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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesucristo, al multiplicar los panes y los peces, rompe con la lógica de la doble vía, la lógica del negocio.
Homilía nde2002a, predicada en 19990105, con 38 min. y 36 seg. 
Transcripción:
Tal vez la primera pregunta que uno se hace al escuchar este relato del capítulo sexto de San Marcos sobre la multiplicación de los panes, es ¿Qué hace este relato en Navidad? Estamos todavía en el tiempo de Navidad, acaba de pasar la epifanía. Celebraremos la fiesta del bautismo del Señor el próximo domingo, Dios mediante. Y entonces aquí una multiplicación de panes. ¿Por qué este pasaje en este momento? Por qué esta semana, de alguna forma prolonga la fiesta de la Epifanía. Si la Epifanía es la manifestación, es la revelación. Entonces, durante esta semana, lo que estamos escuchando son pasajes seleccionados en los que Cristo reveló de modo particular su misión, su vida, la razón de su venida. Puede decirse que el tiempo de Navidad termina contándonos a qué vino el que vino, para qué nació, el que nació. Y por eso esta última semana del tiempo de Navidad nos está contando eso. A qué vino el que vino, cuáles son las obras de ese niño pequeño. Pero eso, en el Evangelio de ayer, escuchábamos sobre las obras de Cristo. Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas, proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias, le traían los enfermos, los endemoniados, lunáticos y paralíticos, y Él los curaba. Es un aspecto de Jesucristo, es un aspecto de la manifestación de Jesucristo. Hoy ha aparecido otro aspecto, esta multiplicación de los panes, quiere contarnos algo sobre Cristo para que nosotros sepamos a qué nació, este que nació. Y para qué vino, este que ha venido. Cómo es de sabia la liturgia de la Iglesia, cómo es de sabia en presentarnos la carne de Cristo y al mismo tiempo invitarnos a ir más allá de esa carne. Porque si no, como he dicho en otras ocasiones, uno no tendría más que hacer en Navidad que dormir al niño. Pero hay mucho más que hacer, además de reconocer la realidad de esa humanidad que necesitaba descanso. Hay mucho más que hacer hundiendo los ojos de la fe en esa carne. Hay que descubrir el por qué y el para qué y el desde dónde y el cómo de esa maravilla que brota desde la encarnación y desde el nacimiento de Jesucristo. Así entendemos por qué está este pasaje del Evangelio aquí. Siguiente pregunta ¿Y qué nos enseña este pasaje del Evangelio? El de ayer estaba, como más fácil, porque ayer veíamos a Cristo enseñando, curando, exorcizando, y entonces esos mismos gerundios nos cuentan para qué vino Cristo. Pero en cambio, este otro milagro, el del día de hoy, el de la multiplicación de los panes, fue bastante excepcional. Tal vez fue una sola, o tal vez dos multiplicaciones de panes. Mientras que Jesús enseñaba en muchas partes y curaba enfermos en muchos lugares. Esto de la multiplicación de los panes en el testimonio de los Evangelios parece que no sucedió demasiadas veces. No es que Jesús fuera de pueblo en pueblo, multiplicando el mercadito a la gente. Es algo excepcional lo que ha sucedido aquí. Mientras que si iba de pueblo en pueblo, curando a los enfermos, echando los demonios y sobre todo predicando, entonces está más difícil el Evangelio de hoy que el de ayer. Como revelación de Jesucristo, parece más difícil. ¿Qué será lo que nos quiere decir aquí? Que tenía tanto poder que podía multiplicar panes, Tratemos de ir más allá. Metámonos en el diálogo entre Jesús y los discípulos y escudriñemos qué es lo que se nos está manifestando en este Evangelio. El diálogo lo abren los discípulos. Estamos en despoblado y ya es muy tarde. Y como fue maña vieja en ellos, le dan instrucciones a Cristo, despidelos, que vayan a los cortijos y aldeas y se compren de comer. Pero como también fue costumbre persistente, que no maña en Cristo, Él no se dejó mandar. Despidelos, pues ahora no los despido, multiplicó los panes. La respuesta de Cristo no es, No hay necesidad de despedirlos. La respuesta de Cristo es, ni tampoco la respuesta de Cristo es espérense, que ahora viene lo bueno, ahora viene la multiplicación de los panes. La respuesta de Cristo es dadles vosotros de comer. Resulta que los discípulos sí tenían panes. Sí tenían panes, tenían poquito, pero sí tenían. Esos discípulos probablemente aluden sobre todo a ese núcleo de los doce. Si pensamos en que a veces el jornal de un obrero pobre en tiempos de Jesús se pagaba con un pan grande. Quiere decir que un pan era unos panes integrales, sumamente nutritivos y compactos, por lo que hemos podido llegar a saber. No era pan de harina fofa, como suele repartirse, conocerse, comprarse y venderse. Hoy eran panes, contactos integrales, un momento nutritivos. Un pan de esos era como el jornal de un obrero, es decir, con un pan de esos se sostenía una persona. Entonces quiere decir que medio pan era una cena aceptable. Había cinco panes y había doce discípulos. De manera que alguno, alguno que otro que estuviera demasiado fervoroso o fanatizado y que fuera a ayunar y quedaba ya medio pan para cada uno y con medio pancito de esos panes compactos. Hombre, uno se defiende con medio pancito, uno se defiende y el pescado pues ayuda a darle algún sabor. Dos peces es una porción ridícula, pero alguna regla se podía hacer. Tal vez, por ejemplo, que los cinco panes se volvieran diez porciones más los dos peces, quedaban doce porciones apenas como una para cada uno y ahí cada uno le daba un poquito a Jesús y quedó solucionada la cena. Ellos ya tenían sus panes y sus peces, Jesús les dice, dadles vosotros de comer. Se dañó el plan, ahora sí se dañó el, el plan. Se dañó el plan porque no alcanza el pan. Fíjate que el diálogo lo abren ellos. Ellos están viendo que pasa, pasa el tiempo, aquí no hay comida. Nosotros tenemos aquí unos pancitos nomás. Pasa sigue pasando el tiempo, esto se está ya oscureciendo ¿Y qué va a pasar? Que vayan a los cortijos y se compren. El verbo de ellos es el verbo comprar, el verbo de Jesús es el verbo dar. Lo que ellos proponen es que la gente vaya y compre. Y lo que Jesús dice es: Dadles vosotros de comer. O sea que dadles vosotros de comer, desenmascara lo que había en ellos, ese dadles vosotros de comer, evidentemente era imposible para ellos. ¿Qué penetración la de Jesús! Qué capacidad de mirar el corazón humano, es impresionante. Detrás del comentario de los discípulos lo que había es, tenemos que asegurar lo de nosotros, que se vayan para que nos alcance a nosotros. Y el comentario de Jesús es ,saquen de lo de ustedes y denles. Jesús llega al centro del problema, Jesús llega allá donde estaba el miedo de ellos. El miedo de ellos es, estamos aquí, al lado de este trotamundos que anda de pueblo en pueblo, que nos tiene unas jornadas intensas. Está haciendo hambre y apenas hay este alimento. Tienen miedo, tienen temor de lo suyo. Y Jesús dice: Dadles vosotros de comer. Porque mira que lo que dijeron los discípulos no mencionó el hambre que ellos tenían. Si los discípulos hubieran sido sinceros, sinceros, hubieran tenido que hablar así. Estamos en despoblado, ya es muy tarde, tenemos hambre nosotros y casi no hay ni para nosotros. ¿Por qué no se irá toda esa gente para que nos quede lo de nosotros? En realidad, la preocupación de los discípulos era, ellos les preocupaba, era lo que les iba a pasar a ellos. Pero resulta que utilizaron un lenguaje directo, que toda esa gente que tiene hambre vaya y se compre. Un lenguaje indirecto, dice Jesús. Por qué no le damos a toda esa gente que tiene hambre. ¿Como el problema es que ellos tienen hambre? Ustedes no han hablado del hambre suya. Entonces denles ustedes, ellos le preguntaron. Ya la situación se estaba complicando. Vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer, de nuevo, utilicen el verbo comprar. Jesús dijo dadles, y ellos dicen, vamos a ir a comprar. El comprar es intercambiar. El comprar es un verbo de doble vía de aquí para allá, el dinero de allá para acá, el pan. En cambio, es el Verbo de Jesús, es de una sola vía dar. Por ahí va la enseñanza particular del día de hoy. El Verbo de Jesús es en una sola vía, es un verbo que no tiene compra, es un don que no tiene precio, es un regalo. Porque se nos está anunciando en esta conversación tan estomacal. Es un asunto de gracia, es el sentido de la gracia. Vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer. Ellos se imaginaban una conversación en estos términos. Jesús iba a decir sí, sí, entonces ellos, que ya estaban cansados porque estaban al lado de Jesús el trotamundos, entonces ya estaban viendo. Ahora nos tocó lo que nos faltaba, ahora nos tocó los mensajeros, los mensajeros a traer pan y cargue pan para toda esta gente. Pero bueno, por lo menos le podremos preguntar ¿Y con qué? Qué era la siguiente pregunta que le tenían. Jesús, se supone que les iba a decir, Sí, vayan, compren. Y entonces le iban a decir, No, maestro ¿Con qué? Esa era la idea de ellos. Pero resulta que Jesús no se deja desviar. Entonces se parece a la conversación con la samaritana. La samaritana, tratando de embolatar la conversación, que mira que en aquella montaña que Moisés dijo que hay una interpretación farisaica, hay una corriente exegética de los saduceos, y Jesús y su marido y usted y la fe, Jesús derecho a su objetivo. Lo mismo aquí, ellos y el dinero y la plata. ¿Y qué vamos a hacer? Y todo está muy lejos, y se oscureció el frío, la lluvia, el clima. Jesús directo a su objetivo, ¿Cuántos panes tenéis ustedes? Ustedes sí tienen pan, vosotros sí tenéis pan. Ese es el problema que vosotros sí tenéis. Entonces el problema no es que estamos en despoblado, el problema no es que es muy tarde, el problema está en que se vaya la gente. Porque ustedes si tienen panes, ese es el problema. ¿Cuántos panes tenéis? ID a ver. Cuando lo averiguaron, le dijeron, ya empezaban a sentirse regañados. Cinco, cinco. Entonces oigan, entonces no había que comprar, porque si había. Un problema era comprarte a nosotros, el problema era gastarse por los otros, el problema era esforzarse por los otros. Ustedes están pensando en su esfuerzo, están pensando en lo que les va a tocar a ustedes. Ustedes están centrados en ustedes. Venga, para eso están. Él les mandó que hicieran recostarse a la gente sobre la hierba en grupos. Ellos se acomodaron por grupos de ciento y de cincuenta. Ya a esas alturas estaban de mensajeros, siempre los mensajeros. Obsérvese un detalle, el comienzo del texto que hemos leído dice, Jesús vio una multitud y les dio lástima de ellos. Luego los discípulos dicen, Estamos en despoblado y es tarde. Parece que a los discípulos también les da lástima. Pero los discípulos sentían lástima, era de su cansancio, sentían lástima. Es de los poquitos panecillos que habían quedado. ¡Cuántas falsas misericordias, cuántas falsas lástimas hay! Este es un evangelio que es muy instructivo, porque resulta que nos está contando que hay una compasión falsa. Hay una compasión que es para que el pobre se me vaya. La compasión de Jesús es para que el pobre se siente a la mesa. Pero la compasión de ellos, esta tarde estamos en despoblados, despídelos y que vayan y compren. No sabía acaso Jesús que esos que estaban con Él era precisamente el grupo de los pobres, eran precisamente los recogidos. Jesús se parece en esto al rey David. Cuando David fue a reunir un ejército, reunió a los indigentes, a los desechables, a los marginados, reunió a los que no valían ante el mundo y con ellos hizo un ejército, y con ese ejército logró lo que logró. Tú crees que iba a ir detrás de Jesús, mucha gente de la que estaba muy acomodada y que cargaba abundante dinero. Toda esta multitud que andaba con Jesucristo, todos estos que estaban tan desorientados, tan desubicados, que eran capaces de apostarle la vida a un predicador errante como era el mismo Cristo. Todos estos eran gente sumamente pobre. Para que una persona pueda dejar su tierrita, sus cositas e irse detrás de un profeta que predica que solo tiene palabra de Dios, tiene que ser una persona que esté demasiado necesitaba alguien que casi no tiene nada que perder. Cuando Marx hizo su obra cumbre, el capital terminó invitando a los proletarios de todo el mundo a que se unieran, proletarios del mundo, uníos. Y esas arengas fueron bastante frecuentes en el comunismo. Comunismo tipo Lenin, tipo Marx. Ustedes que no tienen nada que perder, apuéstenle a esta guerra. Peor no pueden estar, vayan en las tras las banderas del socialismo, del comunismo, vayan tras esas banderas que ya peor no pueden estar. La gente que apuesta a ir así detrás de un predicador errante es gente que está demasiado mal, demasiado pobre, es gente que inspira lo que Jesús sintió, inspira lástima. Estaban como ovejas sin pastor, se puso a enseñarles con calma, ellos no tenían ni luz, ni tenían dinero, ni tenían alimento. Pues esos pobres, esos indigentes, son los que los apóstoles quieren mandarlos a que compren. ¿A que compren qué? ¿A que compren qué? ¿A que saquen de dónde? Per eso viven esperando,este evangelio nos enseña que hay dos misericordias. Hay una misericordia que es para que se vaya el que no estorba, para que ya no me estorbe más. Y es una misericordia que en el fondo no resuelve nada. Si Jesús hubiera seguido este supuesto consejo de los discípulos. Hemos pasado un tiempo maravilloso, extraordinario. Hemos compartido como nunca ahora ir, y compraos. Parecen sonar en el oído las palabras del apóstol Santiago. Si hay un pobre en vuestra asamblea y vosotros le decís, Ve con Dios, buen hombre, y come, y sáciate, y vístete. Y no le deis con qué dice, Santiago, ¿De qué le sirve? Pues parece que ese Santiago aprendió esa lección, entre otras cosas, en este momento y en esta escena. Seguramente ese Santiago se quedó luego pensando oiga, tan chistosos nosotros que vayan y se compren. ¿Que se compren qué? ¿A dónde irían? ¿Qué podrían hacer? La compasión de Jesucristo es verdadera. Manda a los discípulos que hagan sentarse a la gente. No hay alimento, no hay mesa, pero, que se sienten. Lo primero es que se sienten, lo primero es que no se vayan. Lo primero es que sepan que alguien los recibió alguna vez. Lo primero es que puedan tener un banquete. Nunca lo han tenido. Lo primero es que se sienten, que estén juntos, que puedan mirarse unos a otros y puedan descubrirse como hermanos. Si este milagro corresponde al mismo que nos cuenta el evangelista Juan en su capítulo sexto, hay que decir que en aquel lugar había mucha hierba que se sienten. No hay mesa, pero hay hierba. No hay sala de banquetes, pero está el cielo y la tierra. No hay música, pero hay salmos, hay oraciones y hay cantos. Los invitados especiales son ustedes, siéntense. Jesús no solamente les ha alimentado, ha hecho por ellos una obra más grande. Les ha acogido. Los discípulos no querían acogerlos. Los discípulos estaban acostumbrados a ver la circulación de personas. Hasta cierto punto se les había vuelto como monótono. Llegaba por allá un cojo, salía caminando y el siguiente, a ver, ciegos aquí, sordos acá, organícense, no hay para todos. Uno se imagina a los apóstoles y ellos estaban acostumbrados a la circulación de la gente. Pero aquí los de las amigas, por aquí. Y resulta que Jesús, precisamente lo que no hace es lo que le hacían, lo que le habían aconsejado los discípulos. El gran consejo, el maravilloso consejo de los discípulos, era despidelos. Y lo primero que hace Jesús es que se recuesten. En estas cosas, yo entiendo por qué la Iglesia no puede ser democrática, no puede ser democrática. Imagínense si hubiera sometido a votación, eso a ver, voto secreto. Escrutadores acuario, padrón, voto secreto. Que se vaya la gente o que se quede, propones. Seguramente la votación hubiera dado uno que se quede en doce, que se vayan. La Iglesia no puede ser democrática, no puede serlo. Hay momentos en que se necesita una luz. Una luz que viene de lo alto para llevar la contraria cuando hay que llevar la contraria. Y Jesús aquí llevó exactamente la contraria a sus discípulos. Despidelos, pues no, se quedan y se sientan, y que se sienten, y que se acomoden bien y que estén a gusto. Vamos a acogerlos, ellos no solo necesitan palabra, no solo necesitan milagros. Incluso no solo necesitan pan y peces, necesitan que alguien los reciba. Ustedes no se dan cuenta de que nadie los recibe, de que nadie los acoge. Y Jesús, obsérvese, antes de poner a los discípulos a repartir pan, los pone a ser ministros de esa acogida. Él les mandó a los discípulos, les mandó que hicieran recostarse a la gente sobre la hierba en grupos. Cada palabra es preciosa, no se te olvide eso. Cada palabra es preciosa en la escritura. A los mismos que le habían aconsejado, despidelos. ¿Quién diría eso? No sabemos, tal vez Pedro, tal vez Santiago. ¿Quién sabe? Vamos a suponer que fue Santiago el que le dijo despidelos. Después estaba Santiago por allá, acomodando la gente. Para no despedirlos. Oiga, qué hacía nuestro Señor para no despedirlos. Y se acomodaron por grupos y se miraron unos a otros y se sintieron acogidos. Tomando los cinco panes y los dos peces. Ya los discípulos, quién sabe dónde, andaban por allá regados entre los grupos, desde allá estaban mirando la bolsita, los panes, a ver, en qué paraba, en qué paraba lo de los pajes o quién sabe cómo fue aquello. Jesús tomó los panes y los peces, alzó la mirada al cielo. Esto es, esto es bendito, esto es bellísimo. Y los apóstoles tienen una mirada solo horizontal. Aquí hay gente que se le ve bastante hambre, esto, está grave, bastante hambre, se ve por aquí. Ellos miran toda la situación en un plano horizontal, a ver, ese de allá se ve muerto de hambre, esa señora esta que bosteza hace rato, ese niñito está que se priva. Ellos están mirando así horizontal y lo que ven es hambre, hambre por aquí y hambre por allá. Jesús alza la mirada, alza la mirada. Esos discípulos, aunque ya eran discípulos de Cristo y aunque ya lo habían oído muchas cosas, y aunque ya creían en él, de algún modo esos discípulos, todavía no habían aprendido a alzar la mirada. Se sentían discípulos de Cristo, tal vez tenían ya una cierta conciencia de grupo. Pero todavía no se reconocen como hijos de un mismo padre, todavía no saben alzar la mirada. Probablemente se reconocen como hermanos, pero son como los hermanos que produce la Revolución Francesa, esa fraternidad de la que habló la Revolución Francesa, fraternidad que viene de hermanos chistosos, esos hermanos que no tienen papá, unos hermanos sin papá. Pues así estaban estos discípulos en este momento, pertenecían a la Revolución Francesa, eran hermanos entre ellos y veían el hambre y veían los problemas del mundo, pero no tenían manera de levantar la mirada, no tenían un cielo para mirar. Y como esta escena es en descampado, a uno le causa gracia. Estando en descampado no encontraban el cielo, no podían mirar al cielo, no sabían dónde quedaba el cielo. Jesús mira al cielo, pronuncia la bendición. Como quisiera yo saber cuál fue la bendición que pronunció Cristo. No la sabemos, pero pronunció la bendición y no sabemos si bendijo a Dios por ser el que da todo alimento. Jesús bendijo los panes que había dado Dios. Porque el verbo bendecir tiene eso, ¿no? Uno bendice a Dios y Dios lo bendice a uno. Pues así también, bendito sea el Señor, bendigámosle nosotros. Porque, como el evangelista no nos dice cuál fue la bendición que pronunció Cristo, nosotros podemos pensar que el mismo Cristo es la bendición. Nosotros podemos pensar que Jesucristo es nuestra bendición para el Padre, es nuestra acción de gracias al Padre y Jesucristo es la bendición del Padre para nosotros. En Cristo nosotros bendecimos al Padre y en Cristo el Padre nos bendice a nosotros. Así también Jesucristo aquí, bendice al Padre por ese milagro, por saciar el hambre de esos pobres. Pero también Cristo trae la bendición del Padre para que esos panes se multipliquen junto con esos peces, y los panes. Les dio los panes y los peces a los discípulos, y los discípulos se los dieron a la gente y no hubo que comprar nada. Lo que hizo Jesucristo fue romper la lógica de la doble vía, romper la lógica del intercambio. Para los discípulos la vida es dura y todo hay que ganárselo. Para Jesucristo hay un Padre, hay una bendición. Y cuando se bendice y cuando hay un Padre, entonces el pan alcanza para todos y sobra y sobra. Comieron todos y se saciaron. Esto es lo que trae la lógica de Jesucristo que comieron todos y se saciaron. Y supongamos que hubieran podido comprar. Cuánto se hubieran quedado con más hambre. Esta saciedad bendita que trae Jesucristo, está saciedad, indica la plenitud del don que Dios les da en el mismo Cristo. Recogieron las sobras más pan y más peces. Por qué hubiera pedido pronto Jesucristo parar el milagro cuando ya se iba a llegar al número preciso. A ver cuánta gente faltan ciento cincuenta ya, bueno, entonces multipliquemos otros ciento cincuenta. Esas sobras nos enseñan dos cosas, Primero, la exuberancia del don de Dios. Dios no se mide cuando se trata de dar bienes, Dios no se mide. Porque el que se mide es el que está comprando y vendiendo. ¿Cuánto quiere usted? Cinco pesos de leche, cinco pesos de leche tendrá, aquí están sus cinco pesos, o mejor dicho, cuatro con noventa y nueve. El que compra y el que vende tienen que medirse. El que da debe ser generoso. Y si abrimos los ojos a la creación, ¿Qué vemos? Vemos a un papá generoso, casi un papá desperdiciador. Regala la luz cuando se piensa en qué microscópica cantidad de energía del sol recoge la tierra y cuánto de la energía del sol se va a los espacios negros infinitos. Uno dice pero cuánta luz se desperdicia, los colores y los paisajes y las formas. Hay gente preocupada en el mundo porque hay especies que se están extinguiendo y hay especies que ya se extinguieron. Especies animales que nosotros, la especie humana, hemos extinguido. ¿Sabe una cosa? Esas especies que ya se extinguieron, sea por sea por falta de racionalización de nosotros los seres humanos, o sea por catástrofes naturales, como parece que fue el caso de los dinosaurios. Esas especies ya extintas tenían secretos de sabiduría, de biología, de fisiología que nadie conoce y que todo indica que nadie va a conocer. Para qué hizo Dios esos animales gigantescos como los dinosaurios, si nadie se los iba a admirar, si se iban a acabar antes de que nadie los viera. Es verdad que queda mucho lagarto por ahí, pero dinosaurios ya no quedan. Por qué hizo Dios esas obras maravillosas que nadie iba a entender, que nadie iba a contemplar, que nadie le iba a agradecer. Aquí se ve que Jesús es hijo de ese papá, el Hijo tiene las mismas costumbres. El Hijo también nace en abundancia y que, es hombre es generoso, esa es una enseñanza de esas sobras. Pero hay otra enseñanza, no dice simplemente que de una cantidad de pan. Recogieron las sobras, las recogieron en canastos más y más pan en canastos. Ese pan que queda en canastos queda listo para ser servido, porque hay muchos otros pobres. Es una señal tan elocuente, ese pan que sobra. Elocuente, como he dicho, de la generosidad divina, pero elocuente también y sobre todo, elocuente, de la inmensa indigencia humana. Comieron como cinco mil. ¡Vaya milagro! Sí. ¡Y cuánta hambre hay en el mundo! Esas obras nos recuerdan todo el hambre que sigue pendiente. Además, fueron doce canastos. ¿No? uno para cada apóstol, ellos ,que no querían cargar. Pues bueno, ya acabamos aquí. Ahora se lleva cada uno su canasto. Ahí, aprenda, cada uno con ese canasto, acuestas. Aprenda cada uno que hay mucho pobre al que hay que alimentar. Aprenda cada uno que hay que dar con generosidad. Ya ustedes aprendieron que había que hacer sentar a la gente, es decir, había que acogerla. Ya ustedes aprendieron que hay que multiplicar el pan para ellos. Ahora aprendan que hay otros pobres aparte de los que se han sentado en este pastizal. Hay muchos otros pobres y hay que llevar también para esos pobres. Y llevaron más panes y más peces. Cada uno con una canasta. Jesús recibe los panes y recibe los peces y cinco panes. Claro que hay que ver que eran panes compactos, integrales, alimenticios, nutritivos. Cinco panes y dos peces caben en una canastita. Al principio del milagro, Jesús tiene una canastita al final del milagro, cada apóstol tiene una canasta. Cada uno tiene para seguir haciendo lo mismo. Habrá un maestro mejor. Habrá un maestro mayor. Ustedes vieron cómo con esta canasta le pudimos dar a toda esta gente. Ahora cada uno tiene una canasta, ahora hagan ustedes lo mismo. Aprendan también ustedes a hacer que la gente se siente. Aprendan a multiplicar para ellos los panes. Aprendan a alzar la mirada y a repetir la bendición y que siga habiendo pan y que siga calmándose el hambre de los pobres. La Iglesia desde muy temprano ha relacionado este maravilloso milagro con el pan de la vida, con la Eucaristía, como ya aparece en ese capítulo sexto de Juan. Pero creo que aquí no haya que añadir más palabras. Basta ver el milagro, basta ver cómo nuestras hostias se hacen pan de vida, pan de eternidad. Varias veces he ponderado lo alimenticio que era el pan de los judíos. Ahora ya no tengo adjetivos para ponderar el alimento de la vida eterna que Jesús nos da cuando multiplica su propia presencia y su gracia entre nosotros. Cada uno de nosotros, al comulgar, haga otro tanto. Si Jesús se volvió hostia, tú que comulgas, vuélvete hostia. Jesús, con su canastita, hizo un milagro y alimentó a muchos, se volvió pan para el mundo. Así también tú, unido a Jesucristo, llévate esa gracia y multiplícala para que seas alimento, para que seas gracia, para que seas vida para el mundo. Porque hay muchos pobres y muchos no han escuchado estas palabras.

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