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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Es la transformación de nuestra voluntad la que hace que Dios escuche nuestra oración.
Homilía nde1003a, predicada en 20020107, con 9 min. y 0 seg. 
Transcripción:
El apóstol San Juan, el evangelista teólogo, como ha sido llamado. Presenta unas enseñanzas tan profundas, pero en un lenguaje que a veces uno no termina de entender, porque es un lenguaje que va dando como vueltas, como que toma las mismas palabras y una vez lo dice de una manera y después lo dice de otra manera. Y a veces uno puede pasar años oyendo sin terminar de entender toda esa profundidad, toda esa belleza que está ahí. Por eso hay que pedirle al Espíritu Santo que nos ayude en esta ocasión para alimentarnos un poco mejor. Para recibir eso que fue escrito para nosotros. El mismo Juan dice en el Evangelio: Estas cosas han sido escritas para que tengáis vida, para que sepáis que tenéis vida. Nosotros queremos encontrar esa vida abundante que está ahí en la palabra. Por ejemplo, mire esto tan bonito que está en la primera lectura, dice: Cuánto pidamos, lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. A ver qué es esa maravilla que se está diciendo ahí se está diciendo que hay una gente que tiene la certeza de ser escuchada por Dios. Nuestro Padre Santo Domingo fue una de esas personas. No se me puede olvidar, que en alguna vigilia de oración que compartía con algún prelado le decía Domingo a su compañero de oración: No recuerdo haberle pedido nada a Dios que me lo haya negado. Es decir, lo que dice aquí la primera lectura. Si hay gente que tiene como esa unión con Dios. Pero esa frase no solo nos enseña que existen esas personas, sino que nos enseña cuál es el camino para ese grado de unión. Guardamos sus mandamientos, hacemos lo que a él le agrada. Es algo como esto: Si yo aprendo a conocer, a amar, a seguir la voluntad de Dios, de algún modo podemos decir que Dios atiende a mi voluntad. Si yo atiendo a la voluntad de Dios, Dios atiende a mi voluntad. Dios no es ciego, sordo, impermeable a mi querer, a mi voluntad. Es como un círculo de amor. En la medida en que mi vida se va llenando del amor de Dios, de la sabiduría de Dios y del estilo de Dios, mis deseos cambian. Mis peticiones cambian. Son peticiones que están en plena sintonía con el Corazón divino y son oraciones eficaces. Jesucristo dijo en el Evangelio: Pedid y se os dará. Y también dijo que pidiéramos sin dudar. Que pidiéramos, sintiendo que ya habíamos conseguido lo que estábamos pidiendo y lo íbamos a tener. Pero eso que dijo Jesucristo no es una especie de fórmula mágica para que entonces nosotros tengamos en Dios como una especie de poder para hacer lo que queramos. Es la transformación de nuestra voluntad la que hace que también nuestra oración se transforme. Y una oración transformada según el querer de Dios es una oración que Dios escucha. En nuestra familia dominicana. Aparte del ejemplo que ya cité de Santo Domingo, hay otro ejemplo notable en Santa Catalina de Siena. Es famoso, el yo quiero que le dice Catalina a Dios. Pidiendo, por ejemplo, por situaciones absolutamente desesperadas, por casos completamente perdidos, gente que parecía ir hacia el fondo del infierno por su modo de vida, por su odio y resentimiento contra Dios. Y Catalina se arma de valor y con una audacia que venía del Espíritu Santo, ora y le dice: Es que yo quiero. Pero no es el yo quiero de una niña caprichosa, es el yo quiero de una hija amada que le habla a Dios desde dentro de su propio corazón. Esa es la oración perfecta, la que se hace hablándole a Dios desde el corazón de Dios. Y eso es lo que nos está invitando Juan en esta lectura a que descubramos la riqueza, la eficacia, la potencia de una oración. Cuando esa oración se hace desde dentro de Dios. Y en alguna ocasión le decía Catalina a Dios eres tú mismo quien me inspiró esta oración. Tú tienes que oírla. Es esa enseñanza la que viene de la lectura de hoy. Tú me diste esta oración. Tú tienes que oír lo que tú me diste. Esa es la verdadera amistad con Dios, y esa es la verdadera vida de oración. Y esa es la enseñanza que quería que hoy sacáramos de esta lectura. Qué destino tan hermoso el nuestro. Una persona como esta, Catalina. o como aquel Domingo. ¡Qué alegría debía sentir en el corazón! La alegría de quien se siente, hijo. Maravillosamente, deliciosamente, dulcemente. Hijo. No es un negociante, que llega ante Dios para decirle. Usted me da esto y yo le doy esto. No es un desconocido que desde lejos, grita como un forastero a las puertas de un palacio extraño. No es un esclavo acomplejado y asustado, es el hijo. Cómo vienen a nuestra mente las palabras del apóstol Pablo. Nosotros no hemos recibido un espíritu de esclavitud. Hemos recibido espíritu de hijos. Espíritu lo llama también Santa Catalina, espíritu de amigos. Le hablamos a Dios y vivimos en Dios como un hijo en el regazo de su padre amoroso, como un amigo en dulce conversación con su mejor amigo. Esa es la vida a la que estamos llamados. Y a través de esa obra que el Espíritu realiza en nosotros, nuestro corazón se transforma, nuestra mirada cambia, nuestro conocimiento de la voluntad del Señor crece y nuestra oración alcanza una eficacia inmensa, maravillosa, llena de provecho para todos.

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