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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Es conveniente que los católicos dejemos tanto complejo porque hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él por el Espíritu Santo que habita en nosotros.
Homilía nde1019a, predicada en 20250106, con 4 min. y 4 seg. 
Transcripción:
Durante el tiempo litúrgico de Navidad nos acompaña San Juan con sus escritos. Esto es algo que me parece muy bello y muy pedagógico de nuestra liturgia católica. Porque fíjate cómo en Adviento varias veces dijimos nos están acompañando Isaías, Juan Bautista, la Santísima Virgen María. Llegamos a Navidad y nuestro guía, nuestro compañero, es fundamentalmente San Juan.
San Juan, especialmente en su primera carta. Porque la primera carta de San Juan es como un gran himno a la Encarnación. Es algo muy hermoso. Hoy, por ejemplo, tenemos un texto que nos habla sobre la verdadera y la falsa fe. Y San Juan pone, como podríamos decir, criterio fundamental de discernimiento la Encarnación precisamente.
Aquellos que reconocen que Dios se encarnó, que de verdad la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Digamos que van bien en su fe. Y es que efectivamente, no hay otra religión que diga algo parecido. Se habla de dioses, dioses que se hacen presente, dioses que se manifiestan. Por ejemplo, piensa entre los griegos. Pero que Dios se encarne y se haga hombre y que ese Dios humanado dé su vida por nosotros y que muera por nosotros. Eso es absolutamente original. Eso únicamente lo tenemos nosotros.
Hermanos hay que apreciar lo que es propio de nuestra fe. Hay que valorarlo. Hay que saber que es inmenso el tesoro de nuestra fe. Por eso también dice el texto de hoy. El que está en ustedes refiriéndose al Espíritu Santo. Es más fuerte que el que está en el mundo. Y con esa expresión, el que está en el mundo se refiere al espíritu de las tinieblas, que de muchas maneras mantiene esclavizados los corazones en toda clase de idolatrías, placeres, codicias, rencillas, envidias, guerras. Pues bien, el que está en nosotros, ese Espíritu Santo que hemos recibido y que es el autor de nuestra fe, es el que hace posible nuestra fe. Ese es más fuerte que el que está en el mundo.
Y yo creo que este es un mensaje que viene muy, pero muy a tiempo cuando se trata de este Año Santo de la Esperanza, al que nos ha convocado el Papa Francisco. Es importante, como ya lo hemos dicho también en otras homilías, es importante que nosotros dejemos tanto complejo, somos muy acomplejados y nos achicamos fácilmente y escondemos la cabeza y nos da vergüenza, todo nos da vergüenza ¿vergüenza de qué? Vergüenza de un Dios que me amó tanto. Vergüenza de un Dios que descendió a esta tierra, que caminó entre nosotros. Que nos reveló la gloria. Que derramó su sangre por nosotros. ¿tengo yo que avergonzarme de eso? ¿tengo yo que sentir vergüenza de ese Dios?
Por el contrario, nosotros, como dice San Pablo, no hemos recibido un Espíritu de cobardía para recaer en el temor. Nosotros hemos recibido un Espíritu que nos da la fuerza para proclamar fundamentalmente que hemos sido amados, que es verdad que Dios se encarnó, que es verdad que nos ama hasta el extremo y que es verdad que Él quiere que así, vencido el pecado en cada uno de nosotros, seamos una humanidad renovada en el amor ya desde esta tierra y después para la eternidad.
Así que, muy claro el mensaje, nada de estar acomplejados, nada de estar derrotados, nada de estar achicados. No, nada de eso. Nosotros tenemos claro que hemos sido amados, como dice la primera carta de Juan, nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él. Amén.

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