Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Dios toma nuestro límite y lo hace infinito para hacernos luz, para que amemos más allá de lo inexplicable.

Homilía nde2016a, predicada en 20190108, con 5 min. y 28 seg.

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Transcripción:

El Evangelio de hoy está tomado del capítulo sexto de San Marcos. Ya hemos comentado que los evangelios de estos días nos ayudan a descubrir a Jesucristo como la gran revelación. Él, Él es la gran manifestación de Dios. El pasaje de hoy es bien conocido, es la multiplicación de los panes. Pero quisiera que nos acercáramos a este milagro desde la óptica de la Epifanía, porque este milagro uno lo escucha varias veces a lo largo del año. Aparece en el tiempo ordinario, aparece en el tiempo pascual, de hecho, es un milagro que está en los cuatro evangelios.

Entonces, ¿Qué tiene de particular ver el milagro de la multiplicación de los panes? Desde la luz que nos da ese reflector particular, la Epifanía. Observemos la frase que dicen los discípulos. Los discípulos dicen: Es tarde, estamos en despoblado, despide a la gente para que vayan a las aldeas, para que compren sus cosas, para que ellos se alimenten. Esas son las palabras de los discípulos. Hay varios modos de ver esas palabras. Incluso uno puede reconocer como un cierto tinte de egoísmo. Es decir, los discípulos tienen algunas provisiones para ellos, pero se dan cuenta que no hay nada que hacer con esa multitud gigantesca, no hay nada que hacer. Entonces es bueno que cada uno arregle su problema como pueda, nosotros nos quedamos aquí con lo que nosotros tenemos.

Pero lo que quiero destacar es sobre todo esa idea de que los discípulos han llegado a su límite. Le hablan a Cristo para hacerle una sugerencia que la multitud se vaya. ¿Por qué? Porque ya ellos, como seres humanos, ya no tienen más que hacer, ellos ya no tienen nada más que ofrecerle. Lo voy a poner de esta manera, ellos han llegado a su límite, el límite de sus fuerzas. Por otro pasaje, el de San Juan, sabemos que la gente llevaba tres días con Cristo. O sea, tú imagínate el papel de los discípulos. Son tres días de servicio a una gran multitud.

Yo siempre digo, no era nada fácil ser apóstol del Señor. Les tocaba durísimo. Pues un poco por la experiencia que uno tiene de retiros espirituales y cosas parecidas, es durísimo atender tres días tantas personas. De modo que los discípulos han llegado a su límite. Ya no saben qué más hacer, ya se les acabaron las provisiones, ya están agotados. Yo creo que ya la paciencia llegó también hasta el límite, ya no pueden más. Pero donde ellos no pueden más, Cristo sí puede. Cristo toma los restos, lo que les ha quedado a ellos. Los cinco panes y los dos peces, Cristo toma los restos.

Podríamos decir que que ellos lo que están entregando con esos panes y peces es esto es lo último de lo último que nos queda. Y Cristo toma eso, eso, eso, pequeñito, eso que es el límite, el límite. Cristo toma el límite y lo vuelve infinito. Cristo toma el límite y da gracias y bendice a Dios Padre y se vuelve inagotable. Eso es ser luz, esa es la luz que nos trae Cristo aquí. Esto lo hemos visto muchas veces. Yo me estoy acordando de un santo absolutamente encantador que todos amamos San Martín de Porres. San Martín de Porres fue un hombre que se dedicó tanto al servicio, que la gente lo llamaba Martín de la Caridad y él muchas veces llegaba hasta el extremo del extremo por servir especialmente a los enfermos, a los pobres. Era tanta la ternura de su corazón que incluso los animalitos le preocupaban, por eso les guardaba comida a los ratoncitos, a los gatos, a los perros.

Pero sabes una cosa, cuando Martín llegó a su límite, cuando ya materialmente el día no tenía más horas, por decirlo de alguna manera, Dios le concedió el don de bilocación para que pudiera seguir amando más allá del límite. Hay que creerlo. Hay que creer que Dios toma también nuestro límite y lo vuelve infinito, y que en ese acto de tomar nuestros panecitos y nuestros pececitos, Dios nos está mostrando la luz. Dios nos está mostrando la grandeza de su amor. Y Dios nos está volviendo luz a nosotros mismos, como hizo con Madre Teresa, como hizo con Maximiliano María, como hizo con Santa Teresa del Niño Jesús, como hizo con San Martín de Porres. Ser epifanía, ser luz y para ello entregarle a Dios todo, hasta el límite.

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