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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Podemos ver los cielos abiertos, la gloria del Padre, nuestro destino eterno en los ojos de Jesús, en la llaga de su costado, en sus milagros, en cada Eucaristía.
Homilía n5en014a, predicada en 20230105, con 9 min. y 10 seg. 
Transcripción:
Seguramente recuerdas una canción que dice Sí, vuelan los ángeles en el lugar. ¿Si la recuerdas? Bueno, esa canción tiene mucho que ver con el Evangelio de hoy. El Evangelio de hoy está tomado como los de estos días del Capítulo Primero de San Juan, y nos presenta el encuentro de Cristo con uno de sus primeros discípulos, un hombre llamado Natanael, al que también conocemos como Bartolomé. Siempre lo aclaramos. Bartolomé es como el apellido, porque lo que significa es el hijo de Tolomé, de Tolomeo. Bartolomé. Su nombre, pues, era Natanael. Y cuando se encuentra Cristo con Natanael, le hace ver a Natanael que que ya lo conoce. Natanael se queda sorprendido y le dice a Cristo Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel. Que era darle los supremos títulos que se le podía dar a alguien, a cualquier persona en ese momento. Entonces Cristo le responde a Natanael por haberte dicho que te conocí cuando estabas bajo la higuera ¿Ya crees? Verás cosas mayores.
Y entonces suelta esta frase Veréis los cielos abiertos y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre. Ahí es donde conecta con la canción que mencioné al principio. Porque durante toda la vida, bueno toda mi vida, yo había pensado que esa frase se refería sobre todo al final del ministerio de Cristo, es decir, Cristo nuestro Señor, cuando ya asciende a los cielos. Entonces veréis los cielos abiertos. Y el libro de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta al referir el martirio de San Esteban, el Protomártir, el primer mártir. Al hablarnos de San Esteban, nos dice que San Esteban vio los cielos abiertos y vio a Jesucristo sentado a la diestra del Padre. Impresionante. Es evidente que ese ver los cielos abiertos es propio del final del ministerio de Cristo. Del Cristo ya resucitado. Y es propio de grandes santos que han muerto en amistad con Dios, como es el caso de Esteban.
Pero algo nuevo que aprendí y me gusta compartir lo que aprendo. Algo nuevo que aprendí es que los cielos abiertos también se ven en otros momentos. Nosotros podemos ver los cielos abiertos en los ojos de Cristo. Nosotros podemos ver los cielos abiertos en la llaga del costado de Cristo. Nosotros podemos ver los cielos abiertos en los milagros que Cristo sigue haciendo cada día en medio de su pueblo. Expliquemos un poco esto. Se ha dicho que los ojos son las ventanas del alma. ¿Qué crees tú que se ve en los ojos de Cristo? ¿Hacia dónde miran esas ventanas? A través de esas ventanas hermosas que son los ojos de Jesús. Papá Dios nos mira, papá Dios no sabe vernos de otro modo, sino es a través de los ojos de Cristo. Pero también a través de esas ventanas, porque son ventanas de doble dirección. También a través de esas ventanas nosotros podemos ver el cielo abierto. Nosotros podemos ver el amor de Dios manifiesto. Podemos ver la gloria del Padre. Podemos ver el destino eterno al que hemos sido llamados. Podemos ver la infinita ternura del Dios Uno y Trino. Entonces uno puede ver los cielos abiertos en los ojos de Cristo, y uno puede ver los cielos abiertos en la llaga del costado.
Y últimamente me gusta recordar que la llaga del costado de Cristo era inmensa. La llaga del costado de Cristo era muy grande. Recuerda que en el Capítulo número Veinte de San Juan tenemos aquel pasaje de Tomás, el apóstol incrédulo. Tomás, el apóstol incrédulo, dice Si no meto mi dedo en el agujero de los clavos, si no meto la mano en la herida del costado, la mano. Es la mano de un hombre adulto, la mano. Entonces, ¿Cuál es el hueco que tiene Cristo en su costado para que pueda entrar la mano de un hombre adulto? Y es que esto es muy lógico, porque tú recuerdas que esa herida del costado se produjo cuando un soldado al que la tradición llama Longino, un hombre que ciertamente parece hacer más referencia al pasaje del Evangelio que otra cosa. Longino con una lanza golpea, penetra ese cadáver, ya cadáver de Cristo. Es un golpe de lanza romana.
Lo que se puede ver ahí es el corazón del Señor. Lo que se puede ver ahí es el amor incomparable del Dios humanado. Lo que se puede ver ahí es la fuente misma de la misericordia. Lo que se ve a través de la llaga del costado es el cielo. Cristo le dice a Natanael en el pasaje de hoy. Veréis el cielo abierto. Pues ya ves, ahí está el cielo abierto en el costado de Cristo. Ahí está el cielo abierto en su mirada. Ahí está el cielo abierto en sus milagros. ¿Recuerdas ese milagro que hizo Cristo a través de Pedro y Juan? Según se cuenta en Hechos de los Apóstoles, Capítulo Tres. Ese milagro impresionante, ¿Lo recuerdas? Un hombre que era paralítico de nacimiento, que pedía limosna junto a la puerta llamada Hermosa, en el antiguo templo de Jerusalén. Y dice la Escritura él se quedó mirando fijamente a los apóstoles. Y hay otro milagro, no recuerdo ahora el capítulo que le sucedió a San Pablo, en donde es Pablo el que se da cuenta que uno de sus oyentes tenía fe para ser curado. Y entonces le dijo en nombre de Cristo, levántate. Para mí no hay la menor duda de que a través de ese milagro y a través de los ojos de Pablo, o de Pedro, o de Juan, a través de esos ojos estaba mirando Dios y ese cielo abierto.
Y en cuanto a esos ángeles que suben y bajan, pues como dice esa hermosa canción, eso es lo que tenemos todos los días en la Eucaristía. Por eso en cada Eucaristía, cuando la Iglesia de esta tierra va a clamar a Dios Todopoderoso y todo compasivo. Estas son las palabras que dice Aclamamos con los ángeles y los santos. Los ángeles rodean con su amor, con su adoración, rodean el Misterio Eucarístico. Y si tuviéramos ojos puros y una revelación que Dios nos conceda, veríamos, como dice el Evangelio de hoy, ángeles subiendo y bajando sobre el altar. Ahí lo tenemos.
O sea que la profecía, la palabra que Cristo le dijo a Natanael y que es como una profecía, se cumple, se cumple en la oración, se cumplen los milagros, se cumplen en la evangelización. ¡Qué bendecidos somos! Qué grande es creer en Cristo y qué grande es mirarlo a Él y en Él poder contemplar el cielo. No estoy diciendo nada extraño. Fue el mismo Cristo el que dijo: El que me ve a mí, ve a mi Padre. La gloria para el Señor. Amén.

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