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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Renunciar a amar es llenar la vida de cadáveres.

Homilía n5en012a, predicada en 20190105, con 8 min. y 30 seg.

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Transcripción:

Las palabras son como la ropa, en el sentido de que son muy útiles, pero hay que lavarlas, hay que limpiarlas para que puedan cumplir su función. Lo mismo que la ropa, si se deja percudir demasiado, no solo es desagradable, sino que llega el momento en el que es inútil. Las palabras periódicamente hay que lavarlas y ese lavarlas palabras, ese renovar el sentido de las palabras, es lo que sucede precisamente cuando las acercamos a Aquél que es la Palabra. Nuestras palabras se purifican, se lavan en la palabra. Así como nuestros silencios se limpian, se purifican cuando los acercamos al silencio al que Dios nos invita. Por eso hay que tomar las palabras y lavarlas en la Palabra de Dios.

Por ejemplo, la palabra amor ¿Qué significa realmente la palabra amor? Es una palabra que se va ensuciando porque se manosea, una palabra manoseada, una palabra que podríamos decir ha sido profanada. Pero cuando volvemos a la Escritura, entonces es como si esa palabra fuera lavada, fuera purificada y recupera otra vez su perfume delicioso y recobra su verdadero brillo. Tomemos solamente esa palabra. No demasiado tiempo, solamente esa palabra, la palabra amor, y acerquemos esa palabra al texto de la primera lectura de hoy. Y vamos a encontrar dos o tres frases que nos ayudan a quitarle mucho sucio, a quitarle mucha suciedad a la palabra amor.

Por ejemplo, esto que dice aquí. No os sorprenda, hermanos, que el mundo os odie. Nosotros hemos pasado de la muerte a la vida. Lo sabemos ¿Por qué? Porque amamos a los hermanos. Hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. Qué afirmación tan seria, tan profunda. Es como decir, y lo dice la carta. El mundo entero está en tinieblas. Pero hay una luz que brilla. Y esa luz es la que ha llegado con Jesucristo. Y esa luz es la que está en el amor cristiano. Hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. Esto parece indicar que si nosotros nos sustraemos de amar, si nosotros nos abstenemos de amar, nos estamos entregando al poder de la muerte. Cada persona a la que renunciamos a amar es una persona que se convierte para nosotros como un cadáver que cargamos en nuestro corazón. Renunciar a amar es llenarse de cadáveres, es llenar de muerte el alma. ¡Qué profundo, qué duro! Así nos va enseñando la Biblia cómo el amor es mucho más que ese sentimiento, quizás superficial, quizás puramente sensual, que hoy el mundo proclama por todas partes. Entonces, esa es la primera frase Renunciar a amar es llenar de cadáveres el alma.

Segundo, dice aquí lo mismo. El que no ama permanece en la muerte. Ningún homicida lleva en sí vida eterna. Luego nos muestra otra cosa. Si uno tiene de qué vivir y viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿Cómo va a estar en él el amor de Dios? Entonces, fíjate el vínculo profundo que existe. Lo hemos comentado en nuestro retiro. El vínculo profundo entre el amor a Dios y el amor a los hermanos. Pero también nos está enseñando otra cosa. El amor no es algo que se queda en la interioridad del corazón. El amor tiene que verse, tiene que verse en la manera como ayudamos a remediar, como ayudamos a aliviar la necesidad del hermano. Ya se trate de necesidades corporales, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento. Como si se tratara de necesidades espirituales, dar un buen consejo, perdonar, orar por los difuntos y las demás obras de misericordia espirituales. Por favor, no olvidar estas obras de misericordia, porque obras de misericordia espirituales no quiere decir obras de misericordia invisibles. Quiere decir que se refieren a otro nivel de la realidad humana. No tiene la misma evidencia del daño o de la indigencia corporal, pero es tan real como la indigencia corporal.

Segunda enseñanza sobre el amor. El amor se nota y el amor se nota porque responde a la necesidad. A mí me impresiona mucho aquel pasaje del Evangelio en el que un centurión romano. Todos conocemos muy bien ese pasaje en el que centurión romano le manda a decir a Cristo tengo en casa un criado que sufre mucho. ¿Quiénes eran los romanos? Eran los enemigos. ¿Quiénes eran los romanos? Eran los invasores. ¿Quiénes eran los romanos? Eran los idólatras. ¿Quiénes eran los romanos? Eran los que oprimían. Pero frente a la necesidad, frente al hecho de que hay alguien que está sufriendo. Jesucristo hace a un lado todo lo demás. Si hay alguien que está en necesidad, lo demás se arregla después. Primero está el hecho de que hay alguien que está en necesidad. Ese es el amor. Eso es amar. Fíjate cómo a medida que vamos reflexionando en esto, uno siente que la palabra amor se va limpiando, se va levantando. Entonces el amor no tiene excusas, hay necesidad, ahí estoy yo, ahí quiero estar yo. ¿Qué más nos enseña?

Vamos con una tercera y última expresión de esta lectura. No amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. Eso nos reitera un poco lo que hemos dicho antes, pero luego nos dice algo importante: si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios. Si hacemos este examen en el amor, decía San Juan de la Cruz al atardecer de la vida te examinarán en el amor. Si hacemos este examen y vemos que nuestra conciencia nada nos reprocha, eso fortalece nuestra unión con Dios.

Entonces, tres lecciones sobre el amor que nos trae esta primera lectura. La primera es que renunciar a amar es llenar de cadáveres el alma. Y eso es muy pesado y eso huele mal y eso asfixia el corazón. El corazón humano está hecho para amar. Yo me estoy acordando de la frase que le dijo Dios a Santa Catalina de Siena: El alma humana Yo la hice de amor. No podemos dejar de amar. Entonces la primera es esa, renunciar a amar es llenar de cadáveres el alma. Segundo, el amor se nota y se nota porque responde a la necesidad. Y donde hay necesidad, todo lo demás se pospone. Tercero, si la conciencia nada nos reprocha, ¿Qué quiere decir? Que a medida que vamos creciendo en el amor al prójimo, se va afianzando nuestra experiencia de unión con Dios y con su amor, que es eterno.

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