Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La gran manifestación de la Carne de Jesucristo en la Iglesia es la Eucaristía.

Homilía nde3002a, predicada en 19980107, con 9 min. y 38 seg.

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Transcripción:

Uno sabe que las lecturas de Navidad antes de Epifanía, más o menos Adviento y la octava de Navidad, para ser más precisos, aluden a la infancia de Jesucristo. Para ser todavía más precisos, la semana anterior a la Natividad del Señor y la semana posterior a la Natividad, es decir, la semana de la octava, son las semanas en que el Evangelio alude expresamente a la infancia de Jesús. Pero después uno se pregunta: Bueno, si estamos en tiempo de Navidad, ¿qué tiene que ver la multiplicación de los panes que escuchábamos el día de ayer? O ¿qué tiene que ver esta extraña caminata sobre el agua que se nos presenta en el día de hoy?

Y eso requiere, me parece, una explicación adicional, ¿qué lugar tienen estas lecturas en el tiempo de Navidad? Pues es que la Navidad, el tiempo litúrgico de Navidad, se mueve, por así decirlo, entre dos polos, entre la Natividad, el nacimiento, el hecho de la encarnación, ese es un polo. Y el hecho, o mejor, los hechos que manifiestan la obra de la encarnación. Es decir, entre el hecho de la encarnación y su manifestación, la manifestación de la encarnación. En términos de fiestas, pues estas son las dos grandes fiestas de este tiempo litúrgico, ante toda la Natividad del Señor el 25 de diciembre. y luego la epifanía del Señor. Pero si lo pensamos bien, en realidad la Epifanía es manifestación del mismo misterio que habíamos celebrado en la Natividad del Señor.

Uno debe hacerse esas preguntas: ¿Por qué esas lecturas en este tiempo? Y tratar de averiguar por una parte y otra, porque si no corremos el riesgo de ser de aquellas personas que simplemente dejan que corra la Palabra de Dios delante de ellos. Ay, mira, salió la multiplicación de los panes. Mañana puede salir que yo soy el buen pastor. Y pasado mañana puede salir el relato de la pasión de Cristo, y después quién sabe qué saldrá. Entonces, si obramos así, si con ese desprecio escuchamos, con muy poco aprecio, llega a nosotros la Palabra del Señor, y muy poco será también el provecho que nos hace. Entonces, uno se encuentra en la Iglesia Católica una cantidad de gente buena persona, pero pésimos oyentes, porque no están alimentándose de la Palabra, parece que no fueran invitados al banquete del Señor, sino distraídos.

Y entre esos distraídos también hay muchas distraídas, que son gente buena, que son gente piadosa, pero que tal vez, tal vez, o fueron formados o se acostumbraron o yo no sé qué a no hacer preguntas. Entonces, para esas personas las lecturas de cada día salen más o menos con el sistema de abrir la Biblia a ver dónde salió, salió la multiplicación. Entonces, se imaginarán yo creo, que hubo un monseñor por allá en Roma que abrió así la Biblia y salió la multiplicación de los panes. Entonces dijeron: Bueno, pongamos esa. Y ahora ¿qué hacemos de aquí hasta el bautismo? ¿Qué más, qué más ponemos en estos días? A ver, a ver, qué podría ser, pongamos algo de un leproso, por ejemplo, eso hay mucho leproso.

Esta caricatura lo que intenta es que nos demos cuenta de que cuanto mayor sea nuestra ansia de la Palabra, pues mayor el provecho también que esa Palabra nos puede dar a nosotros, porque es que esta Palabra se predica, es para nosotros, para nosotros. Las paredes, los asientos, las luces oyen todos los sermones de todos los padres, pero poco les aprovecha, poco les aprovecha. Desde que yo me acuerdo, están esas sillas ahí y ellas juiciosas, van oyendo todas las predicaciones, todo lo que se dice, todos los Evangelios, pero yo no noto conversión en esas sillas, no noto conversión.

Bueno, dicho toda está introducción, pues digamos algo de por qué parece que aparecen estos textos. Estos son textos que hablan de la manifestación de Cristo, realmente lo que tenemos desde la Epifanía, sobre todo desde la Epifanía hasta el bautismo del Señor, son textos que nos hablan de manifestaciones de Cristo, es decir, hechos en los cuales se reveló especialmente el Señor, se mostró especialmente. Hechos y manifestación de los hechos. ¿Por qué? Porque ya dijimos que la Navidad es eso, el gran hecho de la encarnación y la gran manifestación de ese hecho.

Realmente el objetivo, si fuéramos a hablar así, el objetivo de este tiempo litúrgico de Navidad es que quede ante nuestros ojos el hecho de la encarnación y la manifestación de ese hecho, eso es lo que se pretende. Entonces, por ejemplo, la multiplicación de los panes, que aparecía ayer, era importante y es importante porque en ella hay una manifestación singular de la misión de Cristo. Y ¿cuál es el objetivo de insistir en esta palabra manifestación? Porque es que sin la manifestación uno se queda, como dice la Escritura en algún lugar, viendo visiones. ¿Qué quiere decir que Dios se hizo hombre? ¿Eso qué quiere decir?

Si la carne de Jesús, si el cuerpo de Jesús es como el nuestro, no es buscar en la anatomía, en la fisiología ni en la psicología de Jesucristo algo distinto a nosotros, porque entonces no sería verdadera la encarnación. Solo podemos aproximarnos rectamente al misterio de la Encarnación, si miramos cómo obra esa carne, ¿qué es lo que sucede, qué es lo que hace, cómo actúa? Del hacer creemos remontarnos al ser. Estas manifestaciones de Jesucristo, en el fondo, son como una homilía, como una predicación sobre cuál es la carne, esa carne asumida por el Verbo eterno de Dios, ¿cómo es esa carne, qué es lo que quiere decir ese misterio?

Y por eso se nos presentan estas manifestaciones del Señor. La gran manifestación de la carne de Jesucristo en la Iglesia es el sacramento de la Eucaristía. En él, en este sacramento, nosotros encontramos el gran para qué, el gran por qué de la Encarnación. ¿Por qué? Por un inmenso amor. ¿Para qué? Para que nosotros nos unamos a Él, para que nosotros podamos recibir de su propia vida. Eso vamos a hacer en esta celebración eucarística. En cada Eucaristía como que celebramos esta encarnación del Señor en sí mismo y en nuestras vidas, nos alimentamos de Cristo y Él asume nuestra realidad y con nosotros la ofrece al Padre para su gloria y alabanza.

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