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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
San Juan nos lleva al corazón de la Navidad cuando nos exhorta a mirar a Cristo como el Don máximo que podía darnos el Padre.
Homilía nde2013a, predicada en 20150106, con 16 min. y 6 seg. 
Transcripción:
La Iglesia es madre y es maestra. Como hacen las mamás, la Iglesia nos va alimentando espiritualmente todos los días. A lo largo del año tenemos distintas secciones que se llaman tiempos litúrgicos. Hay dos tiempos litúrgicos que van juntos, se llaman el Adviento y la Navidad. El Adviento nos ayuda a prepararnos y la Navidad nos invita a celebrar la llegada del Hijo de Dios. Esos son dos tiempos litúrgicos Adviento y Navidad, y van juntos, por supuesto. Más adelante vamos a encontrar otros dos tiempos litúrgicos que son la Cuaresma y la Pascua. Lo mismo que el Adviento prepara para la Navidad. La Cuaresma, que es más larga, nos prepara para celebrar la Pascua. La Pascua es la victoria de Cristo y también es su salida de este mundo. Así que los dos tiempos de Adviento y Navidad celebran la entrada, la Cuaresma y la Pascua celebran la salida de Cristo. Solo que cuando Cristo viene, viene solo, es el Unigénito. Cuando Cristo sale, sale acompañado de todos los que Él ha adquirido con el precio de su sacrificio, es decir, todos nosotros. Y por eso, sin dejar de ser Unigénito es ahora el primogénito, como dice San Pablo, primogénito de muchos hermanos. Como la Iglesia es madre y es maestra. Nos pone siempre unos guías que nos acompañan en estos tiempos litúrgicos tan importantes, sobre todo las personas que suelen asistir a la misa cada día se van dando cuenta que hay unos libros de la Biblia que se van repitiendo en ciertas épocas. Por ejemplo, si tuvimos ocasión de ir a misa con frecuencia en el Adviento vimos que había muchísimas lecturas tomadas del profeta Isaías. Eso no es una coincidencia, no es una casualidad. Isaías era nuestro gran maestro durante el Adviento. Junto con Isaías, otros guías que tuvimos en esa época fueron Juan el Bautista, el precursor del Señor y por supuesto María Santísima, que con su embarazo nos estaba invitando a prepararnos para el nacimiento. Esos tres fueron guías en el Adviento. Pero el Adviento terminó y empezó el tiempo de Navidad. ¿Por qué se necesita todo un tiempo? Porque hay mucho que celebrar, porque hay mucho que agradecer. Ustedes ven cómo en nuestro país, por ejemplo, cuando son las fiestas en determinada población, eso es de varios días, porque hay mucho que celebrar . Claro que esas son fiestas según el mundo, con el problema de que en esas fiestas, según el mundo, suelen presentarse excesos en unas llamadas corralejas. Aquí en Colombia se presentaron unos excesos terribles, unas crueldades absurdas, primero contra animales, después también, incluso contra seres humanos. Ese problema suelen tener las fiestas mundanas. La abundancia de licor y la falta de prudencia de las personas hacen que queden muchas cosas que lamentar, lo cual es muy triste porque entonces, después de celebrar, toca lamentar. Eso es como absurdo. Gracias a Dios las cosas son distintas y las vivimos desde la fe, porque cada celebración bien vivida no deja cosas que lamentar, sino frutos que perduran. Entonces la Navidad no es un solo día, la Navidad es un tiempo y durante ese tiempo nosotros tenemos mucho que celebrar. Y por eso también en la Navidad tenemos unos guías, sobre todo uno. El tiempo de Navidad no es tan largo, empieza en la noche de la Navidad y termina en el domingo del bautismo del Señor, que precisamente es el próximo domingo. Ahí está la culminación del tiempo de Navidad. En esos días, que son un poquito más de dos semanas, se pueden aprender muchas cosas sobre Cristo. Repito tercera vez, la Iglesia es Madre y Maestra. Ahí tiene uno que preguntarse si nosotros somos buenos hijos de la Iglesia y si somos buenos discípulos de todo lo que nuestra Madre y Maestra quiere que aprendamos. Así que tenemos un guía para la Navidad, y ese guía es el Apóstol San Juan. Ustedes pueden recordar a San Juan, por ejemplo, por aquella lectura tan profunda, tan hermosa que está al comienzo de su Evangelio. En el principio existía la Palabra, la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios. Así empieza el Evangelio de San Juan. Y en el versículo catorce de ese primer capítulo tiene estas palabras absolutamente memorables, yo diría inmortales. Y la palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. San Juan, un hombre de profunda fe y de profunda contemplación. Fue entre los evangelistas el que penetró más profundamente el misterio del origen de Cristo. Para conocer también un poco mejor qué significa que esté entre nosotros el Hijo de Dios. Así que San Juan es un gran auxilio. Especialmente la primera lectura de estos días es tomada de la primera carta del apóstol San Juan. Es posible que algunos de ustedes tengan tiempo y sobre todo, ganas, deseo de profundizar un poco. Es verdad que hay mucha gente superficial, Dios tendrá su hora para cada cual. Pero también es verdad que hay personas que tienen hambre, apetito de Dios, cosa que es apenas natural. Nosotros fuimos hechos para vivir en amistad y en amor con el Señor. O sea que es natural que uno tenga hambre de Dios. Bueno, pues entonces estas personas que tengan así apetito, vayan a la primera carta de San Juan, la cual venimos escuchando y vamos a seguir escuchando todavía un poco más en el tiempo de Navidad. Hoy, por ejemplo, está el tema del amor. Tomemos nada más esta frase para que usted vea la calidad de enseñanza que nos da el guía que tenemos para la Navidad, el guía de San Juan. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene, en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él. Esa frase está tomada del capítulo cuarto de esta primera carta de San Juan. Se parece mucho a otra frase que está en el Evangelio del mismo apóstol en el capítulo tercero. Allí dice: Tanto amó Dios al mundo, que envió a su Hijo único, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Es un paralelo con la frase que ha aparecido en la Santa Misa de hoy, El amor de Dios se ha manifestado dándonos a su propio Hijo. Se puede hacer verdaderamente un buen rato de oración y de alabanza cuando uno toma esta frase. Porque entonces la presencia de Cristo en esta tierra es la expresión del amor de Dios. Sabemos que Dios nos ama porque vemos a Cristo entre nosotros. Sabemos que Dios nos ama porque vemos que Cristo se gasta, gasta su vida por nosotros. Sabemos que Dios nos ama porque Cristo extiende sus brazos en la cruz y derrama su sangre orando por nosotros, pidiendo perdón por nuestros pecados. Sabemos que Dios nos ama. Y qué importante es tener ese punto de referencia, porque eso significa que el amor, así considerado en general, y el amor de Dios considerado en particular, tiene un rostro. El amor no es lo que cualquiera invente. El amor se utiliza como pretexto para muchas cosas, incluso para explotar gente, para aprovecharse de la gente. El lenguaje afectivo, el lenguaje del amor se utiliza para engañar gente, porque como el corazón humano, se abre, sobre todo con esa llave que es la llave del amor. Hay muchos falsificadores, hay muchos que falsifican esa llave para abrir corazones, para sacar y robar sus tesoros y luego irse dejando una burla y terrible amargura en las personas que han sido traicionadas. Como la llave del amor abre el corazón humano. Y como en el corazón es donde están nuestras mejores decisiones, nuestros anhelos más grandes, nuestros proyectos más queridos. Es muy, muy peligroso, muy peligroso, que nos falsifiquen la llave del amor muy peligroso. Y por eso entonces es muy, muy importante esto que nos está enseñando San Juan al mostrarnos el verdadero rostro del amor en la donación que Dios Padre hace de su propio Hijo, y luego en la donación que el Hijo hace de su propia sangre, al mostrarnos el verdadero rostro del amor, nos está mostrando la llave original, nos está dando la clave para que no nos falsifiquen la llave. Y por eso el cristiano que se adhiere a este amor, el cristiano que conoce este amor de Dios, no se deja engañar fácilmente. Porque cuando llegan las palabras bonitas, cuando llegan los detalles de cariño, cosas que a todos nos gusta recibir, el cristiano que se ha convencido de su fe y que haya vivido muy bien estas palabras del apóstol. No se deja simplemente engañar por esas palabras, sino que toma el contenido de lo que se le está diciendo y examina si esa llave se parece a la llave que nos ha dado Dios Padre dándonos a su Hijo. Y cuando hace la comparación, probablemente dice, Las palabras son bonitas, pero las mentiras son muy feas. Las promesas son agradables, pero el cumplimiento de las promesas es muy poco y muy pobre. Y cuando la persona se da cuenta de esto, queda a salvo de muchos engaños. Donde yo veo que estas enseñanzas no son simplemente enseñanzas de religión, este no es un tema simplemente de teología. Esto es para la vida, esto es para que uno sepa cómo tiene que vivir. Estos apóstoles cuando escribían estas cosas, no estaban pensando simplemente en la gente que vive abstraída en Dios, lo cual puede ser una vida muy hermosa si se da así. Pero estos no estaban pensando solamente en esas clases de personas, estaban pensando en gente como ustedes y como yo, personas como nosotros que sin duda preferimos que no nos engañen, pues para eso están textos como este y para eso necesitamos estar atentos a nuestra Madre y Maestra y dejarnos enseñar por los apóstoles de Cristo. Sigamos esta celebración con una alegría muy grande, porque esta frase que considero central en la primera lectura de hoy se cumple de una manera mística pero bellísima, real en la Eucaristía. Cada persona que tenga hoy la alegría de comulgar va a poder repetir de un modo muy tangible, muy cercano, lo que dice este versículo. Fíjate que recibir a Cristo en la Hostia consagrada, poder comulgar con Cristo, es como esto que dice la Palabra Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él. Recibir la Santísima Eucaristía es sentir, Dios me mandó este amor, este regalo, este Cristo. Y entonces hay que comulgar con mayor alegría, si se puede, con mayor agradecimiento, si se puede. Eso es vivir a fondo el tiempo de Navidad para poder llevar también esta alegría a muchos que no tienen noticia de cuánto los ama Dios y qué quiere de ellos.

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