Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La multiplicación de los panes, hermosísisma epifanía del amor de Cristo.

Homilía nde2003a, predicada en 20020108, con 33 min. y 24 seg.

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Transcripción:

Este es uno de los pasajes más conocidos del Evangelio. Creo que todo el que conozca un poquito de nuestra religión cristiana conoce la parábola del sembrador. Conoce que Cristo nació en un pesebre, conoce que murió en una cruz y conoce la multiplicación de los panes. De manera que es un milagro súper conocido. Pero ese milagro aparece contado en los distintos Evangelios. Es uno de los pocos milagros que está en los cuatro Evangelios. No son muchos los milagros que están en todos los Evangelios. Incluso uno tan notable como la resurrección de Lázaro no está en todos, sino únicamente en el Evangelio según San Juan. En este caso tenemos al evangelista Marcos presentándonos el milagro de esta multiplicación.

Y nos hacemos dos preguntas. La primera es si se podrá decir algo nuevo sobre la multiplicación de los panes después de tantos siglos, después de tantos años de vida, especialmente de algunos de ustedes. Uno pregunta ¿Será que se puede decir algo nuevo sobre la multiplicación de los panes? En segundo lugar, nos preguntamos ¿Por qué aparece este pasaje aquí, estamos en los días entre la epifanía y el bautismo del Señor? Y uno dice ¿Qué hace la multiplicación de los panes acá? Empecemos por la segunda pregunta, porque siempre es bueno hacerse esa pregunta ¿Por qué aparece esta lectura aquí? Yo he visto que cuando uno sabe por qué se está leyendo lo que se está leyendo, uno oye con más provecho.

En cambio, cuando uno no le ve ninguna secuencia las lecturas entra a la iglesia y más o menos siente que siempre le están leyendo lo mismo y siempre están diciendo más o menos lo mismo y uno sale siempre lo mismo y así se saca poco provecho. Es mejor estar atentos y saber, por ejemplo, que durante el tiempo de Navidad la primera lectura, siempre va por el lado de la Primera Carta de Juan, como hemos predicado varias veces en estos días. Eso es ilustrativo y seguramente un corazón que sea fervoroso. Va a una Biblia y busca una introducción a la Primera Carta de Juan, porque la lógica dice sí, este va a ser el texto que nos va a acompañar durante la primera lectura. Por algo será. Voy a ver qué es lo que tiene la Primera Carta de Juan, y así uno le saca más provecho. Uno está más atento a qué es lo que se va a leer, qué es lo que se va a decir.

Esto es especialmente necesario porque no siempre contamos con buenas predicaciones ni siempre nos llegan igual las palabras de los predicadores, ni siempre hay predicación. Entonces uno tiene que ayudarse y tiene que saber que haya o no haya buena predicación, pues tratar de alimentarse de la mejor manera con la que la Iglesia ofrece. Terminada esa propaganda, volvamos a nuestra pregunta ¿Por qué se oye la multiplicación de los panes? Tratemos de obrar con inteligencia y de obrar con tiempo, porque tiempo tenemos. Miremos, por ejemplo, a ver. Estamos en el martes después de Epifanía y oímos del Evangelio de Marcos, Capítulo seis. Ayer, pues, era lunes después de Epifanía, y oímos a Mateo, Capítulo cuatro. Mañana miércoles, vamos a oír a Marcos. Vamos a oír a Marcos en la continuación del Evangelio de la multiplicación de los panes. Mañana nos corresponde ese pasaje en el que Jesús camina sobre el agua y todo aquello. Y luego el jueves, Lucas dice uno. ¿Pero qué lógica tiene esto? En Lucas aparece que el pasaje aquel del Espíritu del Señor está sobre mí. Uno se pregunta ¿Pero de dónde sacan estas lecturas?

Será que por allá unos viejitos desocupados en el Vaticano dijeron ¿Bueno, y ahora qué hacemos? Nos hacen falta las lecturas, entre la epifanía y el bautismo, ¿Qué le ponemos a la gente ahí? A ver, pongamos. ¿Qué? A ver. La multiplicación de los panes. ¿Qué más ponemos? Pongamos alguna otra cosa. ¿A ver, qué? Lo de la sinagoga de Nazaret, están rellenando los unos días mientras llega el bautismo del Señor con el que termina el tiempo de Navidad y luego empieza el tiempo ordinario que ya va como más organizadito, como más ordenado, debe haber una explicación mejor. ¿Por qué la multiplicación de los panes aquí? Además, este pasaje está tomado del Evangelio de Marcos, y como ustedes seguramente saben, el evangelio de Marcos es predicado, es leído y predicado casi, casi completico durante el año, precisamente en el tiempo ordinario.

Ahora que empieza el tiempo ordinario, eso es ya la semana entrante, pues empezaremos a escuchar en orden el evangelio de Marcos, y si vamos en orden, pues vamos a llegar seguramente al Capítulo, que fue el que leímos hoy, el Capítulo sexto, y vamos a oír la multiplicación. ¿Por qué pusieron esta multiplicación aquí? Si nosotros nos damos cuenta, realmente lo que hay durante esta semana es como una especie de octava. Sabemos que existe la octava de Pascua, sabemos que existe la octava de Navidad, pero resulta que la fiesta de Epifanía es importantísima, tanto que en las iglesias orientales se celebra con más solemnidad, diríamos con más esplendor, con más fuerza, la epifanía que la misma Navidad. La Epifanía es una fiesta muy grande porque se está celebrando en ella, esa providencia amorosa, esa sabiduría bondadosa de Dios que encontró la manera de mostrarse a nosotros, de la despensa infinita, de su amor, de su gracia y de su poder.

Dios encontró el modo de irnos dando a escala nuestra que somos pequeños. Irnos dando sus tesoros, sus bondades, su amor, su gracia. La Epifanía no es para los orientales, ni tiene que ser para nosotros solamente, una anécdota que llegaron allá unos Reyes Magos, que ni eran reyes ni eran magos, unos sabios de Oriente. Seguramente unos astrólogos llegaron allá al pesebre y miraron allá cómo estaba todo, que estaba un poco desordenado porque habían tenido mucho corre corre en esos días. Y allá le regalaron oro, incienso y mirra, y se fueron. Y pasó la anécdota. Es mucho más grande la fiesta de la Epifanía. Es la fiesta de la providencia amorosa, de la sabiduría bondadosa de Dios, que encontró modo de darnos su infinito en nuestra finitud, darnos su grandeza en nuestra pequeñez, darnos su poder en nuestra debilidad, sin aplastarnos, sin humillarnos, sin destruirnos.

Ese poder maravilloso, ese es el contenido de la Epifanía según estas iglesias orientales. Y eso es lo que nosotros también debiéramos celebrar. Por eso, así como la Navidad tiene una octava que va hasta el primero de enero, así también la Epifanía hasta cierto punto tiene su octava. Claro que no se le llama de esa manera, pero en lo que estamos nosotros en estos días precedentes al bautismo del Señor, realmente en lo que estamos es como en una octava de la Epifanía, y se nota ahora mucho más, porque estamos celebrando, por lo menos en Colombia y en otros países, es así. Estamos celebrando la Epifanía en domingo, de manera que entre el domingo de la Epifanía y el domingo del bautismo casi siempre se alcanza a completar esa semana.

Queda precisamente una octava. ¿Y qué es una octava? Una octava la de Pascua, la de Navidad y esta que es una octava. Es el despliegue de la riqueza interior, de una celebración que no cabe en las lecturas y en las predicaciones de un solo día. Como la Pascua, que desde luego es la principal de todas las octavas, la Pascua es la gran celebración y no cabe en las lecturas de un solo día. No caben las predicaciones de un solo día, no caben la alegría de un solo día y por eso se desborda hacia los otros días. Pues así también la Epifanía es una fiesta muy grande. Cuando uno se da cuenta de que no es la anécdota de tres señores o cinco los que hubieran sido, que llegaron en unos dromedarios o camellos o lo que hubiera sido. No es una anécdota, sino es la grandeza de la providencia de Dios que encontró un camino sabio para darnos su amor y para darnos su poder.

Cuando uno descubre que la Epifanía es esa celebración tan grande, uno descubre también que hay una octava de la Epifanía, y en esa octava, de alguna manera es en la que estamos. Y por eso, ¿Qué son los evangelios de estos días? Los evangelios de estos días son hechos reveladores, hechos maravillosos, reveladores, en los que de modo particular se muestra la riqueza interior del misterio de Cristo como salvación, como luz del mundo, como gracia para todos los pueblos. De manera que los evangelios de estos días no son evangelios que escogieron unos viejitos en el Vaticano diciendo rellenemos estas fechas para que la gente no se quede sin misa. ¡Pobre gente! Si no son evangelios cuidadosamente escogidos para que nosotros descubramos las luces más intensas y más hermosas del misterio de Cristo.

Es decir, son momentos estelares, momentos seleccionados, momentos preciosos de la vida de Cristo en los que brilla de manera especial quién es Él y qué ha venido a traernos. Esa es la explicación de por qué encontramos que hay un evangelio de Mateo, otro de Marcos, otra vez de Marcos, después Lucas. ¿Por qué esos saltos? Porque se han seleccionado pasajes en los que Jesucristo brilla de modo especial, en los que aparece la gloria de Jesucristo, en los que nos sentimos inundados de la luz de Jesucristo. Podemos decir que son algunos de los pasajes más admirables de la vida de Jesucristo. Nos parece admirable el Señor Jesús en esos pasajes, y eso es lo que encontramos en el Evangelio de hoy. Por eso nos han presentado aquí la multiplicación de los panes, porque es uno de esos pasajes en donde es más fácil enamorarse de la luz de Cristo, quedarnos mirando a Cristo y adorarle y decirle ¡Uy, tú eres mi héroe! ¡Uy, es muy grande lo que has hecho! ¡Qué cosa tan bella y qué lindo! ¡Qué grande lo que has hecho! Son pasajes para mostrarnos la luz de Jesús. Son trozos del Evangelio que son como otras epifanías. Eso es lo que pasa, son otras epifanías. Eso es lo que estamos viendo.

Jesús brillante, Jesús esplendoroso, Jesús robándose nuestra admiración y nuestro amor y haciéndonos sentir el tamaño de su poder y de su providencia. Hemos dicho que en la fiesta de la Epifanía no estamos recordando solamente una anécdota de unos señores que llegaron. Estamos celebrando cómo la grandeza, se muestra nuestra pequeñez, pero dilata nuestra pequeñez, hace brillar nuestra pequeñez, hace que en nuestra pequeña historia y en nuestra vida pequeñita aparezca algo grande. Y eso es lo que tienen de particular estos pasajes, que en cosas muy pequeñas. En cosas muy sencillas aparece una grandeza, aparece un esplendor maravilloso. Eso es lo que te trae la multiplicación de los panes en el día de hoy.

Y por eso nosotros nos hemos asomado a este milagro para admirar a Jesucristo. ¡Qué milagro tan maravilloso! Bueno, pero nos queda la otra pregunta ¿Y ahora qué se dice de nuevo de la multiplicación de los panes? Pues si es un milagro esplendoroso, maravilloso. A mí me gusta esta versión de Marcos. Yo les sugiero a ustedes que son gente contemplativa, porque eso es propio de nuestro carisma, que para meditar con más provecho en la Palabra de Dios, utilicen una herramienta, un recurso que yo lo recomiendo por todas partes y consiste en esto. Cuando se trata de la Biblia, usted nunca se quede con la idea general. Muchas veces es en los detalles en donde están las más hermosas revelaciones. Si uno oye este pasaje, yo me pongo en la situación de ustedes, ¿No? Bueno, está uno sentado asistiendo a la misa y empieza el Evangelio. Jesús vio que estaban extenuados y que no sé qué, y entonces uno dice ¡Ah!, ya va a empezar la multiplicación de los panes.

Qué pasa cuando uno dice ya va a empezar la multiplicación de los panes, que uno hasta ahí oyó, ya no oyó más. ¡Ah sí! la multiplicación de los panes, ya, esa me la sé. Eso ya, ya esa me la sé. Y claro, sobre todo si uno está en unos días así de reflexión, de retiro, pues. Pues uno va tomando una actitud así como un poco perezosa. Entonces uno se acomoda, se cruza de brazos y uno dice bueno, ya está. Sí, pues sí, la multiplicación milagro que hizo Jesús. Sí, sí, ya me lo conozco. Y uno hasta ahí oye. ¡Error fatal!, así nunca seremos contemplativos. Un alma que esté enamorada de Jesucristo obra de otra manera. Un alma que está enamorada de Jesucristo dice ¡Atención aquí! Voy a llegar a un momento central de este día, Jesús tiene un mensaje para mí.

Algo me quiere dar mi amado en este momento, en este día y en este lugar. Entonces vamos atendiendo a los detalles, a ver qué es lo que el Señor, mi Señor me quiere decir hoy. Pero eso no es buena idea, ponerle así títulos a las lecturas mientras uno las va oyendo. Porque otro día. ¡Ah, sí, ya! El hijo pródigo también me la sé, la pesca milagrosa, esa ya me la sé, la he oído, ya me la sé. La pecadora arrepentida también me la sé. Lo grave de esa manera es que entonces no oímos, no oímos. Y ese es un pecado que cometemos con facilidad, sacerdotes, religiosos, religiosas. ¿Por qué? Por eso, porque como ya, me la sé, ya me la sé, ya. Esa ya la oí, entonces ya no oigo.

Por ejemplo, en esta lectura del día de hoy aparece. Mire, aparece un detalle que de pronto no lo hayamos notado. Vamos a ver qué era lo que decían los discípulos y vamos a ver qué era lo que les iba respondiendo Jesús, para ver qué sería lo que les preocupaba a los discípulos y qué era lo que le preocupaba a Jesús. Le apuesto a que si leemos este pasaje que es tan conocido desde esa óptica, de pronto aparece una cosa nueva. Viene aquí y dice de la siguiente manera: Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, andaban como ovejas sin pastor. Le dio lástima. Los discípulos dicen: Estamos en despoblado, despidelos que vayan y se compren de comer. Bueno, vamos a ver si los discípulos tienen el mismo sentimiento de Jesús. Jesús tiene lástima, tiene compasión.

Esta gente, ¿Qué dice? Ya es tarde, estamos en despoblado, y sobre todo, lo que tenemos no alcanza. Sobre todo eso. La actitud de ellos es, mira Jesús, que ellos vayan y resuelvan su problema. Estamos en despoblado, lo dicen ¿Porque se compadecieron de la gente? No. Ya es muy tarde, lo dicen ¿Porque se compadecieron de la gente? No. El problema de ellos es, la gente tendrá que comprar, es importante que vayan y compren. Fíjense cómo esta descripción de Marcos es interesante. Estamos, por una parte, con el corazón compasivo de Cristo. Y por otra parte, con el corazón práctico de los discípulos que dicen bueno, aquí esta gente, ¿Qué vamos a hacer con toda esta gente? La gente para Jesús es objeto de misericordia, la gente para los discípulos es un problema. Son dos miradas totalmente distintas.

Los discípulos miran a la multitud como un problema que toca resolver. Jesús mira a la multitud como una, como una cantidad, como un conjunto, como una familia de necesitados. Miremos a ver si nuestra interpretación es correcta. Él les replicó: Dadles vosotros de comer. Ahí está el punto. Esa es la frase que dispara el problema. Respuesta de ellos: Vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan. Los discípulos están mirando a sí mismos, a su cansancio, a lo que tenían guardado para su comidita. Se calcula que en esa época, bueno, los panes de esa época no eran como los panes de ahora. Por ejemplo, los del desayuno no eran, unos panes. Eran unos panes grandes, con todo el salvado, con toda la sustancia.

Una persona podía sobrevivir un día con un pan de esos que era un pan, lo que se llama pan. Era un pan tremendo, no como esos panes que ahora nos venden. Eso no, porque sea aquí, así es en todas partes. Esos panes que ahora nos venden son un símbolo. Toca ponerle un letrero que diga: Esto es pan. El pan de allá era un pan grande. Entonces si tenían cinco panes y el grupito de los discípulos era de doce o trece personas, pues con medio pan de esos un poco menos de medio se solucionaba la comida y que hay algo de sal con algún pescadito, por ahí quedaba una comida decente. Pero Jesús les dice: Dadles vosotros de comer. Ellos no piensan en sus reservas. Ellos piensan ahora en el nuevo trabajo que les toca. ¡Ah, caray! Entonces toca ir allá a ver si se consigue y tráigale pan a toda esta gente, a esas ocurrencias de este señor. Ellos están mirando su problema, su cansancio, sus provisiones.

Y les dice Jesús, ¡Cómo no le entendieron! Dadles vosotros de comer. Les dice ¿Cuántos panes tenéis? Fíjate cómo Jesús los va arrinconando. ¡No! los va arrinconando. El papel de Jesús es saque lo suyo, saque lo suyo, dele lo suyo. Entonces, ya cuando se les entró al rancho, como dicen en mi país, cuando se les entró al rancho, ya los arrinconó, ya no tenían para dónde coger. Entonces dijeron: Cinco y dos peces. Pero Jesús, aquí viene una cosa maravillosa. Jesús no solo se compadece de los de las multitudes, también se compadece de los discípulos. Si no hubiera sido Jesús, si no que hubiera sido Fray Nelson, les hubiera pegado una vaciada. ¿Muy bonito, no? Pancito escondido ahí, creen que uno nació ayer. Pero Jesús se compadece de los discípulos. Es decir, Jesús también entiende.

Eso también es muy hermoso. Jesús también entiende el cansancio de ellos, entiende el hambre de ellos, entiende que están de multitudes y de chinitos, orinados y de y de mujeres y hombres y de olores están hasta aquí. Jesús entiende que están saturados, que ya no pueden más y por eso les da un regaño de amor, un regaño colmado de amor. La multiplicación de los panes, evidentemente es una denuncia al egoísmo de ellos, es una denuncia a la mezquindad de ellos, es una denuncia a la falta de amor de ellos. Pero es una denuncia hecha con la máxima caridad.

Realmente Jesús lo que les está diciendo es ve que sí se podía, pero no los está humillando, no los está arrastrando, no los está destruyendo. También a ellos les da amor. Y hay una cosa muy linda al final dice: Partió los panes y se los dio a los discípulos, y los discípulos se los dieron a la gente, es decir, convirtió a esos discípulos que eran pozos de egoísmo, los convirtió en gente capaz de repartir el milagro de la generosidad. Yo me imagino a esos discípulos llevando esos panes y sintiéndose regañados con toda la ternura y sintiéndose corregidos con todo el amor. Entonces sí se podía. Sí se podía, cierto. Y van llevando esos panes y van entendiendo la lección.

De manera que en este Evangelio aparece el amor de Jesucristo en este Evangelio, aparece es que no es solamente ni es principalmente el poder. No estamos ante un mago. Bueno, por ahí resultaron unos teólogos diciendo que que no había habido multiplicación, sino que era que la gente había empezado a compartir y no sé qué más cosas. Ustedes no crean esa interpretación. Yo creo que el milagro lo hubo. No vamos a entrar aquí a discutir el asunto, pero yo creo que el milagro lo hubo. Además, no es difícil que suceda un milagro de ese, milagro de esos ha habido muchas veces en la historia. Yo no creo que eso sea difícil.

No hay por qué empezar a ver si le disminuimos los milagros al Evangelio y lo vendemos más barato. No hay necesidad de hacer eso. El milagro lo hubo. Pero lo importante no es el hecho físico. ¡Uy, este tipo no! Imagínese conseguir uno de esos para la despensa. Un señor de esos. Ya no hay que hacer más milagros. ¡Listo, Jesús! Se acabó la papaya. ¡Listo Jesús! Miren los que hacen este poquito de azúcar, listo. No es un mago. Si nosotros miramos al corazón compasivo de Cristo, compasivo para la multitud y compasivo para con la gente, descubrimos el verdadero resplandor de este milagro. No es un milagro, para que al final, digamos a ver cómo le quedó el ojo, si vio lo que hice. No, no, no. Es un milagro para aplastarnos. Es un milagro no para aturdirnos. Es un milagro más bien para que nosotros miremos el corazón amoroso de Cristo.

Como nosotros mismos tenemos un encargo de evangelización en la Iglesia. Este milagro nos dice mucho. Toda persona que está en el seguimiento de Cristo. Todo consagrado y toda consagrada, pasa por un momento como el de los discípulos. Cuando nosotros nos entregamos al servicio del Señor, le damos muchas cosas, pero parece que Jesús nunca se saciará, nunca se contentará, siempre está mirando. Y usted, ¿Qué es lo que lleva en esa bolsa? ¿Qué es lo que todavía no ha dado? Y nosotros, los consagrados, obramos como los discípulos. Los discípulos no empezaron por decir: Mira como nosotros tenemos unos panes escondidos, entonces hazme el favor de resolver el problema de aquella gente para que yo me pueda comer lo mío tranquilo. Nosotros, como los discípulos, somos gente disimulada.

Queremos hablarle a Jesús y queremos quedar bien con Jesús. Los discípulos obraron de manera que querían quedar bien con Él. Quien lee la frase de los discípulos dice: ¡Oiga, qué gente tan considerada! ¿No? Estamos en despoblado, ya es muy tarde. Mira, mejor despidelos, que vayan a las aldeas. Hasta ahí podía parecer caridad, pero lo que le despertó la alarma a Jesucristo fue que dijeron que vayan y se compren y se compren ellos, que les cueste como a nosotros nos costó también, cuando Jesús oyó esa frase y se compren, dijo a esta gente tiene aquí, esta gente tiene aquí un escondido. Y eso es lo que nos pasa a nosotros.

Todo sacerdote o casi todo sacerdote, ha vivido esa experiencia. De pronto la está viviendo una bolsita secreta por allá donde está lo mío, lo mío, el poquito de amor que no doy con nadie. El poquito de alegría que no reparto, al fin y al cabo, yo tengo mis derechos también. ¡Ay! pero es que al fin, yo también soy humano. Al fin, yo también. Y uno tiene la bolsa secreta. La bolsa por allá secreta con los panes secretos y los peces secretos. Y uno también es así, diplomático, como los discípulos. Y dicen: Mira, Señor, a mí me parece que lo mejor es que le hagamos el bien a toda esa gente, de manera que ellos se resuelvan la vida como puedan.

Y claro, Jesús, con esos ojos penetrantes, es que aquí lo admirable son los ojos de Cristo, ¿No? Cómo penetran hasta el corazón. Ahí sí parece verdad, un Superman con rayos X, hasta que vio los panes allá escondidos. Así Jesús llega a nosotros hasta que, mira, ¡Ajá! ¿Entonces tu donación no es total? Bueno, la verdad no. Entonces Jesús, ¿Dices que te hace falta que yo te bendiga? Tú solo no puedes dar la donación total. Es la fuerza de mi bendición la que hace que el corazón humano se pueda abrir y entregar su último resto. Eso no lo puede uno por las propias fuerzas. Uno por las propias fuerzas, siempre se estará reservando. Bueno, aquí está mi grupito secreto de mis amiguitas, que son mi pequeño santuario de amigas que tengo aquí. Ahí tengo mis amiguitas secretas. Tengo mis amigos, tengo mi, mis cositas, mis proyectos secretos y yo los voy tejiendo poco a poco. Y llega Jesús. Y Jesús dice: Bueno, preste para acá. Pero Jesús no es cruel.

Jesús, que se compadece del pueblo, se compadece también de nosotros. Y Jesús no nos va a tratar mal. ¿Cómo fue la frase que utilizó? Dijo, aquí Él les mandó que hicieran recostarse a la gente tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo ¿Por qué alzaría la mirada al cielo? Tal vez para hacer una oración y darle gracias al Padre Celestial. O tal vez para no mirar a estos pobres que estaban rojos como tomates, de ver que habían quedado desnudos ante Él. Tal vez Jesús alzó la mirada al cielo por las dos razones para no avergonzarlos a ellos, y para decir la oración. Pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos, de manera que los panes perdieron. Los discípulos perdieron los panes, pero solo por un momento, mientras Cristo los bendecía. Y de inmediato se los devolvió ya bendecidos y multiplicados.

O sea que les hizo pasar por la experiencia de darlo todo, pero también les dio la experiencia de multiplicar sus bienes. Bueno, alabemos al Señor Jesucristo, que me parece que, que es admirable en ese corazón, en esa delicadeza, en esa mirada, en esa oración, en ese modo de entender a todos, desde el niñito orinado hasta el discípulo avergonzado, entender a todos, comprender la miseria de todos y convertirse en bendición para todos. Qué hermoso que esta lectura esté en estos días, porque si la miramos así, yo creo que esta lectura es una hermosísima epifanía del amor de Cristo.

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