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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La encarnación del Hijo de Dios como criterio de verdad para discernir si se está en el Espíritu de Dios.
Homilía nde1002a, predicada en 19990104, con 13 min. y 36 seg. 
Transcripción:
Podemos decir que la primera carta del apóstol San Juan es como una larga meditación sobre el misterio de la Encarnación, y por eso precisamente la hemos venido leyendo en este tiempo de Navidad. Si el corazón del misterio de la Navidad es la encarnación del Hijo de Dios, entonces que nos ayude el apóstol San Juan a través de sus reflexiones a meditar en esta encarnación del Hijo de Dios. Dos pensamientos podemos destacar de la lectura que hemos escuchado. En primer lugar, la encarnación como criterio de verdad. Si queremos discernir los espíritus, si queremos saber si una revelación viene de Dios. Esta carta nos da un criterio aparentemente demasiado sencillo, pero que tiene una inmensa profundidad. Todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios. Entonces la encarnación se convierte en la verdad, en un criterio para reconocer la verdad. La verdad de lo que se predica, la verdad del Espíritu que mueve a quien habla. Por otra parte, está esa confianza en la victoria sobre el mundo. Nos dice: Nosotros somos de Dios, quien conoce a Dios, nos escucha. Y dice: El que está en vosotros es más que el que está en el mundo. Es claro que hay un espíritu de verdad y hay un espíritu de error, un espíritu de verdad en los hijos de Dios y un espíritu de error. En lo que esta carta de San Juan llama inmundo, es decir, ese tejido de complicidades que hace que unos nos apoyemos y a la vez apoyemos el pecado de otros. Esa es la realidad que aquí se llama mundo. No se está refiriendo a la creación, evidentemente. Se está refiriendo a esa complicidad tácita en la que nos vamos entrando y que se traduce en la incapacidad de reconocer el lenguaje de Dios, en la incapacidad de recibir el Espíritu de Dios. Pues bien, ese mundo, ese tejido de complicidades en que nos apoyamos y apoyamos el pecado de otros. Ese mundo tiene su propio espíritu, o sus propios espíritus, espíritus de error, espíritus de confusión. Pero nos dice esta carta de San Juan que nosotros podemos vencer ese espíritu del mundo a través del Espíritu que está en nosotros. Son esos, los dos pensamientos que parece que destacan más en el pasaje que nos ofrece la Santa Iglesia para esta Eucaristía, la realidad de la carne de Jesucristo como criterio para la verdad del Espíritu. Por favor, pensemos en lo que esto quiere decir. La realidad de la carne nos preserva en la verdad del Espíritu. Aparentemente, la espiritualidad es como un alejarse de lo material, de lo corporal. Muchas personas entienden que hay una vida más espiritual, como el alejarse de las cosas materiales. Pero lo que nos está diciendo aquí la carta de Juan, en cierto sentido es contrario. Lo que se nos está diciendo es que para saber si un espíritu viene de Dios, hay que ver que ese espíritu confiesa la verdad de la carne de Jesucristo. Sigue siendo cierto lo que dice Jesús en algún lugar del Evangelio de Juan, que es el Espíritu el que da vida. La carne por sí misma no vale nada. Pero, esa carne ungida por el Espíritu, que es precisamente la carne de Jesucristo, esa carne si vale mucho. Esa carne de Jesucristo, ese misterio de la carne de Jesucristo es el que nos preserva en la verdad del Espíritu de Dios. Es decir que nuestra fe no se oponen de ninguna manera lo espiritual y lo corporal. La búsqueda de lo espiritual y la preocupación por lo material no se oponen. Pero entonces aquí vemos lo profundo que puede llegar a hacer esto. Porque qué hacemos con esas frases de San Pablo allá en la carta a los Gálatas. La carne lucha contra el Espíritu y el Espíritu contra la carne. Como que son antagónicos, dice San Pablo. Y ahora, ¿Qué nos dice la primera carta de Juan? Que hay que reconocer la carne de Jesucristo para saber si un espíritu viene de Dios. ¿Cómo conciliar esas expresiones? No nos aportaremos, lo que dice San Pablo de la carne que lucha contra el Espíritu. No es la carne de Jesucristo. Carne ahí es como una abreviatura para decir la mentalidad carnal, la mentalidad carnal. ¿Qué quiere decir? No es una mentalidad corporal, no es la preocupación por el cuerpo y tampoco es la mentalidad sensual, no se refiere a eso. San Pablo. Una mentalidad carnal es aquella que sigue la lógica de la carne y que es carne para San Pablo. Es como la fragilidad de la condición humana cuando intenta apoyarse sobre sí misma y buscar felicidad solo para sí mismo. Entonces, por ejemplo, es una mentalidad carnal lo que tuvieron muchos de los judaizantes del tiempo de Pablo, gente que pretendía a partir de de su aferramiento a la tradición de la sinagoga, pretendía ser justo ante Dios. Preferían la mentalidad de gueto, la mentalidad, de sentirse seguros entre ellos a la oferta de gracia que Dios traía. Ahí no hay nada de sensual ni de corporal. Y sin embargo, esa mentalidad carnal, es la propia de aquella persona que intenta salvarse a sí misma desde su propia fragilidad, ya sea complaciendo sus propios gustos o ya sea buscando alianza o soporte en otros que sientan lo mismo. En ese sentido, se peca contra la carne, no solo cuando se cometen faltas contra la pureza de la castidad, sino se peca contra la carne cuando se tiene una mentalidad sectaria. Personas hay que tal vez tienen una gran pureza en términos de castidad y sin embargo son carnales en su manera de hacer partidismo, de hacer secta, de hacer grupo, de buscar intereses y pretender imponer sus opiniones de esa manera en la Iglesia. Eso es mentalidad carnal. Es evidente que esa mentalidad carnal se opone al espíritu. Pero la primera carta de Juan en el texto que hemos leído no se refiere a la mentalidad carnal, sino que se refiere a la carne de Jesucristo. Ahí nos vamos aclarando. Se refiere a la carne de Jesucristo y lo que nos está diciendo es que el reconocimiento de la unción de Dios en la carne de Jesucristo, el reconocimiento de la obra del Espíritu de Dios en la carne de Jesucristo es, el criterio para saber si el que está ahí es el Espíritu de Dios. Esto lo repite San Ireneo en su más conocida y tal vez más importante, obra contra las herejías. La verdad de la carne de Jesucristo es la defensa contra todas las herejías, dice San Ireneo. ¿Y por qué sucede así? Porque si reconocemos la carne de Jesucristo, que es. Tal vez expresándolo con palabras más recientes. Si nosotros reconocemos la verdad de la Encarnación, la verdad de la humanidad de Jesucristo, y al mismo tiempo la plenitud de la obra del Espíritu en una humanidad que es en todo semejante a la mía, en todo semejante a la tuya. Entonces es creíble, es posible que ese mismo Espíritu que obró con plenitud maravillosa en esa humanidad, pueda también obrar con plenitud maravillosa en mi propia humanidad. Al contrario, la negación de la carne de Jesucristo, por ejemplo, diciendo que se trata de una encarnación aparente, diciendo que bueno él, porque era Dios, entonces no tenía tentaciones como las que nosotros tenemos, como si Dios, como si Jesús pudiera echar mano de su divinidad, como de una especie de arma adicional, algo que suplantaría por lo menos momentáneamente, a su humanidad. Todo lo que vaya en esa línea, que es una negación de la encarnación, le cierra la puerta de la salvación. En el momento en el que yo digo bueno, es que él era Dios. Esa es una expresión supremamente necia, porque obrando así, quitándole aunque sea momentáneamente la plenitud de humanidad a Jesucristo, lo que estoy diciendo es yo no puedo defenderme del pecado, ni puedo unirme a Dios, como se defendió Cristo al pecado, y como él estaba unido al Padre. Y si niego eso, pues me echo a perder toda la salvación en mi vida. Por esta razón, la verdad de la encarnación de Jesucristo nos preserva en la verdad de nuestra salvación, y la negación de la encarnación de Jesucristo hace que en últimas quedemos sin la gracia, sin la comunión, sin la efusión del Espíritu Santo en nosotros. Y si perdemos la efusión del Espíritu Santo y la comunicación de la gracia, pues está perdido todo lo de la cruz está perdido, todo lo de la sangre está perdido, todo lo del amor del Señor, todo eso está perdido para nosotros. Es evidente que cualquier insinuación en contra de la encarnación de Cristo pertenece al espíritu del error, pertenece al espíritu del mundo y en últimas pertenece a Satanás. Lo que intente negar que Jesús era como yo soy excepto en el pecado. Todo lo que vaya en contra de eso, así sea levemente, no proviene de Dios. Me cierra la puerta de la gracia, me excluye de aquello que Dios ganó para mí a tan alto precio. Se comprende entonces como una vez que se acepta con todas sus consecuencias, el misterio de la encarnación. Una vez que se acepta que el Espíritu obró con plenitud de gracia en una humanidad que era como la mía, en una carne que era como la mía. Una vez que eso se acepta, y una vez que yo creo que ese es el enviado del Padre para mi salvación, una vez que yo acojo eso con toda la gracia, con todo el amor de mi corazón, soy invencible. Nadie puede separarme. Entonces de nuevo las palabras de Pablo. ¿Quién podrá separarnos de un amor así? Un amor que llega hasta tocar mi propia carne, hasta sanar mi propia humanidad. ¿Quién puede separarme de ahí? Entonces me convierto en invencible como el que es la consecuencia que saca esta primera carta de Juan. No hay nada que temer. El que está en nosotros es superior al Espíritu que está en el mundo. Alimentémonos de esa carne de Jesucristo. El que coma de mi carne tiene vida eterna, dice el Señor. Nos alimentamos de esa carne de Jesucristo en la Eucaristía. El misterio de la Encarnación y el misterio de la Eucaristía se funden preciosamente en esta meditación de hoy, para que nosotros, recibiendo este pan que da la vida, podamos tener vida en su nombre y podamos vencer a aquel que está en el mundo.

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