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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La luz de Cristo y la Cruz de Cristo.

Homilía nde1001a, predicada en 19970106, con 8 min. y 55 seg.

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Transcripción:

Las lecturas de estos días posteriores a la epifanía y anteriores al bautismo son como un eco de la celebración misma que tuvimos el día de ayer. Es decir, son pasajes en los que se muestra un poco la gloria de Cristo, el esplendor de Cristo. En otro sentido, son también lecturas que nos ayudan a comprender de qué manera Cristo es luz para nuestras vidas. Para que las cosas se nos queden, no se nos queden solamente en metáforas. Meditemos un poco. ¿Qué quiere decir eso de que Jesús es nuestra luz? ¿En qué sentido la vida de una persona se convierte en luz para otras personas? Desde siempre la luz ha sido asociada con el entendimiento, con la inteligencia. Y si decimos que Jesús es nuestra luz, es porque conduce nuestro entendimiento a una comprensión de algo que antes no sabía.

Pero se trata de algo, se trata de una verdad que no es puramente una teoría, no es una doctrina. La comprensión a la que nos lleva a Cristo, y por consiguiente, su luz no es una luz pálida como la luz artificial que puede iluminar pero no calentar. Es la luz de un fuego, y ese fuego es el que está en su corazón misericordioso y salvador del universo. ¿De qué manera sucede? ¿De qué manera Cristo se convierte en luz? Lo podemos describir con estas palabras Cada uno de nosotros obra de acuerdo con ciertos supuestos. La mayor parte de las veces no somos conscientes de los supuestos con los que quebramos. Es muy posible que buena parte de nuestras acciones y de nuestras actitudes mismas sean procesos automáticos, guiados por la costumbre, por lo que vemos hacer en los demás, por lo que se usa, por la opinión pública, etcétera.

Cristo con su increíble generosidad, Cristo con su fantástica gracia, Cristo con su impredecible perdón, rompe precisamente los moldes de eso que sería lo normal o lo acostumbrado, su modo escandalosamente libre de amar, su poder incalculable, su generosidad. Lo que vemos que realizan las otras personas y lo que descubrimos que ha hecho en nosotros, hace que nuestros propios supuestos tengan que precisamente salir a luz. Nosotros no creíamos que fuera posible un volumen de amor tan grande. Creíamos que el amor había que conservarlo poquito porque probablemente se apagaba cuando gastábamos. Pero Cristo nos muestra que el amor para aquel que está unido a Dios como él al Padre. El amor, cuanto más se gasta, más abunda. Y la fe, cuanto más se ejercita, más crece. Y de esta manera Jesús hace que nuestros antiguos supuestos, hace que nuestras antiguas categorías se revienten. Hace que nuestros esquemas estallen y de pronto veamos que es posible una vida distinta también para nosotros.

Esto lo manifestó particularmente en el sacrificio de la cruz, pero su ministerio terreno es ya una muestra de lo que es esto. Cristo puede decirse que originó en su temprano ministerio. Lo que hemos escuchado en el Evangelio. Originó como una especie de bola de nieve, un proceso creyente, un proceso que hacía que las curaciones de de unos llegarán a la fe de otros que a su vez se curaban y llamaban a la fe de otros hasta completarse multitudes enteras. Cristo inició un proceso de maravillar a las personas para llevarlas a la fe y de conducirlas desde la fe hasta la renovación de su corazón. Este proceso maravilloso, sin embargo, tiene su límite, porque Jesús no solo actúa, sino que también habla, y la predicación de Cristo iría conduciendo progresivamente a estas multitudes entusiasmadas al reconocimiento de las raíces de sus propios pecados. En ese momento, el entusiasmo va a decrecer. Ya no es tan popular, Cristo y muchos que ya habían sido sanados, se retiran de él.

Hay un momento en el que la cosa hace crisis y él le tiene que preguntar a sus apóstoles: Ustedes también se van a ir. Y es ahí cuando recordamos la expresión de Pedro: Tú tienes palabras de vida eterna. Entonces empieza una segunda parte del ministerio de Jesús. Una parte que ya no será multitudinaria, pero que sí seguirá siendo igualmente luminosa. Es el segundo paso en ese iluminar el corazón humano. Si en el primer caso era como una especie de luz que nos deslumbraba, como una especie de esplendor que nos maravillaba. En este segundo paso, es en esta segunda etapa, es ese reconocer con su ayuda lo que nosotros hemos hecho de nosotros mismos. Puede decirse que estas multitudes entusiasmadas por los milagros saben algo de Dios, pero todavía no saben nada de sí mismas. Y la luz completa requiere que uno sepa de Dios, pero también que sepa de sí mismo.

Catalina de Siena lo dice de modo inmortal. Se trata del conocimiento de Dios en sí mismo y de sí mismo en Dios. Y cualquiera de los dos es insuficiente, se necesitan los dos. Y Cristo trae esa doble luz. Nos ayuda al conocimiento maravilloso de Dios, nos ayuda a abismarnos ante el corazón de Dios, pero luego a abismarnos ante nuestro propio corazón. Nos permite extrañarnos de su generosidad, pero también extrañarnos de nuestra iniquidad. Nos permite asombrarnos de su bondad, pero también asombrarnos de nuestra maldad. En la prensa, en la conjunción de estos dos asombros, se encuentra la cruz. La cruz es aquella señal en la que el ser humano puede asombrarse de su propia maldad, de su incalculable capacidad de traición, de mentira y de oscuridad. Pero es también la señal en la que puede reconocer la increíble ternura, misericordia, la fantástica clemencia de Dios.

Y por eso en la cruz, en la noche de la Cruz, está la suprema luz que tuvo su origen en el pesebre y en la adoración de los Magos y en los milagros que hemos visto en este día. Cuando una persona realmente se va encaminando hacia Dios, realmente se va encaminando hacia la cruz. Cuando una persona comienza en forma y en serio, la vida espiritual comienza en forma y en serio a interesarse por la cruz. Mientras la persona esté fascinada solamente por los milagros o mientras estés fascinada solamente por las enseñanzas, todavía está cruda. Pero cuando una persona le empieza a interesar desde el fondo de su alma ese enigma, esa mezcla de pregunta y respuesta que es la cruz de Cristo.

Cuando una persona presiente que ahí está, que en esa noche está la luz suprema sublime. Cuando eso sucede, estalla también muy próxima la gloria y la luz que no acaba nunca, la luz de la eternidad. Memorial de esta Cruz y de este sacrificio es la Eucaristía. En la contemplación de ese pan que solo puede repartirse partiéndose, y Cristiano mira su propio misterio. Solo puede amar dándose, solo puede existir desapareciendo, solo puede resucitar muriendo. Alimentémonos de ese pan. Acojamos esa luz y que ella nos conduzca hacia la eternidad que no tiene ocaso alguno.

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