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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Pongo mi confianza en ti, Señor, porque te amo".
Homilía nde1005a, predicada en 20100104, con 22 min. y 11 seg. 
Transcripción:
Sí, mis hermanos, hemos celebrado el día de ayer la fiesta de la Epifanía del Señor. Ayer aprendimos que la Epifanía es la manifestación, es el brillo de la gloria de Dios en nuestra tierra. Un brillo que ya no es pasajero sino permanente. Porque a lo largo de las páginas del Antiguo Testamento muchas veces vimos brillar la gloria de Dios. Por ejemplo, en la fe de Abrahán. O por ejemplo, en esos momentos de inspiración y de fortaleza que Dios concedió a los llamados jueces. En la Biblia hay un libro que se llama, El libro de los jueces. Estos personajes no era que tuvieran una especie de juzgado y que ahí se sentaran a administrar justicia de acuerdo con un código. Más bien los jueces eran personajes, hombres y mujeres empujados, movidos por el Espíritu de Dios en circunstancias particulares del pueblo elegido. Sobre todo cuando los hebreos estaban bajo ataque de las naciones vecinas. En esos momentos, los jueces eran como líderes que en medio de la crisis sabían sacar adelante al pueblo de Dios y así manifestaban la gloria de Dios. Pero estos jueces eran como chispas, resplandores de relámpago. También en el Antiguo Testamento encontramos la voz de los profetas y en el Credo decimos, que el Espíritu Santo habló por los profetas. Ciertamente ahí brilló la gloria de Dios. Pero también encontramos en el Antiguo Testamento esta lamentación que se encuentra en el libro del profeta Daniel. La gente se lamenta y dice Ya no vemos nuestros signos ni hay profeta y nadie sabe hasta cuándo. Es decir, que Dios sí que se había manifestado muchas veces, pero esas manifestaciones de Dios eran como relámpagos en medio de una noche muy oscura. Imaginémonos un caminante en la noche. No tiene una linterna, no hay luna, y en medio de esa oscuridad, un terrible aguacero, una pavorosa tormenta sin tener donde protegerse. En esa circunstancia tan desventurada, los relámpagos iluminan por instantes el camino de este peregrino. Él aprovecha cada relámpago para avanzar unos pasos más, pero su camino sigue estando en buena parte a oscuras. Eso fue lo que le sucedió al pueblo de Dios. Ese es el Antiguo Testamento. Tal vez la luz más perdurable que tuvieron, fue la luz de la ley dada por medio de Moisés. Esta luz fue aquella de la que se dijo: Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero. Y ciertamente la ley de Moisés es una lámpara. Pero esa luz a menudo lo que produce es confusión, porque hablándonos de lo bueno y de lo malo, no nos da la fuerza necesaria para rechazar lo malo y para abrazar lo bueno. Y cuando uno tiene una luz que le está diciendo lo que es bueno y lo que es malo, pero no hay fuerza suficiente para recorrer ese camino, esa luz se convierte simplemente en una denuncia que motiva confusión. Por eso dice el apóstol San Pablo en su carta a los Gálatas, refiriéndose al nacimiento de Jesucristo. Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley y para que pudiéramos llegar a ser hijos de adopción. ¿Por qué San Pablo dice que nosotros teníamos que ser rescatados si estábamos bajo la ley? No se supone que la ley es una cosa buena. Por supuesto, el mismo apóstol lo dice en su carta a los Romanos: La ley es buena y es santa. Pero luego se queja diciendo: Pero yo estoy como vendido al pecado. Es decir, el corazón humano, aunque logra enterarse por medio de la ley de dónde está lo bueno y dónde está lo malo, carece por sí mismo de la fuerza para orientarse hacia el bien. Se necesita una lámpara que alumbre, no solamente afuera, sino sobre todo que alumbre el camino interior, una luz que alumbre el corazón y que le dé la gracia, que lo conquiste, que lo atraiga. Esa luz fue la que nos llegó por medio de nuestro Señor Jesucristo. Esa fue la luz que brilló en Cristo. Y eso es lo que recordamos en la Epifanía. Las lecturas de estos días, es decir, las lecturas de los días que siguen a la Epifanía del Señor. Lo que hacen es mostrarnos como si fuera un prisma, mostrarnos las tonalidades bellísimas de la luz que nos llegó con Cristo. Los evangelios de estos días están tomados de San Mateo, como en el caso de hoy. Pero luego nos encontramos a San Marcos. Luego nos encontramos otra vez a Marcos, luego nos encontramos a Lucas. Es decir, son pasajes tomados de los distintos santos Evangelios. ¿Qué tienen en común estos textos que vamos a oír durante esta semana? La semana que va entre la epifanía del Señor y su bautismo. Lo que tienen en común es que todos nos dejan ver las diversas tonalidades, todas tan hermosas de la luz de Cristo. Por ejemplo, hoy. Hoy aparece la luz de Cristo a través de la bondad que hay en las obras de sus manos. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande. Ese texto de Isaías lo aplica el evangelista Mateo a Jesús. Jesús cuando se dedica a curar a los enfermos. En esa alegría santa de experimentar la sanación de Dios, la gente encontró una luz. Como los navegantes en la noche que ven brillar el faro y ese faro les indica el camino, les trae esperanza, les devuelve la confianza. Así, Cristo en el Evangelio de hoy, es la luz que nos devuelve la esperanza que nos trae la alegría. Devuelve la confianza al corazón. Porque las enfermedades que enfrentó Cristo y que venció con el poder de Dios, no son solamente dolencias del cuerpo. Es todo aquello que oprime el corazón. Es todo aquello que humilla, que frustra el plan de Dios para el ser humano. Pensemos en la persona que tiene un brazo paralítico. Sí, lo tiene, pero no le sirve. Podemos decir que el brazo paralítico muestra una frustración, no puede alcanzar aquello para lo que fue creado. Los ojos ciegos o la lengua muda son otros ejemplos de frustraciones. La persona que tiene sus ojitos. Dios nos libre y tenga piedad de todos. La persona que tiene sus ojitos pero no le sirven, pues lleva lamentablemente esa frustración. No funciona, no puede lograr ese órgano, no puede lograr el objetivo, la meta para la que fue creada. Igualmente podemos decir de la persona que padece otra clase de dolencias. Imaginémonos el caso del lunático, la persona que tiene alteraciones en su mente, muchas veces con gran sufrimiento para sí mismo y para su familia. Qué enfermedad tan terrible, por ejemplo, es la depresión. Su mismo nombre lo indica, la depresión es como estar en un valle oscuro. ¿Fuimos acaso creados para vivir envueltos en las tinieblas de la tristeza? ¡Por supuesto que no! La persona que padece la depresión está ya sumida en ese valle. Su vida está como frustrada, no logra alcanzar la meta para la que fue creado. Pues lo mismo podemos decir de la persona que se encuentra bajo la acción nefasta del demonio. Así como hay lunáticos y perturbados, también hay que decir con realismo que existe la acción del enemigo humano, del enemigo del género humano. El demonio también amarra, podemos decir amarra el corazón y el corazón que Dios nos dio tiene alas y necesita remontar el vuelo, levantarse hacia Dios. Pero Satanás en ocasiones según un plan tan difícil de comprender de Dios, pero que es así, Satanás a veces amarra el corazón y la persona queda como humillada, como frustrada. Sin embargo, esa frustración no durará mucho si se la pone delante de Jesucristo. La persona que tiene el corazón atado. La persona que está envuelta en tinieblas de tristeza. La persona que se siente frustrada, que siente que no está alcanzando su meta, esa persona se encuentra como el náufrago en una noche oscura. Pero esa persona en medio de su noche ve brillar al profeta de Nazaret, ve brillar a Jesús, el Santo de Dios, el enviado del Padre, el espejo de la bondad divina. En las obras de Jesucristo, una esperanza renace en el corazón humano. Podemos sin dificultad imaginarnos qué sentía la gente cuando Jesús empezó su obra maravillosa, su predicación sapientísima. Ese torrente de milagros que es alegría para el alma humana. Imagínate lo que es tener uno, una parálisis, o esa perturbación mental o esa experiencia pavorosa de la cercanía del enemigo. Imagínate lo que es vivir eso. Y encontrarse con el profeta de Nazaret. Imagínate lo que es escuchar de otras personas, quizás amigos, parientes o vecinos. Mira que fuimos donde, donde ese tal Jesús, fuimos allá y él hizo oración por nosotros. Y mira, me curé, estoy curado, estoy sano. Imagínate, uno enfermo que le oiga eso a otro que estaba enfermo. ¿Qué va a decir? Pues yo también voy allá. Tal vez ese profeta puede hacer algo por mí. Yo voy allá también. Pero es que casi no puedo caminar. A ver, ¡Ayúdenme! ¡Ayúdenme! Entre todos. Vamos para allá. Vamos, vamos. Yo quiero ir. Yo quiero conocerlo. De repente, el corazón salta de alegría. De repente se ve una luz. De repente aparece una esperanza. Tal vez mi vida no va a quedar frustrada. Tal vez hay un camino. Tal vez hay un camino. Tal vez ese profeta puede hacer algo por mí. ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Llévenme! ¡Llévenme! Y se van formando espontáneamente, caravanas en donde asoma toda la miseria humana, donde asoma todo el dolor que padece la raza de Adán. Y esas caravanas llegan hasta Cristo, se orientan hacia Él como el barco, hacia el faro. Y en Jesús encuentran una palabra llena de sabiduría y encuentran ese milagro tan esperado, esa sanación. De repente, las lágrimas de rabia, de frustración y de tristeza se convierten en lágrimas, de gratitud y de gozo. Espontáneamente la gente rompe en llanto, canta alabanzas. ¡Bendito, bendito Dios! ¡Estoy curado! ¡Bendito Dios! ¡Bendito Dios! ¡Qué transformación maravillosa! Y entonces una nueva caravana se forma, esta vez no con el signo de la tristeza, sino con el emblema de la alegría. Son los que están curados, son los que han sido sanados, son los que han encontrado una esperanza y ahora vuelven felices a sus hogares, dando testimonio del amor divino. Hermanos, ¡Qué bello es meditar en Jesucristo! ¡Qué bello es mirar esas manos del profeta de Nazaret! Quién de nosotros no le dirá a Jesús: Pon esa mano sobre mi cabeza. Toca a Jesús mi corazón enfermo. Pasa tu mano por mi pierna, Pasa tu mano por mi pecho. Pasa tu mano por mi vientre. Estoy enfermo. Jesús, ayúdame. Sáname, Señor, compadécete de mí. Soy un pobre pecador, pero tengo mi esperanza puesta en ti. Sáname, Señor, cúrame. Y hay que decir que Jesús no es tardo en responder. De muchas maneras Jesús sigue manifestando esa luz de consuelo y de esperanza. De muchas maneras Jesús sigue siendo ese resplandor que ya no se apaga, ese resplandor que permanece, ese faro que vence a la noche. Vamos a seguir nuestra celebración eucarística enamorados de Jesucristo. Todo lo que yo pueda decir se queda corto, mis hermanos. Todo el amor que le podamos dar a Jesús es muy poquito en comparación con todo ese diluvio de amor que Él derramó sobre esta tierra. Pero no estará mal que nosotros le demos todo lo que podamos, así sea poquito. Él sabe recibir también las ofrendas pequeñas. Acuérdate que en la multiplicación de los panes recibió eso que era tan poquito para tanta gente, pero él lo multiplica. Vamos a darle nuestro amor a Jesucristo, vamos a ofrecerle nuestras necesidades, a presentarle nuestras llagas y vamos a decirle con todo el corazón Jesús, yo confío en ti. Son tantas las heridas de mi alma, son tantas las heridas de mi familia, son tantas las heridas de mi pueblo. Pero yo confío en Ti, Señor. Hermanos, que nadie se excluya de esta confianza. Si sientes que tu vida matrimonial ha sido frustrada, preséntale esa llaga a Cristo. Si sientes que tu vida religiosa ha sido frustrada, como que no ha alcanzado su meta, preséntale tu vocación a Jesucristo. Si sientes que tu vida laboral o tu vida afectiva han quedado en frustración, como que no han salido con nada, preséntale también eso a Jesucristo. Él es el Divino Maestro y Él es el Médico Divino, y hacia Él vamos con amor, buscando esa luz que nadie más nos puede dar y nuestra esperanza no quedará frustrada. Es grande la misericordia del Señor, es grande su poder y jamás queda defraudado el que pone su esperanza en él. A Él la gloria y la alabanza por todos los siglos. Amén.

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