|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El amor al que Dios nos llama carece de las seguridades que nos gustan pero que también nos encadenan.
Homilía nde3011a, predicada en 20140108, con 13 min. y 19 seg. 
Transcripción:
Hermanos, la escena de Jesucristo que camina sobre las aguas se puede leer, por lo menos, de tres maneras diferentes. Por una parte, en esa barca podemos ver una figura de la Iglesia en medio de sus dificultades, con el viento contrario, muchas veces en noche cerrada. En tales circunstancias, Jesús infunde nueva vida, da una dirección, devuelve la paz a su Iglesia. Si miramos la barca como la Iglesia, si miramos la barca como nuestra propia vocación, qué agradable recibir a Jesucristo, qué bueno encontrar en Él nuestra paz, nuestro rumbo, nuestra alegría. Esa es una manera de leer este texto.
Segunda manera, sabemos que el agua para los hebreos es una señal de aquello que es indómito, caótico, necesario, pero también devastador. Administrar el agua, poner un límite al agua, encauzar el agua es dar vida o retirar la vida. Entiendo yo que en una antigua lengua semítica emparentada con el hebreo, esa lengua se llama el ugarítico, la palabra que se utiliza para el agua o para la lluvia es la misma palabra que se utiliza para la vida.
Como demostración de su majestad, de su poder que no tiene límites, encontramos en el libro de Job aquella palabra que Dios le dice a este hombre: «¿Quién ha puesto un freno a la arrogancia de las aguas?». La respuesta, por supuesto, es que solo Dios puede hacerlo. La creación misma es descrita como una victoria sobre el caos de las aguas. Dios separa las aguas, aguas superiores y aguas inferiores. De esa manera, la tierra firme aparece como el primero de los dones que Dios da. Esa tierra en la que se desenvuelve la vida humana es el fruto de una bondad de Dios que separa el caos del cosmos, que separa el desorden del orden, que siempre tiene una manera de abrir un espacio.
Por eso, el pueblo hebreo se siente también como una burbuja de orden en medio del desorden, en medio de las tinieblas, en medio de la oscuridad de los demás pueblos. Si miramos a los idólatras que rodean al pequeño pueblo de Israel, entendemos por qué ellos se sentían como una pequeña burbuja de luz, una pequeña burbuja protegida por Dios. Para ellos, la creación entera era también como una burbuja pequeña vista desde Dios, inmensa vista desde nosotros. Una burbuja que Dios ha hecho separando el caos y creando un pequeño espacio de firmeza, de coherencia y de lógica, esa es la tierra firme. Según esta manera de ver las cosas, el caminar sobre el agua, el obligar al agua que sea firme para sostener el cuerpo de Jesús, no es otra cosa, sino una señal de su divinidad, una expresión de su poder que tiene perfecta continuidad con el poder del Creador.
Esa es, por cierto, la razón por la que tenemos este texto en la semana de Epifanía. Si lo miramos bien, la fiesta de Epifanía tiene una especie de octava. Así como la Pascua tiene una octava, así como la Navidad tiene una octava, así también Epifanía tiene una octava, o tal vez diríamos, una semi-octava, en el sentido de que las lecturas de toda esta semana son ecos sucesivos de la proclamación de la divinidad de Cristo, la expresión y manifestación de Dios en carne humana. Así que la segunda lectura que puede hacerse de este texto, es como una Epifanía, como una proclamación del señorío de Cristo y un recordatorio de lo que significa el poder de Dios sobre las aguas.
Hay una tercera manera de leer el texto, esta vez relacionándolo con la primera lectura que hemos oído. La primera lectura fue tomada del capítulo cuarto de San Juan, nos habla de Dios como de un océano de amor y de ese océano nosotros hemos recibido y de esa agua viva que nosotros hemos recibido, compartimos a los demás. La frase clave está en esto: «Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud». Nos damos cuenta de que el amor es el gran don de Dios. Lo dice abiertamente el versículo 11 con el que se abre esa primera lectura: «Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros». Es decir, que alcanzados por la inundación del amor de Dios, nosotros compartimos ese amor entre nosotros, tal como lo hemos dicho en las predicaciones de este retiro.
Pero si el amor de Dios es ese océano primordial, ese océano vital, hay algo más que podemos decir, ¿qué quiere decir este caminar sobre el agua de Cristo? Vamos a relacionar el caminar sobre el agua de Cristo con el mandato del amor que nosotros hemos recibido. En qué se puede parecer el mandato que nos recuerda el apóstol San Juan: Nosotros debemos amarnos unos a otros. ¿En qué se parece ese mandato que nos da el apóstol y que, en realidad, viene de Cristo, con la escena que hemos tomado del capítulo sexto de San Marcos, ¿en qué se parece amar y caminar sobre el agua?
Si recordamos algunos pasajes del Evangelio, vemos que Cristo plantea, Cristo presenta como un desafío, como una especie de meta, presenta un modo nuevo de amar. La frase clave parece ser ésta: «Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?». Analicemos qué es amar a los que lo aman a uno, ¿qué significa invitar a mi casa a aquella gente que yo sé que luego me invitará a su casa? ¿Qué significa darle prestado a alguien que sé que luego me puede dar prestado a mí? ¿Qué significa ser amigable con alguien que sé que será amigable conmigo? Podemos comparar esa manera de amar, que es la manera mundana y que es la manera natural, podemos compararla con la certeza que uno tiene cuando está pisando suelo firme.
Si yo tengo una persona, un amigo al que yo invito y que luego sé que me va a invitar, las cosas están claras y están firmes. Pero ¿qué pasa cuando yo amo al que no me ama? Da la impresión de que mi amor se va como al vacío, da la impresión de que no tengo esa misma firmeza. Cuando amo al que no sé si me ama, cuando sirvo al que no sé si me ayudará, cuando perdono al que no sé si lo merece, cuando trabajo por aquel que no sé si apreciará mi esfuerzo, en todas esas circunstancias el amor está marcado por una especie de inseguridad.
Esa fue la inseguridad que sintió Pedro en alguna de sus varias crisis vocacionales: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar?». El Pedro que dice esa frase, es el mismo Pedro que en otro relato de la caminata de Cristo sobre el lago, se hunde en las aguas, es decir, el Pedro que dice, hasta cuando tengo que perdonar, siente que ya se está hundiendo. Se me está acabando la firmeza, se me está acabando la paciencia, se me está acabando mi capacidad de perdón, me estoy hundiendo de nuevo en el resentimiento o me estoy hundiendo de nuevo en la ira.
De modo que hay una comparación hermosa entre el caminar sobre el agua y el amar, porque el amar al que nos invita a Cristo es el amar incierto. Incierto porque yo no sé qué va a pasar, si la gente va a apreciar mi vida o no, si la gente va a apreciar mi sacrificio o no, si la gente va a ser agradecida o no, si la gente va a saber cuánto trabajo me cuesta ser fiel al Señor o no lo va a saber nunca. Yo no sé eso. El amar en las dimensiones en que Cristo nos invita a amar, es como caminar sobre el agua, es como un milagro permanente, porque no tiene la certeza de una retribución. El amar mundano es un amor que tiene la certeza de una retribución. Hombre, este es mi amigo de toda la vida, yo le presto, él me devuelve. Este es mi amigo de toda la vida, yo lo invito, él me invita. Qué fácil y qué cierto es todo eso.
Pero Cristo nos invita a caminar sobre el agua. ¿Qué pasa si empiezas a amar, qué pasa si empiezas a servir, qué pasa si empiezas a darte más allá de esa certeza? Fíjate cómo empata, cómo conecta perfectamente con el tema de nuestro retiro. Eso es lo que el Papa Francisco llama una Iglesia que sale, una Iglesia que se atreve a salir, que sale de su certeza, que sale de su zona de confort, que sale de su zona de seguridad. Qué pasa si me salgo del ámbito de la esfera de la ovejita, que ya está cansada de que yo la peino y la vuelvo a peinar y ahora la arreglo de otra manera. ¿Qué pasa si dejo esa atmósfera tranquila, pero egoísta, donde hay una retribución segura? ¿Qué pasa si emprendo el camino para buscar la oveja extraviada?
Eso ya es inseguro, ahí no sé si va a haber retribución. Yo no sé si en ese camino voy a encontrar dificultades que seguramente me pueden sobrepasar. En ese momento, la vida se convierte en una expresión cotidiana de fe. Y esta es la vida de todo cristiano que tome su fe en serio. Y es especialmente la vida del sacerdote. Hermanos míos, no nos digamos mentiras. El verdadero misterio de nuestra vida sacerdotal es siempre como un caminar sobre el agua, es solamente estar seguro de que Cristo puede, y si Cristo puede, Cristo me sostiene. Es una especie de vivir de la certeza en Él, vivir de la confianza en Él, vivir plenamente de Él.
Que este retiro, que la eficacia de tantas oraciones que nuestras comunidades están haciendo por nosotros, haga ese milagro, para que también nosotros nos atrevamos a amar y nos atrevamos a caminar sobre el agua.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|