|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Creamos que somos como Dios en este mundo.
Homilía nde3003a, predicada en 19990106, con 13 min. y 42 seg. 
Transcripción:
Hoy sí se nota muy fuertemente el contraste entre las dos lecturas, porque es inmensa la sabiduría que destila esa primera carta de Juan y resulta que el Evangelio termina diciéndonos que los discípulos eran torpes para entender. ¿Cómo quedó vencida esa torpeza? ¿De cuántos errores, de cuántas ignorancias salvó Cristo a los discípulos? Yo creo que este solo contraste, a nosotros también nos da mucha esperanza, porque nos está indicando que nuestras torpezas, que nuestra falta de comprensión, que nuestra falta de inteligencia espiritual, también la puede vencer Jesucristo. Y también puede llevarnos a una comprensión incluso muy profunda de su palabra y de su misterio.
En la primera lectura se relaciona el amor que nos tenemos, el amor que Dios nos tiene, el amor que Dios es. Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos. El amor cristiano tiene su fuente en la manera como Dios nos amó. Hay corazones a los que no se les puede pedir que amen, porque sus reservas, porque sus corazones están perforados, los dardos del enemigo abrieron huecos irreparables en esas almas. Y así son como neumáticos que se desinflan porque están repletos de huecos, ningún amor les basta, ninguna alegría les llena, ninguna esperanza alienta en esos pechos.
Pero una vez que llega el amor de Dios a nuestra vida, un amor que es sanador, un amor que es gratuito, un amor que es poderoso, un amor que es humilde y discreto, un amor que se ha declarado a nuestro favor irreversiblemente, un amor que aleja de nosotros nuestros delitos, como dice aquel salmo. Un amor que nos separa de las garras del enemigo, como dice el cántico de Zacarías. Un amor que nos estrecha cada vez más en los brazos de nuestro Padre. Con un amor así es posible amar. Por eso hay un orden en el amor. Primero, es necesario descubrir el amor de Dios y luego, descubierto este, es posible y es necesario recordar el precepto del amor, que entonces ya no es un precepto antiguo, sino es un mandamiento nuevo.
Así ha de hacer también cada cual con su propia vida. La manera de sanarse de los resentimientos es recordar las misericordias de Dios, recordar el amor de Dios, repasar las bondades del Señor. Esa es la manera de curarse del resentimiento, no solo del resentimiento que podamos tener con otras personas. Es tan terrible el pecado, una de las cosas que hace es que impide que nosotros tengamos esperanza sobre nosotros mismos, hace que nos despreciemos y, por consiguiente, que nos depreciemos. Estos discípulos asustados y torpes de los que habla el evangelista, estos discípulos fueron sanados por la palabra de Jesús: «No tengáis miedo».
Yo creo que necesitamos esa palabra de Jesús muchas veces para volver a creer que de nosotros se puede hacer algo bueno, algo grande y algo santo. El pecado nos corta las alas, el pecado no solo nos apartó de Dios, no solo nos alejó de nuestros hermanos, el pecado también hizo que no pudiéramos confiar en nuestro propio proceso, que sintiéramos desesperanza de nuestro camino. Por eso, cuando llega el amor de Dios, nos sana también de esa especie de resentimiento que tenemos contra nosotros mismos. Nos cuesta trabajo perdonarnos en errores o muy graves, o muy repetidos o muy ridículos que hemos cometido.
Después de muchos años se confesaba un señor, un caballero y me decía: Quiero arrepentirme de algunos robos que cometí en mi juventud. Yo pensé que se trataba como de, de pronto, de algún de algún ladronzuelo, de algún pícaro, de alguna persona que había estado en alguna banda o algo así. No, eran robos de estudiantes, cogerse un esfero, cosas así. Después de muchos años, este caballero había adquirido muchísimos bienes, bienes como para comprar miles o millones de esos esferos, y sentía profundamente humillado su orgullo de pensar que alguna vez en la vida, así hubiera sido por deporte, se hubiera robado un esfero. Casi más, me creo yo, casi más que el pecado ante Dios, le dolía el haber sido tan ridículo de ponerse a robar esferos o lo que hubiera sido.
Necesitamos ser sanados de lo ridículos que nos hemos sentenciado a nosotros mismos. Nos hemos sentido muchas veces ridículos, muchas veces hemos pronunciado sobre nosotros palabras de desilusión y de desastre: ya que se podrá hacer conmigo. Y a veces de esa conciencia maltrecha y herida, entonces surgen palabras sin mucho vuelo, palabras de corto vuelo. Bueno, trataremos de hacer alguna cosa. Yo voy a hacer más o menos lo que se pueda. Voy a ver con qué salgo. Siendo yo un niño, escuché a un sacerdote que le recomendaba a sus feligreses: Con tal de que dejemos el mundo siquiera un poquito mejor de lo que estaba.
Era yo un niño en esa época, he crecido un poquito y sigo pensando que eso no puede ser el sentido de la vida humana. Con que dejemos un poquito, yo siento un vuelo tan alto, un aire tan fresco, un fuego tan intenso, un ansia tan profunda en la palabra del Evangelio, que me parece imposible que un cristiano diga: Con que se haga algún bien, no se perdió la vida. Para que se hiciera algún bien, no se necesitaba que viniera Cristo a la tierra, no se necesitaba su sangre, sus humillaciones, su dolor, su cruz. No, nosotros estamos aquí para algo grande, estamos aquí para algo grande, para algo bello. Nosotros estamos aquí para prolongar de alguna manera esta manifestación de la gracia que aparece en Jesús. Estamos aquí para eso, para mostrar eso, para ser el rostro de Dios.
La Biblia no se ha desdicho, la Biblia no ha dicho que hemos dejado de ser imagen suya. Estamos aquí para la vocación altísima de ser como Él es, eso es lo que nos dice la primera lectura. Es tal vez de las frases más audaces de la Biblia ¿por qué le recordamos tan poquito? Mira lo que dice: «Como Él es, así somos nosotros en este mundo». Tiene que acabarse todo temor en nosotros. ¿Será que mis pecados ya echaron a perder el plan de Dios, será que entonces ya nada grande ni bello se puede hacer conmigo? No, no hay temor en el amor, se ha revelado un amor suficiente para que ningún temor, ningún temor se apodere de nuestro corazón.
Se ha revelado un amor suficiente para que nosotros podamos repetir esta frase. Ustedes habían oído algo tan audaz como es esto: «Como él es, así somos nosotros en este mundo». Esta es una persona, quien escribe esto es una persona que ha recuperado toda su vocación de ser humano. Eso que había quedado golpeado en el Génesis, eso que había quedado destruido allá, en el Génesis, esa imagen que parecía desfigurada para siempre, aquí reaparece: Como Él es, así soy yo. Mira con cuánto cariño debería uno tratar su propia vida, a través de estos ojos, así hayan ofendido a Dios, a través de estas manos, a través de este rostro, es Dios mismo quien se va a mostrar porque como Él es, así somos nosotros en este mundo. Esa es la obra grande de la redención.
Y cuando uno se asoma ese amor, y cuando uno cree en ese amor, entonces entiende qué significa amar a las otras personas, qué es amar al otro. Como Él es, así somos nosotros en este mundo. Y ¿cómo es Él? Pues ya sabemos que Él es imagen del Dios invisible, como nos dijo San Pablo, ya sabemos que Cristo es esa imagen de Dios invisible y por eso llevamos en nosotros la imagen de Jesucristo y por eso llevamos el Espíritu de Jesucristo y por eso creemos posible que el amor de Cristo habite en nosotros.
¿Por qué volamos tan bajo? ¿Por qué nos resignamos tanto? Porque nos hemos maltratado mucho, nos maltratamos y ya no creemos en nosotros mismos. Creemos que nuestros pecados, por habituales o por ridículos, o por profundos, o por graves o por grandes, ya son irreversibles. Falta de fe en la sangre de Jesucristo, si nosotros volvemos a esa fe, entonces creemos que así como Él es, así somos nosotros en este mundo, y que, por consiguiente, en nosotros va a aparecer lo que Él es.
Qué grandeza de vocación, qué grandeza de misión, qué grandeza de amor. El Señor Jesús ha revelado el amor del Padre y con ese amor manifiesto, nosotros hemos recuperado nuestra vocación de personas humanas. Tratemos entonces a cada persona así, si alguien está deforme por sus pecados graves, grandes, habituales, ridículos, o por sus ignorancias o por sus torpezas, si alguien está muerto de miedo, lo que necesita es esa presencia de Jesucristo, con esa presencia también ese hermano mío, también Él podrá recuperar su propia dignidad, para que también él sea en este mundo como Dios es.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|