidad, comentar algunos de esos condicionamientos y de qué manera nos frenan, nos separan del amor de Dios.
Algunas veces en la infancia o en la juventud hemos tenido carencias económicas serias. Una persona que ha tenido este tipo de experiencia fácilmente busca una especie de justicia, de desquite. Mi experiencia de servicio a mis hermanos sacerdotes me ha mostrado que una gran parte de nuestro comportamiento tiene que ver con algo como eso, un desquitarse con la vida. Pero ¿qué sucede? Que la persona que accede al sacerdocio con una mentalidad de desquite va a mirar en, primer lugar, por sus propias ganancias económicas, por ejemplo. El hecho de que su corazón se concentre tanto en ese aspecto administrativo y económico le quita fuego, le quita credibilidad, le quita amor cuando se trata de atender al pueblo de Dios.
En la evangelización, un sacerdote con esas características me dirá las cosas muy en proporción del retorno económico que traigan. Me decía un obispo de otra diócesis, pero de este mismo país, me decía: Cuesta trabajo convencer a los sacerdotes que se impliquen en aquellas labores en las que no hay un estipendio, en las que no hay un retorno económico inmediato. Ciertamente, el pueblo de Dios es y será cada vez más generoso con nosotros si se siente bien atendido. Pero a veces, por la búsqueda de ese retorno inmediato, echamos a perder no solo la evangelización, sino el futuro mismo de las comunidades. La gente sí dará y dará en abundancia, pero es la prisa, la prisa por lograr el retorno económico la que puede empobrecernos, paradójicamente.
Ese es un ejemplo de una persona que trae una descompensación, por ejemplo, una descompensación económica. La persona que trae esa descompensación pues quiere desquitarse con la vida, le dará demasiada importancia a esa parte y eso puede arruinar una gran proporción de su ministerio. Qué distinta es la situación o qué distinta sería la situación de ese mismo hombre, si él tiene una experiencia profunda de un amor gratuito y sobreabundante de Dios. Si ese Padre tiene esa experiencia de amor abundante, entonces ya siente que su riqueza es otra. Es necesario, es muy necesario que todo hombre de Dios, que todo servidor, no solo los sacerdotes, también nuestros laicos comprometidos, también nuestros agentes de evangelización, necesitamos que cada uno se sienta excesivamente amado.
Ese es el camino que nos muestra la primera lectura, si Dios nos amó de esta manera. Cuando una persona se siente desbordada, rebosante, ebria, ebria de amor, cuando una persona se siente rebosar de amor, entonces le da apenas la importancia justa a cada cosa. No solo el dinero, también otras. Pensemos en el caso de la soledad. La persona que se siente sola, desde su soledad puede cometer muchas barbaridades, sucede dentro y fuera de la vida sacerdotal, muchos errores y errores graves se pueden cometer ahí.
Todos conocemos el caso, no es necesario mencionar el nombre de aquel famoso, muy famoso, demasiado famoso sacerdote que dice: Me cansé de la soledad. Y lo dice en un lenguaje más vulgar: Me cansé de la soledad. Y precisamente, en redes sociales, así como él quiso hacer las cosas, le respondieron muchas personas y le respondían: Pero ¿cómo es que se sentía solo? Claro, siempre habrá un ingrediente de soledad, pero esa soledad podrá ser estéril y amarga, o podrá ser una soledad que nos consolida, que nos entrena, que nos fortalece. Por eso, se necesitan sacerdotes desbordados de amor, sacerdotes que hayan tenido la experiencia de la ebriedad del amor.
Varios santos nos han presentado el rostro de esa ebriedad de amor. El cura de Ars, por ejemplo, decía que él perdía la noción del tiempo, cosa que es típica de los enamorados, el reloj no funciona, no tiene nada que ver ahí. La doctora de Siena, Santa Catalina, ella habla de cómo se queda sin palabras, cómo vuelve al lenguaje de los bebés, es la expresión que ella utiliza. Ella vuelve al lenguaje de los bebés cuando siente que el amor de Dios cae sobre ella, como una especie de diluvio concentrado.
Yo le pido mucho a Dios que en este tiempo de retiro nos conceda eso a nosotros, que nosotros nos podamos sentir de esa manera, amados. Que nosotros podamos sentir esa ebriedad de amor de manera que no estemos buscando, mendigando, ser importantes, ser relevantes, tener tal o cual puesto, buscar tal o cual parroquia o solucionar la soledad de cualquier manera. Eso es imposible para las fuerzas humanas, es imposible, pero si una persona ha tenido esta clase de experiencia, llega el momento en el que sus necesidades pasan a otro plano.
Quiero recordar aquí lo que le sucedió al apóstol Pedro en la transfiguración. Usted recuerda lo que dijo Pedro en medio de ese éxtasis. La palabra éxtasis quiere decir, precisamente, salida de sí mismo. Usted recuerda lo que dijo Pedro: «¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas. Una para ti, otra para Moisés, otra para Elías». No pensó en él, esa es la experiencia de amor. Es decir, por primera vez, por primera vez, Pedro pudo salir de sí mismo. Por primera vez, Pedro no tuvo que pensar en ese momento en él, en sus ganancias, en sus cosas, en sus afectos. De algún modo, esa experiencia desbordante, luminosa, hermosísima, lo sacó de sí mismo y salió de sí. Y porque salió de sí, fue libre de sí.
Ese es el sacerdote, ese es el modelo del sacerdote, tan amado que es libre de sí mismo, libre de su pasado, libre de sus heridas, libre porque ha sido sanado de todo ello. Y desde esa nueva libertad puede avanzar, puede caminar en el amor. Si Dios nos ha amado de esta manera, también nosotros hemos de amar a nuestros hermanos. También tengo que apelar, pues soy dominico, entonces conozco un poco más a los autores dominicos, tengo que apelar a la doctora Santa Catalina. Es que me fascina la expresión de ella, esta frase me ha marcado, mis hermanos, dice ella: El alma, viéndose tan amada, ya no puede defenderse de amar, ya no puede defenderse de amar, porque esa ha sido muchas veces nuestra vida, defendernos de amar.
Y ¿qué significa defenderse de amar? Significa encontrar pretextos para no ser mejor. Significa encontrar disculpas para no darnos más a la gente. Significa tener una explicación para todos, significa justificar uno la vida que está llevando, eso es defenderse de amar. Y nosotros tenemos muchos, por supuesto, me cuento, tenemos una cantidad de barreras y talanqueras que son nuestra manera de defendernos de amar. Y por eso, cuando viene con abundancia ese torrente, ese diluvio concentrado del amor de Dios, como sucedió en Pentecostés, van cayendo una tras otra esas barreras.
Y cuando caen esas barreras, entonces ya la persona ya no puede defenderse de amar, ya no siente el amor como una obligación externa, ya no es la obligación de un plan pastoral, ya no es la obligación de un derecho canónico, ni siquiera es la obligación de la expectativa de la gente, es una obligación interior. Pregúntale a una persona enamorada si le cuesta trabajo sonreír o si hace algo especial para que le brillen los ojos. La persona no puede evitar que le brillen los ojos, no puede evitar cantar, no puede evitar sonreír porque es que le brota de dentro. Eso dijo Jesús: «De su interior brotará un torrente».
Hermanos, si nosotros pedimos, si nosotros pedimos ese amor, ese amor viene, y si viene ese amor y derriba nuestras disculpas, nuestras excusas, nuestras justificaciones, si viene ese amor y derriba todas esas barreras, entonces empezamos a sentir la verdadera belleza de nuestra vocación y nos sentimos serenos, no reprimidos, eso nos sirve. La simple represión no sirve, el simple contenerse no sirve porque por dentro hay una fiera que anhela salir. Ezequiel 36 nos dice: «Escribiré mi ley en sus corazones». Es que te va a salir de dentro, de dentro te van a salir esas ganas.
Ganas ¿de qué? Ganas de amar, ganas de servir y una tremenda libertad tremenda, tremenda libertad, frente a los afectos humanos, frente a las exigencias de la carne, frente a los ataques del demonio, frente a las opiniones del mundo, frente a las heridas del pasado, libre, hermano, libre, libre de todo eso, libre, libre para amar de una manera nueva. Yo solo quisiera que Dios por su misericordia le diera poder a estas palabras que pronuncio para despertar en ti, mi hermano, anhelo, ganas, porque si sale en ti ese anhelo, esas ganas de recuperar tu don sacerdotal, que a veces lo hemos maltratado tanto, si te salen esas ganas, entonces vas a orar y en esa oración el Señor te va a responder.
Y esa es la renovación, esa es la renovación de nuestra vida y de ahí surge como consecuencia última, nos dice esa primera lectura que estamos reflexionando, de ahí surge como consecuencia última una gran confianza, una gran confianza que significa no tengo que esconderme, no tengo que esconderme de nada ni tengo que esconderme de nadie. Hoy que se habla tanto de transparencia, vidas, vidas así, que se puedan vivir en transparencia, vidas que no tienen que estar escondiendo.
Hay personas que hoy tratan de justificar a toda costa los pecados, ustedes saben que esas tendencias están en la Iglesia. Hay personas que tratan de justificar el pecado bajo distintos, bajo distintas capas y bajo distintos ropajes, se le pone una cobija de misericordia y se dice: Mire, siga pecando, está en adulterio, pero siga pecando. Usted rompió su celibato, pero siga pecando, siga en eso. O sea, arropamos nuestros pecados y Cristo no quiere que los arropemos ni que los escondamos, quiere que los venzamos y quiere que seamos transparentes.
Una vez tuve una conversación muy tensa con un sacerdote sobre uno de estos temas y entonces él hablaba lo de costumbre, que la naturaleza humana, que todos tenemos necesidades. Y entonces, lo único que se me ocurrió responderle fue esto: Si nosotros en la promoción vocacional dijéramos la verdad de lo que es la vida sacerdotal, ¿a quién atraeríamos? Si nosotros presentáramos la realidad y la verdad de lo que somos, eso atraería a la gente ¿sí o no? ¿Por qué en la promoción vocacional vendemos una cosa y luego vivimos otra? ¿Por qué toca estar escondiendo tantas vidas?
Eso es lo que nos está diciendo la primera lectura, que podamos vivir en la confianza significa vivir sin esconder. Vivir sin tener que decir: Una cosa era la promoción vocacional. Pero ahora, mijito, venga, le enseño que la vida es otra. Que nuestra vida pueda parecerse al folleto de la promoción vocacional, que nuestra vida pueda ser como eso que nosotros vendemos y ofrecemos, esa es la transparencia, esa es la confianza. No hay que esconder, no hay nada que esconder. Eso es vivir en la transparencia, eso es vivir en la confianza.
Hermanos, sigamos nuestra celebración eucarística pidiéndole al Señor esa dosis de amor. Bien decía nuestro obispo: Esto está más allá de nuestras fuerzas, pero, pero nosotros lo podemos pedir, nosotros lo podemos pedir y Dios nos quiere responder. Vamos a pedir al Señor que venga esa gracia, que seamos renovados interiormente. Repito, no es obligación exterior, no es simplemente porque alguien lo dijo afuera, es porque el amor de Dios te lo grita y te lo pide dentro. Y en ese momento empezamos a vivir nuestro sacerdocio en una clave diferente. Todos lo necesitamos y a todos quiere respondernos el Señor por su bondad. Amén.

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