Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cristo es manifestación paradójica del amor divino, que a veces parece dejarnos atrás, pero sólo por nuestro bien.

Homilía nde3009a, predicada en 20130109, con 15 min. y 2 seg.

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Transcripción:

Muy queridos hermanos, es un buen ejercicio para nosotros y también en la predicación para con nuestros fieles ubicar las lecturas, hacernos la pregunta ¿por qué se lee esto el día de hoy? Me parece que esta ubicación litúrgica ayuda a superar esa impresión falsa y tan deficiente, esa impresión de que al llegar a la misa se lee algo y se dice algo. Porque cuando uno simplemente está esperando que se lea algo, entonces también al predicar probablemente predica cualquier cosa. Si se lee cualquier cosa, pues también se predica cualquier cosa.

Pero, si ubicamos las lecturas dentro de la liturgia, entonces vemos que hay un desarrollo, vemos que hay como una lógica interna y también nuestra mente y nuestra boca se preparan para llevar un orden en la predicación, para mostrar, poco a poco, los tesoros que están en la Palabra de Dios y que nuestra Madre, la Iglesia, ofrece de una manera ordenada, llena de caridad y de belleza.

Se ha comparado muchas veces a la Palabra de Dios con un banquete, y sabemos que parte del deleite y del provecho de un banquete, está en que los platos se sirvan adecuadamente, hermosamente y en orden. El mejor de los banquetes se puede echar a perder si lo primero que nos pasan es el postre y luego lo que se suele llamar el plato segundo o el primero y luego la entrada. Y si se revuelven unas cosas con otras en una misma bandeja, no nos sentimos agasajados, sino nos sentimos insultados porque nos estarían tratando como marranos. Así que, también nosotros tenemos el oficio de meseros.

Nosotros, como predicadores, somos como los meseros de Dios y tenemos que tomar esos tesoros tan bien preparados en los hornos del cielo y tenemos que tomar esas viandas y presentarlas de la mejor manera para que la gente no solamente se alimente, sino que se deleite. Que ellos puedan encontrar que esa Palabra fue pronunciada por puro amor a ellos y que ellos puedan degustar el amor de Dios. Así como dice con tanta profundidad y convicción en la primera lectura: «Nosotros hemos conocido el amor de Dios», qué belleza. El ministerio sacerdotal cuando puede compartir esa experiencia, que la gente que se acerque a nuestros templos, a nuestros despachos parroquiales o a una consulta con nosotros, pueda sentir siempre eso: Me he sentido amado, me he sentido amada por Dios. Eso es lo que deben decir nuestros queridos fieles hombres y mujeres.

Bueno, y ¿por qué se lee lo que se lee en el día de hoy? La primera lectura de la primera carta de Juan no es extraña, ha venido acompañándonos durante todo el tiempo de Navidad. ¿Por qué se toma la primera carta de Juan en Navidad? Porque es, tal vez, el documento del Nuevo Testamento y, en realidad, de toda la Escritura, que de un modo más integral reflexiona sobre la verdad de la encarnación. Lo propio de la primera carta de Juan es la verdad del Dios hecho hombre. Frente a ciertas teorías de estilo y corte gnóstico o semi-gnóstico, teorías que privilegian únicamente el conocimiento y la subjetividad, el autor de la primera carta de Juan insiste en la realidad de la carne del Señor.

El que confiese que Jesucristo es verdaderamente Dios, es verdaderamente el Mesías es verdaderamente hombre, el que confiesa la verdad de la encarnación, ese tiene la fe verdadera, ese está en la verdad. Y es tan radical este autor que llega a decir que el que niegue esa afirmación fundamental se ha puesto de parte del Anticristo. O sea que el motivo general por el que tenemos la primera carta de Juan es porque es una reflexión sobre el misterio de la encarnación. Desde el versículo primero, lo que hemos visto, lo que hemos oído, lo que tocaron nuestras manos, no es una idea, no es un fantasma, no es una teoría, es una realidad que ha afectado todo lo que somos cuerpo, mente, alma, espíritu, todo lo ha tocado Cristo, todo lo ha transformado Cristo.

Por eso tenemos la primera carta de Juan, que la hemos ido leyendo secuencialmente y ya vamos en el capítulo cuarto de cinco, que son. Es un poco más misterioso lo de los Evangelios en esta semana, que Monseñor caracterizaba como Semana de la Luz, Semana de la Epifanía. Es un poco más misterioso porque teniendo aquí el leccionario podemos recordar de dónde han sido tomadas las lecturas.

El lunes después de Epifanía, San Mateo, el martes, o sea ayer, tuvimos a Marcos con la multiplicación de los panes. Hoy continúa, del mismo texto de Marcos, Jesús camina sobre el lago. Entonces, primero Mateo, luego Marcos. Cuando ya uno cree que va a seguir Marcos, pues resulta que no, porque el jueves tenemos a San Lucas, Cristo en la sinagoga de Nazaret. El viernes tenemos otra vez a San Lucas, pero otro pasaje distinto, la curación del leproso. El sábado tenemos a San Juan. ¿Qué es este desorden? ¿Qué pasó con los Liturgistas? Se supone que los Liturgistas son la gente ordenada dentro de la Iglesia y resulta que aquí tenemos en una semana, textos de los cuatro Evangelios. Respuesta: de eso se trataba, se trataba de presentar textos de los cuatro Evangelios.

¿Por qué? Porque esta semana de Epifanía viene a corresponder a lo que podríamos llamar una cuasi octava. Sabemos que en el año litúrgico está la gran celebración de la Pascua y sabemos que la Pascua se prolonga en la octava de Pascua. La razón es que todo lo que hay que celebrar y cantar y proclamar de la victoria del Señor no cabe en un solo día de 24 horas. Entonces tomamos un día perfecto, es decir, tomamos una octava. Algo parecido tenemos en Navidad, esa es la otra octava litúrgica. Del día de Navidad a la fiesta de María, Madre de Dios, tenemos la otra octava, la octava de Navidad. La razón es la misma, es inmenso el misterio de la Navidad y es necesario que se afiance, que quede bien impreso en el corazón de los fieles, entonces, por eso tenemos la octava de Navidad.

Algunos quizás recuerden que existió una octava de Pentecostés, esa prácticamente ha desaparecido, aunque queda una especie de órgano testigo. Y es que en algunos leccionarios hay textos propuestos para unas misas después de Pentecostés, como por hacerle un eco a Pentecostés. Y esta semana, después de Epifanía, viene a ser como una octava de epifanía. De modo que, las lecturas de esta semana son difíciles desde el punto de vista de la predicación, porque la primera lectura sigue, como en esas piezas musicales del Renacimiento, sigue como un bajo continuo tocando el himno de la encarnación, tocando la melodía del Dios hecho hombre, colmándonos de gozo y, a la vez, mostrando las consecuencias de creer que es verdad que el Señor ha llegado a nuestra tierra. Esa es la primera lectura, va llevando su ritmo.

Pero luego, el Evangelio empieza con otro ritmo, el ritmo de la Epifanía. Y lo que tienen en común estas lecturas tomadas de Mateo, luego Marcos, luego Lucas y luego Juan, eso no es coincidencia que vayan en ese orden, lo que tienen las lecturas de esta semana, las del Evangelio, es esto en común, que todas hablan de manifestaciones de la gloria de Cristo, es decir, son escenas escogidas de los cuatro Evangelios, para que en ellas veamos que en realidad Jesucristo es la Epifanía, que no solamente hubo una epifanía, la que se suele llamar de los Reyes Magos, sino que Él, Jesús mismo, es la Epifanía del Padre. Y así, cada uno de esos pasajes lo que está contando es una escena en la cual se manifiesta de tal manera la gloria y, a la vez, el misterio de Dios, que se puede llamar una epifanía.

Entonces tenemos lunes, Mateo, martes y miércoles, Marcos, jueves y viernes, Lucas, y el sábado, Juan. Ya uno va entendiendo el esquema. Claro, de lo que se trata es de recorrer los Evangelios, recorrerlos simbólicamente, porque se toma uno o dos pasajes de cada Evangelio, simplemente para repetir a modo como de una trompeta: Jesús es la Epifanía. Entonces, para los que saben y degustan de la música, eso es lo que está sucediendo en esta semana. La primera lectura con el bajo continuo de la encarnación y el Evangelio con la trompeta alta de la Epifanía. Y en esa sinfonía, nosotros nos deleitamos a la vez con la humildad del Dios hecho hombre y con el alborozo, con el gozo de la manifestación de Dios, la presencia y gloria de Dios en ese misterio.

Se parece mucho a lo que tenemos en el prólogo de San Juan: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros», esa es la primera carta de Juan. «Y hemos contemplado su gloria», esos son los Evangelios. O sea que la melodía que estamos oyendo aquí todo el tiempo, es Juan 1, 14, pero en la realidad de esos distintos pasajes. Quedémonos con una enseñanza tomada de la manifestación de la Epifanía que aparece en el Evangelio de hoy. ¿Qué es lo que hay en el Evangelio de hoy? Es el carácter paradójico de la Epifanía. Si uno mira con atención los Evangelios, es decir, los textos tomados de los cuatro Evangelios durante esta semana, uno se da cuenta que cada uno de ellos puede ser resumido como en una frase.

La frase para el día de hoy sería: la manifestación de Dios en Cristo es paradójica, porque es paradójico que Cristo está orando y ve los problemas que tienen sus discípulos, pero espera hasta la cuarta vigilia, la cuarta vigilia es ya casi antes del amanecer, espera hasta la cuarta vigilia, y luego se acerca a ellos. Y cuando ya uno espera que los va a tranquilizar, mire lo que nos dijo el Evangelio, que seguramente nos llamó la atención, dice el Evangelio aquí: «Va hacia ellos, andando sobre el lago, hizo ademán de pasar de largo». ¿Quién entiende eso? Están estos sufriendo toda la noche, que ya uno no entiende bien por qué los deja sufrir tanto. Y después de que han pasado todas esas dificultades, se acerca el Señor, pero en vez de llegar a ellos, parece que sigue de largo.

Es una catequesis preciosa sobre lo que muchas veces experimentamos en la oración. Muchas veces experimentamos que Dios es como indiferente a nuestras necesidades y que parece que pasa de largo. Pero, en realidad, en ese acercarse y alejarse hay una enseñanza suya, enseñanza que nos lleva progresivamente a confiar menos en nosotros y, en ese sentido, ha decrecer, como Juan el Bautista, y a confiar, en cambio más en Él, para ser verdaderamente cuerpo suyo, para ser verdaderamente pueblo suyo.

Que el Señor nos ayude a degustar, a saborear esta Palabra. Y en medio de nuestras tentaciones y dificultades, saber que Él está y no solo nos está ayudando, sino que nos está enseñando y nos está iluminando. A Él, especialmente en esta semana, sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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