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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El mejor milagro es el que Dios obra dentro de nuestro corazón.
Homilía nde3001a, predicada en 19970108, con 5 min. y 54 seg. 
Transcripción:
Nos hablan las lecturas de hoy de la sanación del miedo. Nos dice el Apóstol que no hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo. Quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Y nos dice el Evangelio: «Ellos, viéndolo andar sobre el lago, pensaron que era un fantasma y dieron un grito porque se habían sobresaltado». La palabra de Jesús, su presencia en la barca, finalmente los tranquiliza: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo».
Estos pasajes los presenta la Iglesia en estas fechas, porque son todas manifestaciones de la gloria de Cristo. Son las primeras señales de la gloria de Cristo en el Evangelio según San Marcos. Y por eso hemos escuchado el día de ayer la multiplicación de los panes. Y por eso escuchamos hoy ese otro milagro que siguió la multiplicación de los panes, según la versión de Marcos, esa caminata sobre las aguas del lago.
Y conviene entonces contrastar estos dos milagros. Ambos son imposibles para las fuerzas humanas, multiplicar panes o caminar sobre el agua son cosas admirables, son prodigios. Pero hay esta diferencia, en los panes multiplicados el milagro está afuera, en el miedo sanado el milagro está adentro. Jesús quiere realizar adentro su milagro y ellos no habían entendido, ellos seguían esperando milagros afuera y Jesús seguía deseando el milagro adentro.
Parece que el mismo Cristo hubiera preparado toda la escena para que tuvieran que remar de noche, para que remando se cansaran, para que cansados se lo esperaran y para que esperándole le vieran como le vieron y se asustaran. Parece que ese miedo hubiera querido provocarlo Cristo, no asustarlos, sino llevarlos hasta el límite, no provocarles miedo Él, sino dejarles sentir su propio miedo. No aterrorizarlos Él, sino asomarlos al vértigo de su propia inseguridad. Y desde ese vértigo, desde ese abismo, se hace posible un nuevo, una nueva súplica. Si antes la súplica era pan porque hay hambre, aquí la súplica es algo más íntimo, paz. Se parece a pan, pero cambia una letra, paz. Danos paz. Haz ahora en nosotros el milagro adentro de nosotros.
Yo creo que esta es una de las señales de la plenitud de la que ciertamente hemos venido hablando. La paz, esa paz que es el milagro adentro. Mientras estamos pidiendo milagros afuera, Dios nos puede hacerse y Dios los hace, pero el gran milagro es el milagro adentro. Es más grande el milagro de la paz en el corazón que el de la calma en el lago. Es más grande el milagro de la fe en el corazón que la del pan multiplicado. Es mayor maravilla que Cristo pueda habitar en nosotros a que Cristo haga algo por nosotros, porque es mayor maravilla que la vida cambie, a que la vida mejore. Mejorar la vida es rodearla de otras circunstancias, cambiar la vida es crearla de nuevo.
Y por eso la verdadera y profunda conversión y la plenitud del cristiano es, precisamente, ese milagro que sana el miedo, ese amor que expulsa el temor, esa tormenta que finalmente se pacifica en el alma, esa certeza de que es Él y solo Él el que ha reinado, el que reina y el que reinará en nuestras vidas. No es que esté mal pedir milagros afuera o pedir cosas de fuera, pero sin duda es mejor y más perfecto, pedir los milagros de adentro, los milagros del corazón.
Señor, que el mundo cambie, es una petición hermosa. Señor, que yo cambie, es una petición perfecta. Que las cosas me salgan bien, es una petición razonable. Que yo sea lo que tú quieres que yo sea, es una petición exquisita que brota solo de un corazón ya pacificado, ya renovado por la gracia. Señor, que no me hagan daño, es una petición explicable. Señor, que yo los cure, es una petición santa. Que Dios nuestro Padre envíe a nosotros este Espíritu de Cristo, y que su voz bendita evangelice la paz en nuestras almas. Amén.

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