Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Hemos recibido vida para dar vida

Homilía n5en013a, predicada en 20210105, con 15 min. y 58 seg.

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Transcripción:

Mis hermanos reunidos en torno a este altar de fe, oramos por nuestra querida hermana María Cleofe. Y como siempre, pero siempre es distinto, la partida de uno de nuestros hermanos tan queridos tiene siempre un motivo de reflexión para nosotros. Podemos decir que la muerte nos obliga a pensar la vida.

La primera lectura de hoy, que corresponde al día Cinco de Enero, tiene un tono dramático. ¿A qué me refiero? Nos presenta como una alternativa. La alternativa entre dar vida y dar muerte. Es un lenguaje fuerte, es un lenguaje rudo. El que odia a su hermano es un homicida. Ningún homicida lleva permanentemente en sí vida eterna. En esto hemos conocido el amor en que Él dio su vida por nosotros. En esas sencillas pero duras frases, rudas frases. Hay un mensaje muy profundo para nosotros. ¿Qué significa homicida? Nosotros seguramente lo asociamos con aquella persona que toma un cuchillo o un arma y acaba con la vida de otro. En este texto de la primera carta de San Juan, homicida significa el que está dando muerte. Y por eso tiene tanto sentido lo que hemos subrayado. Ningún homicida lleva permanentemente en sí vida eterna. No puedes tener vida adentro si estás dando muerte afuera. Ese es el lenguaje duro que trae esta carta.

No puedes decir que tienes vida adentro si estás dando muerte afuera. ¿Y en qué consiste entonces esa elección? Porque este texto nos pone frente a una elección. Si vamos a dar vida o vamos a dar muerte. ¿Y en qué consiste dar vida? Nos lo explica. Debemos dar nuestra vida por los hermanos. Es decir, que la alternativa es si nosotros estamos para dar vida a otros entregando nuestra propia vida, y el que no está entregando su propia vida, de alguna manera está entregando muerte.

Para entender por qué este lenguaje es tan drástico, tan duro, hay que recordar que el alma del pueblo elegido se forjó en el desierto. Y en el desierto el que no da vida, da muerte. Imagínate que tienes, por ejemplo, una de esas tiendas de campaña como Abraham o tantos otros, y un pobre extraviado que lleva horas y horas caminando y que está completamente deshidratado y agotado, llega a la puerta de tu tienda de campaña donde tu vives y con la lengua agrietada y reseca te dice regáleme agua por amor de Dios. Si tú no le das vida a esa persona que está ahí, si tú no le das vida, le diste muerte. Por eso en el desierto se forja el alma hebrea, el alma del pueblo de la Alianza. Esa alma que comprende que entre ser bueno y destruir el bien, no hay alternativa. Somos nosotros los que nos hemos imaginado que existe una cosa que se llama indiferencia. Somos nosotros los que creemos que uno puede ser neutro. Pero no se puede ser neutro porque este mundo, mis hermanos, es un desierto y las personas que llegan a la puerta de nuestros conventos, de nuestras casas o a la puerta de nuestros corazones, son personas que están como ese pobre extraviado en el desierto. Y si nosotros a esas personas no les damos vida, entonces les estamos dando muerte. Porque si ese que tiene su tienda de campaña en el desierto ve llegar a este pobre deshidratado que le suplica un vaso de agua y le dice yo no, realmente no tengo obligación de dártelo, sigue tu camino. Sigue tu camino, es que lo acabaste, es que lo mataste porque no va a resistir más tiempo bajo el sol. Su organismo ya no da más.

Entonces nosotros para ser cristianos tenemos que vivir en una actitud permanente de dar vida. Y esto es lo que yo más admiro en la mujer que es mamá. En las que son mamás, pero no por obligación simplemente, ni por gusto simplemente, sino solo se me ocurre decir por vocación. Las que son mamás por vocación son así, siempre dando vida, siempre. Y si el hijo se equivoca y si la hija se extravía, la mamá está dando vida, dando vida porque sabe que si no da vida, da muerte. Tenemos mucho que aprender de las verdaderas mamás. Varios de los aquí presentes hemos perdido a nuestra mamá en esta tierra y el recuerdo que yo tengo de mi propia madre, como seguramente ustedes tienen de sus propias mamás, es ese. Esa convicción de mi madre de que al hijo hay que darle vida. No es solo hacer que nazca, es darle vida. Podría decirse que el lema de una verdadera madre es dar vida durante toda la vida. Esa es una mamá y eso es algo maravilloso.

No es de extrañarse, por cierto, que el demonio ataque con tanta fuerza a la mujer hoy en día, como lo hizo ya desde el libro del Génesis. El ataque a la mujer es el ataque a las fuentes de la vida. Por eso, entre tantas tristezas que tenemos, permítanme que mencione aquí el dolor que parte mi alma por lo que acaba de suceder en Argentina. No es solamente la aprobación de una ley de aborto, que ya es una tragedia mayúscula es ver a mujeres con sus asquerosos pañuelos verdes celebrando como si fuera un triunfo. Ese entronizar la muerte en Argentina. El demonio se va con particular fuerza hacia la mujer, porque en la mujer puso Dios las fuentes de la vida y por eso las mamás entienden mejor que cualquiera este texto de la primera carta de Juan Capítulo Tres. Si no estás dando vida, estás dando muerte. Con una característica, y es que esa ley, esa ley, no tiene excepciones.

Aquello de dar vida no tiene excepciones y por eso encontramos, por ejemplo, en el Capítulo Doce de la Carta a los Romanos que el apóstol San Pablo dice No respondan con una maldición, si los maldicen. No respondan con una maldición, bendigan. Es decir, ustedes sigan dando vida incluso a los que les traen muerte. Ustedes denles vida, porque el día que yo renuncie a dar vida, me llené de muerte. Ese día me llené de muerte. Entonces, lo propio del cristiano. Lo propio de cada uno de nosotros, es recibir la vida de Dios y tener el compromiso de dar vida incluso a aquellos que no nos quieren, incluso aquellos que nos rechazan. La razón por la que nosotros queremos dar vida no es porque seamos demasiado buenos ni porque los demás se lo merezcan, sino porque, repito, el día que yo renuncie a dar vida, ese día me llené de muerte y por eso estamos llamados a dar vida.

Ahora permítanme un pensamiento sobre el santo Evangelio del día de hoy, porque complementa muy bien lo que hemos expuesto hasta ahora. Yo quiero hacer una comparación entre la mirada de Natanael que corresponde al apóstol San Bartolomé apenas encontrado por Cristo y la mirada de Jesús. Vamos a comparar un poquito esas dos miradas. La mirada de Natanael es una mirada llena de prejuicios. Cuando le dicen que Jesús es de Nazaret, la respuesta de Natanael es ¿Y de Nazaret puede salir algo bueno? Nazaret es una población tan pequeña que ni siquiera se menciona en ningún lugar del Antiguo Testamento. Entonces Natanael está mirando con los ojos del prejuicio. Se ha puesto las gafas del prejuicio, que son las gafas de la comodidad y de la superficialidad. Y desde esas gafas del prejuicio, Natanael dice rápidamente como en un reflejo condicionado. Nazaret, ¿Acaso de Nazaret puede salir algo bueno?

Pero ¿Cuál es la mirada de Cristo? La mirada de Cristo es la mirada profunda. La mirada de Cristo es la mirada que encuentra el bien que ni siquiera Natanael se imagina. Entonces Natanael representa en este pasaje la mirada llena de prejuicios que muchas veces tenemos nosotros cuando nos quedamos como en la superficie. Y desde esa mirada prejuiciosa nos resulta muy fácil dejar de amar. Desde la mirada llena de prejuicios nos resulta muy fácil determinar quién se merece que lo amemos y quién no se lo merece. En cambio, la mirada de Cristo es la mirada profunda, la mirada que ve no solamente el presente de la persona, sino, en cierto sentido, el futuro de la persona. Esa es la mirada de Jesucristo. Jesucristo ve en Natanael, el maestro que enseña debajo de la higuera. Ya ve a un apóstol, ya ve lo que el mismo Natanael no ve.

Este Evangelio nos invita a quitarnos las gafas marca Natanael y ponernos las gafas marca Jesucristo. Las gafas marca Natanael son las que se quedan en el pasado y por consiguiente se van a los prejuicios y por consiguiente, buscan un pretexto para no amar. Las gafas de Cristo son las que se van a lo profundo, son las que buscan el bien en la otra persona y son las que miran lo que Dios puede hacer. Las gafas de Natanael miran lo que el mundo ya hizo en esa persona. Las gafas de Cristo miran lo que Dios puede hacer en esa persona.

Y aquí es donde se relacionan las dos lecturas de hoy. Porque la primera lectura me está diciendo que si yo no estoy dando vida, estoy dando muerte. Y el Evangelio me dice que si yo me quedo en la mirada del prejuicio, entonces estoy buscando un pretexto para no amar. Si reunimos esos dos textos, sacamos una conclusión muy hermosa, mis hermanos, y la conclusión solamente puede ser esta: Que necesitamos la mirada de Cristo para reconocer en todos lo que Dios puede hacer y no solamente lo que el mundo pudo en esa persona. Y cuando nosotros tomamos la óptica de Cristo, también seguiremos el corazón de Cristo y seremos como Cristo, y seremos como las verdaderas mamás, las mamás según Dios, fuentes de vida. Esto es lo que significa ser de verdad cristiano, ser así fuente de vida.

Por eso San Francisco de Asís decía abiertamente a sus frailes que a otra persona se lo podría entender mal. Decía San Francisco de Asís a los frailes sean madres, es decir, que cada uno sea manantial de vida y que nadie apague ese manantial. Sigamos esta Celebración Eucarística dándole gracias a Dios por las vidas entregadas, que son tantas, especialmente las vidas de las mamás. Y pidamos al Señor que tengamos reflejo del corazón de Cristo en nuestra vida y que tengamos, por consiguiente, todos corazón de verdadera Madre. Así sea.

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