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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo nos trae firmeza al proclamar su divinidad, manifestando que Él está por encima de la inestabilidad y los caprichos de la vida.
Homilía nde3014a, predicada en 20160106, con 5 min. y 34 seg. 
Transcripción:
El Evangelio del día de hoy es continuación del episodio que se nos contaba ayer. La palabra clave durante todos estos días, entre la solemnidad de la epifanía y la fiesta del bautismo del Señor, la palabra clave es manifestación. Y lo que quiere nuestra Madre la Iglesia es que, viendo distintas fotos, distintas escenas de cómo se manifiesta Cristo, nosotros podamos también preguntarnos ¿cómo se ha mostrado Cristo en mi vida? De eso es de lo que se trata, ¿cómo ha llegado Cristo a mi vida, quién ha sido Él en mi historia? Podemos decir que la gran invitación es leer la vida, encontrar en la historia de cada uno cómo el Señor se muestra, como el Señor es grande, compasivo y sabio.
Ayer la multiplicación de los panes, hoy Cristo caminando sobre las aguas. Podemos decir que exteriormente hay grandes diferencias, pero si vamos al impacto que estos hechos tuvieron en el corazón de los discípulos, nos damos cuenta que hay algo que une profundamente las dos escenas. La multiplicación de los panes despierta asombro en la gente, cómo es posible que este señor pueda darnos alimento en tierra despoblada. Es decir, el desierto no le limita, el desierto no le gana, cómo es posible que Él pueda alimentarnos en despoblado.
Ese asombro aparece de una manera nueva, pero no menor, en el pasaje que nos encontramos cuando Cristo camina sobre las aguas. Este Cristo que avanza sobre el lago está mostrando el señorío de Dios. Por supuesto que es un hecho imposible para la física, para las leyes de la física que conocemos es imposible caminar sobre el agua, pero no se trata simplemente de hacer cosas extrañas. Si miramos en el Antiguo Testamento, nos damos cuenta que el agua es la criatura indómita por excelencia, el agua es la que por una parte puede dar la vida, pero por otro lado puede arrasar, destruir y traer la muerte.
Entonces, ¿quién domina las aguas? En el Antiguo Testamento, la respuesta es clara, solo Dios, Dios es el único que gobierna sobre las aguas. Ya en el capítulo primero del Génesis es Dios el que separa las que la Biblia llama aguas superiores y aguas inferiores, las inferiores que brotan en manantiales, las superiores que caen en forma de lluvia. Después del diluvio, encontramos a Dios dando una orden tanto a las aguas superiores como a las inferiores, para que vuelvan en una especie de caos que es como deshacer la creación, como darle marcha atrás a la creación. Pero, a pesar de que esas aguas superiores caen y las inferiores brotan, queda como una burbuja de salvación. Y esa burbuja de salvación es el arca, donde está Noé con su familia.
Luego hay salmos que cantan el poder de Dios sobre las aguas, como aquel que dice: «La voz del Señor sobre las aguas, el Señor sobre las aguas torrenciales». El Señor se sienta, oye esto, el Señor se sienta por encima del aguacero. Es decir, el pueblo tiene claridad de que solo Dios es el que gobierna las aguas. Un texto parecido tenemos en el libro de Job, en el capítulo 38 de este libro Dios entra en disputa con Job, después de que muchas veces Job le ha dicho que quiere encararse con Él, con Dios, y que quiere preguntarle por qué le pasa lo qué le pasa. Pues Dios entra, efectivamente, en diálogo con Job y básicamente lo que le recuerda es, tú no eres Dios, tú eres criatura, sólo hay uno que es Dios.
Y en la demostración de su divinidad, Dios dice algo, quién le puso un límite a las aguas, quién les dijo a las aguas: Hasta aquí llegarás, y aquí se romperá la arrogancia de tus olas. Sólo Dios lo hace. Entonces, en el pueblo elegido, en el pueblo hebreo, el agua es indómita, el agua no puede ser gobernada, sólo Dios la gobierna. Cuando Cristo obliga a las aguas a que sean piso firme para las plantas de sus pies, Cristo está proclamando su propia divinidad. Pero, sobre todo, está proclamando que, por encima de la inestabilidad y el capricho de la vida, hay uno que es firme, hay uno y solo uno que le da firmeza a todo y ese, precisamente, es Cristo Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios.

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