Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La multiplicación de los panes "en despoblado" hace cercano y pleno el recuerdo del pueblo peregrino en el desierto.

Homilía nde2011a, predicada en 20140108, con 8 min. y 48 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos. Las lecturas de estos días entre la Epifanía y el bautismo del Señor, especialmente en los Evangelios, son bastante desconcertantes en el sentido de que no ve uno, cuál es la secuencia que llevan. Por ejemplo, ¿Qué hace la multiplicación de los panes hoy? ¿Por qué se lee ese pasaje? ¿Qué tiene que ver? Pues uno descubre que los evangelios de esta semana tienen todos que ver con el tema Epifanía. Ya sabemos que la epifanía es manifestación, pero no cualquier manifestación, es la manifestación de Dios en nuestra carne.

Por eso las antífonas de Laudes y Vísperas destacan el simbolismo de los regalos que llevaron a aquellos sabios de Oriente. También lo escuchábamos en la predicación de San Pedro Crisólogo. Le dieron a Cristo niño; oro, señal de su realeza, incienso, señal de su sacerdocio eterno, mirra, señal de su condición mortal. Entonces, la epifanía es manifestación de Dios en la humildad de nuestra carne. Y los pasajes escogidos para esta semana todos tienen que ver con ese tema. Así, por ejemplo, la lectura de ayer nos presenta a Cristo como el que anuncia e instaura el Reino de Dios.

El evangelio de hoy es la multiplicación de los panes, que viene a ser un paralelo con lo que Dios hizo con su pueblo en el desierto, alimentándolos. Vamos a encontrar luego el día de mañana, Cristo que camina sobre las aguas. Y esto no es simplemente un prodigio espectacular. En la Biblia el agua solo la gobierna Dios, como se nota en el libro de Job, allá en el capítulo treinta y ocho, cuando Dios le dice a Job: ¿Quién fue el que le puso un freno a la arrogancia de las olas? Pregunta retórica que tiene como única respuesta Dios. Luego, el jueves, encontramos a Jesús como el ungido, el único que tiene el Espíritu del Señor sobre sí.

Entonces, ¿Cuál es el sentido de los evangelios de esta semana? Son todos textos que nos llevan a momentos específicos en la vida de Cristo, momentos en que se mostró su divinidad, momentos en que brilló esa condición divina en la humildad de nuestra carne. Con esa aclaración general, volvamos un momento al texto que corresponde al día de hoy. Lo sabemos muy bien, se trata de dar alimento. Pero tal vez la clave exegética está en lo del principio. Dice aquí, vio una multitud, le dio lástima y se puso a enseñarles con calma. El primer alimento que da Cristo es el alimento de su enseñanza.

Así como el pueblo de Dios, según cuenta el Pentateuco, fue conducido y alimentado por la Palabra de Dios que en ese momento llegaba a través de Moisés. Así aparece aquí Jesús como el nuevo Moisés que va alimentando, va alimentando al pueblo. Y luego dice, se acercaron los discípulos y le dijeron: Estamos en despoblado. Un elemento más en el paralelismo Dios llevaba a su pueblo por el desierto. Cristo lleva a la multitud por el despoblado. El desierto es el lugar de la gran necesidad humana y es el lugar para encontrar la providencia divina en todo su esplendor. El desierto donde las fuerzas humanas se agotan y las esperanzas humanas llegan a su límite.

Es también el lugar donde se muestra que sólo Dios es Dios, que solo Dios puede conducir a los suyos y que Él es suficiente para alimentar, para cuidar, para proteger. Como dice el libro del Deuteronomio, No se acabó tu calzado, no se gastaron tus vestidos, no se te hincharon los pies. Es decir, la providencia de Dios envolvió, protegió, custodió a su pueblo y lo sostuvo en el desierto. Y eso es lo que está haciendo Cristo en el pasaje de hoy. Cristo en ese despoblado está alimentando el corazón, está alimentando la mente y está alimentando también el cuerpo del pueblo. ¿Qué hace el pueblo de Dios en el desierto? Según los textos del Éxodo y de Números y de Deuteronomio. ¿Qué hace el pueblo de Dios? Es un pueblo que camina, es un pueblo en marcha, es un pueblo que tiene también una meta. Esa meta es la alianza.

Finalmente, el punto al que quiere Dios llevarlos es el monte de la Alianza. Eso queda también entendido cuando vemos que Jesús no se dedica solamente a repartir el pan, sino que alza la mirada al cielo, pronuncia la bendición y solo así parte y reparte los panes. Es un acto sagrado, es un acto de oración. Es de la abundancia del amor divino de donde ellos van a recibir ese alimento. Resumen, en este texto, como en los demás de esta semana, encontramos un reflejo, un destello, de la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, en ese gesto prodigioso, bendito de la multiplicación de los panes. Y encontramos así como Él, Él mismo es la epifanía del Padre. Y encontramos así como el mismo que en el Antiguo Testamento había guiado al pueblo, ahora lo guía a través de Cristo.

Pero hay una diferencia que no debemos pasar por alto. Mientras que en el caso del Pentateuco, Dios cuida a su pueblo sin tomar ninguno de sus recursos, los del pueblo. En el caso del Evangelio, Cristo recibe lo que la gente tiene. Recibe esos panes y recibe esos peces. Es decir, que al mismo tiempo se manifiesta como verdadero Dios. Pero un Dios que quiere contar con nosotros, un Dios que quiere recibir lo que tenemos, poco o mucho, un Dios que acepta nuestra ofrenda, que la espera, que la bendice y que la multiplica. De esa manera, Cristo no es simplemente la repetición de la escena del desierto, allá junto al Sinaí, sino que es la expresión del Dios cercanísimo, el Dios que ha querido de alguna manera necesitarnos.

Entonces, que sea este el tiempo para recibir al Dios con nosotros, para reconocerlo como nuestro Salvador y para alegrarnos en estos destellos de su amor y de su providencia. Amén.

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