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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Si Cristo tiene paciencia con los apóstoles hasta que ellos logran comprender Su mensaje, también tiene compasión con nosotros que tampoco podemos entender cómo El Rey de reyes se rodea de tantos pobres. Como tiene el poder de calmar la tempestad y al mismo tiempo no tiene donde reclinar su cabeza.
Homilía nde3006a, predicada en 20100106, con 24 min. y 6 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos, los santos Evangelios tienen como nota de autenticidad que hablan, incluso con dureza de los apóstoles y de las personas principales de la Iglesia de aquel tiempo, el tiempo naciente. En efecto, si examinamos los Evangelios, vemos que los defectos de los discípulos no se disimulan, sino que aparecen claramente, por ejemplo, que uno de los doce fue el que traicionó a Jesús, que los demás fueron una manada de cobardes, que el primero entre ellos lo negó tres veces, que eran de mal genio, despistados, no sabían de qué espíritu eran, según dice el mismo Cristo.
En varias ocasiones lo regaña, por ejemplo, Cristo les quería decir que tuvieran cuidado con la influencia, con el modo de ser, con el estilo de los fariseos. Y les dijo: «Cuídense de la levadura de los fariseos». Y por ahí uno de los apóstoles le comentó a otro: Uy, eso lo dice porque no trajimos pan. Jesús lo alcanzó a oír, porque parece que Jesús tenía muy buen oído, y entonces les dijo con dureza: «Y cuando multipliqué los panes qué, ¿no han entendido todavía?». En otra ocasión, los apóstoles estaban tratando de hacer un exorcismo, expulsar un demonio. No pudieron, Jesús se quejó nuevamente de ellos y dijo esta frase: «¿Hasta cuándo voy a tener que soportarlos?».
Después de resucitado, Cristo se aparece a unos discípulos que iban camino de la aldea de Emaús, y estos dos iban melancólicos, recordando los días buenos que habían pasado con el profeta de Nazaret y el final tan desastroso que había tenido todo en la cruz. Y lo primero que les dice Cristo es gente sin seso, esa es la traducción prácticamente exacta de lo que dice el griego «anóetos», gente sin mente, sin conocimiento: «¡Qué necios y torpes sois para entender lo que dijeron las Escrituras!». Es decir, que los Evangelios nos presentan a los discípulos de Cristo no con una luz embellecida, no como si fueran unos superhéroes, sino más bien como lo que indudablemente fueron en realidad, personas más bien comunes, ordinarias, enfrentadas al misterio sublime de un amor sin límites, de un poder sin límites, de una sabiduría más allá de toda mente humana.
Y claro, frente a la potencia de esa luz, frente a la grandeza de esa santidad, ellos, lo mismo que nosotros, quedamos indudablemente muy mal presentados. Yo creo que el Espíritu Santo quiso que todas esas equivocaciones, falencias, defectos y pecados de los discípulos quedaran consignados en los santos Evangelios, entre otras cosas, para que nosotros que tenemos también muchas falencias y muchos pecados y nos cuesta trabajo creer y somos incoherentes, para que también nosotros cobráramos esperanza. Yo creo que uno puede decir más o menos esto, si a esos discípulos Cristo, en medio de todo, les tuvo tanta paciencia. Y finalmente, como dice el evangelista Lucas, les abrió el entendimiento, pues seguramente Cristo puede hacer otro tanto con nosotros.
Seguramente, Él también puede abrirnos el entendimiento para que entendamos ¿qué? eso es lo que necesitamos ver ahora. En el pasaje que hemos oído en el Evangelio, la frase final es esta: «Ellos, los discípulos, estaban en el colmo del estupor», perfectamente comprensible, el colmo del estupor, cómo así que aparece este señor en la madrugada caminando sobre el agua, cómo así que se sube a la barca y estando ya Él en la barca, con ese solo hecho, cesa la tormenta y se apacigua el viento. Esa parte no tiene dificultad para ser comprendida por nosotros, que los discípulos estaban en el colmo del estupor es apenas natural.
Pero la frase sigue: «Ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los panes». Lo de los panes es el Evangelio que leímos ayer, la multiplicación de los panes. Entonces, ahora ya la frase parece como un poco extraña, ¿no? Ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los panes. Y dice uno, cómo así, es que el milagro de la multiplicación de los panes, ¿qué había que comprenderle? Yo les confieso que cuando leí esto, hace un tiempo, lo que yo sentí fue: Uy, pues yo tampoco he comprendido. ¿Qué había que comprenderle a ese milagro? Y ¿por qué se supone que el milagro de la multiplicación de los panes tenía que disminuir o quitar el estupor?
Ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los panes porque eran torpes para entender. Y yo les confieso, yo me siento también torpe para entender, ¿qué sería lo que había que entender de los panes, qué sería eso? Quizás, la primera lectura de hoy nos pueda dar una pista. La primera lectura de hoy es preciosa, como tantas, como todas. Y nos dice esto: «Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y Él en Dios». «Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y Él en Dios». A mí me parece mucho que esa frase es la clave. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios.
Supongamos que uno fuera por allá un judío del siglo I, como estos discípulos. Para uno, ¿quién sería Jesús? Pues Jesús sería un señor, hijo de un carpintero en una aldea chiquitica llamada Nazareth. ¿Quién sería Jesús? Sería lo que dice la carta a los Filipenses, actuando como un hombre cualquiera. ¿Quién sería Jesús? Sería incluso un hombre que inspiraría más lástima que otra cosa, porque era un hombre sin esposa, y eso era una miseria en aquella época, y era visto prácticamente como una maldición. La persona que no tenía hogar, que no tenía esposa. Además, un tipo sin posesiones, un tipo prácticamente sin casa, sin patrimonio.
Un hombre así, un hombre así es el espejo mismo de la humildad, pero también el espejo de la humillación. Un hombre así es el retrato de todos los pobres de esta tierra, un hombre así es esa clase de persona que uno la mira y le da como casi lástima, como que es de tipo, ¿con qué va a salir? Pero al mismo tiempo, ese hombre sin posesiones en la tierra, parece que tiene en su mano todos los tesoros del cielo. Ese hombre, que no tiene una esposa que le dé amor, tiene multitudes que lo aman entrañablemente, que lo necesitan, que lo buscan, que no quieren soltarlo. No tiene unos hijos y un hogar propio, pero es que parece que el hogar de Él, es el mundo entero y parece que trata a toda la humanidad como si todos fuéramos sus hijos.
Entonces, uno ve que en Jesús se dan como dos extremos. Por una parte, Él es como la expresión de lo más necesitado, de lo más rechazado, de lo más despreciado de este mundo. Parece un mendigo, parece un indigente, Él mismo dijo: «No tengo ni donde reclinar la cabeza». Por una parte, es así un indigente, una persona que no tiene nada propio, que no se sabe bien para dónde va. Por otro lado, tiene una palabra poderosísima, con una sola orden suya huye Satanás. Tiene una palabra brillantísima que lo deja a uno pensando por días y por días y uno siente que no puede olvidarse de lo que Él dijo porque tiene un estilo tan pedagógico, cuando dice frases así que le agarran a uno la mente como eso de que los primeros serán los últimos, los últimos, los primeros. Uno oye esa frase y ya no se le vuelve a olvidar en la vida.
Este Jesús es un contraste total. Uno lo ve a la vez tan pobre y tan rico, como si fuera un loco, pero es el más sabio, como que no puede nada, pero lo puede todo. Y ese es el problema, ese es el problema de la comprensión, esos dos extremos son los que la primera carta de Juan llama: Jesús de Nazaret y el Hijo de Dios. ¿Cómo hago yo para juntar esas dos cosas? Jesús de Nazaret es este pobretón, mendigo, medio loco que veo por ahí, rodeado de lo peor de la sociedad, ladrones, prostitutas, publicanos, leprosos, todo lo sucio y pobre del mundo va a dar donde Jesús. Y eso, por un lado. Pero, por otro lado, el hombre es de una pureza total, su carne es inmaculada, su mirada es limpia, sus manos están llenas de milagros, sus palabras están llenas de sabiduría.
¿Cómo pega uno esas dos cosas? Que al mismo tiempo sea tan despreciable que le da como lástima a la gente. Y luego venga a decir, como le dijo a Pilatos: «Claro que yo soy rey. Yo para eso nací». Te aseguro que, si una persona tan supremamente pobre y despreciada y con tan mala compañía como andaba Cristo, si una persona así, nos viniera a decir hoy a nosotros: Claro, es que yo nací para ser rey. Lo mirábamos de arriba a abajo y decíamos: Enciérrenlo, lléveselo para el manicomio. Hay otros que piensan, que piensan que son Napoleón o que son Simón Bolívar, pero este sí la sacó del estadio, que él es el rey, que él es el camino, que él es la verdad. No, pues, ahora sí se completó.
La mente humana no logra conectar esas dos cosas. A la mente humana le cuesta mucho trabajo ver tanto poder vestido de tanta humildad, ver tanta sabiduría arropado en tanta locura, ver tanto amor vestido de tanto desprecio. Y así fue la vida de Cristo y cuando llegó la hora de la muerte, peor. Ahí sí que se le revienta a uno la cabeza de pensar, es el Hijo de Dios, el Inmaculado, el Cordero sin mancha, muriendo ahí sobre una cruz, humillado, despreciado de todo el mundo. Todo el que quiso lo insultó y este señor callado ahí, como si se mereciera un castigo que no era para él.
Si ese castigo no se lo merecía, ¿por qué lo aguantó? si no se lo merecía ¿por qué no se lo dio él a los que sí se lo merecían? Cómo es posible que Jesús de Nazaret, ese pobre despreciado que acabó colgado de una cruz, sea al mismo tiempo el Hijo de Dios, el que trae la salvación al mundo, como dice San Pablo: «Por el que fueron creadas todas las cosas». O como dice la carta a los Hebreos: «Por quien y para quien existe todo».
Y ahí está la clave, mis hermanos, eso es, me parece a mí, lo que a uno le cuesta trabajo entender. Ellos, los discípulos en el pasaje del Evangelio de hoy, ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los panes. ¿Qué había que comprenderle a lo de los panes? Había que comprender que, en ese pozo de humildad, pero también de santidad, que es Jesucristo, la única reacción natural frente al hambre de los demás es multiplicar el amor y es ir más allá de lo que piden y de lo que exigen las leyes de la naturaleza, porque eso es finalmente un milagro. Los milagros son eso, son momentos en que el plan de Dios supera lo que conocemos, por las leyes naturales.
Si las leyes de la naturaleza son una expresión de la benevolencia divina y de su sabiduría y de su poder, ese poder no queda atado por aquello que creó. Esa sabiduría no queda limitada por aquello que ella diseñó. Por eso, el milagro nos recuerda que hay una soberanía más allá de la naturaleza. Hay mucha gente que habla de que la Madre Tierra y la Madre Tierra y la sabiduría de la naturaleza, algo de cierto habrá en eso. Pero los milagros nos recuerdan que, más allá de toda ley o comprensión que tengamos de la naturaleza, hay uno que es el creador de la naturaleza, hay uno que no está sujeto a la naturaleza, hay uno que es soberano sobre la naturaleza.
Cuando uno comprende que Jesús es el Hijo de Dios, cuando uno une esos dos extremos de los que hemos hablado, entonces ya no le parece tan extraño, siempre será bello, pero ya no será motivo de estupor o de miedo. Porque es que en la palabra estupor está incluido el grito de susto que pegaron esos discípulos cuando vieron a Jesús caminando sobre el agua. De modo tal, que cuando se dice aquí que tiene que desaparecer el estupor, no significa que a uno se le acabe la admiración. La admiración no debe acabar, pero el miedo sí. La alabanza por la grandeza divina no debe acabar, pero el sentimiento de temor, de extrañeza, ese sí tiene que acabar. Y ese acaba cuando uno confiesa, como dice la primera carta de hoy, uno confiesa que Jesús es el Hijo de Dios.
Algo parecido nos toca a nosotros en la Eucaristía. Imagínate que hacia el final de la Misa, el sacerdote levanta la hostia consagrada y dice las siguientes palabras: Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Ay, Dios mío, esos son otros dos extremos que yo no sé si son iguales o más difíciles que los que he contado en la reflexión anterior. Imagínate, será tanta la distancia, será tanto el abismo que ve uno entre esos dos extremos en el caso de la misa, que hay gente que no cree en la presencia de Cristo en la Eucaristía, por ejemplo, los protestantes no creen.
Todos estos grupos evangélicos, pentecostales y como se llamen, no importa cuánta elocuencia tengan los pastores protestantes, no importa qué tan bonitas sean las canciones que ellos utilizan, no importa cuántos prodigios muestren ellos en sus asambleas, hay una cosa que ellos no se atreven a creer, porque les parece que es demasiada distancia. Ellos no se atreven a creer que, en esa apariencia tan supremamente humilde de un pedazo de pan, que ahí esté el Hijo de Dios en cuerpo, sangre, alma y divinidad, no son capaces de creerlo. Y hay católicos que no han aprendido a valorar su fe y entonces se van para esos grupos protestantes, porque allá si cantan bonito, porque el pastor habla bonito, porque allá pasan cosas bonitas, cuando lo más bonito se lo están perdiendo.
Y lo más bonito es la presencia de Cristo en el pan, como alimento para la eternidad. O sea que esta enseñanza de la primera lectura de hoy también vale para nosotros. También nosotros hemos de pedirle a Dios que nos abra el entendimiento, como dice el Evangelio según San Lucas, que Cristo les abrió el entendimiento, les abrió para que llegara una luz nueva, la luz del propio misterio de Cristo, la luz del misterio del Evangelio, que llegara esa luz a ellos. Yo estoy seguro que, aunque algunos de esos grupos protestantes se llaman evangélicos, me da mucha pena, mucho dolor me da, pero ustedes no son evangélicos porque ustedes no están admitiendo la verdad del Evangelio.
La verdad del Evangelio es que este Jesús de Nazaret humildísimo, es el mismo Hijo de Dios con poder. Y la verdad del Evangelio es que ese pedazo de pan, no por poder del sacerdote, sino por el poder y la voluntad de Cristo, que así quiso manifestarnos su ternura, es la presencia del Salvador del mundo, es la presencia del Rey del Universo. Y que, a través de este Divino Sacramento, no solamente el Cielo viene a la tierra, sino que la tierra se impulsa hacia el cielo.
Vamos a seguir la Eucaristía, mis hermanos, pidiendo ese don del Espíritu Santo, pidiendo al Señor que nos dé ese amor sublime y que nos permita reconocer su gracia, para que también nosotros, en rastros tan humildes como es un humilde pedazo de pan, podamos reconocer al Hijo de Dios y podamos adorarle y podamos alabarle, primero en la tierra y luego en la eternidad. Amén.

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