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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¡De cuántos temores nos libra sabernos verdaderamente amados de Dios!
Homilía nde3010a, predicada en 20140108, con 4 min. y 48 seg. 
Transcripción:
En los días primeros de mi acercamiento, puedo decir, incluso de mi conversión al Señor, hay una canción que tengo que recordarla hoy porque corresponde a la primera lectura de la Santa Misa. Aquella canción decía así: Adelante con valor, sin temor, porque Dios es amor. En el amor no hay temor, porque el amor echa fuera el temor. Porque Dios es amor, porque Dios es amor, porque Dios es amor, Dios es amor. Y se repite también ese coro. Yo verifico y doy testimonio del poder que tiene la música para llevar un mensaje. Pueden ser 30 y quizás más de 30 años de cuando escuché por primera vez esa melodía y su mensaje ha quedado profundamente grabado en mí.
Cosa muy buena, porque se trata de una palabra fundamental de la escritura, el amor, el temor. El amor echa fuera el temor. No cualquier amor, el amor de Dios. En cambio, sí cualquier temor. El amor de Dios es capaz de erradicar cualquier temor, y los temores humanos son muchos, tememos a la muerte, tememos al fracaso, tememos al ridículo, tememos a la enfermedad, a la soledad, a la vejez, a la pobreza. Hay personas que tienen un grande y justificado temor acerca de la estabilidad del sistema económico en el que nos encontramos. Esos temores y muchos más, esos temores, han de deshacerse como el hielo, ante el impacto del sol resplandeciente. Ese sol resplandeciente es el del amor y es el que puede derretir todos esos temores.
También es el temor, el temor de fallar, es el temor de condenarse. También es el temor frente a un Dios que simplemente lleva cuenta, cuenta estricta. Un hombre como Lutero, el fundador de todas las sectas protestantes, que son como un árbol que cada vez se divide y se divide más. Lutero era un hombre que vivía esclavo del temor, de hecho, él tenía un miedo, un miedo enfermizo a la condenación. Él cuenta que con solo oír el nombre de Jesús temblaba, porque para él, Jesús era solamente el juez, el juez implacable, temblaba. Ese temor, ese temor enfermizo le empujó a buscar alguna forma de aliviar su conciencia y encontró alivio en la Palabra de Dios, especialmente en los escritos de San Juan, y muy concretamente en la carta a los Romanos.
No es que eso esté mal, sino que, como él se acercó a esos textos de la Escritura empujado por el miedo, entonces hizo de esos textos de la Escritura prácticamente la única escritura, y quiso desde ahí juzgar todo lo demás de la Biblia, y quiso desde ahí juzgar a la Iglesia, y quiso desde ahí juzgar al Papa, y quiso desde ahí juzgarlo todo. Pero ¿por qué? Porque todo había nacido de un temor, porque todo venía de un miedo, qué mal consejero es el miedo. Tenemos que pedir al Señor ser liberados de ese temor, sabernos guiados y sostenidos por su providencia, entender que su presencia es sabia, que sus caminos están llenos de luz, aunque muchas veces sean para nosotros parajes oscuros. Lo que no ven nuestros ojos, eso sí conoce Dios, lo que no alcanzan nuestros planes, allá sí llegan los planes de Dios.
Por eso, que el amor expulsa el temor y que en la paz y en la gratitud de tu corazón puedas llevar un testimonio de gracia a muchos hermanos. Créeme que hay mucha, mucha gente que lo está necesitando.

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