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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La semana que sigue a la Epifanía es una especie de octava que nos ayuda a contemplar momentos únicos de manifestación de Dios en su Hijo Jesucristo.
Homilía nde1008a, predicada en 20130107, con 4 min. y 45 seg. 
Transcripción:
En nuestra liturgia. En la Iglesia Católica tenemos grandes celebraciones que son tan grandes que no caben en un solo día. El caso típico es el de la Pascua. Celebrar la victoria de Cristo sobre el demonio, sobre la muerte, sobre las tinieblas es algo tan grande que no cabe en un solo día. Por eso la celebración de la Pascua se prolonga de manera inmediata en ocho días. Eso se llama la octava de Pascua. Y luego todavía se prolonga en cierto sentido en otro tiempo que es el tiempo pascual. La Pascua no cabe en veinticuatro horas. Por eso necesitamos un día perfecto, porque ocho días en la Biblia es un día perfecto, es el ciclo perfecto.
Tenemos otra octava con la Navidad. El veinticinco de diciembre celebramos el nacimiento de Cristo. ¡Y es tan grande! Es tanto lo que hay que celebrar que no cabe en un solo día. Necesitamos por lo menos ocho días. Y esos ocho días son la octava de Navidad. Haciendo las cuentas, corresponde desde el veinticinco de diciembre hasta el primero de enero inclusive. De modo que el veinticinco de diciembre, como me gusta decir, celebramos a Jesús, el Hijo de María y el primero de enero celebramos a María, la madre de Jesús. Y entre esos dos polos tenemos todos esos textos preciosos y las demás celebraciones de la octava de Navidad.
La Epifanía también tiene una especie de octava. Es menos obvia y no se utiliza la palabra. Nosotros celebramos que Jesús es la Manifestación del Padre y celebramos que en Jesús se muestra todo lo que se puede saber de Dios. Eso es lo que significa la Epifanía. En muchos de nuestros países la Epifanía se celebra el domingo, en otros se sigue la costumbre antigua de celebrar el seis de enero. Curiosamente este año las dos cosas coinciden. Pero si me preguntan a mí. Todas las opiniones, supongo yo que son respetables. Si me preguntan a mí. A mí me gusta más la celebración de la Epifanía del domingo, porque el domingo es el día del Señor.
Y lo cierto del caso es que esta especie de octava de la Epifanía viene a ser con esta fiesta tan bella, lo mismo que antes dijimos de la octava de Pascua y lo mismo que antes dijimos de la octava de Navidad. Es una fiesta tan grande, es tan grande saber que Dios ha querido aprender nuestro lenguaje, que Dios se ha pronunciado en nuestro lenguaje para hacerse accesible a nosotros. Y sin embargo, para que ese lenguaje nuestro también como que pueda estallar desde dentro en cantos de júbilo y en proclamaciones de su gloria. Y todo esto nos ayuda a entender cómo están distribuidas las lecturas de estos días, en especial los Evangelios.
Porque la primera lectura va a seguir el ritmo continuo que traíamos de la primera carta de Juan. En cambio, los Evangelios de estos días pueden causar un poco de desconcierto porque son tomados de distintos sitios. El de hoy, por ejemplo, es del capítulo cuarto de San Mateo. Y entonces esos textos que aparecen, ¿por qué aparecen? ¿qué es lo que hay ahí? Hoy, por ejemplo, se cuenta esa Manifestación maravillosa del poder de Dios y del amor de Dios en las múltiples sanaciones que realiza Cristo.
¿Por qué nos pone la Iglesia a leer y a meditar esto? Porque ese es un aspecto de la Manifestación de Dios en su Hijo Jesucristo. Es decir, cada uno de los textos. Hay que estar atentos esta semana. Porque cada uno de los textos del Evangelio lo que nos va a mostrar es la grandeza de Dios presentada en Cristo, en sus milagros, en sus enseñanzas, en su poder, en sus exorcismos. A Él sea la gloria y el honor por los siglos. Amén.

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