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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La verdad de la donación de Cristo, en el pesebre y en la Cruz, preserva el sentido de la palabra AMOR, y la verdad del amor, así revelado en Cristo, nos cuenta quién es Dios.
Homilía nde2007a, predicada en 20110104, con 5 min. y 21 seg. 
Transcripción:
Una iglesia tan hermosa, una construcción tan alta como ésta. Le invita uno a pensar en los obreros, los constructores que tuvieron que subirse a tal altura para completar la construcción. Y uno siente que cuanto más alta se encuentra una persona, en mayor peligro está. Lo mismo sucede con las palabras. Las palabras más altas son las que están en mayor peligro. Y la primera lectura de hoy nos habla de palabras de inmensa altura. Ante todo, el santo nombre de Dios. El nombre que, está sobre todo nombre, el nombre que nosotros debemos respetar, honrar en cierto sentido, proteger. Uno de los mandamientos de la ley de Dios dice precisamente que no se tome el nombre de Dios en vano, como indicando que esa palabra tan alta, ese nombre sublime, fácilmente puede ser mal utilizado, puede ser ensuciado, puede ser maltratado. Y la verdad es que esto ya ha sucedido, porque muchas personas asocian la religión con la violencia, por ejemplo, y ese es un maltrato al nombre de Dios. La primera lectura nos enseña cómo proteger esas palabras que están a tan grande altura, se puede decir a una altura infinita. Nos dice el apóstol y evangelista San Juan, Dios es amor. Pero luego nos explica en qué consiste el amor. Y relaciona el amor con dos cosas, con la entrega que el Padre Celestial hace de su propio Hijo, y luego con la ofrenda de Cristo, la ofrenda de sí mismo en la cruz. De ese modo, en la vida, en la historia de Cristo, en la historia de Jesús de Nazaret, nosotros tenemos cómo palpar lo que significa el amor. Y teniendo esa noción rectificada, corregida, saneada, de amor, podemos entonces tomar esa noción sublime de amor para decir, Así es Dios. De este modo, Jesucristo, especialmente con su encarnación y con su sacrificio en la cruz, se convierte en la gran revelación del Padre, porque en la Encarnación se palpa, aquello de que el Padre dio a su propio Hijo. Y en la cruz se palpa, que el Hijo se ofreció a sí mismo. Viene entonces a resultar que el sacrificio de Cristo particularmente, es la gran revelación del amor, y que este amor es la gran revelación de quién es Dios. Y de ese modo la cruz viene a custodiar el sentido de la palabra amor. Y ese amor así purificado en la cruz, viene a custodiar el santo nombre de Dios. Así que la cruz es como la protección que tenemos de la palabra amor. Ya no se puede utilizar después de la cruz, ya no se puede utilizar livianamente, superficialmente, irresponsablemente, la palabra amor. No cabe un uso irresponsable de la palabra amor. Después de que por amor murió Jesucristo, y después de tener esa noción de amor así limpiada, destilada, acrisolada, podemos entonces decir, que Dios es así. Y de ese modo esa noción de amor se convierte, como en la señal más clara que tenemos de la infinita santidad de Dios, de sus infinitas perfecciones y de la infinita hermosura de su rostro. Qué camino tan hermoso el que ha recorrido Dios con tanta ternura, para que nosotros, partiendo de lo visible, lleguemos a lo invisible, partiendo de Jesucristo, lleguemos al Padre y partiendo de la cruz lleguemos a la gloria de la resurrección.

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